jueves, 2 de febrero de 2023

Los condiscípulos (Magi.)

A veces, en encuentros con viejos camaradas de la u, alguien trae a colación a algún compañero, preguntando si hemos vuelto a saber de él, qué ha sido de su vida. Al amor de unas cervezas  y unos tangos, en una cantina antañona, sale a relucir la figura, para unos borrosa, para otros precisa, de un condiscípulo que era gay, muy bonito él, y frentero; o la de otro que se llamaba Camilo, también de hermosa estampa, que se fue a Bogotá, etcétera. En ocasiones como estas nos sorprende el insondable abismo, los inciertos extremos entre el recuerdo y el olvido. Para muchas personas, con las que un día coincidimos, somos menos que sombras, ciegas lagunas en la memoria. Es una cosa espantosa. El olvido se va tejiendo con un exacto presente y con un indulgente descuido. "No, no puedo recordarlo", ha de ser una locución frecuente en reuniones de antiguos amigos que se encuentran y comparten un café. Es decir, lo olvidé, no existe. Hurgar en esto no es que sea sensato. Para desgracia de los que cultivamos el recuerdo, en un mundo donde el tiempo es un ordenado caos, parece ser que el olvido es lo más equilibrado. Recordar resulta un vicio empalagoso. Pese a todo esto, ahí está Magi, acaso pidiéndome que no la olvide, que hilvane las remembranzas que de ella poseo. No son pocos los hechos que conservo de Magi. Magi a secas, porque siempre me dio dificultad recordar su nombre. María Algo. Todos la llamábamos así. Así se conserva en mis notas. Magi, casi Magia. De una remota e inolvidable tarde en la u, cuando salíamos de clase de cuatro, en un aire de desdicha y ventura, surge Magi. Es el fondo vital del que se yergue: el desolado corazón de un joven. ¿Qué tengo de ella? Muchas cosas. Creo que casi fuimos novios. Tal vez ella me presentara como tal, a mis espaldas, ante sus amigos, y también ante su ex-marido. Lo que fuimos ya no importa. Importa esto que escribo, lo que intento definir a través del lenguaje. Con precisión puedo evocar demasiadas cosas de ella, mientras que para otros tal vez no sea ni un recuerdo. María Corazones, María del Sueño, María Cosas. Como Los grandes misterios de la humanidad, un libro que un día me prestó y que no le devolví (luego cayó en una de las purgas de mi biblioteca), Magi siempre será una incógnita para mí. Destejer su imagen a través de unos apuntes en mis libretas, acaso resulte un favor menguado. Para algunos puede resultar una ofensa, un demérito. De ese libro rememoro los artículos seudo-científicos explicando la Torre de Babel, el paso del Mar rojo y otros sucesos legendarios. Se lo debo, y si algún día lo hallo en una librería de viejo, lo compro, para devolvérselo en un improbable encuentro. También yo debí ser un gran misterio para Magi. Magi era cartagenera. Vivía en Belén. A mí no se me hacía que fuera costeña, aunque tenía cierto desparpajo en el comportamiento y en el lenguaje. Será por su desenvoltura, o porque llevaba años viviendo en Medellín, siempre la tomé por una paisa. Pero era costeña, qué duda cabe. Entró en mi vida en un período en que yo andaba embolatado, con un montón de asuntos por definir. No le fue bien mostrándose simpática conmigo. Es una lástima. Uno sufre por otra y otra sufre por uno. Es la gran paradoja, el gran misterio. Volcarme sobre aquella tarde en que hablamos por primera vez, cuando nos conocimos a la salida de clase, morfo-sintaxis, creo. En aquella tarde fuimos todo, amigos, novios, esposos, separados, difuntos, restos, aniquilación, nirvana. Lo demás hace parte de la fealdad del mundo. La tarde de Magi, la tarde mágica. A esta tarde me remito, y os presento a un par de jóvenes alelados el uno con el otro. El gran misterio es que no llegásemos a nada. Magi estaba separada, su ex-marido era un costeño, profesor universitario o algo así. Tenían un hijo, del que ella se hacía cargo. Fuimos compañeros mucho rato. Más de una vez me llevó a su casa, en Belén, luego en Rionegro. Creo que nunca nos dimos un beso. ¡Fatal! Qué cosa. Tejimos el beso con anhelo, y lo destejimos con cobardía e indiferencia. Ese beso no está en mis apuntes. Tendré que fingirlo, falsearlo, inventar una fecha, un momento y escribir: "nos besamos". Mínimo dos besos. O un beso largo. Hay los que saben mucho de eso. Yo me llamaría un analfabeta de los besos, pero una porra para los recuerdos. María Corazones, María del Sueño, María Cosas. Magi. El otro libro de nuestra historia es uno de Mario Benedetti: Inventario.                  

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