lunes, 6 de febrero de 2023

Los condiscípulos (Magi. Cap. 3.)

El personaje de Mishima en El mar de la fertilidad (Shigekuni Honda) en los distintos volúmenes de la tetralogía, nos es presentado en diferentes edades sucesivas: diecinueve años, treinta y nueve, cincuenta y siete, setenta y seis. En cada edad, a partir de la segunda, Honda es testigo de una nueva reencarnación de Kiyoaki, su amigo del colegio. Kiyoaki ha reencarnado en Issao (experto en kendo, jefe de un grupo extremista), en Yin Chang (princesa tailandesa que visita Japón), en Toru (trabajador portuario, que avisa de la llegada y salida de los barcos). El emblema físonómico de estas reencarnaciones son tres pequeños lunares debajo del brazo, cerca de la axila. Seguir la vida de un personaje a través de cinco décadas, nos enfrenta al misterio del tiempo y sus mutaciones. Buscando en Facebook encuentro el rostro de Magi, luego de casi treinta años sin verla. Es una fotografía con su marido y sus dos hijos, al parecer en un restaurante. En el lapso entre la partida de Medellín y hoy, Magi tuvo otro hijo, que ahora es un muchacho de unos veinte años. Estoy especulando, claro está. En el otro joven (mayor, según todas las evidencias)  reconozco al niño que conocí años atrás. El marido se ve conservado, de bigote, cara larga y dulzona, tranquilo. Me recuerda a su hermano, el profesor que fue compañero mío en un instituto público de Medellín. Magi aparece sonriente, una mujer madura, de cabello alisado, rojizo, con una blusa color uva, un pantalón oscuro y unos largos pendientes con perlas de imitación. El rostro de Magi, su sonrisa, lo transitorio, lo eterno. "Es una mujer agradable", me dice mi esposa, a quien muestro la foto. Sí, tengo que admitirlo. La crudeza de la que hablé no es propia de ese rostro. Magi es una morena clara, puesta en carnes, con una cara agraciada y unos ojos cálidos. La nariz es redonda, menos achatada que la de su esposo. La frente y las facciones en general exhiben amplitud, armonía, donaire. Los pómulos llenos; las cejas delineadas y el maquillaje preciso, sobrio. Una señora con su ristra de años, bien traída y bien vestida. Sonriente. Se le nota el contento de estar entre su marido y sus hijos. El recio carácter que identifiqué en ella en el tiempo en que compartimos, modeló un transcurso de bonanza. Una familia de educadores. De esa gente que vive bien, en las márgenes de unos ingresos no despreciables y seguros. Creo haber oído de labios de Luis, alguna vez, que los hijos de Magi son profesionales, pelaos estudiados. Esos dos muchachos de Magi, en la foto, están, más o menos, en la misma edad de Kiyoaki y Honda cuando eran jóvenes. El marido de Magi, en la edad de la última madurez de Honda. Y Magi, en la edad de Rié, la esposa de Honda, en esta misma época. Gente que vive y cambia con los años. La historia de un ser que evoluciona. Cuando fue mi condiscípula en la u, Magi y yo estábamos  en nuestros veinte, acercándonos a los treinta. No fuimos unos profesionales precoces. Magi se graduó primero que yo. Cuando la conocí, era profesora en colegios privados. Salía del trabajo y se arrimaba a la u en la tarde, a platicar al amor de un café y un cigarrillo. Magi fumaba. ¿Dejaría el tabaco? Tal vez sí, como hizo Luis. Su aspecto en la foto de Facebook habla de buenos hábitos dietéticos. La vida le sonrió en Cartagena. "Quizás bajo otro cielo la gloria nos sonríe", dice el poeta. ¡Cartagena! ¿Acaso no soy de allá? ¿Acaso no vive mi hermana allá? ¿Acaso no nacieron mis abuelos allá? Hoy Magi está en sus cincuenta, acercándose a los sesenta, y la vida como que la ha tratado con mano sedosa. En mis libretas es todavía una muchacha. Quizás Magi se enamore del tiempo de mis libretas, si supiera que escribí tantas cosas sobre ella. "¿Por qué escribiste tanto sobre ella?", me pregunta mi mujer. "Porque fuimos bastante amigos". También porque siempre he sido un maniático de la escritura. En mis apuntes, ¿cuántas reencarnaciones no habrá? Cada instante es nueva la vida, mientras sucumbe. El samsara nos acoge y columpia en su crisol de karmas. El hombre de cincuenta y tantos años que escribe en este momento, no puede ser el mismo que en la u se retrasaba en los salones a emborronar páginas en un ambiente clandestino (y, sin embargo, lo es). Tampoco es el del instante anterior, ni el del próximo latido. Somos seres iguales y distintos. Así que Magi está en mis libretas en un sinnúmero de reencarnaciones. Somos viejos de setenta y seis años, como el Honda postrero, y al mismo tiempo, dentro del perfumado de la semilla, esperamos otra vez nacer.                                      


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