miércoles, 29 de septiembre de 2021

Natalia Pikouch (Cap.36.)

*Me preguntaste si mi amor por la literatura era serio, o un simple capricho. Querías saber qué otras cosas escribía, además de los ensayos académicos con los que suele halagarse el gusto de los profesores y conseguir una nota sobresaliente. Te interesaba saber si escribía con vocación, con finalidad, como los grandes, si mi decisión era férrea y mi aliento vasto. No te gustó mi frívola respuesta de que escribía tonterías. Dijiste que no, que no eran tonterías, que en mis palabras vislumbrabas una bien fundada concepción del mundo, una filosofía bella.

Fue una tarde de esas de final de semestre, con aire de vacaciones a bordo, en la desolación de Troncos. Nos cruzamos por allí y conversamos. Me confiaste que se hablaba bien de mí en la facultad, que algunos profesores y condiscípulos admiraban mi estilo en la escritura. El ensayo sobre Iván Ilich no podía ser casualidad. Esa tarde me acorralaste y exigiste de mí una confesión, hasta dónde iba mi compromiso con la literatura. Querías saber si tenía pasta de escritor, si estaba dispuesto  a someterme a la ordalía y salir bien librado. Te parecía de suma importancia precisarlo, hasta dónde llegaba mi pasión por el arte, si era veleidad o si era una apuesta a muerte. Debiste prever mi respuesta, pero querías escucharlo de mis labios: Que mi apasionamiento con la literatura no era pose ni esnobismo, que no era un poeta de sociedad, que no escribía poemas para conquistar amores, que había jugado mi vida al albur de las palabras.

Me hablabas como una escritora, con toda la seriedad del caso. No creo que consideraras el acto de escribir según el tópico de un parto difícil, la hoja en blanco como un tormento (para ti la literatura tenía, indudablemente, un cariz lúdico, sanador), pero tampoco desconocías los desvelos y tropiezos propios de este arte. Creo que tu pregunta tenía que ver con este aspecto, el de la disciplina y la combatividad, la conciencia de que el camino no es fácil, de que es una senda erizada de obstáculos y renuncias. Me preguntabas, pues, si estaba dispuesto a aceptar el reto, a batirme con el lenguaje, a sacrificar las horas que fuesen necesarias en la consecución del ideal. Fue eso lo que me preguntaste aquella tarde en Troncos, si tenía madera de grande. La modestia me impidió responder afirmativamente, pero después de esa charla contigo mi determinación se fortaleció aún más.

Hoy que recuerdo mi formación como escritor, me digo que nunca, antes ni después de esa tarde, nadie me hizo una pregunta semejante. Estévez nos alentaba a escribir cosas perdurables, inervadas con la fuerza de lo bello, pero solo tú tuviste el coraje de hacerme un cuestionamiento así, acorralándome, ¿escribes con finalidad? Porque en esto de la literatura abundan la vanidad y la medianía, la pose. Hay quienes frecuentan este mundo solo por darse puntillo y por asistir a cócteles. Hay quienes se conforman con el deber cumplido del libro, el árbol plantado y el hijo, o con preciosas vaciedades.  En mi caso, querida Natalia, te confieso que lo mío fue un quemar las naves, abandonando toda esperanza de comodidad o redención.  Lo mío (debiste intuirlo) fue un partir al sin regreso, descubrir un resplandor en medio de las experiencias más  brutales y amargas. Lo viste en mis ojos huérfanos y en mi aire cerril, que no era amigo de nadie, que no esperaba nada del mundo, que mi reino era la palabra que contuviese el mar, la infinita arena y el silencio. Lo viste en mis ojos, y te asustó.                    

 


martes, 28 de septiembre de 2021

Natalia Pikouch (Cap.35.)

*Lensky es un tonto, retar a duelo a Onieguin porque se le baila a Olga. Hombre mundano, un dandy, al estilo inglés. Un monsieur, al estilo francés. Los franchutes. En la sociedad rusa era signo de buen tono hablar en francés. Pedro I prohibió la barba y el atuendo tradicional. Toda esa oleada de romanticismo proviene de Alemania, Inglaterra y Francia. Pushkin era otro Byron. Todo ese arrebato, ese apasionamiento. Exaltación del folclore popular, de las regiones exóticas, de los paisajes ensoñadores. Lensky. Pero más tonto Onieguin, rechazar el amor de Tanya. Después le pide cacao, cuando Tanya está casada con un general y vive en Petersburgo. Un baile de sociedad, escenario del coqueteo y las declaraciones de amor. Para Marcos, en cambio, los sótanos sórdidos, las criadas. O el padre de Marcos, desbaratando el hogar por un amorío con una mujer separada o viuda, con hijos. El destierro de Pushkin, Ucrania, ansias de rectificarse ante el zar, que se levante el castigo. Retenido tres meses en Boldino por una epidemia de cólera. En este tiempo dio a luz varias obras maestras. Natalia y su amor por Pushkin. Es que es un coloso, en verdad. Natalia Goncharova Pushkina, la mujer del genio. Una beldad. Natalia se sentiría halagada de llevar el mismo nombre de la mujer de Pushkin. Soy Natalia Pikouch, presentándose ante el grupo al inaugurar un nuevo curso. El asombro de los estudiantes ante un tipo humano tan raro, una ucraniana que domina el español, romántica. Se requiere mucha novelería para emigrar a un mierdero de estos, venir tras el resuello de un colombiano. A esas rubias desgarbadas les encanta el tipo latino. El hijo de un sindicalista que fue a Rusia a beber leninismo de la fuente original. Natalia se enamoró. De esa locura queda un hijo. El  fulano la abandona nomás pisar Colombia.

La Guerra ruso-afgana. Leonid Breznev. Una momia casi. Gorbachov. En ese tiempo en que conoce a Natalia, el Medio Oriente está convulsionado: Irán, Irak, Afganistán. La oscura marea del narcotráfico se volcaba sobre Medellín. En esta vorágine de odio y violencia, la figura de esta rusa causaba sensación en la u, numerosos estudiantes acudían a su curso. Sí, había un no sé qué marcial en su gesto y en su voz, cierta rudeza. Pero era dulce y emotiva. Qué elección la suya: quedarse en este tierrero, amarlo. Transmitir a esas camadas de alumnos la emoción y la grandeza de la literatura rusa. Y atraparlos. Gogol, Dostoievski, Turguenev, Nabokov, Ajmátova, Gumiliov, Bulgákov.

Es el repentino escribir un poema y obsequiarlo a la compañera del lado, en Lingüística, con el profesor Leonardo Arango. Y seguir loco por esa mujer unas semanas. Y extenuar hojas y hojas en sus cuadernos dedicándole más poemas. En ese tercer semestre ponía zancadilla al amor, quería hacerlo trastabillar y arrancarle una promesa, como ese personaje bíblico (Jacob, luego Israel) que atrapa al ángel que se le aparece en sueños y no lo deja ir hasta que lo bendiga. “Bendíceme y te suelto”. Con la compañera de clase, que se llamaba Marta, no llega a nada. Con Natalia, consigue algo más: el amor por unas páginas encantadas. Eso no podía dárselo una puta, tampoco el garito. Quizás la música salsa, pero era más bonito el verso de Ajmátova: como una piedra blanca en el fondo de un pozo. Era él quien lanzaba flechas a Amor, pero Amor era esquivo, o tal vez a él la puntería le fallaba. Sueño de amor, de Liszt. Lo escuchaba en lanoche, en la sala en penumbra, antes de acostarse. Y en su casa se quedaban intrigados, ¿desde cuándo le gusta la música clásica?  Pero ese piano suena bonito.

Natalia. Después de esos meses de paro  absurdos, desasosegados, turbios, desesperados, en que estuvo al borde de la aniquilación, fugitivo de sí mismo, mísero, arrastrándose en una ansiedad de endemoniado, reanudar la u y encontrar a Natalia. Era un mundo más serio que esos amoríos banales y callados que, como pedruscos en el camino, se topaba a diestra y siniestra. Era una profesora, una mujer adulta, un paisaje extraño. No era Lucía, ni Diana, ni Magui, ni Gladys, mujeres abordables y conquistables, comunes. Aquí existía un cuerpo de conocimientos, una estética, un intelecto, una espiritualidad, un disfrute por la literatura, una madurez. Una mujer distinta, que él no osaba abordar, aunque las pocas ocasiones en que se cruzaron, ella se mostró atenta y receptiva, incluso halagadora. Ese final de semestre vivió una especie de reciproca simpatía con Natalia.Tal vez un amor inconfesado. Algo le pasaba a Amor, su loca flecha no atinaba. Estaba rota, o se había perdido.

viernes, 24 de septiembre de 2021

Natalia Pikouch (Cap.34.)

*Iván Ilich tiene cuarenta y cinco años, y está en la etapa más exitosa de su carrera, cuando le ataca la enfermedad. Ostenta el cargo de magistrado. Lleva una existencia agradable, ajustada a las reglas del decoro: amistades aristocráticas, una familia  decente, criados, cenas, bailes, whist. Las disensiones con la mujer agrian el matrimonio. Pero su vida es suave, disciplinada, como debe ser. Siempre tuvo como regla de conducta el modelo de las clases más elevadas. ¿Qué más le podía faltar? Sin embargo, no se siente satisfecho. Siempre existe un grado superior al que acceder en la esfera de esa jerarquía de clases. Se arrellana todo el tiempo en el engaño de que vive como es debido. Embebido por el desempeño de su trabajo, en este encuentra alivio contra las ingratitudes de la vida hogareña. Ha ascendido de funcionario en provincias a juez de instrucción, más tarde, a sustituto del fiscal, luego a fiscal. Por vivir en un orden superior a sus ingresos, se endeuda. Esto le inquieta. Quiere hacerse con el puesto de presidente del tribunal en una ciudad universitaria. Le ignoran en varias oportunidades. Viaja a San Petesburgo a intrigar. Al fin consigue lo que deseaba. Se traslada al nuevo lugar a preparar la instalación de la familia, a la vez que se integra a sus funciones de jurisconsulto. Está muy alegre y él mismo se encarga de  buscar la casa apropiada a su condición, entregándose de lleno a la remodelación. Al arreglar algo en una ventana, hallándose trepado en una escalera, cae y se golpea en el costado.

Lo que sigue para Iván Ilich es la amarga rebeldía de renunciar a lo que, hasta entonces, significa todo en su vida. Y, sobre todo, el indecible sufrimiento al constatar que los que dicen profesarle respeto y amor, solo actúan al impulso de sus conveniencias. Incluso entre los miembros de su familia siente el dolor del destierro, de la desabridez, del abandono. Iván Ilich rezuma hiel, sufre, se agita, atraviesa el indescriptible calvario de su enfermedad. Los sufrimientos físicos son tan terribles que hacen que el paciente lance alaridos día y noche. Solo halla comprensión en un sincero y noble criado (Guerásim), quien evita engañarlo asegurándole que se recuperará pronto (como hacen los médicos y parientes), sino que lo acompaña y atiende con modestia y calidez, sabiendo que su amo morirá. Iván Ilich acaba apreciando más la áspera sinceridad del sirviente que los falsos halagos de sus familiares. Al final, su alma se sosiega. Descubre que los demás no tienen la culpa de sus padecimientos (y, por tanto, no debe tratarlos con rencor), que solo en él debe buscar las causas de su estado. Purificado por el dolor, acepta su destino y muere tranquilo. Sus últimos momentos no pueden ser más lúcidos, engrandecidos por una serena bondad. Se dice que estaba en un error, que su vida no fue lo que debió ser. Esa verdad lo apacigua y lo conduce al más allá. Ya no existían los tormentos. La muerte misma había desaparecido.

En este relato, la visión de Tolstoi con respecto a los seres humanos es amarga y cruel, pues presenta a los hombres en su faceta más materialista y cínica. Aparte de los episodios donde  Iván Ilich recuerda su infancia (la época más bonita), el autor disecciona a la sociedad, mostrándola como un tinglado de marionetas movidas por el interés personal, donde no hay bondad ni clemencia. Al oír hablar del óbito de Iván Ilich, el primer pensamiento de sus colegas de gabinete es el de las repercusiones de aquella muerte en el traslado o el ascenso de sí mismos o de sus conocidos. Y Praskovia Fiódorovna, la viuda, durante las exequias, interroga a Piotr Ivánovich si hay alguna estratagema para lograr que la pensión del difunto quede más crecida. Este la desinfla al responderle que no es posible hacer nada en este sentido.

(¿Qué es lo que me gustó en el trabajo de Marcos? No aborda los pormenores de la historia, ni siquiera nos confía el argumento. Es la manera de discernir, la forma como razona. Nos deja del todo ignorantes del resto de los  personajes, los lugares, las situaciones, del decurso del héroe en el tiempo, y se centra en la soledad de Iván Ilich enfrentado a la muerte. Es la lucidez con que da cuenta de la lucha moral que se da dentro del personaje. Es eso lo que me gustó. Ese introito en tres párrafos sobre la soledad del pueblo ruso. Y luego, accediendo ya al relato, ese juego de silogismos que trae a cuento al inicio: “Iván Ilich es hombre, los hombres son mortales, luego Iván Ilich es mortal. De haber aceptado Iván Ilich este razonamiento y no este: Cayo es hombre, los hombres son mortales, luego Cayo es mortal, quizás no hubiese sido tan tremenda su agonía ni tan sensible su soledad.”  Finalizando su análisis, advierte: “quería tocar este plano de la soledad y la trascendencia. Todo hombre, tarde o temprano, ha de verse abocado a la muerte. La certidumbre de la muerte nos acerca a la verdad, al ser. Es el ser el que trasciende. Iván Ilich comprende esto en el último momento de su agonía. De allí nace ese tierno sentimiento de compasión hacia los demás, ese deseo de evitarles el mismo sufrimiento. Se ha terminado la muerte, ya no existe. Fue este el pensamiento postrero de Iván Ilich.” Excelente.)                        

miércoles, 22 de septiembre de 2021

Natalia Pikouch (Cap.33.)

*Esa tarde fue a la u con dos propósitos, uno declarado y otro velado. El primero, oír una cinta de inglés en el laboratorio; el otro, mirar a una muchacha que trabajaba allí. Circunvaló con tímido andar todo ese segundo piso del bloque 11, intentando vencer la vacilación. Chasco: el laboratorio de inglés estaba fuera de servicio. Por un momento, Marcos se halló sin alternativas, y deseó desvanecerse en medio del corredor como una deleznable y vulgar pompa de jabón. Sin embargo, recobró ánimos al recordar al ciego que, en lo alto de la escalinata, tarareaba una canción. Lo había visto al pasar, momentos atrás. Se arriesgó a atravesar Hello Kitty, y lo hizo sin sentirse muy horrible. La Apología de Sócrates en su mochila le tendió la tabla salvadora. Dos pantallazos se da Platón apareciendo, primero como testigo a favor del filósofo; segundo, sirviendo como garante del mismo, al lado de Critón, Aristóbulo y Apolodoro, en el caso de que la pena capital sea conmutada por la libertad bajo fianza. Estas dos efímeras apariciones parecían casuales y sin importancia. Sin embargo, Platón da lustre a su figura. En lo cual, se decía Marcos, alzándose de hombros, no había nada vituperable. Buscaba un sitio donde leer tranquilamente, cuando la imagen de Natalia, la profesora de rusa, iluminó su memoria con su tez nórdica, y avanzó decidido hacia su oficina. Entró. No estaba. Su escritorio repleto de papeles y libros presentaba un aspecto desordenado. Siguió hasta la cueva de Hernán, el profesor de griega. Su cigarrillo lo saludó amablemente, y su tinto en verde vaso desechable le dijo hola. Hernán habló cosas exageradas con respecto a la relación entre Marcos y Natalia, llamando a la segunda la “Mecenas” del primero. La vanidad y el desdén compartieron a partes iguales el ánimo de Marcos. Pensó en Natalia, su amor por las conferencias y los encuentros de literatura, un hijo en edad escolar que tocaba el violín y estudiaba inglés y, seguramente, nadaba. Era todo lo que sabía de ella. “Le caes bien a Natalia. Ella lee con tanto agrado tus escritos”. ¿Por qué decía Hernán todas esas cosas? ¿Eran ciertas? Y bueno, ¿qué era lo que había pasado? Que Natalia seleccionó su trabajo final para publicarlo en la revista de la facultad. Antes que vanidad, Marcos había sentido desprecio hacia tal hecho. Luego vinieron sensaciones turbias, donde la más sobresaliente seguía siendo la soberbia. Más tarde, mientras descendía del cielo fulgurante al que lo había elevado la noticia, volvió a sentir la intrascendencia de todo, el odio contra las causas que lo llevaron a idealizar algo, en el fondo, tan fútil. Sin embargo, no pidió a Dios que lo librara del orgullo. El gran Sócrates. Sócrates fue un filósofo callejero, tan pagado de su arte que afirmaba obedecer al oráculo de un dios. Enérgico, desfachatado, tenía por misión sublime enseñar la Virtud a sus conciudadanos, antes que la obsesión por las riquezas, el poder, el prestigio. Fue un tipo extravagante, incluso en esa controvertida y heterogénea sociedad ateniense. Su vida consistía en vagar por las calles, plazas, viviendas, dialogando con uno y con otro, demostrando la ignorancia de todos los que se vanagloriaban de sabiduría. Él mismo rechazaba para sí el calificativo de sabio con que algunos lo honraban. Sólo se enorgullecía de un saber, y era este, saber que nada sabía. Estaba convencido de ser la buena conciencia de la ciudad y en el juicio donde fue condenado a morir dejó de lado toda modestia y aseguró a sus verdugos que, eliminándolo, perdían lo más caro que tenían, esto es, su buena conciencia, su tábano, su código moral. En dicha audiencia llegó a vaticinar malos días para la ciudad y sus habitantes. Era pobre. Nunca cobró por sus lecciones. Tenía mujer e hijos, y hay que figurarse la vida de penurias que llevaban. ¡Pues Sócrates paraba en la calle filosofando! Hay que imaginarse lo contenta que se mantendría su mujer. Su método de filosofar era la mayéutica, que consistía en bombardear con argumentos y preguntas a su rival discursivo, hasta hacerlo parir, por contradicción, la verdad. Dominaba a la legua este procedimiento, y era implacable con sus opositores. Se entremetía en todos los asuntos de la sociedad. A todos confrontaba, jóvenes y viejos, ricos y pobres, conciudadanos y extranjeros. Se creó numerosas enemistades y envidias por el ardor en buscar la verdad donde quiera que estuviese.       

martes, 21 de septiembre de 2021

Natalia Pikouch (Cap.32.)

*Natalia no debía gustar mucho de la canción Natalie, cantada en francés por Gilbert Becaud, popularizada en castellano por los Hermanos Arraigada. A ella no le calaba el sistema soviético, los monstruos engendrados por la Revolución de Octubre, Stalin, Beria. Y esa canción, hasta donde se entiende, tiene cierto aire de militancia, de células universitarias. Un estudiante francés visita Moscú. Natalie, una rubia hermosa, le sirve de guía y le pone en contacto con sus similares rusos. Natalie es la traductora. En el tema se habla de la tumba de Lenin, del café Pushkin, de las llanuras de Ucrania, de los Campos Elíseos. Después de la reunión viene la fiesta, el vino. Y la despedida. Y el regreso del visitante a su patria, quien promete a su vez servir de guía a Natalie cuando esta vaya a París.  

Tras la muerte de Stalin (1953), el gobierno soviético, al mando de Nikita Kruschev, había comenzado a desmontar el siniestro aparato de represión estatal. Beria, el tétrico lugarteniente de Stalin, fue ajusticiado. Alguna vez, al tocar este asunto, Natalia opinaba que estos fueron tiempos relativamente mejores, donde Rusia había respirado con un poco más de libertad. Confiaba en que se aproximaban cambios políticos radicales, que favorecerían una vida más abierta en su país.  Repudiaba ese régimen que coarta la libre expresión, la fría y despótica matemática del poder. Cuántas expresiones artísticas valiosas tuvieron que desterrarse a las catacumbas por miedo a los sabuesos de Stalin. Sólo los turiferarios del tirano eran exaltados y agasajados. Natalia había aprendido a desconfiar del menor tufillo ideológico que se trasluciera en la vida cotidiana. Siquiera que Marcos era de pocas palabras, y nunca cometió la idiotez de hablarle a Natalia de esa canción de corte comunista. Natalia hubiese demostrado su repulsa de inmediato, variando de tópico con disimulo. Marcos gustaba de la música, pero de preferencia antillana. Vibraba con la percusión y las trompetas. Mantenía cierta reserva frente a las canciones de protesta, la nueva trova cubana y las corrientes afines. No, lo suyo era la salsa. Era esta la expresión musical donde hallaba sentido y trascendencia. En cada grupo salsero veía una avanzadilla contra la discriminación y la injusticia. Siempre que bebía unas cervezas, se arrimaba a una taberna donde retumbaran los cueros y se escuchara el sabroso bordón del bajo. Una noche Blandón lo invitó a una taberna donde ponían música latinoamericana. Bebieron unos tragos. Era toda la concesión que Marcos podía hacer a ese género, acompañar a un amigo a un rato de charla y unas cervezas. Esa noche sonó el tema Natalie. Se acordó de Natalia y le prestó atención a la letra. ¿Qué es lo que sucede en esa historia? ¿Por qué es tan vaga al final? ¿Se amaron? ¿Fue todo una promesa? ¿Qué pasó con ellos dos después de la fiesta? Quedaron solos, pero ¿y qué? ¿Eran todos ellos unos conspiradores? ¿O fue simplemente un encuentro de intelectuales? Pushkin, un genio. Lenin, tren embalado. Ucrania. La escalera de Odesa. Ese libro de Solzhenitsyn, Lenin en Suiza. Lenin era la Historia. Stalin, otra cosa.  Marcos no solía manifestar sus ideas políticas. Eso estaba bien para ese compañero (¿Víctor?) que estudiaba derecho y que parecía un demonio sinuoso en su afán de enlistar militantes para el partido; que  se había matriculado a un curso de ruso, y siempre andaba con libros de la Editorial del Pueblo. Cuando se cruzaba con Marcos le entregaba un panfleto y le invitaba a alguna reunión. Marcos se escabullía cortésmente. No había que mostrar desdén por estos tipos y sus ideas. Era mejor que creyeran que simpatizaba con ellos. Y, en cierto modo, era verdad que tenía un pensamiento social, que podría llegar, en algún momento, a considerarse revolucionario. Sin embargo, Marcos era más bien un rebelde. 

viernes, 17 de septiembre de 2021

Natalia Pikouch (Cap.31.)

*Hoy veo a Gala Pikouch como parte de esa pandilla de ilusionistas, magos, brujos, médiums, sanadores, expertos en ciencias ocultas, doctores, profesores que viajan por el mundo, trasladándose de ciudad en ciudad en un aire de seudociencia y charlatanería, logrando notoriedad de un día, cazando a más de un incauto. Como los esposos Luc Ronstai y Soroberti, que por allá en 1979 se anunciaban en el periódico local de Medellín como expertos en ciencias ocultas, profesores al servicio de la humanidad, cuya misión era hacer el bien. Al buscar información sobre ellos en Google, quedas en las nubes, como si jamás hubiesen existido, probando, quizás, que eran impostores. Y esos nombres pomposos que se inventaban: Luc Ronstai y Soroberti. Me recuerdan ese tema de Willie Colón y Rubén Blades, Madame Kalalú: “óigame, Madame Kalalú, en su rueda de cristal qué ve”, etcétera.  Luc Ronstai y Soroberti eran anunciados en El Colombiano con el mismo brillo con que se publicitaba el tónico Wampole: “¡ole con ole! Tome Wampole. Salud y energía de generación en generación. Wampole, tónico a base de minerales y vitaminas”.  O las pastillas Ónix para teñir el cabello. En toda época dan qué hablar los magos, ilusionistas y profesores de toda laya. Willie Colón y Rubén Blades caricaturizan el fenómeno con su canción Madame Kalalú (“háblame más duro que no veo”). No es solo la bola de cristal, también la baraja y las sombras, y eso de prometer cosas buenas y viajes. Y, claro, cobrar la plata puntualmente. Todo un tema, digno de volverlo a escuchar, Madame Kalalú. Y jalar risa un buen rato.

De Asia y Europa (Rumania, Rusia, Francia, España) procede la batahola de la gitanería, el circo, la magia. En mi época de Itaguí viví cerca de una colonia de gitanos, y estuve al tanto de su extraña cultura, nómadas del mundo. Recuerdo que los hombres comerciaban con aperos de caballos y, de un modo furtivo, según se decía por ahí, con joyas. Las mujeres leían la mano. Los hombres eran serios, garbosos, apuestos; las mujeres tenían un raro hechizo, una mirada misteriosa, y vestían faldas y pañoletas coloridas. Entre ellos hablaban su lengua particular, el romaní. En el trato con los demás, se valían sin problemas del español. Las mujeres eran buenas regateadoras, y en la legumbrería siempre acusaban al dueño de querer tumbarlas, exigiéndole rebaja. Siempre se salían con la suya. Los gitanos jóvenes se hicieron amigos nuestros y se nos unían en los picaítos de fútbol.  Sin embargo, era una comunidad cerrada, tenían unos códigos férreos que les alejaban del trato con los que no fueran de su grupo. Hoy recuerdo con especial cariño a dos de esos gitanos, muchachos como nosotros, Kolia y Renzo, entusiastas del fútbol.  Alguna vez, en Junín, dos gitanas me salieron al paso, ofreciéndose a leer mi mano. Acepté. La que miró mi palma me dijo que iba a tener tres grandes amores en la vida. Yo le dije que iba en mi segundo amor. Entonces ella me dijo que me faltaba mi tercer gran amor.

Gala Pikouch estuvo en Medellín por 1990, en esos años. Su paso por la ciudad fue discreto, su clientela, reducida. No se presentaba con los bombos y platillos de los Luc Ronstai y Soroberti. Tampoco encajaba en el molde de Madame Kalalú. El relato de Guzmán nos la presenta más bien como una terapista, una sanadora que combinaba la cromoterapia con los buenos oficios de la fe religiosa.

De la cultura rusa nos ha llegado la literatura, el ballet, el circo, la música, la pintura, la revolución. Trotski y su esposa, Natalia Sedova, llegaron  a México en 1937. No era un literato ni un bailarín, no venía a compartir el aroma del samovar y la balalaika: traía en sus bártulos panfletos flamígeros, la semilla de un mundo nuevo.  Venía huyendo de la policía de Stalin. No halló paz en Noruega, de Estados Unidos fue deportado por Roosevelt, y en México (el país donde estalló la primera revolución moderna (1910), incluso antes que en Rusia (1917), Lázaro Cárdenas le dio refugio. El muralista Diego Rivera y su esposa Frida Khalo lo acogieron  como un hermano y como un camarada.            

domingo, 5 de septiembre de 2021

Natalia Pikouch (Cap.30.)

"Como una piedra blanca en el fondo de un pozo

Está en mí un recuerdo.

No puedo, no quiero luchar, él

Es la alegría y es el sufrimiento.

Me parece que aquel que mire desde cerca

Mis ojos, lo verá de inmediato

Se hará más triste y pensativo

Que el oyente de una historia trágica.

Yo sé que los dioses convertían

A la gente en objetos, sin matar sentidos.

Para que eternamente vivan las extrañas tristezas

Te han convertido en mi recuerdo.” (Ana Ajmátova, 1916)

Este es el poema que me diste a leer una tarde en la u (una tarde en que la hurañez de mi rostro te pareció un signo de clarividencia), el poema que transcribí en mi cuaderno, el poema que aún conservo y que hoy releo: "para que eternamente vivan las extrañas tristezas".  Cuando quiero leerlo, busco el cuaderno 19, allí está, casi al final. 

También por esta época leo los cuentos populares rusos, de Afanasiev (La bruja Yagá y otros cuentos). Afanasiev murió pobre, de tuberculosis, obligado a vender su librería personal cuando contaba cuarenta y cinco años. Sus obras no fueron publicadas debido a su amistad con Herzen, el ideólogo de la revolución campesina. Afanasiev recopiló unos 680 cuentos tradicionales, en ocho volúmenes.  

Ana Ajmátova, "como una piedra blanca en el fondo de un pozo". Este poema había de acompañarme toda la vida. Este poema ya hacía parte de ti cuando estudiabas en la universidad de Kiev. Kiev, que pronuncias con acento en la primera vocal y con ese inefable dejo de otra parte. Kiev, cuya universidad fue mandada a pintar de rojo sangre por el zar, sin sospechar que sería el color elegido para las banderas que acabarían con su dinastía. 

Te ofende que Dostoievski sea prohibido por el sistema comunista, Tolstoi permitido. Gorki. Nunca aconsejarás leer a Gorki. Dostoievski, Tolstoi, son otra cosa. Es ese libro Lenin en Zurich, de Soljenitsyn. Parvus, interesante figura. El tren de los conjurados. Ese pasaje de Doctor Zhivago donde hablan de una familia con acciones en la empresa ferroviaria, que gozan de tiquetes gratis para viajar de un extremo a otro de Rusia. Y uno ni siquiera ha subido a un tren, ni a la destartalada locomotora nativa que va hasta Puerto Berrío. Y en Europa esa es la vida, el tren, los trenes, los conjurados. Eres de Ucrania. Las llanuras de Ucrania. Cómo amas a Pushkin. En las vacaciones regresas a tu patria. Quemar las naves, sí señor. Jugársela toda. Y cómo amas la literatura infantil. Tu voz y tu risa, gruesas, enérgicas. El padre de la literatura rusa, así llamas a Pushkin, tenía ancestros africanos, era un negro. Ajmátova y Pasternak silenciados, pero nunca abandonaron su amada tierra. Es preguntarse si amabas a Maiakovski, el poeta de la Revolución. Gumiliov es otra cosa.

Es eso. Yuri Zhivago abriendo la puerta de la casa largo tiempo abandonada, sintiendo un estruendo de latas volcadas y las ratas cayendo pesadamente al piso y huyendo con precipitud. La casa de Lara. Es Gumiliov alejándose en un tren, rumbo a un mar desconocido. Es Pastenark caminando en solitario por una carretera destapada y bordeada de árboles, en un tiempo de nevisca, las manos enfundadas en su abrigo y  el empecinamiento en el  rostro. 

"Pero otro drama está representándose”, es eso. Leer Doctor Zhivago, ese tiempo de tormenta. Es ver a Nikolai Gumiliov,  con sus treinta y cinco años, ante el pelotón de fusilamiento, su obra prohibida. Es venir leyendo en la buseta el poema de Ajmátova, Como una piedra blanca en el fondo de un pozo, un poema de 1916, cuando Gumiliov tenía treinta. ¿Y Ajmátova? Tres años menos. Veintisiete. 

En Agenda Cultural del Alma Mater, en el número 133 de junio de 2007, tu colega Aída Gálvez Abadía, filóloga y antropóloga, escribirá una semblanza póstuma sobre ti. "La conocí en 1982. La  Universidad programó un  curso de  ingreso al  escalafón para familiarizar a los nuevos docentes con el oficio.  Reunidos  en  la  sede  de  El  Hatillo, iniciamos  la  inducción  que  duraría  una semana.  Al  momento  de  la  presentación  de cada  quien,  nos  sorprendió  un  acento femenino extraño, de una acabada modulación en  el  idioma  español:  Me  llamo  Natalia Pikouch  y  soy  filóloga  ucraniana,  dijo mientras  se  erguía  con  un  gesto  un  tanto militar,  una rubia  pequeña, maciza  y  de tez rosa".

Es ese libro Cinco poetas rusos, que obtuve como muestra promocional de una editorial que visitó un colegio donde yo trabajaba, y que presté a una alumna y que casi no me lo devuelve. Al final, no sé qué se hizo ese libro. Alguien se lo quedó, como mi libro de poemas de César Vallejo, que presté a una muchacha del José Roberto Vásquez y que no volví a ver. Cinco poetas rusos: Pasternak, Maldestam, Ajmátova, Alexander Block, Nikolai Gumiliov. Gumiliov y Amátova eran esposos. Gumiliov, fusilado en 1921 por el régimen soviético. 

Hoy vuelvo a abrir mi viejo cuaderno 19, vuelvo a leer el viejo poema.        


sábado, 4 de septiembre de 2021

Natalia Pikouch (Cap.29.)

La Revista Linguística y Literatura es una publicación vigente: sale semestralmente y está adscrita al Departamento de Linguística y Literatura y a la Facultad de Comunicaciones y Filología de la Universidad de Antioquia. Curioseando en Google, encuentro que va en el Volumen 42, Número 80, correspondiente al semestre Julio-Diciembre de 2021. Me entusiasmo y leo un artículo titulado "Sobre el estudio linguístico del lenguaje 50 años después. Una conversación con Noam Chomsky". Busco en los archivos de la publicación y hallo que están hasta el 2006. Entonces iba en el Número 49, un número monográfico dedicado a la historiografía literaria colombiana. Ni asomo pues de los números de mi época, los 90, cuando Natalia Pikouch hizo fuerza para que publicaran mi trabajo final sobre La muerte de Iván Ilich. No recuerdo bien si Natalia hacía parte del comité editorial de la Revista, tal vez fuera así. Lo cierto es que de los dos o tres ejemplares que me dieron como articulista, no conservo uno solo. En estos días de nostalgias he querido ver esa publicación, al menos en formato virtual, mas no he podido (lo que me promete una visita investigativa al Alma Mater). Tengo la costumbre de realizar periódicas purgas en el material de mi biblioteca. A veces se me va la mano, y luego me arrepiento. No demasiado (eso del arrepentimiento), porque creo que todo debe fluir, que al desprendernos de libros nos convertimos, de algún modo, en promotores de lectura. En estos días de rememoranzas quise buscar un libro de Cortazar (Nicaragua violentamente dulce), pero me acordé que cayó en una de mis limpias. Igual ha pasado innúmeras veces con otros textos. Mi mujer me inculpa por mi veleidad de botar, pero me reprocha más mi inconveniencia de buscar lo que he botado.

En una Revista Linguística y Literatura cuyo número y año no recuerdo (pero de la cual quisiera acordarme), publicado bajo la categoría de "Reseña", apareció por allá en los 90, cuando aún era estudiante, mi escrito titulado: La muerte de Iván Ilich, ¿el ser o el tener? Releyendo mis cuadernos de esa época, he encontrado que obsequié a mi hermana mayor uno de los dos o tres ejemplares que me correspondieron. Conservé uno para mí, el cual me acompañó por años, de trasteo en trasteo, y que al fin di a la basura (esto es, a los lectores en potencia). El otro (porque debieron ser tres) acaso lo dejé en casa de mis padres, donde no es que leyeran mucho, pero al menos podían ufanarse de tener un hijo y un hermano escritor y, de paso, mostrar una evidencia (la revista) aunque no supieran ni jota de lo que trataba el asunto. Mi hermana mayor quizás leyera el artículo, aunque no estoy seguro. De lo que sí puedo dar fe es de que lo exhibiría puntualmente ante sus visitantes, echando unas flores al talento artístico familiar. 

Cuando dejé la casa de mis padres y me mudé al centro, tardé en traer mis libros conmigo. Me fui mudando de a poco. Preferí cargar primero con mis cuadernos de apuntes, como un escarabajo estercolero, que con mis libros. Cierto día visité a mi hermana en su apartamento cercano al parque del Periodista (ahí también queda el Guanábano). "¿Tienes aún en tu poder aquella revista donde publicaron esa reseña literaria mía?" "Claro, ¿la necesitas?" "Sí, por favor". "No hay problema, siéntate. Voy a buscarla". Mi hermana se levantó delicadamente y se trasladó a la habitación contigua, caminando como si los ojos de una multitud abarrotada ante una pasarela de modelaje estuviesen fijos en ella. Regresó al cabo de un momento. "Aquí está la revista. Toma". La recibí, la hojeé, localicé la página de mi interés. Solo entonces me senté en el blando sillón, diagonal a mi hermana, que mientras tanto había vuelto a su distinguido puesto de jefa. 

¿Qué tenía que hacer Iván Ilich en aquellos aposentos dedicados al empuje empresarial y al mundo de la etiqueta y el modelaje? Pobre Iván Ilich. No bastaba con que el cáncer lo tuviese acogotado y que su familia y sus conocidos le diesen la espalda. De ñapa tenía que caer en el elegante apartamento de mi hermana, donde una tímida secretaria ocupaba la antecámara y donde un cuadro en la pared no podía ser sino de motivo abstracto. Por no tener mis libros conmigo. Quizás por la sospecha de que aquel invento de irme a vivir de arrimado no iba a durar mucho. En casa de mis padres había dejado mi deshojado Cien años de Soledad, mi Juicio en el Mar (de Frank de Felitta), mi Edipo Rey, mi La vorágine, también deshojado y amarillento y amado. Y, como puede verse, también dejé la revista donde aparecía mi ensayo sobre Iván Ilich. Quizás la necesité de afán para una consulta rápida, o sencillamente quise recrearme leyendo nuevamente esas páginas. Mi hermana vivía a unas cuadras. 

No sé si aún conserve la revista. No, no creo. si no la conservo yo...                        

viernes, 3 de septiembre de 2021

Natalia Pikouch (Cap.28.)

*¿Por qué tengo la impresión de que vi alguna vez a Gala Pikouch –necesariamente en compañía de su hermana, Natalia- en aquellos mediados de los 90? Guzmán se obstina en que, de ningún modo, pude verla, como si su gratitud por la sanadora fuese tanta que le impulsa a la veleidad de apropiársela, de quererla para él solo, de no compartirla con ninguno. Así es el amor, egoísta. Pero yo tengo un fuerte barrunto, una señal en la memoria, de que la vi. La descripción física que Guzmán me hace de ella, me lo sugiere: una mujer adulta, muy blanca, obesa, de cabello rubio ensortijado muy corto. Debió ser en esos días de recién egresado, cuando aún volvía a la u, cuando vivía en Carabobo con Moore. Quizás algún apunte perdido me certifique el hecho. Así como encontré en el cuaderno número 66 (que reviso por estos días) un inesperado apunte sobre Estévez, tal vez por ahí, en alguno de los cuadernos de la época mencionada, resplandezca una anotación (una escritura, hay que ir entrando en el ámbito de lo sagrado, de los conjuros y la magia) sobre Gala Pikouch.

En esos años en que se aproximaba la muerte de Estévez, su imagen parecía exigir el sustrato onírico como condición para sus revelaciones. Es una cosa extraña. La mayoría de mis apuntes sobre Estévez en esos años cercanos a su extinción, son sueños. Con Natalia Pikouch, no. No todavía. Mis anotaciones sobre ella se refieren a encuentros reales, concretos, por lo general en la Universidad de Antioquia. Una o dos veces soñé con ella. Pero es que uno suele soñar con las personas a las que nos unen la cotidianidad y el afecto. En el reiterado soñar con Estévez había un no sé qué premonitorio. Aquella vez en que soñé con el hada era, sin duda, una encarnación de Natalia.

Ahora Guzmán me relata datos sobre las hermanas Pikouch y su asociación con los clanes de brujería blanca. Al parecer eran brujas blancas. Por cuestiones de diferencias entre los padres, Natalia y Gala se separaron en la infancia. Crecieron separadas. Cuando Natalia comenzó a ganar renombre entre sus colegas y amigos de  la u por su poder sanador, inopinadamente, apareció su hermana Gala, la cual se las arregló para enviarle un mensaje. Le advirtió a Natalia que ella no tenía la suficiente instrucción para practicar la magia blanca, que sus poderes habían de ser contraproducentes, le quitaba el dolor de cabeza y el estrés a uno y se los transmitiría a otro. Natalia se hizo eco de la prohibición y, primando en ella el sentido filial, aconsejó a Gala que viniese a Medellín, donde su menguado bolsillo (la situación en Ucrania era mala en lo económico) se vería resarcido con el dinero de los clientes que ella le reclutaría.

Según esto, la magia blanca busca hacerle bien al otro conjurando el mal con la palabra a través de hechizos. Esta sabiduría viene desde el Medievo y se transmite de generación en generación. El ritual sanador que Gala Pikouch ejercía sobre sus pacientes puede sintetizarse con una palabra: cromoterapia o sanación por los colores. Las sesiones eran individuales. Gala se ayudaba con una traductora, porque todos sus conjuros eran en ruso medieval. La traductora aclaraba que iba a traducir lo que pudiera, lo que no podía no tenía manera de hacerlo, precisamente porque no conocía algunas palabras que ya eran arcaísmos medievales y términos de brujería. Los colores expresarían estados del espíritu. Gala ordenaba al paciente cerrar los ojos (¡y no abrirlos nunca, no verla en sus hechizos!) y describir los colores que desfilaban en su interior. Según esto, hay tonos que indican tranquilidad, otros son signo de laceración y tormento en el ser. De acuerdo al color que el paciente señalaba, Gala establecía la naturaleza del mal y profería conjuros de sanación. Ella decía que todo en la vida entra con la palabra, que el mal que profieren otros hacia uno tiene efecto desde la palabra, pero que precisamente a través del color ella lo conjuraba y lo alejaba del espíritu. Guzmán cuenta que en ese ritual entendió que los colores que uno ve cuando cierra los ojos son los más hermosos que haya podido ver jamás en la vida; que una aproximación a esa magia, a esa pureza del arte en el color, la ha observado en Omar Rayo. La sesión con Gala duraba lo necesario, hasta que uno fuese llegando a los colores considerados bondadosos, los de la paz del espíritu, porque esos colores se iban conjurando, Gala los exhortaba con sus fórmulas linguísticas, hasta que acudían. Se me da por pensar, desde mi ignorancia, que el amatista y el turquesa, colores que amo desde siempre, traen sosiego.

Gala complementaba el ritual con el elemento del fuego. Guzmán dice que él no resistió, que abrió los ojos y vio a una mujer blanca toda vestida de negro, en la mano derecha una vela prendida. Cuando el paciente denotaba (por la descripción del color interior) el estado en que se hallaba, Gala con el hechizo sacaba la palabra (el color dañino) y con el fuego la quemaba. Era ya al final de la sesión, y ella explicaba que la palabra que daña y la palabra que sana se figuran con un gesto de la mano en el que el meñique, el anular y el del corazón se recogen contra la palma, y donde el índice y el pulgar permanecen estirados. El pulgar es uno (soy yo), el índice es lo que el otro le deseó a uno, y los tres dedos contra la palma devuelven al otro lo que le deseó a uno. Que si uno tiene claro ese símbolo de la mano, nunca pensaría en hacerle daño a otro, porque aunque logre inocularlo en la víctima, se le devuelve tres veces.

Terminados los conjuros, Gala ordenaba al paciente ir a una iglesia y, de acuerdo a lo arduo de la tarea de sacar el mal del espíritu, encender cierto número de velas. Guzmán dice que a él se le ordenó encender 17 velas. Y uno debía quedarse en la iglesia hasta que las velas se consumieran  más de la mitad. Y durante todo el proceso de consumación de las velas uno debía pensar en un ser querido que se hubiera ido a destiempo por muerte violenta o suicidio. Porque las personas que tienen muerte violenta o se suicidan, no van al sitio donde deben ir. Y Gala ordenaba que todo el tiempo que ardían las velas uno debía decir el nombre de esa persona y rogar por el eterno descanso de su alma, que se vaya, que repose y que no vuelva más. Guzmán dice que él pensó en su mejor amigo, que se había suicidado, que ese dolor estaba en sí. Dice que otra cosa vista por Gala en los colores de su entrecejo es que por donde él más penaba era por el lado del afecto y del amor, porque tenía muy herido el chacra del corazón. Para que permaneciera cerrado y en perfecto estado, Gala le mandó que usara una cadena dorada con una Estrella de David, para que lo protegiera de todo mal.

Gala decía que cuando uno siente que una persona le está profiriendo el mal, hay maneras de cerrar la energía personal y rechazar ese influjo y que se le devuelva al otro. Para los hombres, hay que empuñar el antebrazo con el puño de la mano derecha, mientras se le dirigían estas palabras al que le profería el mal: “recoge tu bien y el mío también: Protégeme”, evocando con esta última palabra el poder superior o cualquier contacto con el absoluto que uno tuviese.

Guzmán dice que a través de la cromoterapia alcanzó a entender la unión de lo espiritual con los colores que se ven y con la percepción del arte que uno tenga. Y entendió que Dios se presenta bajo la forma de esos colores, cuando uno cierra los ojos y se presta al ritual, haciendo parte del conjuro, y de corazón participa en la tarea de otro ser que trata de hacernos el bien.                       

 


miércoles, 1 de septiembre de 2021

Natalia Pikouch (Cap.27.)

*¿Dónde había leído eso? Que el hombre cuando empieza a madurar reúne sus fracasos más amados y hace con ellos una hoguera. Media hora de solaz entre rusa y griega. Ha cesado la molestia en el estómago, así que puede arrimarse a la cafetería y tomar un café con leche. Eso es lo que hace. Se siente bien. Eugenio Onieguin. La relación del autor con los dos personajes. Rusia vista por Pushkin. Tatiana frente al mundo y el amor. Pushkin y el amor. Recuerda el sueño con el hada. Es de noche y está en el parque de Bello. Entra a un salón de billar y se entretiene mirando a los jugadores. No le agradan sus caras, sale. Allí estaba ella, el hada, venturosa, sonrosada y alegre. Tomó su mano y lo haló hacia sí. No podía resistirse a su abrazo. Ella sonreía. Él no cabía de felicidad, se desbordaba. La noche se hizo más suave y clara. La miraba a los ojos, le había declarado su amor. Traje rosa, de amplias y flotantes sedas. Tan bella. Tomó el rostro de ella en sus manos. La besó sin miedo. Instante supremo. Su cara redonda y cálida entre sus manos. Sintió correr su sangre bajo su piel estremecida. Permanecieron allí, arrobados. Ella era su amiga. Habían hecho un pacto. Ella sería su amiga y su amor. Estaba rendido a su encanto, de hinojos ante su belleza. Fue magnífico. Juntos los dos en la noche clara. Astros rutilantes sonreían en el cielo. El hada sonreía como ninguna mujer puede hacerlo. Su sonrisa infundía paz infinita. La eternidad descendió sobre ellos. Eran dos niños, dos amantes. No sabían qué hacer con tanto amor. Caminaron. Se sumergieron por calles largas y profundas. No regresaron a la noche. Pero luego él se ve en un lugar lastimosamente conocido. El hada ha desaparecido. En vano, intenta recuperarla. La noche lo oprime. Aquel barrio es Itaguí. Lo reconoce. Edificaciones, coches, gentes. Todo le resulta familiar. Comienza a correr. Un enorme y furioso perro lo persigue. Rubén aparece fugazmente. No, el hada ya no está. Su imagen se ha borrado. No deja de correr, pese a que el perro se ha rezagado. Un pensamiento doloroso lo hiere. Llega a un sitio que también le es conocido. Ahí está la casa de Memo, amigo del colegio. Pero Memo no está. Hay allí cerca una carpintería. Entra, pregunta a un obrero, sale. Nadie le da razón de… ¿Qué es lo que busca? Todo, la noche y el tiempo, ha quedado atrás, muy atrás. Avanza despacioso por la calle desierta. Para él todas las calles están desiertas. No sabe adónde se encamina. Camina simplemente.