Dos últimos recuerdos tengo de Caliche, ambos en el metro: una mañana en que coincidimos en un vagón, entre el Parque de Berrío y San Antonio, y otra mañana en que nos cruzamos en la estación de Itaguí, cerca a la escalera de acceso, junto al cuadradero de los colectivos. Tengo esos apuntes en algún lado, pero no he podido hallarlos. Así que dejo a la memoria la tarea de dar cuenta de ellos. Creo que con estos dos recuerdos voy terminando la semblanza de Caliche. Yo venía sentado en un rincón, quizá del lado de la ventanilla, es decir, en el sentido de la marcha del tren. El vagón traía mucha gente, pero no estaba repleto. Así fue como, desde mi punto de observación disimulado, pude ver a un sujeto de mirada exorbitada y gestos desaforados que se desplazaba a grandes pasos de aquí para allá. Tenía toda la traza de un ser enajenado, de un loco furioso. Daba susto. Los pasajeros se pusieron en guardia, lo miraron con prevención. Me escurrí un poco en mi asiento, y agradecí que Caliche no advirtiera mi presencia. Bajó en la estación siguiente, librándome del embarazoso momento. Estaba mal el amigo Caliche. Era un hombre al que los problemas sentimentales, el abuso de droga y alcohol habían acabado por guillar. Andaba envuelto en un aire turbulento y frenético. Creo que todavía tenía muy patentes en el rostro las cicatrices por la mordedura del perro. En fin, dadas las circunstancias emotivas de Caliche, me pareció mejor no delatarme. Lo dejé ir. El otro instante sucedió cuando yo trabajaba en Comfenalco, en pleno centro, Colombia con Cúcuta. Debía cumplir unas horas en la mañana, de lunes a viernes. El trabajo fuerte era los sábados y domingos, dando clases a alumnos que validaban el bachillerato. Ya vivía en San Antonio de Prado. En los días ordinarios, debía atender a mi horario en Comfenalco y salía a las once, a las carreras, de vuelta al corregimiento, donde comenzaba clases al mediodía. Porque también era profesor en un colegio oficial. Apenas tenía tiempo de entrar a la casa a almorzar. En estas prisas, cuando me disponía a abordar el colectivo rumbo a San Antonio de Prado, me crucé con Caliche. Estaba tomando tinto en uno de los caspetes. Nos sentamos en una jardinera y conversamos. Ya no vivía con Carmen, pero aguardaba a esta, para hablar asuntos relacionados con el colegio de la hija. Creo que pensaban matricularla en el Colombo Francés o en el Colombo Alemán, no recuerdo bien. En todo caso, en uno de esos colegios bilingues campestres entre Itaguí, La Estrella y San Antonio de Prado. La hija era ya una pre-adolescente. Carmen llegó y apenas pudimos saludarnos, por mis apremios de tiempo. Pero allí estuvimos los tres (o los cuatro, contando a la niña), reunidos de nuevo, como en los días de la u. La vida nos había orillado en un tiempo y una atmósfera inmisericordes, de adultos ajamonados, entre inestabilidades emocionales y urgencias financieras. La imagen de muchacha lozana y cautivante de Carmen en los días de la u volvía a mi recuerdo y me hería. Y Caliche. Caliche venía a mi recuerdo como un jovenzuelo hermoso y terrible, como un dios pagano que nos adentrara en los ritos de la iniciación y el hartazgo. Cómo podíamos cambiar tanto. Cómo la vida podía ser tan cruel. Ahora Carmen, aquella jovencita rompe-corazones era una mujer en los treinta, tal vez más cerca de los cuarenta. Las líneas frescas y airosas de la juventud se habían disipado. El gesto era tenso, mediado por los problemas y las prisas de la vida. Caliche y Carmen estaban allí, cumpliendo otra cita del destino, batallando sus cosas, sacándole chispas a la experiencia. No podía ser de otro modo. No eran los primeros en separarse, tampoco serían los últimos. La hija quedaba en medio, como una isla ambigua. Seguro que ya el padrastro estaba en escena. La vida seguía su curso. No podía ser de otro modo. Un amor es una fuerza que nos ayuda a transformarnos, y las luchas no están descartadas, son imprescindibles. Aquella mañana estuve allí con ellos. Como ellos, debía responder por mi vida. Corrí a embarcarme en el microbús. Seis horas de lidia con pelaos me aguardaban.
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