Hoy todavía doy vueltas en mi cabeza a la pregunta insistente de John Charles. Se me antojaba una perogrullada, no tenía dificultad en responderle, pero debía de existir algo más allá. Hoy todavía lo medito. Era el énfasis, la tenacidad, el misterio de que revestía su interrogante lo que me decía que no era tan simple la respuesta, que era preciso ahondar. Me preguntaba si John Charles no se hacía un lío, si no se ahogaba en un vaso de agua, si lo suyo no era pura necedad, dar lata. Su cuestión era esta: "¿dónde se proyectan las imágenes que las personas y las cosas suscitan en nosotros? Una película se proyecta sobre una pared o un lienzo, bien, ¿dónde se proyectan las impresiones que los objetos externos originan en nosotros?" Para John Charles, en aquella época, esto parecía un enigma insoluble. Hoy volvería a contestarle, acudiendo a la lógica, que en la mente, en el cerebro, en un órgano sensorial relacionado con la visión, el oído, etcétera. En aquellos días, como hoy, John Charles solo hubiese tenido que consultar al respecto en algún libro. Hoy Google le hubiese sacado del apuro en un segundo. La verdad es que John Charles era perezoso. En las cosas en que su ardor maniático le guiaba era presto, en lo demás, negligente. Claro. En los sentidos está todo, son la clave de la percepción, del entendimiento. ¿Cómo podría ser de otro modo? Los sentidos son esos eficaces apéndices que nos ponen en contacto con el mundo. Por ellos aprehendemos lo que Kant llama las intuiciones primordiales, los dos grandes a priori, el espacio y el tiempo. Los sentidos son el enlace con la realidad. Claro que hay algo más allá, el universo formal, trascendente, la razón pura. Seguro que en aquellos días de la u, yo remitía a John Charles al signo linguístico y la teoría de Saussure. Significante (espectro sonoro) y significante (imagen conceptual). En fin. Hoy añadiría a la explicación a John Charles el fenómeno de la visión humana, la luz que impacta en los ojos, su paso a través de la córnea, el iris, la pupila, la retina, el nervio óptico, el cerebro (entre la pupila y la retina, el cristalino, que es como un espejo, como una pantalla). El cerebro recibe la información y la devuelve en imágenes. No hay colores propiamente, solo radiaciones electromagnéticas con determinada longitud de onda. Cada tono en el espectro de colores del ojo corresponde a una longitud de onda, donde la mayor magnitud equivale al rojo e infrarrojo (700 nm, -nanomol, cantidad de una sustancia igual a una billonésima de mol). El ultravioleta se ubica a unos 400 nm. El espectro visible (nuestra vista) a 550 nm. La radiación ultravioleta proviene del sol y de fuentes artificiales: fenómeno de la fluorescencia. Son rayos invisibles. Se hacen visibles a través del fenómeno de la fluorescencia. Es una cosa muy hermosa. Tras la sesuda explicación científica alcanzamos a vislumbrar la belleza. Más allá de los fenómenos está la cosa en sí, dice Kant, lo intangible. Es a través de esta maraña de teorías y explicaciones donde se supone que alienta la causa primera, Dios. Era así como John Charles, tal vez sin mucho fundamento, por medio de una pregunta capciosa, trataba de llevarme a Dios. Es lo que pienso hoy. Ya la filosofía nos pone en guardia contra la apariencia y la ilusión. Platón le llamaba mundo de sombras. ¿Dónde se proyectan las imágenes? Ese John Charles. Recordar asimismo que todo es materia, la res extensa de Descartes. Y nosotros, el individuo, res cogitans. Somos una partícula de materia. Es muy bello. Que John Charles no era un tipo del montón lo probaba su colección de máximas. "La belleza comienza cuando se empieza a cortejar a la bestia". Radiaciones electromagnéticas, eso es lo que han visto los científicos. ¡Pero cuántas cosas no han visto aún! Lo que está más allá del ultravioleta y del infrarrojo, las subpartículas, cantidades subatómicas. Es eso inasible que Walt Whitman resuelve con un simple verso: "agonies are one of my changes of garments, I do not ask the wounded person how he feels, myself become the wounded person". Con razón (Kant) John Charles gustaba de la literatura inglesa, un Bernard Shaw, un Dos Pasos. Y ese Dean Moriarty de En el camino (Jack Kerouac) con su apetito por Nietzsche. La generación Beat. Leer En el camino en estos días en que escribo sobre John Charles, no es gratuito. Ese mundo loco de la literatura y la filosofía y la música y la errancia y el sexo y la heroína. John Charles venía de un desorden parecido. En noveno de bachillerato ya venía en picada con los estupefacientes. La mamá le compró una moto. Claro, era hijo único, había que consentirlo. Se quebró el culo en la moto. Esto lo aterrizó. La recuperación fue larga y difícil. Duró tres meses en coma, en estado vegetativo. Se fue restableciendo poco a poco. Con fuerza de voluntad volvió a caminar y a hablar. En adelante su andar fue ese desacompasado movimiento convulsivo y su hablar, ese gangoso tartamudeo. Al escribir, no podía dominar ese nervioso temblor en las manos. El bolígrafo bailaba sobre la hoja y debía realizar un gran esfuerzo de concentración que acababa exasperándolo. Durante la convalecencia tuvo un descubrimiento maravilloso: el goce de la lectura. Un profesor del colegio del que se había hecho amigo le prestaba libros. Lo deslumbró con el comentario de que Shakespeare y Dostoievski son dos autores que uno debe conocer antes de morir. Entonces leyó Antonio y Cleopatra, Crimen y Castigo, El rey Lear, Los hermanos Karamazov. Los leyó con fervor, y luego siguió con la Biblia y cualquier libro que cayera en sus manos. Siempre traía algún libro en el morral, lectura de turno. De mormón ya solo leía literatura de circuncidados, Bernard Shaw, por ejemplo. "¿Sabías, Marcos, que Bernard Shaw fue el primer dramaturgo en ganar el Premio Nobel?" Cuando volvió a caminar comenzó a visitar las bibliotecas. Había retrasado sus estudios. Concluyó el bachillerato juiciosamente y se presentó a Bibliotecología.
viernes, 29 de abril de 2022
martes, 26 de abril de 2022
Los condiscípulos (John Charles. Cap. 5.)
Otra imagen memorable de John Charles: lo veo alejarse por la explanada de la Plazuela Barrientos, abrazado con la novia. Acaban de despedirse de mí. Jhon charles camina voleando la pierna izquierda. La muchacha se aprieta contra él como un polluelo voluptuoso, necesitado de calor. Es todavía el tiempo en que John Charles no se apasiona a tal punto con los mormones que abomina de la novia, del alcohol, del café. Ella es una mujercita narigona, con ojos de lechuza festiva, pequeña y con algo contrahecho en su fisonomía. Una vez coincidimos en la cafetería. Mientras John Charles dialogaba conmigo, ella convirtió su dedo índice en un estilete de esgrima y chuzó repetidamente a su novio en el estómago, a la vez que articulaba interjecciones alegres. Todos los esfuerzos de John Charles por aquietarla eran vanos. La mujercita se traía sus mañas para darme a entender lo dichoso que hacía a John Charles y las tremendas barreras que cualquier intruso tendría que derribar para cambiar la dirección de su amor. John Charles exhibía ese aspecto de lobo domesticado que presentan los enamorados. Estaba visto que no podríamos conversar por mucho tiempo, pues la inquieta figurita femenina hacía de las suyas. De súbito, los tórtolos se pusieron de pie, debían irse. Estreché la crispada mano de John Charles, dije hasta pronto a la novia y los vi alejarse, cual hijos predilectos del sol, con traza de ser los seres más felices del mundo. Los imaginé yendo a piscina, a hacer el amor. John Charles no pensaba en otra cosa. Ella se llamaba Patricia. Cursaba sexto semestre de Contaduría. Era promotora de ventas en una fábrica de helados. John Charles exhalaba dicha. La conoció en la cafetería de la facultad. "Me gustan tus pies", le dijo. "Gracias". Estoy buscando novia", bromeó él. "No tengo compromiso". Se hicieron amigos. Semanas más tarde habían formalizado el noviazgo. John Charles la recogía en el trabajo. Sentía que el amor era maravilloso. Patricia había transformado su vida. Ella era más bien feíta, pero en ocasiones John Charles la veía tan linda. Sí, Patricia era muy bonita. John Charles no entendía por qué algunas personas no eran capaces de conseguir un amor. Es preciso lanzarse. No era difícil encontrar la media naranja. No hay que guiarse por la belleza del rostro. Patricia manejaba sus pesos. Esto le sonaba bastante a John Charles, quien consideraba siempre insuficiente el dinero que podía sacarle a la mamá. Patricia también cumplía con la exigencia de John Charles de encontrar en la pareja una buena interlocutora tanto para el diálogo como para el tálamo. Se entendían y se colaboraban. Al poco tiempo de la relación, Patricia cambió de empleo. Comenzó a vender cosméticos. Visitaba almacenes y boutiques. John Charles solía acompañarla, pero cada que ella entraba a un negocio, le decía: "espérame afuera". Él respondía con docilidad. Como era observador, se entretenía mirando las vitrinas o sacaba un libro, buscaba asiento y leía. Se sentía a gusto con el aplomo que había ido ganando en la compañía de Patricia. Iba adquiriendo una severidad en la expresión digna del hombre que medita mucho. En lo erótico ella hacía gala de un desenfado y una sapiencia cautivadores. John Charles a su vez se consideraba un buen amante. Cada uno hallaba en el otro un complemento perfecto. En cierta ocasión John Charles y yo estábamos sentados en una mesa de estudio de la u. Yo leía a Edmundo de Amicis, él a Dos Pasos. Hicimos una pausa en nuestras lecturas y nos pusimos a "cachar" (término acuñado por John Charles, sinónimo de "platicar"). John Charles trataba de inducirme a que hablara de mis conquistas amorosas. Yo me mantuve en mi reserva. "Imagino que se rebusca por ahí, ¿no? Aunque tenga aire de misógino, no creo que se mantenga casto. Bueno, sepa una cosa. Las mujeres están para hacerles el amor". Me mostré remiso y acabé desviando el tema. Así era John Charles. Todo lo que estuviese relacionado con el sexo despertaba en él un interés acucioso. Un día lo sorprendí en la biblioteca consultando una enciclopedia de sexualidad en tres tomos. Hojeaba volumen tras volumen. Se fijaba sobre todo en las láminas donde presentaban vaginas, dibujos en blanco y negro. Me dejó perplejo con un comentario: "Patricia tiene el clítoris invertido", al tiempo que confrontaba las gráficas. Barajé por muchos días eso de clítoris invertido. Blandón estudiaba medicina, le preguntaría.
lunes, 25 de abril de 2022
Los condiscípulos (John Charles. Cap. 4.)
John Charles se percató de que Marcos, aun siendo tan amable y considerado con él, no seguiría su consejo de circuncidarse, y menos según el procedimiento manual del que se jactaba. Así que trató de adherirlo a la iglesia mormona, a la que se había afiliado hacía poco y de la que estaba orgulloso, aunque su mamá se lo reprochaba. La mamá era católica, apostólica y romana. No podía sino sentirse escandalizda y triste por la elección confesional del hijo, el cual, no se sabe de cuándo acá, se había dejado descrestar por la cultura norteamericana y, en el caso específico de la fe, por un tal Joseph Smith, el fundador de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los últimos días. John Charles regaló a Marcos el Libro de Mormón, una especie de biblia de los seguidores de Smith. "Estúdielo, para que vea la validez de esta religión", lo animó. ¿Qué hubiera dicho la mamá de John Charles si supiese que Joseph Smith se casó con cuarenta mujeres, entre estas una niña de catorce años y señoras casadas? El tipo era todo un bajá, y tenía de dónde escoger mujeres: la congregación. Marcos fue entendiendo que el sistema de vida al que John Charles se adaptaba no era auténtico, que todo ese discurso de la circuncisión y una dieta moderada obedecía a un lavado de cerebro. Los mormones hacían bien su trabajo. Entre las prácticas de esta iglesia estaba la de realizar entrevistas anuales a sus fieles, en las que abordaban preguntas sexuales. No eximían a los niños de estas pruebas. Marcos no podía sentir más que perplejidad cuando su amigo le contaba que había blasfemado del alcohol, el café, el té, el tabaco y la carne, asuntos que Mormón prohibía. "Me deshice de mi colección de revistas pornográficas, rompí el tratado onanista, no volví a ver películas eróticas. Una sensualidad extremada pervierte. Sólo conservo mi colección de máximas". En fin, John Charles delegó en los mormones la tarea de proporcionarle una existencia disciplinada, en regla. Si hay gente que se preocupa por implementar medios para la felicidad de los demás, ¿por qué no confiar en esas personas y en sus métodos? John Charles seguía los consejos de sus maestros espirituales. Había reflexionado bastante respecto al rumbo que debía seguir su vida. La religión le daba seguridad, solvencia anímica, responsabilidades. "En todo ser combaten dos potencias contrarias, la materia y el espíritu. Estas dos fuerzas luchan a lo largo del periplo de cada persona, y pueden destruirnos, pero también pueden fortalecernos. Lea el Libro de Mormón". Y agregaba que uno necesita un ideal para vivir, que su vida transcurría plácida en comunión con sus hermanos de fe, que ojala pudiese convencer a todos sus amigos para que hallaran la dicha en el seno de esta iglesia. Lo consideraba un deber humanitario. Trabajaba por él. En ocasiones Marcos envidiaba esa plenitud en que parecía vivir John Charles. ¿Por qué iba por la vida sintiéndose un desgraciado? ¿Necesitaba unirse a la grey anestesiada para no sentirse excluido? La masa es necesaria, pensaba. El individuo insular es peligroso para sí y para los demás. Veía a la religión y a la ciencia como dos perros rabiosos disputándose el hueso de la verdad.
Los templos mormones eran bonitas construcciones funcionales, con verdes prados, jardines y a veces hasta con canchas donde practicar deportes. ¡Y esas piletas bautismales! El aire parecía impregnado de inmunizada paz. Los fieles transpiraban bienaventuranza. La comunidad mormona estaba fuertemente unida. ¡Había tanta alegría! ¡Tanta certeza! La suya era la única iglesia verdadera, las demás eran falsas, ni siquiera eran iglesias, sino sectas. Los mormones tenían dinero, y una iglesia rica es una iglesia poderosa. Marcos había acompañado a John Charles al templo mormón de Prado Centro. Salían de la u y caminaban hasta allí, aspirando el aire señorial de las viejas mansiones que ennoblecían ese sector de Medellín. Jhon Charles terminó con la novia que tenía, la cual no congenió con esos arrebatos protestantes. John Charles se iba volviendo austero y acaso pensara que su novia era demasiado mundana. Sus hermanas de fe eran mujeres discretas, llenas de entusiasmo devocional, hermosas chicas entre las que uno podía hallar el amor ideal. Y John Charles se aplicaba a eso, por supuesto, como el fundador Joseph Smith que, entre otras cosas, murió asesinado en Carthage, Illinois, en 1844. John Charles aconsejaba a Marcos unirse a su fe y encontrar una mujer honesta y digna entre todas esas jóvenes que asistían a la congregación. Que no se conformara con una mujer que bebe licor, que fuma, que viste sin recato. Las mujeres del rebaño eran otro cuento, mesuradas, con una alegría matizada por la fe. John Charles era amistoso y locuaz con todas. Marcos acompañaba al amigo, examinaba el terreno. En el fondo, no se sentía bien allí. Sus rumbos eran otros. Acaso le pareciera mejor una mujer que sabe disfrutar de unos tragos, que se abisma en sus pensamientos mientras fuma un cigarrillo, que se viste con seducción. No, no acaba de creerle a Joseph Smith. Sin embargo, una de las imágenes más cautivadoras entre sus recuerdos de la u, es la de John Charles sentado en la biblioteca o en algún pasillo leyendo la Biblia. Cómo había cambiado. Ya no era un tipo del montón, se apartó de todos. Se hizo solitario. La u pasó a jugar un rol secundario en su vida. Descuidó el estudio. Las reuniones y ceremonias con los mormones atrajeron la mayor parte de su tiempo. Leía mucho. Escogía sus amistades con un criterio condicionado por su actitud proselitista. Se comportaba como un tipo reposado, parsimonioso, metódico. Marcos encontraba algo admirable en el proyecto vital de su amigo. ¡Leyendo la Biblia! En tanto que Marcos leía la Sonata a Kreutzer.
lunes, 18 de abril de 2022
Los condiscípulos (John Charles. Cap.3.)
Qué habría sido de la vida de John Charles sin la mamá. Como en una matemática atrofiada, la otra parte de la ecuación (el papá), por circunstancias de nuestra cultura, no existía: se había ido, lo habían matado, falleció, etcétera. Es una matemática desquiciada, la nuestra, en este aspecto familiar. Cuando esa otra parte de la ecuación (el papá) está presente, suele ser un borracho, mujeriego, maltratador y hasta violador. No son nada halagüeñas nuestras circunstancias. La mamá es la guapa, la valiente, la que se hace cargo de todo. Esta fue la situación de John Charles, hijo único. Jhon Charles vivía con la mamá. La primera imagen que tengo de ella fue un mediodía en que John Charles me llevó a su casa en Prado Centro. Quería presentarme a su madre, ardía en deseos de que ella me conociera. Me consideraba su gran amigo, una persona prudente, un estudiante adelantado. Le había hablado de mí a la mamá en los términos más elogiosos. La verdad, le colaboraba harto a John Charles, casi al extremo de sentirme explotado. Una mujer añosa apareció al fondo del pasillo y caminó hacia nosotros secándose las manos en el delantal. Era baja, robusta. John Charles la besó. Entre amable e impaciente, la señora nos saludó y regresó a la cocina: estaba poniendo a punto el almuerzo. John Charles me llevó a su cuarto y descargó el morral. Me recibió mi mochila y la depositó en el escritorio. Embebido de orgullo, sin tardanza, abrió su baúl y me enseñó su colección de revistas pornográficas. Estaba alerta a los movimientos de la mamá, no fuera a sorprenderlo. Pasaba las hojas y observaba los posters con delectación de pervertido, engarzando comentarios y suspiros. ¡Cómo suspiraba! Me pareció que había decantado el arte del suspiro ante la exuberancia del cuerpo femenino. Me confesó que se había pegado muchas masturbadas con el estímulo visual de esas fotografías. Extraña relación la de un hombre deforme con unas mujeres esculturales, me dije. Si esas mujeres puediesen hablar desde sus imágenes de polaroid, seguramente pondrían el grito en el cielo.Pero estaban cautivas, John Charles las tenía a su disposición. Y se divertía vertiendo sus chorros de semen en las tersas y luminosas caras de las modelos. Luego secaba con un trapo. John Charles guardó las revistas de prisa al sentir en el pasillo los pasos de su madre. La señora se arrimó a la puerta con ojos desconfiados, miró al hijo con severidad y le hizo una pregunta inofensiva. Advertí la añagaza de la mujer: solo quería vigilar a John Charles. Pero este, ágil, se había apoderado del fólder de las máximas y fingió una lectura inocente al amigo, ante la hostilidad de la madre, la cual acabó por regresar a su oficio. Tanta lata me había dado John Charles con su colección de revistas pornográficas: al fin me la había enseñado. Era de los que asistía a los cines del centro a ver filmes de sexo. Un personaje del centro, ese era John Charles. Amaba los corrillos polemizantes de los parques, le gustaba meter baza, discutir. Y siempre iba a la caza de placeres obscenos. La última vez que nos vimos en la acera de Comfenalco, ya viejos, me confesó que se estaba comiendo a una muchacha de veinte años. Me lo contó con su voz lenta y suave, con sus ademanes reposados y pulcros, con sus dientes bien cepillados, donde la seda dental había realizado una concienzuda labor previa. ¡Una muchacha de veinte años! Se la comía en un hotel del centro. Sabía cómo conquistarlas. Para él no había mujer fea. No iba tras la cara, sino tras el cuerpo y la exquisitez de las sensaciones. Dentro de todo este obrar de Jhon Charles, alguna vez alcancé a intuir una sensualidad profunda, sabia, del todo desconocida para mí. Tal vez era el amante perfecto. No sé. Sabía decirles a las mujeres cosas dulces. Quizás no fuese palabrería lo de las ventajas de los circuncisos en lo sexual. La cuestión del prepucio no sería una pequeñez. En fin, nunca me tomé muy en serio estas cosas de John Charles, me parecían excentricidades. Ser esclavo del sexo tampoco es que sea gran cosa. Tener en un baúl con llave una colección de revistas, deslizarse todas las tardes a un cine porno, perseguir muchachas y murmurarles piropos. Hay gente para eso. en fin. Un momento después, John Charles me otorgó la preferencia al sentarnos a la mesa. La mamá nos sirvió con una diligencia entre ofuscada y sumisa, y Jhon Charles ostentaba una cara de dignidad acatada. Había advertido una vez y otra a su mamá que invitaría a un amigo a almorzar, que estimaba sobremanera a ese amigo, que debía atenderlo con todos los honores. La pobre señora se afanaba por complacer al hijo y por halagarme a mí. Dimos cuenta de los platos, mientras la mujer iba y venía de la cocina al comedor. No se sentó con nosotros. Me mostré sencillo, educado. Comimos con apetito. En medio de una actitud pugnaz hacia su hijo, la mujer me bombardeó a preguntas sobre el comportamiento de John Charles en la universidad y en la calle. No le tenía confianza, se veía a la legua. Daba a entender que John Charles le mentía mucho. A todo esto, el aludido respondió con un gesto de ofendido pundonor, asegurándole a la mamá que todo iba bien, que era irreprochable en todo, "¿no es cierto, Marcos?" Y yo no tuve más opción que asentir. Pero la señora no quedó muy convencida. Sin embargo, corrió a la cocina a traernos el postre. John Charles le pidió luego un vaso de agua helada y ella se lo trajo con presteza refunfuñona. Jhon Charles estaba satisfecho. La madre se vistió y se despidió, debía ir a trabajar. Era un freno moral que trataba de meter en cintura a ese hijo díscolo. Antes de irse le espetó una lista de admoniciones. Sin hacer caso a las advertencias maternas, John Charles me llevó de nuevo a su cuarto y se absorbió en la lectura y explanación de las máximas. "Escucha esta: la belleza comienza cuando se empieza a cortejar a la bestia". Yo pensé en su postulado de que no hay mujer fea.
sábado, 16 de abril de 2022
Los condiscípulos (John Charles. Cap. 2.)
En mi novela inédita Hojas al viento la parte correspondiente al personaje John Charles va de la página 83 a la 151. Junto con el capítulo de Gildardo (el estudiante de medicina) y el de José Lebrún (el profesor de literatura), constituyen los más extensos, y acaso también los mejor logrados. Marcos Pita (a quien ya había puesto como protagonista en mi otra novela inédita, Las vueltas de la pelota) vuelve a ser el personaje principal en Hojas al viento. Hojas al viento versa sobre la vida de la universidad, se hace eco del exhorto repetitivo de Estévez sobre que aún no se había escrito en nuestro medio una novela sobre la u. No es una obra que me haya dejado satisfecho. La considero una tentativa. El personaje femenino, Mónica, se asemeja una migaja a la Maga de Rayuela. Aún Marcos Pita no puede ser feliz con una mujer, así que rompe con Mónica. A Mónica se la saca de escena mediante el socorrido recurso de un viaje a otro país, Suecia. Todos estos textos que ahora publico en Trapos de luna (donde aparecen semblanzas de mis maestros y de mis condiscípulos), son material recaudado para otro intento de la novela de la u. Supongo que ahora sí escribiré algo que me deje contento. Sin embargo, ahí está Hojas al viento, pasada en limpio, argollada, archivada en una gaveta de mi escritorio, entre otras obras inéditas. Quién sabe cuál sea su suerte. De algo servirá, al menos como documento de una época. La acabé en marzo de 2007. Allí vemos a John Charles (lo nombro Jhon Wilson) al final de su capítulo anotando en su cuaderno de proverbios un versículo de Isaías 48-21: "abrirá la roca y brotarán las aguas". Este proverbio John Charles se lo dedica a Marcos Pita, a sus búsquedas, a su tenacidad en querer cifrar lo hermoso en el lenguaje. "Abrirá la roca y brotarán las aguas". Algún día. En este proverbio que escribe en su cuaderno como homenaje a Marcos Pita, John Charles patentiza el gusto de Marcos por la Biblia, texto que trajina desde joven. Hasta muy veterano, siempre que salía de viaje, el primer libro que Marcos echaba en su morral era la Biblia. Llegó un tiempo en que no lo hizo más. Pero siempre mantuvo una Biblia de cabecera. Así, pues, John Charles recopilaba máximas en un fólder. En el transcurso de cuatro o cinco años había copiado más de quinientas. Quizás algún día publicase un libro con toda esa sabiduría compilada. El escrito sobre la circuncisión manual lo tenía en una agenda. No había que mezclar las dos cosas. Un asunto era la sapiencia de los siglos, otra la murga de los prepucios. Era digno de ver el recogimiento y la meticulosidad con que John Charles revestía el acto de anotar un proverbio en el fólder. Alguna vez Marcos lo dejó en la biblioteca universitaria entregado a esta pasión de recopilador de máximas. Así que el hombre no era del todo un papanatas. Solía adornar su conversación engarzando una frase célebre aquí, un proverbio allá. "Un voluntario", dijo Rogelio, abriendo el espacio para la lectura de la tarea. John Charles salió al frente, presto. Confiaba en el impacto de su escrito. Se posesionó del atril. Enfrentó al auditorio con un gesto sociable y una mirada risueña. Su tenue voz nasal dominó el aula. Leyó la experiencia de la circuncisión manual. Leyó despacio, con sonreída delectación, marcando el énfasis con pausas deliberadas, hiriendo el aire con los puñales de los dedos, como en espasmódicos movimientos de esgrima, saboreando cada palabra, deteniéndose para dar explicaciones, retomando con calma el hilo de la lectura. Tenía un vicio de dicción consistente en agregar una "q" en medio de algunas palabras, por ejemplo: "haceqdor", "asignaqción".
El tratado masturbatorio narraba con prolijidad la técnica de la auto-circuncisión con base en una metódica e intensiva práctica de pajazos. La prueba de que el método era eficaz no había que buscarla muy lejos. Estaba ante los ojos del auditorio. John Charles mismo se había circuncidado con este procedimiento. El día en que el cuerito de su prepucio se desgarró y se separó del glande en medio de una jubilosa efusión de sangre fue uno de los más felices de su vida. Al leer, hacía más gráfico el acto masturbatorio con lentas evoluciones de la mano. El tratado terminaba con un breve panegírico sobre las bondades de bañarse con agua fría. Circuncidarse era, pues, una práctica salutífera, así no fuese por cuestiones religiosas. Con pavorosa tranquilidad, John Charles alentó a los varones a seguir su ejemplo. Era fácil, barato. Se evitaba la cirugía, que podía ser costosa. Unos pajazos concienzudos, usando vaselina como lubricante. Suave la mano, constante y ¡ahora! Un tirón más fuerte para desgarrar el cordoncillo prepucial. Qué importaba el dolor pasajero, la escandalosa sangre. Coagulantes caseros a la mano: telarañas o café en polvo. Ya está. Luego abundosa agua fría en el glande. El pene ganaba en apariencia sin esa tirita advenediza. Y el goce sexual se multiplicaba. John Charles se había salido con la suya. A mí volvía a parecerme un ritual salvaje, como el de los sioux y la caza de cabelleras. El escalpamiento de Ralph Morrison, cazador de búfalos, por los cheyenne, en la pradera fuera del fuerte Dodge, en diciembre 7 de 1868. El cadáver tendido con la cabeza pelona, con señales de la reciente tortura. Hermosa cabellera. Bello prepucio. Olor conducente a descanso, y esas cosas.
viernes, 15 de abril de 2022
Los condiscípulos (John Charles.)
John Charles es quizás uno de mis condiscípulos de la u de quien más he escrito a lo largo de los años. Lo conocí en los semestres iniciales, cuando él cursaba Bibliotecología. Hoy, transcurridas tres décadas, me lo encuentro por ahí de vez en cuando (claro que, a esta fecha, llevo años sin verlo. La última vez nos cruzamos en el centro, en el andén de la biblioteca Comfenalco). Su figura es harto peculiar, obliga a mirarla más de una vez. Es decir, no es una persona que pasa desapercibida. Cojea al andar, y su cuerpo es sacudido por un temblequeo incontrolable. Este temblequeo le entorpecía al escribir, por eso se atrasaba en clase, y luego pedía a los compañeros que lo desatrasaran, que copiaran por él. No tenía pudor al respecto. Es un poco cargado de espaldas. Aunque su fisonomía resulta extravagante por estas dificultades motrices, su rostro no es desagradable. Siempre se ha preocupado por la higiene de sus dientes, a un punto casi enfermizo. Cuando nos hicimos amigos, me hablaba de que galvanizaba su salud con duchas de agua fría. Era un apologista de la circuncisión, que él se había practicado de manera manual, por medio de un dispendioso y complicado sistema basado en los pajazos. Cosa de locos, la verdad. Hoy puedo afirmar con toda certeza que era un maniático sexual. La circuncisión manual, qué descabellado. Sí, en algo recuerda al sanguinario ritual del escalpelamiento o caza de cabelleras de algunas tribus de Norteamérica, los sioux, por ejemplo. Según John Charles los circundidados tienen mayor goce durante el sexo. Científicamente comprobado, según él. Lo más disparatado es que había detallado en un escrito el proceso de la circuncisión manual, el cual leyó en clase de Español, el curso que nos dictaba Rogelio Franco. Consideraba la masturbación como algo natural, saludable. Afirmaba que la mayoría de hombres exitosos eran circuncisos, y me enviaba a comprobarlo consultando el mundo de la farándula y la política. Toda esa gente triunfadora se había operado el prepucio. Los circuncisos son individuos caracterizados por inconfundibles rasgos físicos, sobre todo faciales. John Charles se jactaba de que, en siete de cada diez casos, con solo estudiar el rostro de alguien, sabía si era circunciso o no. "Circuncídese", me alentaba. "Mañana le enseñaré mi método con detalle. Leeré mi escrito en clase. Quizás lo convenza".
Dos días después, antes de la sesión, John Charles me confió el texto. Su caligrafía eran unos pobres mamarrachos. Permanecíamos sentados en un banco del alto corredor del bloque 11, junto al aula. Desde allí se tenía una agradable panorámica de árboles y tejados universitarios, además de algunos retazos de ciudad. Era a media mañana. El aire tenía esa luz radiosa y acariciadora del verano. Un imperceptible temblor en nuestras fosas nasales delataba la sensualidad de nuestros cuerpos frente al estímulo atmosférico. ¡Sagrada concupiscencia! John Charles se les insinuaba con un descoco sin par a las mujeres que pasaban. No le intimidaban las circunstancias desfavorables de su voz gangosa y su cojera. Ah, porque era un seductor. Tenía la filosofía de que de diez mujeres a las que les pidas el teléfono, al menos cuatro te lo darán. Había que hacerlo, no dormirse, actuar con rapidez, no dejarlas escabullir sin pedirles el número. Las amistades de John Charles eran mujeres sobre todo. Si le presentaban una, la asediaba con descaro, mostrándose confianzudo, manoseándolas. A las compañeras de clase las utilizaba para cumplir con los deberes académicos. No era tímido. Al contrario, era tan desfachatado que rayaba en la impertinencia. Su falta de tacto exasperaba. No se conformaba con hacerlas sus sirvientas, también quería arrastrarlas a la cama. No establecía diferencias de rango. Con las profesoras era igual de imprudente. Varias veces su indiscreción le hizo pasar momentos amargos. Pero él tenía un carácter tan ligero e infantil que lo libraba de remordimientos. Era rijoso como un viejo verde. Su lengua era un panal de abejas. Las mujeres sentían derretirse la miel en sus oídos con sus susurros melosos. A veces se lo veía como un ventarrón impetuoso por los ámbitos de la u, cuando iba tras una mujer o un compañero. Era un tipo del montón, alegre, risueño, bulloso, parrandero, que contaba chistes obscenos, desaplicado, que pagaba para que le hicieran los trabajos, que bebía cerveza, que narraba con ingenua fruición sus aventuras amorosas, llegando a tal minucia en el relato que hacía sonrojar al más licencioso. En fin, era un pesado. Yo me comportaba con reserva. A ratos, mientras John Charles leía, me abismaba contemplando las copas de los árboles y las nubes, transportándome a mundos lejanos e incorpóreos. John Charles me hacía volver a la realidad con enérgicas palmadas en el muslo y con su vocecilla dulzona: "Eh, ¿sí está prestando atención?" "Sí, claro".
miércoles, 13 de abril de 2022
Los condiscípulos (Diana.)
Son muchas cosas las que llegamos a olvidar si no estamos compulsando el recuerdo de manera constante. La memoria es un barco naufragado, hundido, del que a veces sale a flote algún cacharro. Lo abolido se forma en estas lagunas de la memoria, en el cieno donde anclan para siempre las cosas vividas, que ahora son olvido. Mis cuadernos y mis apuntes de escritor son esas fuertes poleas con las que rescato recuerdos del fondo donde yacen los naufragios del tiempo. ¡Y qué cosas encuentro! Diana de los Ríos fue mi condiscípula del primer semestre, igual que Nelly. Con Diana me unió siempre una amistad más cierta, de afinidades y coincidencias. Ya veteranos nos hemos topado por ahí, al azar, conversando con agrado recíproco. Creo que ella terminó de rectora de un colegio, cosa a la que le huí como si en ello me fuera la vida. Yo seguí en mi rol de maestro ordinario, de los que no aspiran sino a pasar desapercibidos, de los que renuncian a formar parte de sindicatos y asociaciones, de los que esquivan reunirse en grupos de estudio y esos asuntos. Diana fue maestra muchos años, luego concursó para rectora. Hay gente que busca una pensión jugosa. El cargo de rector acrece el sueldo. Bueno, cada cual. En mis apuntes de la época de la u encuentro que hasta tuve un flirteo pasajero con Diana. Durante el primer semestre platicamos bastante, novatos ambos, inseguros en el vasto mundo universitario. Después, encuentros ocasionales, breves, saludo, anodinos intercambios de cordialidad, nada más. Y de pronto, a raíz de una coincidencia en un corredor de la u, en el tedio del mediodía, nos vimos desde un ángulo distinto, hubo el hallazgo de algo, la percepción de una luz largo tiempo velada, una mayor delicadeza en las palabras. La camaradería del semestre inicial resucitaba, un deseo en cierne, algo que era mejor, más exquisito, si se callaba y dejábamos que las cosas sucedieran. Convinimos en estudiar juntos, robarle tiempo a la academia para investigar otros tópicos, materias diversas, filosofía, literatura, pedagogía (a Diana le interesaba mucho la pedagogía). Esto resultó a medias. Las obligaciones personales nos imponían un yugo. Sin embargo, hubo una visita a la biblioteca, indagación libresca, discusión leve, lectura parca, poco estimulante, nada más. Así es mejor, pensaba yo. No atarse demasiado a Diana, máxime si su amigo aparecía siempre en el lugar donde ella estuviera, urgiéndola a reunirse con él. Era, el amigo de ella, un joven amable, pero al demonio con los amables jóvenes que andan celando a su mujer. Era más grato dejar todo en manos del destino, no forzar nada, bastarse con los encuentros inopinados, charlas imprevistas, compartir un café, una gaseosa, meterse en un recital de poesía o en la función de un mimo. A veces Diana como que se sentía culpable por exhortarme al proyecto de estudiar y luego no tener tiempo, irse con su amigo, dejarme en la estacada. "La próxima semana estudiamos juntos", me decía a las volandas cuando nos cruzábamos por ahí, y seguía adelante con su amigo, un estudiante de derecho que andaba con una mochila de los kogui terciada en bandolera. Su amigo me propinaba una palmadita como despedida al muchacho taciturno que estudia con mi novia. Esto no era fácil de digerir, hacía tarugo en la garganta. Bueno, eran cosas que pasaban. Ignoro si Diana se casó al fin con ese muchacho, creo que no. La novia del estudiante no es la esposa del profesional, reza el folclore vallenato. Los vi juntos todavía por mucho tiempo, pero no creo que se hayan casado. Nunca llegué a sentir antipatía por Diana, como sí se la tuve una migaja a Nelly. Dondequiera que me veía, Diana se apresuraba a saludarme, siempre con esa energía y ese calor de viejos camaradas. Espero que sea una buena rectora, no una de esas lacras que sólo piensan en el salario y en la jubilación de millones. Me hubiese gustado más, de todos modos, que siguiera como profesora rasa, en lo que existe un dejo de nostálgica belleza.
viernes, 8 de abril de 2022
Los condiscípulos (Amed.)
Amed no aparece por ningún lado en mis cuadernos, ni siquiera en los de aquella época de la u, cuando coincidimos en el curso de Inglés Diversificado, con el profesor Alcides. Reviso unas páginas en las que escribí unas notas sobre los condiscípulos de entonces, y Amed no aparece por ninguna parte. Es en ese curso de Inglés Diversificado con Alcides, en el bloque de Ingeniería, donde su memoria se precisa. En la clase de las dos de la tarde, donde a más de uno le atacaba la somnolencia y, entre cabeceos, echaba un sueñito. Era el caso de Jhon Carlos, el cojo, un temperamento demasiado sensual y vidabuena, que se entregaba a los placeres del dios Morfeo, porque luego se le daba un ardite pedirle el cuaderno prestado a un compañero para desatrasarse y, lo que es más, para copiar la tarea. Era un tipo perezoso, que hacía apología de la circuncisión y de los baños con agua fría. Estudiaba Bibliotecología. Tenía medio cuerpo torcido, con motricidad dificultosa, por lo que le daba lidia escribir: lo hacía muy despacio. Había quedado así a resultas de un accidente en moto en el que casi pierde la vida. Muchas veces, sin pizca de verguenza, te pedía que le sirvieses de amanuense. Ya hablaremos de Jhon Carlos en otro capítulo. Amed era otra cosa, del todo distinta. Ahora pienso que ese cuento de Luis (La sonrisa de Abud) es un homenaje a Amed. Luis conoció a Amed en la u, eran coterráneos. Luis y Amed siempre me recordaron el libro de Musil (Las tribulaciones del estudiante Torless), donde el escritor austriaco demuestra su pasión por las matemáticas y por la filosofía de Kant. Amed estudiaba Ingeniería, Luis estudió Física antes de enrolarse en Español y Literatura. "Abud era un hombre del desierto. No tuvo padres que lo vieran crecer y hacerse mayor: murieron en una tempestad de arena, dejando a su vástago a merced de las ensoñaciones (que no lo abandonaban) y de la perfidia humana. Todos sabían de Abud, a quien consideraban un ser como pocos; lo miraban ir y venir, ajeno a los trajines de sus congéneres. Para Abud la vida era otra cosa. En el tiempo en que los hombres buscan el calor del cuerpo femenino, Abud solía fijar su vista en las estrellas. Fue así como engendró el propósito de soñar el más hermoso jardín. Abud no hablaba con nadie. Iba y venía por el desierto. Su sueño se fue poblando con los árboles y los animales más soberbios. Abud empezó a sonreír. Su sonrisa se hizo famosa entre los habitantes de las dunas. Mirando su sonrisa, todos podían imaginarse tigres apacibles y serpientes de onduladas pestañas saltando a través de sus palabras. Pero Abud no hablaba, sonreía. Hasta que Ibrahím y Tamar, marido y mujer, concibieron la idea de escamotear el sueño a Abud. Habían amasado una fortuna con vejámenes y sangre. Ibrahím gozaba de un bien surtido harén. A capricho, destinaban a sus semejantes al infortunio o la dicha. Consiguieron su propósito. Abud se pierde para siempre en la noche del desierto. Antes de desaparecer, lo escuchan llorar". Este es el relato de Luis. El amigo Luis. Cuando lo conocí siempre hablaba de Henry Miller. Su vida era parecida a la del escritor norteamericano: irreverencias, amores, penuria, soledad. Siempre estaba hablando de Anais Nin y su libro El delta de venus. Él era Abud, el personaje de su cuento. Amed era de ancestros libaneses, tenía ese hermoso aire del desierto, una virilidad agraciada, don de gentes, como un sol, una estrella de las dunas. Así era Amed. Me gustaba la clase de Alcides nada más por conversar y reír con Amed, por ayudarle en los trabajos de inglés, por estar cerca de ese hálito de costa, arena, mares tórridos, de donde también procedo. Era otro vidabuena, como Jhon Carlos, pero con otro espíritu: era un galán, vestía bien, conquistaba mujeres. Era ese amigo que te ganaba con su sonrisa cálida y franca. Tras unas vacaciones, regresamos a clases y nos derrumbó la noticia: Amed había muerto en un accidente. Se mató en la moto. Fue una cosa maluca de digerir, como con Arizmendy. En su recuerdo se tamiza esa vida festiva e intensa de los costeños que venían a estudiar al interior, que vivían en pensiones, que eran unas porras en matemáticas, que jugaban softbol. En fin, esos seres que se tomaban la existencia con un desenfado superior, de los que acaso debí aprender algo. Luis llevaba un poco las cosas a lo terrible, pero Amed era liviano, volátil. Tenía en sí esa gracia suprema de lo eterno y lo efímero. Sus camisas eran de colores tropicales, y no podía faltarle la colonia. Me hubiese enseñado cómo entrarles a las mujeres, si la vida nos hubiese dado más tiempo. Y seguro que habría incentivado en mí la pasión por las matemáticas. Hoy pienso que Amed fue esa brisa en que se condensó la esencia de la vida universitaria, ese flogisto del tiempo, ese resorte de la imperecedera alegría. El sembrador que ata la gavilla, la deja en el campo, y se va.
martes, 5 de abril de 2022
Los condiscípulos (Nelly.)
Con los años Nelly acabó por convertirse para mí en una desconocida. Era una maestra. A veces se daba una vuelta por la u. Se reunía en la cafetería a botar corriente con un grupo de viejos camaradas, a renegar de las indignas condiciones de su trabajo en un colegio de Medellín. Su escape era la pintura. No era raro que llevara consigo alguna de sus obras, un cuadrito o un lienzo, que enseñaba a sus compañeros de charla, deteniéndose en comentarios sobre aspectos técnicos, particularidades de su estilo, el tiempo que consagraba a su hobby, etcétera. Tampoco como pintora alcanzaba a sentirse plenamente realizada. Era una afición ocasional. A lo mejor también se jalaba sus escritos, como la mayoría de nosotros, pero nunca dio nada a la imprenta ni supe que participara en algún concurso literario. Era una maestra. Es decir, su figura era la de una señora atareada, con ojeras, un poco agria, que no se ha dedicado al cultivo estético de su cuerpo, porque los gorditos rebalsaban aquí y allá. Una señora de fisonomía achaparrada, con cierta insolencia en el andar, testimonio de mejores y lozanos tiempos. Ya todo era un poco ingrato para nosotros, que habíamos dejado atrás la dorada juventud. Éramos unos asalariados del gobierno y, muchos, unos resentidos. Pero este resentimiento no nos impulsaba a nada hermoso, no nos hacía arriesgarnos a dejar la docencia e intentar otros rumbos. De alguna manera, nos habían domesticado, nos habían privado de la rebeldía, y nos sentíamos cómodos. Nos citábamos en la u para esquivar la apabullante sensación de inutilidad de la vida, para compartir un café y conversar. De pronto, entre una cosa y otra, algún colega decía recordarnos de la camada de primíparos, de la tarde de la inducción, de aquellos días en que aún éramos imberbes. ¡Cómo! Sí, ¿no me recuerdas? Somos del mismo año y del mismo semestre. Estuvimos en el mismo grupo de la inducción, aquella tarde. No, no podía recordar que el colega estuviese en aquel grupo de novatos. Si él lo decía. En cambio, recuerdo perfectamente que Nelly estuvo entre el grupo de principiantes de aquella tarde. Nelly y Diana de los Ríos. Muchacha hermosa, Nelly. Diosa radiante, Diana de los Ríos. Era la vida plena de belleza y dulzura, amplia y promisoria como la ribera del mar. ¿Cómo es que Nelly era ahora una desconocida para mí? Si fue de las primeras amistades que trabé en la u. ¿Qué había pasado entretanto? Ahora la veía con indiferencia. Y debo confesar que no me era extraño el motivo de ese desvío. Una vez, en una taberna de salsa, Nelly se negó a bailar conmigo. En otra oportunidad, un amigo común me contó que habló de mí a Nelly y ella dijo no conocerme. El amigo recalcó las señas, en vano. Entonces pensé que la amnesia de Nelly era más orgullo que desmemoria. Cómo es que la vida puede adulterar de tal manera la simpatía, cambiarla en desgana. Así, un día en que Nelly se hallaba en la cafetería universitaria entre un puñado de amigos exhibiendo sus cuadros, me acerqué y saludé a todos, menos a ella. Y aunque parezca ruin, me alegré de las ingratitudes de su fisonomía, de su grasa de más, de sus ojeras profundas. Y cuando contó lo mal que le iba con los alumnos, me mostré desinteresado. Me parecía lamentable que todo esto ocurriera. Conservaba gratos recuerdos de aquella tierna época de estudiantes novatos, cuando coincidimos en el entusiasmo de los cursos introductorios y nuestros cuerpos eran juveniles, flexibles y hermosos. Ah, por qué era todo tan frustrante ahora. ¡Nelly! Aquella joven tarde de siempre: Nelly. Ahora nos reuníamos y mirábamos pasar a la la anciana de ochenta años que estudiaba idiomas. Paraba en Troncos y comía un pastel, despaciosa, desdentada. Lamía las migas de la servilleta. ¿Cómo sería esa lengua? ¡Qué absurdo todo, la vida, esta anciana, y el colega que nos recuerda de la camada de primíparos, sin que uno se acuerde que él estuvo allí, en el glorioso y florido grupo de neófitos! Bebamos una cerveza, brindemos por eso, colega. Bebamos una cerveza y brindemos porque nuestra amiga anhelosa de amor halle un novio esta tarde, porque esta otra amiga de vaparosos vestidos no sea devorada por la ceniza del tiempo. El amigo del colegio que decía que los sesenta años es la edad justa para mandarse mudar. Y el colega memorioso rebatiendo esta tesis: no, la vida, los proyectos, y todas esas monsergas. Pero yo creo que era el condiscípulo del colegio quien tenía razón. Los griegos eran más estrictos en ese sentido: la muerte joven es el ideal. Nelly murió a los veinte años, lo mismo Marcos, lo demás es una máscara raída, gesticulante, grosera. Ah, la anciana que estudiaba idiomas. Bueno, ¿qué habrá sido de ella?
lunes, 4 de abril de 2022
Los condiscípulos (Arizmendy. Cap.12.)
Veo a Iván en ese relato titulado La puerta en el Muro (H.G. Wells). No sé bien si fue el propio Iván quien me contó esta historia, sazonándola a su gusto, cambiando nombres y apartes. Me dijo, quizás, que era algo ocurrido a un amigo. Este amigo había muerto en extrañas circunstancias. Se llamaba Robert. Llegó a ser un político brillante. Era un hombre reservado, por eso Iván se sorprendió de que le narrara tan extraordinaria historia: "Robert y yo fuimos compañeros de escuela. Era un alumno estelar, que sacaba los primeros puestos en todo. Había quedado huérfano de madre a los dos años. Su padre era un importante funcionario estatal, por lo que le quedaba poco tiempo que dedicarle a Robert. Un ama de llaves se hizo cargo de la crianza del niño, quien vivía rodeado, además, de varios sirvientes. Robert era un chico tranquilo e inteligente. Contaba con cinco años cuando le sucedió un hecho que marcaría su existencia. Una vez, burlando la vigilancia de la institutriz, salió a dar un paseo por la vecindad. No se había alejado mucho de su casa, cuando vio una cosa que captó su interés. ¿Que era? Se trataba de un muro blanco, en donde aparecía una puerta verde casi cubierta por una enredadera. En la acera había abundantes y amarillosas hojas de castaño. Robert tuvo un inmenso deseo de entrar allí, de ver lo que había tras ese muro y esa puerta. Sin embargo, dudó. Tuvo miedo de cometer un acto prohibido. De manera que pasó de largo frente a la puerta, casi sin mirarla. Llegó a la esquina, donde existían unas tiendas. Allí se detuvo. Su inquietud era tan fuerte que, olvidando cualquier duda, retrocedió, empujó la puerta y entró. ¿Qué vieron sus ojos? Un jardín fantástico. En primera instancia, vio dos panteras jugando mansamente con una pelota. Eran animales inofensivos, bellos. Una de las panteras vino hacia él. Robert extendió la mano y el animal se la lamió. En seguida, vio surgir a una hermosa muchacha que lo tomó del brazo, lo besó y lo llevó por el jardín, mostrándole los cuadros de flores, las lindas avenidas, la fiesta de los pájaros, el aire luminoso y apacible. Robert admiró la belleza de ese lugar maravilloso. Ante su vista fueron apareciendo personas mayores, serenas y bondadosas, al igual que niños con los que se puso a jugar. Era un juego muy divertido. Robert nunca pudo recordar en qué consistía, solo que era muy agradable. El juego terminó cuando otra muchacha que portaba un libro lo apartó de los niños, conduciéndolo por una alameda donde alternaban estatuas y bancos de mármol, al final de la cual se levantaba un palacio con fuentes y columnas. Los dos se sentaron en un banco, y ella empezó a pasar las páginas. Robert vio fluir la vida, su vida, en las páginas. No eran estampas lo que veía, sino acciones reales y profundas. De pronto, se vio a sí mismo, cómo se acercaba a la puerta en el muro. Quiso saber qué más seguía, pero la muchacha no continuó pasando las páginas. Le rogó, pero ella fue inflexible. En ese libro Robert vio la figura de su madre, su casa, su padre, los criados, todo, incluso el momento en que se acercó, temeroso, ansioso, a la puerta en el muro. Por eso deseó saber lo que seguía, porque en ese libro estaba consignado su destino. Fue tanta su curiosidad, que venció la dureza de la mujer y él mismo, ávido, pasó las páginas, hasta llegar a la última. Ya no vio el jardín fantástico, sino la vida frívola, sosa, áspera; se vio a sí mismo atrapado por la realidad de un mundo mísero, llorando porque jamás podría regresar al vergel delicioso y ensoñado. De regreso a casa, Robert fue castigado por su padre, quien no creyó su relato del jardín fantástico. Nadie lo creyó. Durante toda su vida estaría obsesionado por volver a encontrar la puerta en el muro. Oportunidades tuvo. De hecho, volvió a hallar varias veces el muro blanco y la puerta verde, pero nunca tenía tiempo, siempre lo reclamaban asuntos más urgentes e inaplazables. Por ejemplo: llegar a clase sin retraso, presentar unos exámenes para una beca, discutir algo importante con un amigo, en fin, siempre pasaba de largo por la puerta, que tenía la peculiaridad de aparecer cuando no la buscaba y en los momentos en que más deberes debía cumplir. La noche en que mi amigo Robert me contó esta historia, me pareció verídica. Al día siguiente, dudé, sin embargo. ¿No sería una alucinación? Decidí que no, que lo que Robert me narró sucedió en realidad. Robert cumplía sus obligaciones de personaje destacado por mera formalidad. En el fondo, vivía con la obsesión de encontrar la puerta en el muro. Vagaba por las calles, de noche, buscándola. Poco antes de que me contara todo esto la había hallado, pasando a un metro de ella, pero iba a una cita importantísima, por lo que no se detuvo. Robert murió ayer. Leí la noticia en un periódico. Encontraron su cadáver en una zanja profunda. Seguramente, en una de sus caminatas nocturnas, se internó por donde habían excavado unos pozos para unir dos líneas del tren subterráneo. Estos pozos los cercaron con una empalizada, en medio de la cual abrieron una puerta por la que entraban los obreros. Quizás por descuido del capataz, la puerta quedó abierta esa noche. De manera que cuando Robert entró, creyendo que era el acceso a su jardín fantástico, cayó y se mató. Extraña muerte, ¿no es cierto? Parece que el destino le jugó una amarga broma a este hombre. Pero, ¿quién puede asegurar que tras esa puerta no vio su añorado jardín?"
Este es el relato que Arizmendy contaba como si le hubiese ocurrido a un amigo suyo, Robert. Es decir, la historia donde el propio Arizmendy era copartícipe, compañero del protagonista. En ocasiones daba a entender que le había sucedido a él mismo, que él era Robert, que vagaba por las calles nocturnas buscando una puerta en un muro, tras la cual le aguardaba un mundo de fantasía, la vida verdadera. Así, pues, la vida real venía siendo un insípido simulacro de aquella otra que esperaba vivir, la que perseguía con obsesión. También Arizmendy murió una noche de bohemia, en extrañas circunstancias, en una calle de Bello. Amaba la salsa, quizás en su errancia iba tras una melodía, lo que para él significaría el paraíso y la redención. Robert confundió una empalizada con su amada puerta, cayó en un pozo y murió. Borges era un apasionado de la literatura inglesa. Quizás Arizmendy, que amaba a Borges, barajara en su cabeza el cuento de H.G. Wells la madrugada de su muerte.