La primera anotación de Magi en mis libretas está en el cuaderno 27. Entonces yo escribía su nombre así: "Maggi". Sí, le gastaban bromas con el caldo de gallina. ¿Cómo no? Por supuesto. Somos un pueblo mamagallista. Hoy que lo pienso, es mejor que se llamara María Corazones, María del Sueño, María Cosas, María Engracia, María de la Luz. Cualquier cosa, menos Magi. Pero es así como le gustaba que la llamáramos. Era un nombre demasiado provocador, para el hechizo y para la burla. El caldo de gallina que comercializan y que promocionan, no es un caldo de gallina en realidad. Es una pasta con dudoso sabor a gallina, o cualquiera de esas aves de corral. Al disgregarlo en cualquier agua o sopa (no de gallina) los componentes (donde hay sin duda químicos y conservantes a discreción) liberan la sustancia comprimida. Imagino que Magi estaba curada con respecto a las bromas. Su piel ya no era de gallina, sino de quelonio, apenas para soportar al espíritu burlón. No recuerdo si alguna vez hablé con ella al respecto. "Me importa una mondá", habría dicho Magi, con su natural chispa costeña. Porque era de lenguaje fuerte. Esto no quita que fuera romántica y soñadora. En este sentido era fémina cien por cien. No usaba vestidos ni faldas, solo pantalones o bluyines. Por su modo de ser directo, desenfadado y procaz, algunos decían que se la llevaba mejor con los hombres que con las evas. Ella misma era de este parecer. La verdad es que tenía muy pocas amigas. Yo le conocí dos. Magi era bajita, un poco rolliza, muy suelta en la parla, con un andar pausado. No había suavidad en su rostro, sino cierta crudeza, lo mismo que en sus palabras. Podía ser la confidente de un hombre, y enemiga acérrima de una mujer. Creo que Caliche, incluso Luis, la conocieron más que yo. Luis es de Cartagena, se familiarizó con la colonia costeña de la u. Era amigo del marido de Magi, y de esta sabía algunas cosas. Al menos estaba más al tanto de Magi que yo que, aunque soy del litoral, vine a vivir muy niño al interior. No conocí el ambiente de los inquilinatos y las residencias de estudiantes, donde se movieron Luis, Magi y su marido a la llegada a Medellín. Lo que Luis me ha dicho siempre de Magi es que era algo fantasiosa. No muy alejada de esto está la opinión de Caliche. Bueno, yo me fui siempre por las ramas, lo suficiente para no advertir demasiado las fábulas de Magi. Lo que más me cabreaba era que me dijera que hablaba de mí a su marido. Yo no hallaba razón en aquello. ¿Con qué propósito? Vaya Dios a saber. Lo único que podía lograr era indisponerlo en mi contra. A nadie le gusta que otro pretenda a su mujer, así esté separado de ella. Tal vez hasta fuera un buen hombre. Luis siempre me habló bien de él. Según entiendo, era un excelente matemático. Sin embargo, lo menos que podía era mirarme con desconfianza. Yo lo conocía de cara, Magi me lo había mostrado, y quizás me lo presentó una noche en la u, en medio de unas fiestas. Creo que jamás cruzamos más de dos palabras. Hoy creo que hubiésemos podido ser amigos. Incluso mejores amigos que con su hermano, un docente con el que coincidí más tarde en un colegio público. Los costeños son, en su mayoría, gente franca, de ánimo alegre, con una densidad de vida y una sabiduría del alma alambicadas por el mar y el sol y el viento. Mi modo de ser no compaginaba mucho con el cuñado de Magi. Voy al extremo en muchas cosas del pensamiento, incluso de la acción. Pero nomás al sentir el alharacoso contento de este hombre al encontrarnos, no dejaba de pensar que el mala sangre era yo. Su hermano, el marido de Magi, era un hombre noble. Luis me lo había repetido. En aquella época de la u las circunstancias nos alejaron. Yo no estaba interesado en quedarme con su mujer. La prueba es que Magi y yo fuimos amigos varios años. Dos ocasiones dormí en su casa en Rionegro, y lo más que hice fue comer crispetas y tratar de hacerme simpático a su hijito. Una de estas oportunidades, la visité en compañía de Jhony, otro condiscípulo. En cuanto a mí en esos días, pensaba que mi destino era como si unas manos arbitrarias hubiesen descolgado de la pared de la vida un cuadro con el paisaje más hermoso, poniendo en su lugar el de una araña terrible avanzando por la red hacia un paralizado insecto. "Maggi", deja que escriba tu nombre como lo hice en aquellos días absurdos y bellos; deja que escriba otra vez un poema a los pájaros de fuego, que en los deslumbrados tejados olvidaron su belleza.
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