lunes, 31 de enero de 2022

María Elena, Luis Hernán, Lucy, Aliria, Georlán.

Poseo breves apuntes sobre otros profesores de la u. María Elena era la profesora de matemáticas. Una mujercita bajita y hermosita. Sonreía como atardeciendo, ocaso perfecto del sol. Se ayudaba mucho, para dar la clase, del módulo de matemáticas. Vestía con formalidad, sin demasiado feminismo. Yo pensaba que me quería un poco. También estaba Luis Hernán Laverde, profesor de psicología del aprendizaje. Era un charrito que usaba lentes con patas de carey que, mientras exponía, de manera un tanto mecánica, se metía en la boca. Chistoso. Un viejón con aires de juvenil levantador de pesas. Caminaba con jactancia, como si tuviera una virilidad prepotente. Cortejaba, embozadamente, a las muchachas. No llegué a aborrecerlo. Incompetente. Fumador. Jamás dejó de sonreír. De Lucy Mejía, una profesora muy renombrada en la facultad de educación, que tenía una hermana llamada Aliria, también docente en el mismo sitio,  hice un brevísimo apunte: "ojos de gato en la noche". Sus ojos eran como cristales garzos, y así mismo eran los de Aliria. Aliria era la misma Lucy, en un formato más acuerpado y, creo yo, más descomplicado.

Contemplar el boque 9 a la distancia, como un conjunto, como un todo ubicado a la entrada de la Plazuela Barrientos, al lado izquierdo, frente a Caos, la tienda que está al otro costado de la plazuela. Una edificación de cuatro pisos, siendo el último más estrecho y sin balcones, con ese estilo sobrio y delicioso del complejo arquitectónico de la u. Contemplar de lejos ese espacio físico acordonado de árboles, ese bloque donde funciona la facultad de educación, y decirse ahí es y fue la vida. Imaginarse el bullir diario en esos pasillos, escaleras, salones, en una visión que rebasa el ladrillo y el concreto y que se pregunta por los momentos, las sensaciones, las ideas, los actos. Hermosa obra de arquitectura, a tono con el conjunto, sí, pero toda esa vida que bullió y bulle allí, la humana experiencia, las emociones, los pareceres, los episodios. Son las personas las que hacen la vida, las que dan sentido a los espacios, las que se imbrican con lo eterno. Profesores: Fernando Sosa, Orlando Carrillo, Horacio (al que apodábamos Sancocho), Georlán. Sistemas de pensamiento: Dewey, democracia y educación, pragmatismo, utilitarismo. La aplicación en la realidad de los diversos contenidos de las corrientes sociológicas y educativas. Aplicación en la realidad, hum. 

Un apunte sucinto sobre la fecha de un examen, sobre el aula donde tendrá lugar (10-123), desencadena todo un escenario, toda una dinámica de hechos en torno a un espacio, a un ritual. El bloque 10 es un edificio circular con aulas-auditorio. Unas simples escaleras que llevan del primer al segundo piso, el paseo entre jardines que lleva a las escaleras, el largo pasillo del que se desprende el paseo y que patentiza ya no un pasillo, un paseo, una escalera, sino una inmensa red, un universo. 

El profesor Georlán y la psicolinguística, combinación de dos disciplinas, la psicología y la linguística, que tienden al develamiento del discurso de las demás disciplinas de la naturaleza y la sociedad. ¿Qué busca la psicolinguística como ciencia? Ir más allá de las mamparas del hombre y del discurso que domina. Preguntarse por el desarrollo del discurso en el hombre. Busca preguntar y explicarse cómo se da el desarrollo del lenguaje (al profesor le parece de suma trascendencia recalcar esto.) ¿Qué clase de sujeto era Georlán? Recuerdo el final del curso, el balance del semestre. Todos muy contentos con el profesor. Nos vamos un poquito de la lengua en los halagos. En las definiciones, como es lógico, estamos un poco incoherentes, desorientados, no se asimila un cuerpo conceptual así como así. ¿Qué nos quedó para la vida? Mucho, todos estamos de acuerdo en esto. Aquí no se acaba todo, prometemos. Seguiremos adelante por nuestra cuenta. Georlán. ¿O Georlando? Recuerdo a aquel condiscípulo que no dio pie con bola en todo el semestre. Tenía que presentar un examen, cuando ya todos nos despedíamos, al cierre del curso. No había preparado el asunto,  no leyó a Kafka, temía al profesor, lo consideraba un verdugo. Y un hombre así, con tales inseguridades y miedos, sería padre de familia, meditaba yo. Tenía afecciones en la columna vertebral este condiscípulo del que hablo. Me había mostrado las radiografías, posiblemente fuera una hernia. Tal vez hubiera que llegar a una intervención quirúrgica. Quizás tuviese que usar un tomacuello. Al final, uno se llenaba de indulgencia con el amigo. Qué importaban sus inseguridades en psicolinguística, sus miedos a Georlán, si a la postre era buen tipo.            

viernes, 21 de enero de 2022

Marina Quintero.

No encuentro sino dos apuntes nimios en mis cuadernos sobre esta profesora de Psicología, Marina Quintero. Quizás tenga algunos más por ahí, de mayor calado, y deba buscar con minuciosidad. Me atendré al recuerdo, al entorno del bloque 9, al factor aglutinante de la figura de algunos compañeros de clase y al empaque extravagante de su hermano, estudiante de pregrado (no tengo memoria de qué carrera estudiaba, debía de ser una licenciatura), al que apodaba, para mis adentros, "El duendecillo". En general, Marina y su hermano eran personajes estrambóticos, carnavalescos, de corta estatura, casi enanos, con un no sé qué de contrahecho en la fisonomía. Recuerdo que Marina usaba tacones para compensar en algo sus mermas de estatura. Se emperifollaba de lo lindo esta mujer, con vestidos despampanantes y maquillaje en regla, es decir, exagerado. No se me hace difícil evocarla. Era muy suelta de palabra y de gestos. Bastante jovial, conversadora, amigable. Además del dominio en su área específica (Freud, Jung, Lacan), era una reconocida folclorista, amante del vallenato. No se perdía ningún Festival de este género. Era todo un espécimen. Creo que hasta cantaba aires de acordeón. 

El aula donde nos dictó el curso estaba en el segundo piso del bloque 9, cerca del Centro de Documentación de la facultad de educación, una salita atendida por un empleado amable (creo que se llamaba Fernando), donde uno podía hallar un sitio para estudiar y consultar bibliografía, revistas y monografías, en particular. Ese bloque 9 era un sitio por el que me movía con frecuencia, estudiando en solitario o en grupo, haciendo gestiones y ajustes de matrícula, visitando profesores, tomando un tentempié en la cafetería (vecina a la avenida circunvalar), etcétera. 

No sentía mucha empatía por los profesores de esta facultad ni por las materias que nos dictaban. Mis simpatías se hallaban en el bloque 12, entre los literatos, Natalia Pikouch, Restrepo. Esto demuestra que no escogí el pregrado pensando en ser docente, sino fustigado por el amor a las letras. En el futuro esta inclinación se hizo más categórica, porque, en el fondo, nunca me consideré profesor, sino escritor. Y creo que desde la visión que en aquel entonces tenía del bloque 9 y su parafernalia administrativa y académica, se materializó el rechazo que siempre he sentido por el sistema educativo. Aún hoy, al escribir estas líneas, mi negación de ese engendro tiene un no sé qué de visceral. En realidad, nunca hice amistad con ningún profesor del bloque 9. En cierta forma, hoy lo considero un bloque maldito, donde reinaba la medianía y el conformismo, en general, algo demasiado folclórico, como la propia Marina Quintero y su hermano "El duendecillo". 

La verdad, esos cursos como el de Psicología eran de los que uno consideraba como rellenos, así que no podíamos sentirnos a gusto. Hay gente que se entusiasma con eso, que se apropia de la importancia de estas materias, pero no era mi caso. Para mí era asunto de salir del paso, obtener los créditos y listo. En aquel tiempo leí a Freud, más inspirado por mis propias búsquedas que por la invitación de la profesora. Todo aquello era pesado y fastidioso. No había encanto. No sentía uno un nexo fuerte con la vida. Eran puras teorizaciones sobre escuelas y métodos, una cosa artificiosa y burda. Yo no podía amar eso. Lacan, Piaget. 

Todos los trabajos con Marina eran en grupo. Uno parecía no existir como individuo, solo como miembro de un grupo. Hoy uno entiende todas esas triquiñuelas de los profesores. Grupos de cuatro. Nada de eso, en el fondo, tenía sentido. Fotocopiar un documento y analizarlo, presentar un informe grupal. Nuestra representante ante Marina era María Eugenia, una compañera que se entronizó en el papel de líder. Todo un personaje. Era egresada de la Universidad de Medellín. Cierta vez nos contó que, como emérita de esta universidad, le correspondió asistir a un congreso donde le tocaba hacer una ponencia (una palabra de mucho predicamento en la u, en el bloque 9, "ponencia", y que a mí siempre me recordaba a las gallinas en su faceta de ponedoras). Pues bien, al salir a la palestra, de repente, se le trabó la lengua, no le brotaban las palabras, por más que intentaba. Se reía bonito la María Eugenia, sencillamente, hermosa. Así me parecía. Bajita, bonita. Jamás podré olvidar el día en que asistió a clase cargando un cuadro más grande que ella, y la forma como se movía entre las sillas con unos tacones altos y blancos que solo podían ser ajenos. Según entiendo, venía de una exposición. Un día cambió de peinado. Quise decirle: "te has quitado diez años de encima". María Eugenia tenía gripa, quise aconsejarle: "tome tabletas Dristán". Parecía una niña. Pero, según podía uno colegir por sus palabras, había recorrido una gran trayectoria por universidades, institutos, academias. Practicaba el baloncesto y el voleibol. Para acabar de ajustar, trabajaba. Una niñita adulta, eso era. Tenía una gran personalidad. Siempre llegaba tarde a las reuniones para los trabajos en grupo. Vestía como una reina de belleza, unas veces, otras, como una simple estudiante de educación física. Imposible que, en su rol de representante de grupo ante Marina, no se sintiera subestimada, sacrificada, no reconocida en sus esfuerzos. Aún así, no dejaba de ser afable, siempre dispuesta a sonreír.                       

jueves, 20 de enero de 2022

Alcides, Rogelio, Omar.

Alcides fue, junto con Laura Cannas, el profesor de Inglés de los primeros semestres. Inglés diversificado, que ofrecía competencias en lectura y comprensión de textos técnicos. Distinto al Inglés básico, parte del pensum de los estudiantes de Idiomas, más exigente, con énfasis en la conversación. Alcides fumaba en demasía. Encendía un cigarrillo con la colilla del que acababa. Era un negro de gran afro y sonrisa masticada. Le gustaba casi que de un modo enfermizo hablar de los negros y la discriminación racial. Corpulento y vigoroso, caminaba contoneado. Vestía ropas anchas, un poco al estilo de los sesenta, y calzaba relucientes zapatos de cuero. Con los alumnos hablaba cosas de la academia, jamás dio mucho de sí en una plática. Contaba sobre un curso de computadores que hizo, porque le parecía inconcebible que un universitario no conociera nada en absoluto de informática, mientras que en los Estados Unidos los niños de escuela jugaban con ellos. Alcides enamoraba a las estudiantes con su mirada, una mirada que concertaba citas en las cafeterías, al amor de un tinto y un cigarro. Era vanidoso, muy pagado de sí, casi que repelente. Rehuía los saludos. 

El anterior apunte sobre Alcides lo hice recién comencé la carrera, junto con el de otros docentes de esa época, como Rogelio Franco. Rogelio Franco era a quien consideraba el mejor de este grupo de profesores. Nos dictó Español. Alto, robusto, y dueño de una respetable barbita. Rogelio era un tipo especial y transigente, entregado a la docencia, escritor, dispuesto siempre a reír sin perder jamas la compostura. No fumaba, al menos en clase no lo hacía. Se movía, sí, mucho por el aula, casi que nerviosamente, yendo de aquí para allá entre las sillas, por las puertas, el atril. Daba lugar, más que a la controversia, a la participación. Jamás regañaba, nunca perdía los estribos, era paciente, aguantador, sin dejar de ser severo. Alentaba a los estudiantes. Era instruido. Citaba con frecuencia a Nietzsche y Zuleta. Solamente cinco o seis pupilos reprobaron el curso, pero todos ganaron la habilitación. Ahora que ya había acabado el semestre, satisfactoriamente para unos, no mucho para otros, uno se topaba con Rogelio, de vez en cuando, por los largos y estrechos pasillos, y él jamás rehuía un saludo.      

Omar era un tipo que se parecía mucho a Don Quijote de la Mancha. Largo y flaco como una tabla, no dejaba de tener un marcado aire de nobleza y denuedo. Le hubiese sentado llevar vestidos como los que vi un día en un retrato de Felipe II, rey de España: calzas al muslo, medias veladas, blusón rematado en gola. Ahora que lo veo bien, Omar se parecía más a Felipe II que a Don Quijote. Era el profesor de Sociología I. Su cátedra era de dos a cuatro de la tarde. Intelectual con visos, daba su clase sin material de apoyo. Solo exponía, hablaba, permitía la discusión. Jamás usó la tiza ni el tablero. Era poeta. Le daba verguenza serlo. Un día nos recitó un poema suyo y lo atribuyó a otro autor. Era un ser singular. Estilaba aires religiosos, se movía con donaire, como un eclesiástico. No fumaba. Contaba un chiste de vez en cuando. Su rostro, visto de cerca, parecía tener un halo científico, de rigor. Amaba las tardes estivales: sol, cielo azul, nubes perfectas, brisa fresca, árboles frondosos, muchachas hermosas, hombres dignos. En ocasiones, Omar iba muy aburrido, sin ganas de dictar clase, cansado y desgajado, muy abatido, meditabundo: no daba clase. Nos mandaba a mirar y gozar la tarde.  

(A poco de graduarme, una tarde me di una vuelta por la u. Me arrimé a la sala de profesores en el primer piso del bloque 12, y conversé con Alcides, que estaba en la puerta, fumándose un cigarro y bebiendo un tinto. A Alcides no le agradaba mucho la llovizna que caía, a pesar de que la vivía desde el confort de un techo, un cigarro y un café humeantes. Ahora, además del afro, lucía una barriguita muy oronda. Lo recordaba como uno de mis profes de los primeros semestres, al que dirigía un ademán de  cortesía cada que me lo encontraba. A la entrada de la sala de profesores, veíamos la facha cachazuda de la tarde, cruzábamos palabras, seguíamos de manera mecánica la vida de los pasillos, la escalera, la tienda, los baños, en fin, el entorno inmediato. Alcides salió a fumarse el cigarrillo allí porque en el despacho había mucha gente. Era cierto. Dos profesores más ocupaban sus escritorios en el dividido espacio del salón. Uno de ellos estaba pendiente de cuatro estudiantes que presentaban un examen atrasado: entre estos se hallaba Arteaga, el objeto de mi espera y del incidental diálogo con Alcides. Alcides no había olvidado a su antiguo alumno: manifestó su contento por el hecho de que ya estuviera a las puertas de la graduación. Me dijo: "supongo que regresará a Quibdó a ejercer su profesión". Me incomodó su ligereza, la estúpida idea, el tonto prejuicio de que todo negro proviene del Chocó. Me importó un comino lo que Alcides creyera. Me pareció un deber moral aclarar el asunto: "No soy de Quibdó, soy de Arboletes". "Ah", exclamó. Y así prosiguió el diálogo, dentro de un tinte pesimista y salomónico, dado por el acento aburrido de Alcides. Pensé en la clase de experiencias que habían llevado a Alcides a semejante fatalismo. Me percaté de que las palabras de mi interlocutor reflejaban tensión interna, cierto desequilibrio. Dejé que la charla languideciera, puesto que no me interesaba la visión de las llagas ajenas. Arteaga tardaba. El examen era extenso. Además, debía traducir, cosa en la que, pese  a que él opinaba lo contrario, no era muy hábil. Por fortuna Juvenal, el profesor, era tolerante, una madre, y les colaboraba. La lluvia menudeaba, decía su canto sutil, diluía en la tarde su apagado color, para disgusto de unos y consuelo de otros. Alcides hablaba: "en Medellín no ha habido verdadero invierno este año". Al parecer se tomaba como una ofensa personal el hecho de que la lluvia fuera indecisa, débil, casi avara. Apuntó algo sobre la tragedia ocurrida en Andes, a causa del desbordamiento de un río que arrastró las viviendas ribereñas. Pero lo que más le importaba era su café y su cigarro, de los que daba cuenta con verdadero deleite. Así pasaba la tarde. Una tarde rara para mí, inútil en cierta forma. Miraba la jungla de los tránsitos, de la cafetería, visión desvaída, de una inercia implacable, de rostros huérfanos, tocados por la fatalidad, fuera del control de la mente que los dirigía, rebeldes a toda sujeción cerebral. Rostros animalescos, figuras bestiales moviéndose en el aire destemplado. Adivinaba gestos de animal aquí y allá, caras sin destino. Se me antojaba insustancial la cháchara de la cafetería, en contraste con el balanceo de las ramas y el brillo de la hierba. La lluvia de Liliput tenía un encanto hierático, una magia que Alcides no podía vislumbrar.)

sábado, 15 de enero de 2022

Sepúlveda, coda.

En la cafetería el sol iba penetrando y los gorjeos de los pájaros llegaban transportados por delicadas rafaguillas de viento. Había ese hinchamiento del aire producido por los parloteos interminables de los estudiantes, quienes, aprovechando un receso en las clases, pasaban un momento de solaz al son del  refrigerio matutino, los chistes, la disipación. En cada una de las mesas de las dos hileras existentes, grupos mixtos seguían el hilo de una cháchara sazonada con tintos y cigarros. El rumor discurría ininterrumpido, formado por voces de todos los timbres y volumen. Los pájaros, en los tejados y árboles vecinos, parecían querer emular a estos seres ligeros que no sabían cantar, pero que tampoco eran capaces de tener la boca cerrada. 

La cafetería era un lugar de encuentros y desencuentros. Por ella transcurrían rostros incapaces de soslayar el espejo deformante  de la mirada del prójimo. Cualquiera se ponía nervioso en medio de tantos cuerpos y tanto ruido. Había algunos que no podían evitar comportarse como perros y gatos y, en efecto, ladraban y maullaban con tal destreza, que hasta los perros y los gatos los envidiarían. Entre tanta compañía era natural sentirse solo, extraño, cogido en una trampa. Pues, todos sabían, esta no era la vida, sino un simulacro, algo peor, una horrible y burda pantomima. 

(Sepúlveda lo sabía, y aún así le gustaba la cafetería, como esos personajes de Cortazar atrapados en el magnetismo de los pasajes citadinos o los vulgares salones de baile, en los que intuyen un tránsito hacia otros mundos, un esguince de la realidad hacia universos insólitos. Como sentía Marcos la música y los colores, como un paso. Examinaba un banano en la fuente de las frutas, y se decía que en las materias corruptibles el color es una trashumancia. Conforme transcurren los días la cáscara amarilla del banano se llena de pecas, magulladuras, máculas, y el color varía de un amarillo sano, limpio, bello, a un amarillo enfermo, sucio, repugnante. Una onda musical lo alzaba del lecho en que se hallaba acostado. Se sentía levitar horizontalmente, como tendido en invisible alfombra. Seguía escuchando la música, suave, soñadora. Esta lo transportaba. Navegaba por las cámaras de la vivienda hasta encontrar la puerta. Su ser inmaterial atravesaba la hoja metálica sin ningún esfuerzo. Se elevaba hasta las estrellas y se despedía de los niños que jugaban en la calle. Oía la música, esa onda se lo llevaba. Contemplaba las ciudades titilando en la vasta sombra de la Tierra. Se elevaba más y más. Viajaba al infinito. Se sentía leve, sin peso. No tenía noción de las magnitudes físicas ni de los conceptos humanos. Era pura música, viajando siempre, hasta la eternidad. Siguiendo a Cortazar, era como Johny  Carter, en El perseguidor, cuando viajaba en el metro y sentía que el mundo se desmoronaba, que era un pasar a otra cosa. Johny olvidaba el saxo en el metro, cuando no lo vendía para proveerse droga. Sepúlveda hallaba una especie de realización en el frangollo de la cafetería, en ese orbe partido y disperso en el que era posible sentir el gluten. Y aún así sentía que era Borges y yo, el otro, entre realidad y ficción, entre embuste y certeza, en fin. El Borges escritor usurpa la vida al Borges real, y esto es lo que siente Sepúlveda, la tergiversación de las cosas, la mistificación del engranaje en el que creemos cifrar nuestro ser. "Eh, Borges, ¿dónde quedo yo?" ¿Qué es uno más allá de un nombre famoso, de unos libros editados, de una foto en la carátula de una revista, de un párrafo biográfico en una enciclopedia? ¿Qué es uno más allá de un apunte en la libreta de un alumno, de esa opinión bondadosa o acre, de una anécdota? Así Sepúlveda aparecía en los cuadernos de Marcos y, como un insecto sujeto con un alfiler a una tabla, clasificado con un nombre y un número, venía a ser solo un maestro. Y Borges, Cortazar, Sepúlveda, Marcos, todos, con el correr del tiempo no serían más que seres que existieron, sombras, nada. Porque los buenos propósitos no bastan, querer conservar memoria de un tránsito, no basta. Todo se extinguirá, tarde o temprano.)

Todos esos rostros que infestaban la cafetería no querrían estar en el lugar de sus semejantes una vez se agotara el café, los cigarros, la plática, y tuviesen que partir para la próxima clase, despidiéndose de seres que les infligían un absurdo tormento con su despreocupado adiós.               

viernes, 14 de enero de 2022

Jáuregui

Ir a clase, Linguística con Jáuregui. Profesor enteco, de aparentes malas pulgas, amable cuando se lo trata. Tal vez sea santandereano, esa gente es así, brusca en el trato. Bastante experiencia y dominio de la materia, escuelas linguísticas, representantes y esas cosas, bibliografía, etcétera. Años después, finalizada la carrera, verás a Jáuregui por ahí, en el centro, juniniando, con traza de pensionado. Es uno de esos tipos a los que se saluda, a los que se recuerda con agrado, y el viejo responde con amabilidad, se interesa por saber del otro, en fin. Linguística con Jáuregi en el bloque 12, el mismo salón donde, al comienzo de la carrera, viste Inglés con Laura Canas, la italiana. La profesora que les contó a sus alumnos cómo soñó que se quedaba atrapada en un ascensor. Leonardo también asistía a la clase con Jáuregui. Su chivera, sus ojos exorbitados, sus extravagancias. Entraba con una toalla húmeda en la mano. Como que acababa de ducharse, luego de trotar. Tendía la toalla en la ventana, para que se secara. Este Leonardo era amable, conversador. Seguro que tomaba droga psiquiátrica. Se apresuraba a borrar la pizarra, antes de que Jáuregui empezara la clase, a llenar tablerados de teoría. Algunos compañeros se carcajeaban de Leonardo al escondido. Quién sabe si Jáuregui recuerda a este alumno. ¿Se acordará de ti? ¿Del muchacho negro que lo saludaba al toparlo en el centro? ¿De la agendita café en que este escribía los apuntes sobre Hjemslev y Saussure y Sanders Pierce y Chomsky? ¿Qué fue de esa agendita? ¿Se acordará del mal rato que te hizo pasar al dar las respuestas de un examen y señalar los exabruptos de “un alumno” totalmente perdido del tema?

Todas esas materias acababas pasándolas, luego de los reveses iniciales, metiéndoles el hombro, con esfuerzo. La de Jáuregui (Lingüística II) no será la excepción. Lingüística I la viste con Leonardo Arango. Ferdinand de Saussure, ¿francés? No, ginebrino. ¿Cómo olvidar su robusto bigote? Bastante lata que dieron los profesores con este benemérito ciudadano suizo, semiólogo, lingüista y filósofo (1857-1913). Leonardo Arango todavía escribía con tiza, recordarás. Hasta usaba tizas de colores. Jáuregui era otro que llenaba tablerados con la tiza, con la inmaculada tiza que maculaba el pizarrón. Evocarás a Loren, que una vez, luego de salir de la u, trabajó con una distribuidora de tizas coreanas. Una mañana te cruzaste con ella en la Secretaría de Educación,  en Los Huesos. Loren estaba pendiente de que le tomaran un pedido. No podía existir un lugar más adecuado donde ofrecer las tizas. Seguro que Loren también había pensado en recorrer las instituciones educativas privadas, las universidades, en fin. Tu experiencia de profesor te familiarizará con la tiza, con las pizarras, con el fino polvillo excrementicio que se pega a tus manos y a tu ropa, que cae al piso formando una blanca sombra, como la cara de la luna, la cara de un mimo. Los nautas de la tiza, pensarás: Leonardo Arango, Jáuregui, tú mismo. ¿Sepúlveda ya empleaba el marcador? ¿Escribía sobre tablero acrílico? Tal vez. La u se iba modernizando, entrando en la tónica de las nuevas tecnologías. Años después Arteaga te contará de Sepúlveda, que vivía en Santa Cruz, y que los muchachos del barrio, a los que Arteaga les dictaba clase en esa época, le hablaban de Sepúlveda con admiración, por el hecho peregrino de que tenía una inmensa biblioteca en su casa. Quizás les ayudaba a hacer las tareas y lo querían por eso. Así que era un tipo carismático en Santa Cruz, con su aire introvertido, de filósofo, con su agraciado corpachón de veterano y su gesto sonreído. Solía salir a trotar. Una vez como que le dio un infarto mientras corría. No traía los papeles. Lo llevaron a la morgue y tardaron días en identificarlo. Al parecer, Sepúlveda vivía solo. Una amiga lo buscó y acabó por hallarlo en el anfiteatro, y así fue como se supo de su muerte. De todos modos rondaba un algo de misterio sobre su fin. Un fin en consonancia con el texto Borges y yo que tanto amaba.                                                                                                                      

viernes, 7 de enero de 2022

Vilma

Ya en la parte final de la carrera el pensum abundaba en seminarios. Vilma nos dictó literatura europea, donde yo trabajé El proceso. En este curso coincidimos un buen grupo de amigos, viejos compañeros del pregrado. Trabé amistad con María y Tita, una camaradería que ha durado por años. Vilma nos congregó en torno a la buena literatura, a la pasión por los autores, a un esforzado enfoque teórico en los ensayos. Su exposición era exigente, versada y grata, matizada por su opulencia física, donde cabían vetas  de suavidad y de humor. Nos encontrábamos en la cafetería y seguíamos teorizando. Vilma tenía un novio, Mario, del que no recuerdo gran cosa. María continuó ligada a Vilma después que salimos de la u. Yo no volví a verla. Vilma viajó a Corea, y desde allí le enviaba cartas a María. Después se enroló como catedrática de la Eafit. Esto último lo sé por María. Eran tan amigas que la profesora alguna vez visitó a la alumna. 

Comencé mal. Creo que no me entendía mucho con Vilma. Perdí el primer examen, lo hice picadillo, lo tiré. ¡Las clases! Una compañera, insegura de las bondades de su reseña sobre el texto de Goldman, se me aproximó y me pidió mi parecer, algún consejo. Mientras me explicaba sus dificultades, yo miraba el dedo gordo de su pie derecho, lesionado, tumefacto. Se lo aporreó y tuvo que comprar chanclas, porque no toleraba el zapato. Había los que sufrían un viacrucis ante la escritura de un informe. ¡Y en los exámenes! Una vez en el curso de desarrollo cognitivo, el profesor salió por un momento y la mayoría de estudiantes se apresuró a sacar sus apuntes y a comunicarse las respuestas. Yo solté mis hojas y aguardé a que el profesor regresara, no tanto por honestidad, sino por contrariar el proceder de los otros. Me importó un ardite ganar o perder la evaluación sobre la inteligencia sensoriomotriz. Mi honradez tenía un ineludible matiz enaltecedor y vanidoso. Pero no era lo más destacado en ella. Era una mezcla confusa de sensaciones. En seguida, al abandonar el aula y ver sentadas contra el muro del andén a varias muchachas que, como yo, acababan de entregar la hoja al profesor, me hice el que no ve a nadie o el que va muy ocupado, aunque allí estaba la hermosa trigueña de porte y rasgos españoles, a la que yo llamaba, para mí, Lolita. El profesor debió haber notado mi pulcritud con solo mirarme a la cara. Debió venir a decirme al oído: "Lo felicito por su conducta desde todo punto ordenada y respetuosa, no se preocupe, ya ganó el examen". Pero el tonto se distrajo en la lectura de un artículo, mientras en varios sectores del aula, se soplaban. 

María conserva las cartas que Vilma le mandaba desde Corea. Yo superé mi desconcierto inicial, le tomé la ruta al curso con Vilma, y al final me desquité con El proceso. Esa Lolita de desarrollo cognitivo también asistía a Europea, siempre con su Kristeva, aunque no estaba matriculada. Era como si mi pensamiento la hubiese levitado y puesto ante mis ojos. Evocaba a España y la novela Servidumbre Humana, las pinturas del Greco, la cantante Lolita. Allí estaban sus ojos (acaso los ojos que yo seguía buscando en todas las mujeres), su tez trigueña. Calzaba lindas zapatillas de cuero, con agujeros. ¿De qué color eran? Casi amarillas. Ahora no sería capaz de definir ese color. Una diadema carmesí en su pelo negro, liso, espeso. Y su morral. Y su suéter de lana, azul de cielo, de mar. 

Por esa época yo leía Franny and Zooey, de Salinger, y La balada del café triste (Carson Mac Cullers) lecturas que nada tenían que ver con la academia, con nada, solo con los derroteros de mi alma. Ya Kafka me había inseminado su morbo, sabía que me jalaría un buen trabajo final, que acabaría conquistando a Vilma. Por este lado estaba tranquilo. Mi vida, en el fondo, más allá de los conflictos reales o imaginarios con que la zarandeaba, era normal. Trabajaba de profesor, vivía con mis padres y hermanos, me iba bien en la u. Había estudiantes que vivían al límite, al borde de una decisión radical. Como esa muchacha, compañera en un curso, que una vez me pidió permiso para sentarse conmigo  en la mesa de estudio. "Hoy vine a la u pensando en cancelar el semestre. Reflexioné. Voy a seguir, voy a luchar", me confesó. Era madre soltera, tenía un niño de tres años. La vida estaba preñada de tantas angustias, de tantos sinsabores. Le ofrecí un tinto. Fui a la cafetería y se lo traje. Abrió la bolsita de azúcar y, con la lengua, empezó a comer el contenido. Le advertí que el azúcar era para el café. ¿Acaso le gustaba tomarlo margo? 

El cinco en el trabajo sobre Kafka estaba asegurado. Lo que no tenía por seguro era el próximo paso, o si Vilma, al acabar el semestre y correr el tiempo, me devolvería un saludo, o se haría la desentendida. Vilma estaría conversando en la cafetería del bloque 13 con Sonia, esa otra profesora, también obesa. Sonia se daría cuenta del saludo y llamaría la atención a Vilma, pero yo ya iría lejos. El próximo paso estaría mediado por la atmósfera de los pasillos. Esos pasillos que sabían de nosotros, que día a día nos recibían y descifraban sin dificultad. Pasillos por los que nos internábamos con pasos cortos, pensativos, perezosos, sorbiendo un café que nos cambiaba la aspereza de la boca por un pastoso gusto edulcorado. Era en medio de esos pasillos de altas paredes hasta el elevado cielorraso, donde nos topábamos con una muchacha que corría a informarnos: "no hay clase, el profe no vino ni dejó nota". Por la claridad un poco ficticia de esos pasillos (pensemos en los tubos de luz blanca) era por donde proseguíamos, aliviados un poco, pero también frustrados, porque ya no veríamos a la condiscípula que nos cautivaba con su aire español, esa joven de rostro serio y aceitunada piel. De los pasillos desembocábamos al hojoso espacio de la grama seca, y caminábamos bajo los árboles que se deshacían de sus hojas como ofreciendo una abundancia que les pesa. Y la u se nos presentaba bajo un aspecto de asueto, de almuerzo a la sombra de los mangos y los almendros, de chácharas deleitosas o meditaciones profundas, mientras el sol declinaba su rigor y permitía una luz opacosa, una brisa de fruición. Donde más plenos nos sentíamos era al pasar frente a la hamaca que una pareja había colgado entre dos mangos, porque aún sorbíamos el tinto y porque la hojarasca murmuraba bajo nuestros zapatos.                          

jueves, 6 de enero de 2022

Elvia

Ella le dijo: "¿Qué te pasa? ¿Por qué estás faltando tanto a clase?" Marcos hizo un gesto incierto, de embarazo. Al parecer, no estaba en guardia, y la pregunta lo había zarandeado. No alcanzó a reponerse del todo cuando, tras articular una serie de sonidos indiscernibles, logró decir: "No sé", y luego, innecesariamente: "¿con cuantas faltas se cancela esta materia?" Marcos era así. Sabía que la profesora no tenía ningún interés en el asunto de la asistencia ( o no asistencia) como elemento punible. Él mismo había notado cierta condescendencia, cierto favoritismo de parte de ella, cuya causa había tratado, en vano, de explicarse. De modo que su pregunta no era más que grosería. "No tienes que cancelar la materia. Eso no importa. Solo que es bueno venir a clase", dijo ella Y la cosa quedó ahí. 

O no, porque Marcos percibió una vez más esa sonrisa de connivencia, ese gesto de complicidad en la que ella arropaba sus palabras cada que le hablaba. Tal vez fuesen meras fantasías suyas. No obstante, él conocía los ojos del deseo y los ojos del desprecio. Y los de Elvia eran deseosos. Eran ojos insinuantes, que acentuaban esa malicia de su voz. Marcos se complacía (lo cual podía ser otra forma de tortura) explorando ojos femeninos para descubrir no sabía qué. Unos ojos que fueran todo un hallazgo, que cautivaran con redes indescifrables. Que le devolvieran la pasión y las lágrimas de las emociones más puras. Ojos donde verse y vivir y llorar. La profesora no tenía esos ojos. Tenía una piel lunar, blanca, y un cabello castaño a lo Cleopatra (más o menos), y un cuerpo no muy agraciado. Treinta años aproximadamente, y el aire de querer vivir todavía muchas seducciones. Entre ambos se había establecido una relación recelosa, un poco tirante, donde ella ponía la amabilidad circunstancial (a veces exagerada), y él toda la displicencia del caso. 

¿Qué era aquello sino la máscara rígida, crispada, horrible, de su desesperación? Se estaba aniquilando. Se flagelaba día a día probándose a sí mismo, anhelando una fortaleza sin sentido. Porque lo que deseaba con el alma era la plena languidez del amor, la mano de otro ser en la suya, los maravillados ojos de una amiga.   

martes, 4 de enero de 2022

Sepúlveda

Repetía el texto "Borges y yo" curso tras curso. Algunos estudiantes, verdaderos tábanos de los profesores, comentaban esto con cierta malevolencia, no como un simple dato objetivo, solo con ganas de dañar, de hacer leña del árbol caído. La de maestro-alumno es una relación extraña, parecida a la de padre-hijo, donde el segundo, en una especie de fatalidad de la vida, acaba delatando las mermas y vicios del primero. Hay estudiantes que le tiran muy duro a sus maestros. ¿Qué de malo tenía el hecho de que Sepúlveda leyera "Borges y yo" al inicio del curso? Ese texto era una especie de presentación, una semblanza de sí mismo. Sepúlveda se definía en ese texto de Borges. Qué definición tan bonita. Hoy, tras tantos años, al escuchar en Youtube "Borges y yo" en voz de propio Borges, Sepúlveda se me aparece bajo otro velo, en otra luz. Ahora entiendo por qué hacía de esa lectura, cada inicio de curso, con cada tanda de nuevos estudiantes, una carta de presentación. Es que la vida de la cultura, en este caso el mundo del intelecto y de la academia, acaba por obrar una suerte de suplantación. Nos convertimos en ese "otro" que no somos en realidad, pero que gusta mostrarse, imponer una pose, pedir a gritos la popularidad y el renombre. 

Poco compartí con este profesor. Me dejó la marca de su sonrisa burlona, de su palabra mordaz, de su tendencia iconoclasta. Claro, cómo no recordarlo leyéndonos el texto "Borges y yo" al comienzo del curso de Linguística III. Hoy no recuerdo casi nada del cuerpo teórico de su clase, creo que ni siquiera tomaba apuntes. Pero ese "Borges y yo" está ahí, intacto, sugestivo, imborrable. Era un hombre maduro, alto, de alzadas caderas, de paso lento, de barba cana y sonrisa de ángel maléfico. Era un hombre que hablaba sonreído, despacio, pasito. Hoy veo su estampa en mi memoria, su andar sigiloso, su afelpado ser y su maduro pensamiento. Tal vez nos decía: "no vine aquí a enseñarles linguística, presten atención a este texto de Borges". Como el profesor de sociología, Omar, que tenía la suficiente grandeza de alma para dejarnos libres una tarde de sol e invitarnos a disfrutar del aire, librándonos de la clase. "Vamos a gozar de este sol". Así mismo Sepúlveda con Borges. Era algo inusual, pero muy motivante, que un profesor de linguística comenzara su curso leyendo a sus alumnos un texto de Borges. ¿Quién era Sepúlveda? ¿Por qué sentía su vida personal suplantada por la vida del académico? Vaya si dejó su impronta en tantos de nosotros, en aquellas tardes de la u, cuando era cien veces mejor conversar en cafetería que asistir a una lección sobre escuelas linguísticas. Sepúlveda amaba la cafetería. Era allí donde soltaba sus frases subversivas, muy distintas a los postulados de la Escuela de Praga y todas esas monsergas. Era allí donde era gente, donde el "otro" no podía inmiscuirse sino de manera subrepticia. Hoy entiendo y le agradezco que comenzara su curso leyéndonos "Borges y yo". 

Yo había hecho una no muy bondadosa categorización de los profesores. El socrático, que un vez me sorprendió con esta declaración: "solo sé que estoy aquí, que me estoy bebiendo este tinto y fumando este cigarrillo, que tengo una clase a las cuatro a la cual no sé si llegaré, ¿quién puede predecir el futuro?" El arrogante, yendo por pasillos y escaleras como un leoncillo manando orgullo y presunción. El de aspecto endeble y desvalido, a merced de miradas mordaces y pérfidas. La intelectual, con su aplomo estudiado. La que singlaba el sueño del vano poder, anquilosada en la ilusión de una decanatura. El del físico fuerte y la voz viva, que parecía sobrevivirse en esos grises ámbitos. El que tenía algo de policía y se desplazaba con movimientos simiescos, a pesar de su lacado bastón de madera. El que siempre estaba hablando de sus viajes a Europa y de las conquistas de sus niñas en patinaje. El iconoclasta. La de gran volumen corporal y suave desidia, una ninfa para Botero y su pincel. Esa fauna de académicos y estudiantes se apoderaba del espacio, le restaba belleza, lo encuadraba entre los opacos bordes de lo rutinario, entre grasientos muros y palabras raídas. Estaba la compañera que atravesaba la cafetería con algo de fierecilla al acecho. Y estaba uno mismo, añadiendo melancolía y locura al tinglado. 

Era uno ("Borges y yo") yendo en ese aire de cruel indolencia del bus. Era uno sintiendo de pronto una congoja y una opresión tan terribles que los ojos se humedecen. Era abortar las lágrimas, morderse los labios, afirmar los pies en el piso. Sentir que es inaplazable la ida a la u a hablar con la profesora Dora Tamayo (Poesía española), y por eso embarcarse en el bus. La oficina de Dora está cerrada. Mirar el horario de atención fijado en la puerta: de 4 a 6. Bueno, eran las cuatro menos cuarto. Decidir aguardarla sentado en el rellano de la escalera. Sacar un libro del bolso. Leer quince minutos sin dejarse perturbar por el tráfico de los transeúntes. Entonces viene Elein, la auxiliar, y dice: "Dora no atiende hoy, mañana de 9  a 12, cambió el horario" Y Elein se marcha con el rostro embellecido por un rapto de ternura que nos desborda el corazón. Siempre existen estas Elein, puntuales y dulces. Decidir leer otros quince minutos, sentado ahí en el rellano de la escalera, estorbando el paso. Y esa tristeza royendo. ("Borges y yo").               

lunes, 3 de enero de 2022

Óscar (Cap. 2.)

Óscar desplazándose por los ámbitos de la u, unas veces a las carreras, otras más reposado, su cuerpo menudo, su piel clara, su expresión reconcentrada. ¿En qué va pensando? Hubo un tiempo en que se dejó la barba, de ordinario se afeita, presentando un rostro deslavado, pálido. La palidez de Óscar. Sus modos de persona tranquila, con cierto desasimiento del mundo, algo taciturna, pero también hay en él una faceta gesticulante, irritable, explosiva. Un profesor. Difícil pedirle la imperturbabilidad de un Restrepo, el apasionamiento de un Hernán. ¿Cuáles son sus rumbos? La cátedra, la oficina, la atención a los alumnos, un solaz en la cafetería, una charla. Un profesor que escribe. Un cuento suyo (Sola en esta nube) aparece en la Antología de Pachón Padilla. En su carácter también hay la veta del amigo, del conversador, del polémico, del artista. Óscar, y esos rumbos que nos pierden por los pasillos y las escaleras, como en un dédalo, como en una geometría trunca, como en arquitecturas descabelladas. El atuendo informal, con cierto dejo juvenil, de ser sin complicaciones. Pero siempre hay complicaciones, surgen de cualquier lado. Le recuerdo carcajadas y silencios, momentos de rabia y de ánimo parejo. Ah, los profesores que saben reír. A veces se lo encuentra en la calle, caminando por ahí, o en un bus, donde seguro leerá el periódico cuidando que ningún discípulo lo vea. ¿Qué más decir de Óscar? Que su cuento Sola en esta nube es de calidad indudable, y no porque esté en una Antología. Casi todos los profesores que nos tocaron escriben. Esto es un buen dato. Gente con publicaciones. Seres con un mundo interior intenso. Nos rodeamos de excelentes tipos. 

Bueno, un día veo a Óscar junto a la fotocopiadora de ingeniería. Ya estoy en las postrimerías de la carrera. Ya hace tiempo que vi cursos con él. Ya somos gente que se ve y se saluda. Óscar se me antoja un hombre triste, abrumado por el síndrome de la melancolía. Veo su semblante y quedo confuso, ahonda mi malestar. Óscar está acompañado por un individuo algunos años mayor que él, conversan serenamente, lánguidamente. Se me da por pensar que Óscar debe ser uno de esos sujetos que recurren al suicidio para librarse de las mezquindades de esta vida. Por mi cabeza revolotea, fugaz, la idea de que Óscar es discriminado en el entorno universitario por su amaneramiento. Este pensamiento pasa por mi mente sin generar grandes reflexiones. Me da tristeza, no por Óscar, sino por las concepciones sociales, tan estrechas, respecto a los usos sexuales, el férreo andamiaje de la cultura, la condena de los caminos alternos. Y nos llamamos animales evolucionados. Me digo que la moralidad es la génesis de todos los sufrimientos y traumas. Recuerdo a Alba diciéndome alguna vez: "Vi a Óscar con su amigo, ¿sabías que tiene un amigo?" En las palabras de Alba se evidenciaba algo más que perfidia o revancha del estudiante ante un maestro riguroso. Había algo hediondo, putrefacto en las palabras de Alba.            

Vienen otros días, los del declive, en que veo a Óscar por ahí, en que me cruzo con él en la calle, quizás en los despachos de la Alpujarra, y lo encuentro viejo, deteriorado. Estos son los días terribles, los que no esperamos que lleguen, pero llegan. Suena la campana, como en el ring, y hay que aceptarlo, darse trompadas con la realidad. Son los días en que, dejando de lado cualquier diferencia del pasado, cualquier recuerdo ingrato, cualquier tonto prejuicio, se saluda uno con su profesor, con ese hombre que nos entregó lo mejor de su cosecha, con generosidad, sin guardarse nada. Es toda la belleza que podemos hurtarle a la vida, la certidumbre de la lealtad con algunas cosas, pocas cosas, sí, pero indeclinables.  

domingo, 2 de enero de 2022

Óscar

Alguna vez, en un bus de Circular, Óscar me vio leyendo y me aconsejó que no leyera en los buses, que un brusco movimiento del carro podía ocasionarme una lesión grave en la vista, hasta un desprendimiento de retina. Solía embarcarme en el Circular para ir de la universidad a la Piloto, aunque a veces optaba por caminar. Yo venía sentado en la parte media, del lado de la ventanilla, y Óscar estaba de pie en el pasillo. Había sido mi profesor de crítica literaria. Agradecí su amabilidad y guardé el libro. Tiempo después vi a Óscar leyendo el periódico en una buseta, recordé su advertencia, y lo menos que pude sentir fue el desfase tremendo entre lo que decimos y lo que hacemos. No eché en cara al profesor su inconsecuencia, porque no soy de los que piensa que hay que aprovechar cualquier papayazo. Al contrario, me gusta no lucrarme de estas revanchas servidas en bandeja, dejarlas pasar. Cuántas veces no he hecho igual cosa, pontificar sobre lo que no hay que hacer y sorprenderme, luego, haciéndolo. Es demasiado humano.       

Óscar tenía su despacho en la sala de profesores del primer piso del bloque 12, mismo donde atendían Natalia Pikouch y Hernán. Ahora caigo en cuenta de que eran dos salas de profesores contiguas allí en ese primer piso del bloque 12, si no es más. Los despachos de los profesores estaban diseminados en todo el bloque. Había unas salas generales, para el batallón, y otras más exclusivas, que compartían dos docentes. Estas últimas se hallaban en los pisos altos. En fin. Más tarde vi literatura prehispánica con Óscar. Yo trabajaba medio tiempo en La Salle de Bello, en la mañana, y salía al mediodía a las carreras para la u, apenas con tiempo de almorzar. Algunas veces podía ir a casa, donde mi madre me tenía a punto el almuerzo, y siempre era a volandas para la u. Llegaba con retraso a la clase de Óscar, lo que lo sacaba de casillas. Era inocultable su enfado, con todo y que le había explicado sobre mi trabajo y mi imposibilidad de estar allí a la hora exacta. Total, yo era un tipo desafiante, y me importaba poco lo que el profesor pudiese pensar. Incluso me retiraba antes de que la sesión acabara, y esto sí que ofendía a Óscar. Hasta que una vez me paró en seco, llamándome la atención delante del grupo: "llegas tarde y te vas temprano, no, maestro". Igual me fui, aduciendo cualquier excusa. En adelante me cuidé de volver a hacerlo. No me interesaba echarme de enemigo al profesor. 

Por lo demás, Óscar era un tipo amable. Yo era bastante desdeñoso, esto me acarreaba problemas. No prestaba mucha atención a la clase, en parte por la fatiga, en parte porque ya estaba harto de la u, quería volar. Veía el mundo como una secuencia inagotable de cobardías. Estaba cansado de las cadenas con que intentan someter el pensamiento. Esta era mi rebeldía con la academia. Teníamos que escribir un ensayo sobre el Popol Vuh. Clase tras clase Óscar ostentaba su saber sobre la materia, peroraba ante el grupo, sin que yo me interesara demasiado. A duras penas leí el libro. Nezahualcóyotl fue otro asunto, me atrapó. Qué poeta. Al final era de esperar la rispidez. Entregué el trabajo en hojas de imprenta y Óscar me lo devolvió. Salia ya muy orondo de la oficina cuando Óscar me llamó por mi nombre. Retrocedí. Imaginé que me diría algo que halagaría mi ego. Óscar vino hasta el umbral con su barba poblada y me reprochó: "no es este el papel en que se presenta normalmente un ensayo, así se aceptan los borradores nada más, usted conoce las reglas, maestro. Me llamaba "maestro", trato que no me gustaba. Acompañó su reprensión con un audaz palmoteo en mi costado, un gesto que quería ser amable, cosa que tampoco me gustó. Se me antojó escuelero el reclamo, no le presté atención, hice un gesto displicente y me marché. Yo me mantenía en un estado de irritación. Esa palmada inusitada en el costado acentuó mi malestar. "Maestro", qué ridículo. Lo imaginé reponiéndose en su escritorio, ante la mirada connivente y perversa de los colegas. Labios que dibujarían una sonrisa de beneplácito ante la irreprochabilidad de los principios académicos. Mientras yo atravesaba la densa muchedumbre de la cafetería y me abría paso entre todos esos rostros maleados por la Lógica, el profesor haría cualquier comentario a sus pares en descrédito de esos estudiantes estúpidos que nunca hacen las cosas como deben hacerse. 

Después pasé el ensayo en las benditas hojas de bloc. Me puso un cuatro con cinco, y no olvidó espetarme la crítica: "me esforcé explicando el Popol Vuh desde una inmensa bibliografía y distintos puntos de vista, para que usted venga a apoyarse en un Larousse, no, maestro". Quedó desencantado. En efecto, yo había tomado algunos datos del diccionario enciclopédico. Lo demás lo dejé a mi poder creativo, y eso me salvó.         

sábado, 1 de enero de 2022

Consuelo

Ya estaba que me graduaba de la u cuando compartí unos instantes con esta profesora altiva, distante, con fama de poseer un gran intelecto. Creo que dictaba crítica literaria. Tita, que se había hecho amiga de ella, programó una velada en su casa, invitándonos a varios condiscípulos, entre estos María y yo. Fue un chasco. Consuelo, que era la invitada de honor, la que presidiría la tertulia con su brillantez, nomás llegar dijo sentir un terrible dolor de espalda, disculpándose de acompañarnos. Tita le cedió su cuarto. Luego Tita me contó que Consuelo y María se llevaban mal, que la excusa del dolor de espalda no fue más que diplomacia. Pasó por antipática, mas esto no le importó. Continuamos con nuestro plan de escuchar música, tomar unos rones, hablar. En fin, dilapidamos la noche en un convite de universitarios. 

Durante la noche, que se hizo larga y tirante, Consuelo salió del cuarto en dos breves oportunidades, para venir a la cocina por un vaso de agua y, luego, para hacer una llamada telefónica en la que, al parecer, tuvo una respuesta negativa. En estas ocasiones presentó un rostro afable, protocolario, pero con lejanía de fondo. Nunca entendí esas diferencias entre mujeres ni me esforcé por sondearlas, aunque se me ocurría pensar que ese "me cae mal" referido a alguien que apenas conocemos obedece más a mala fe y obcecación que a otra cosa.

A la mañana siguiente Consuelo fue la primera en levantarse. Aprovechó la claridad para escabullirse, antes de que los demás se desperezaran. Afanada, entró al bañó, se cepilló los dientes, se peinó. Tita salió a despedirla. Yo dormía en el recibidor.  Me desperté. Aproveché que Consuelo tenía auto y que se ofreció a llevarme hasta el centro. En los apuros de la partida, Consuelo descubrió que le hacía falta el reloj. Se daba tanta prisa que no condescendió a buscarlo en la pieza donde durmió, sugiriéndole a Tita que no había problema, que se lo devolviera después, en caso de que, efectivamente, lo hubiese olvidado allí. Era un afán insensato, así me lo pareció. Aún la recuerdo en el parqueadero, sacando el carro, diciéndole adiós a Tita con una amabilidad un poco impaciente. 

Consuelo apuntó un comentario sobre el aspecto sensual de la mañana, con el ligero trastorno que el cambio de hora provocaba: el reloj marcaba las ocho, siendo en realidad las siete. Era en la época de los racionamientos de energía. Yo tenía una opinión similar con respecto al tiempo, a lo excitante de día. Me agradaba el mes de diciembre, con la placentera idea de las vacaciones, con la sensibilidad propicia a todas las seducciones de la nostalgia, el amor, los sencillos actos cotidianos. Consuelo me pareció una mujer madura, no solo por la edad, también por la voz y lo que esta revelaba: un pensamiento profundo, decantado, un espíritu sensible. Cada palabra suya venía atravesada por una circunstancia vital intensa, por una suerte de íntimo ardor. Era una voz femenina, amena. Yo la escuchaba en medio de un sentimiento de bienestar, de halago, de aventura. No podía conciliar la imagen de la mujer cismática encerrada en el cuarto, con la que ahora conducía su auto de un modo tan suave y experto, tanto que yo, a su lado, no sentía otra cosa que el fuerte influjo de su voz. La ciudad se deslizaba insensible, y yo venía preso en la magia veraniega de esa voz. 

Conversamos de libros y autores, pero no exclusivamente. En aquel instante me vino a la mente Marvel Moreno y su novela En diciembre llegaban las brisas, y me pareció que, de alguna forma, Consuelo y yo éramos personajes de aquella ficción, una mujer y un hombre del Caribe volcando el estremecimiento de nuestras almas a la captura del encanto matinal. Viniendo de una especie de romance platónico. El aire era cálido, el sol venía a cumplir sus funciones con algo de sonreída negligencia. La avenida no podía ser más cómoda. El auto rodaba blandamente en el pavimento sin un solo bache. La ciudad venía a nosotros como una flor que eclosiona o como un mundo que se deja recorrer, ofreciendo el dulce misterio de la luz, lo mismo que el leve desasosiego ante la contingencia de un día por vivir. Le mostré las iglesias del Perpetuo Socorro y la de Barrio Triste, contándole de la fuerte emoción estética que me producían con sus estampas góticas resaltando entre sectores industriales. Las agujas, cónicas, parecían horadar el cielo, y la pátina del tiempo las revestía con indudable majestad. Le conté cómo me gustaba dejarme atrapar por la sugestión de verlas aparecer y moverse merced al desplazamiento del auto. Era una sensación espacial inefable. Se me antojaban el punto de convergencia de una espiritualidad afincada en lo más hondo de mis vivencias. Agradecí dentro de mí tener a mi lado a una mujer como Consuelo, inteligente, capaz de hermanarse sentimentalmente a estas cosas tan mías, risueña, conversadora. Sí, era una mujer encantadora, estimulada por la tenue luz decembrina, eufórica, desafiante ante los azares de la existencia. Yo experimentaba cierta melancolía mezclada a mis inmensas ganas de vivir. Acaso era la certidumbre que la irreparable pérdida de cada minuto entrañaba. Certidumbre de pasar, de ser huideros como la misma vida. Algo como eso. Satisfecho, me dije: "me ha aceptado". 

El agrado era recíproco. Sentado junto a ella en el auto, no dejaba de sentir lo mucho de aventurilla que había en eso de estar hablando con una profesora universitaria, con una mujer atractiva, quizás de buena familia, con una vida material libre de preocupaciones, con un corazón en constante fermento, entre los conflictos del odio y el amor. Recordé que al llegar a la velada de Tita, antes de encerrarse, ella me saludó amigablemente. Recordé que entonces el parco fui yo.