A veces, al cruzar por la Feria de ganado, veía en la explanada, a un nivel más bajo que la autopista, el tupido parque de camiones. Los maderos salpicados de estiércol le hacían evocar la pirateada a la costa en compañía de Blandón, Caliche y Pedro. En ocasiones, cuando aún vivía con sus padres en Bello, trotaba hasta la Feria y hacía el circuito en torno a la explanada, pasando por los corrales, aspirando el hiriente vaho del lugar. Era un escenario familiar, porque la ruta de las Cabañas, a la vuelta del centro, se metía por la Feria y salía a la escuela de carabineros, continuando luego por Boyacá las Brisas. Era el tiempo de la u. Una nochecita, mientras trotaba por allí, fue detenido y cacheado por unos policías. Les enseñó su carné de estudiante, pero los agentes eran mala sangre y lo trataron con aspereza. Al fin lo dejaron ir, y Marcos se apresuró a largarse, no fueran a arrepentirse y volvieran por él. Tenían traza de asesinos. En un camión de ganado salpicado de estiércol venían Caliche y Pedro cuando se cruzaron con Blandón y Marcos en Santa Rosa de Osos. No era la primera vez que Marcos viajaba en la caja de un camión. Cuando se mudaron de Concordia a Medellín vinieron en un vehículo de estos. Y luego, ¡cuántos trasteos! Pero, antes de esto, cuando, viviendo en Concordia, se escapó de casa, tras caminar carretera abajo por un largo trecho, un camión lo recogió en las Partidas y lo trajo hasta Bolombolo. Blandón, Caliche, Marcos, vecinos de Bello, pasaban a menudo por la Feria. Pedro vivía en Castilla. Para muchos la Feria era un lugar nefando, que encarnaba los hábitos carnívoros y sanguinarios de la sociedad. A Marcos le hacía pensar en el cuento El matadero, de Esteban Echeverría, donde se describe la crudeza de estos sitios. Le hacía acordarse de un camarada del colegio que trabajaba en una carnicería y, en desempeño de su oficio, vestía un chaquetón blanco manchado de sangre y de sebo. Esa facha se le antojaba indigna. Este amigo le confesaba que, por más que se lavase las manos, estas no perdían el desagradable olor a carne. Eso de manipular cadáveres destazados era cuesta arriba. De niño, en Concordia, había conocido este mundo brutal. Los viernes mataban, y los chicos sin ley se escapaban de clase para observar aquel espectáculo salvaje desde los muros de la corraleja. Los matarifes hacían de vaqueros, enlazaban las reses, las trasladaban al galpón enlosado y con canales por donde corría el aguasangre. Los chicos no se privaban de ver el sacrificio (había un matarife que llamaba a aquello "la crucifixión"): la res, atadas las patas con una soga, inmovilizada, reducida, recibía una cuchillada en el corazón. Los matarifes hundían el cuchillo hasta lo último, y lo removían hasta que el animal expiraba. Era una cosa bárbara. Muchos de ellos, y también algunos curiosos, se apresuraban a llenar vasos con la sangre palpitante, y la bebían como una cara medicina. Era una sangre caliente y espumosa. Aquel camión en que viajaron de Santa Rosa a Yarumal iba por ganado y tenía el piso tapizado de afrecho de arroz y aserrín. Las reses, tal vez presintiendo su destino, debían padecer flojera de estómago, y soltaban estiércol a espuertas. En la pirateada, este referente crudo y despiadado del comercio y la matanza de las reses, se trenzaba con los ideales románticos de esos cuatro muchachos que soñaban con ser escritores. El camión los dejó en Yarumal. Al día siguiente volvería a Medellín con su carga para la muerte. El olor pestilente de la Feria se mezclaba a las emanaciones fétidas del río Medellín. Era ingrato pasar por allí. De los cuatro aventureros, quizás Pedro fue el único que no se dedicó a las letras. Marcos y Blandón hicieron de ello una segunda naturaleza. Caliche le hacía por los laditos. Se dedicó al estudio, a los posgrados, a la cátedra, a las chicas. En cierta época hacía vida de gigolo, y se jactaba de cobrar un platal por una hora de sexo. Uno no lograba aprehender ese ardimiento, esa rebeldía, esa petulancia en que Caliche se movía. Era un torbellino. Quería sobresalir por su originalidad. Se valía de instrumentos contradictorios: cortesía, aspereza, suavidad, sorna, alegría, violencia, orgullo. Al acto de la paternidad, con sarcasmo, le llamaba "reproducir la especie". Sin embargo, tuvo una hija. Para Marcos, Caliche era uno de esos amigos con los que uno se cruza a través de los años, incluso en los sueños. Una noche soñó que compartía una pieza de hotel con él. El cuarto poseía gran similitud con el dormitorio de Marcos en casa de sus padres. Había dos camas. En un ángulo aparecía un baúl donde Marcos guardaba libros y papeles. Buscaba algo ahí, cuando Caliche vino, malhumorado, a reñirlo, como si Marcos se estuviera metiendo con sus pertenencias. Marcos no se dio por aludido. Caliche efundía insanía.
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