miércoles, 5 de octubre de 2022

Los condiscípulos (Blandón. Cap.10.)

Una noche me entrevisté con Everardo Rendón en el café Versalles, en pleno centro de Medellín. Everardo trabajaba en el periódico El Mundo (R.I.P.). Era el encargado de un suplemento literario, y el propósito de nuestra cita consistía en coordinar la publicación de unos versos míos en aquella revistilla. Según esto ya escribía versos. En el colegio donde trabajaba, sin que me diera cuenta, me habían endilgado el mote de poeta, lo que me comprometía a servir de versificador de planta en eventos culturales y sociales. Yo tenía un alma sencilla, me acoplaba sin dificultad a todo eso. Everardo Rendón no debe acordarse de mí. Yo no sé si está vivo, la verdad. José Libardo Porras ya no es de este mundo, Estévez tampoco. ¿Qué habrá sido de Everardo? Lo recuerdo como un hombre de figura afable, discreta, con un trato delicado. Un hombre risueño, espiritual, con un alma fogosa y noble. En este instante evoco su rostro, su fino bigote, sus facciones amplias y su natural espontáneo. Blandón fue el vínculo entre Everardo y yo, sin duda. Por estos días Blandón me visitaba a menudo en mi apartamento, próximo a la facultad de medicina. Yo había leído los haiku de Basho. Me empeñé en un ejercicio de escritura remedando la forma del poeta japonés. En fin, escribí un libro que titulé Homenaje a Basho. Algunos de mis haiku gustaron a Blandón, y este le habló a Everardo, que acabó publicando varios. Por ahí anda mi homenaje a Basho, engavetado en el escritorio. Como ejercicio estuvo bien. Recuerdo mis haiku a los grillos (el profeta Isaías llama a los hombres “saltamontes”), al río (en este caso es el río Nechí quien me inspiró los versos, yo trabajaba con la U. de A., en los cursos de extensión, dictando poesía española en el Bagre, un empleo que me ayudó a conseguir mi amigo Luis), a la niña que en el bus público sonríe su secreto. Si tuviera el texto a la mano podría citar otros. Son por lo menos cincuenta haiku. Everardo me publicó cinco o seis, no recuerdo bien. Ese apartamento cercano a la facultad de medicina, además de enforzar la amistad con Blandón, fue el escenario de mi idilio con la poesía japonesa. Creo que también fue allí donde leí a Salinger (los relatos donde habla del zen), a Somerset Maughan (El filo de la navaja) y a Mauricio Maeterlinck (Los senderos de la montaña), textos todos en la misma línea de reflexión mística, una exaltación de las religiones orientales. Eso me gusta, el hinduismo y esas cosas. Más joven, en el bachillerato y en los inicios de la u, había leído a Herman Hesse. Mis amados (y olvidados) haiku. Amor y olvido, términos de una misma ecuación. Por estos días también me visitaba en el apartamento Joaco Botero, y también se entusiasmaba con mis haiku. Joaco no escribe poesía. Vive en Nueva York hace lustros. Se consagró a la narrativa. También fue discípulo de Estévez. Diantre. ¿Fue la propia revista Mascaluna donde Everardo publicó mis haiku? Everardo era el editor de esta revista. Esos sueños de editores. Hay gente con fibra  (y vibra) para eso. Es casi como sembrar un árbol, tener un hijo. Editar una revista. Cuántos escritores y poetas deliran con esto. Es un asunto visceral, profundo. Órgano de divulgación, etcétera. ¿Nosotros mismos no editamos un periódico de la facultad de educación? No recuerdo si fui yo quien hizo una semblanza de Estévez para el primer número. Qué locura. Yo pertenecía al comité de redacción. Una revista de poesía es todavía un asunto más fino. En este ambiente fue que conocí a Everardo, amigo y paisano de Blandón, entusiastas de las publicaciones. Tiene que ver con el movimiento cultural del momento, con el pulso de la vida. Es válido. Porque la vida es eso que se mueve, que se agita, que se siente, que se piensa. Es el instante. Everardo estaba en eso, en calibrar la esencia del mundo a través del poema, en encarar ese mundo con unas fórmulas distintas a las convencionales. Un poema es una posición, un manifiesto. Creo que alguna vez también lo vi en Támesis, a Everardo. Una o dos ocasiones visité el pueblo de mis amigos Blandón. En una de estas, con el propio Blandón; en la otra, con sus hermanos, el pintor y el músico. Recuerdo que subimos a Cristo Rey, el cerro afamado. Una cosa de vértigo, porque hay un paso, casi en la cima, que se estrecha bastante. Recuerdo una tarde en que estuvimos en la casa de la cultura. Era diciembre y la gente hacía y elevaba globos, algunos de gran tamaño. Una noche fuimos a una discoteca a beber cerveza, a bailar. Esto fue con los hermanos de Blandón. Con Blandón estuve una noche en la casa de un amigo de este, escritor, que también estudiaba en la u. El tipo se desdobló con los guaros y desveló urgencias pasionales, tipo clásico. Como Sócrates y Alcibíades. Esas reuniones de artistas. La figura de Everardo gravita por esos lugares, los cafés, los barcitos, los tertuliaderos, las calles y las casas de Támesis. Los montes y los ríos. El anfitrión, el escritor urgido, era demasiado generoso, sin duda. No tenía reparos en ofrecer su cuerpo, además del aguardiente y los escritos. Esa es la verdadera prodigalidad. El hermano de Blandón al que llamo el músico finó hace unos meses (R.I.P.). Tenía una flauta. Alguna vez, inspirado en su ejemplo y sus enseñanzas, intenté tocar este instrumento. Me compartió un método, unos temas (Ojos azules). Al final, lo dejé. Preferí la guitarra. Adicional a la música, a la flauta, el Blandón músico amaba los chistes. Era el más alegre y risueño de los Blandón, personas más bien ceñudas.  Uno de los del medio, entre los hermanos. Yo lo recuerdo como el flautista. Recuerdo que cargaba en la billetera un papel donde tenía apuntados los chistes que se sabía, y siempre añadía nuevos a la lista. “¿Ya te sabes este?”, era el conjuro con que me recibía al visitarlo en el apartamento familiar, sacando el papel de la billetera, riendo. Gonzalo. Los Blandón, todos, han sido hermanos para mí. El encanto de la Armonía hace que sienta al músico como alma gemela.                    


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