Una noche me entrevisté con Everardo Rendón en el
café Versalles, en pleno centro de Medellín. Everardo trabajaba en el periódico
El Mundo (R.I.P.). Era el encargado de un suplemento literario, y el propósito
de nuestra cita consistía en coordinar la publicación de unos versos míos en
aquella revistilla. Según esto ya escribía versos. En el colegio donde
trabajaba, sin que me diera cuenta, me habían endilgado el mote de poeta, lo
que me comprometía a servir de versificador de planta en eventos culturales y sociales.
Yo tenía un alma sencilla, me acoplaba sin dificultad a todo eso. Everardo
Rendón no debe acordarse de mí. Yo no sé si está vivo, la verdad. José Libardo
Porras ya no es de este mundo, Estévez tampoco. ¿Qué habrá sido de Everardo? Lo
recuerdo como un hombre de figura afable, discreta, con un trato delicado. Un
hombre risueño, espiritual, con un alma fogosa y noble. En este instante evoco
su rostro, su fino bigote, sus facciones amplias y su natural espontáneo.
Blandón fue el vínculo entre Everardo y yo, sin duda. Por estos días Blandón me
visitaba a menudo en mi apartamento, próximo a la facultad de medicina. Yo
había leído los haiku de Basho. Me empeñé en un ejercicio de escritura
remedando la forma del poeta japonés. En fin, escribí un libro que titulé
Homenaje a Basho. Algunos de mis haiku gustaron a Blandón, y este le habló a
Everardo, que acabó publicando varios. Por ahí anda mi homenaje a Basho,
engavetado en el escritorio. Como ejercicio estuvo bien. Recuerdo mis haiku a
los grillos (el profeta Isaías llama a los hombres “saltamontes”), al río (en
este caso es el río Nechí quien me inspiró los versos, yo trabajaba con la U.
de A., en los cursos de extensión, dictando poesía española en el Bagre, un
empleo que me ayudó a conseguir mi amigo Luis), a la niña que en el bus público
sonríe su secreto. Si tuviera el texto a la mano podría citar otros. Son por lo
menos cincuenta haiku. Everardo me publicó cinco o seis, no recuerdo bien. Ese
apartamento cercano a la facultad de medicina, además de enforzar la amistad
con Blandón, fue el escenario de mi idilio con la poesía japonesa. Creo que
también fue allí donde leí a Salinger (los relatos donde habla del zen), a
Somerset Maughan (El filo de la navaja) y a Mauricio Maeterlinck (Los senderos
de la montaña), textos todos en la misma línea de reflexión mística, una
exaltación de las religiones orientales. Eso me gusta, el hinduismo y esas
cosas. Más joven, en el bachillerato y en los inicios de la u, había leído a
Herman Hesse. Mis amados (y olvidados) haiku. Amor y olvido, términos de una
misma ecuación. Por estos días también me visitaba en el apartamento Joaco
Botero, y también se entusiasmaba con mis haiku. Joaco no escribe poesía. Vive
en Nueva York hace lustros. Se consagró a la narrativa. También fue discípulo
de Estévez. Diantre. ¿Fue la propia revista Mascaluna donde Everardo publicó
mis haiku? Everardo era el editor de esta revista. Esos sueños de editores. Hay
gente con fibra (y vibra) para eso. Es casi como sembrar un árbol, tener un hijo. Editar
una revista. Cuántos escritores y poetas deliran con esto. Es un asunto
visceral, profundo. Órgano de divulgación, etcétera. ¿Nosotros mismos no
editamos un periódico de la facultad de educación? No recuerdo si fui yo quien
hizo una semblanza de Estévez para el primer número. Qué locura. Yo pertenecía
al comité de redacción. Una revista de poesía es todavía un asunto más fino. En
este ambiente fue que conocí a Everardo, amigo y paisano de Blandón,
entusiastas de las publicaciones. Tiene que ver con el movimiento cultural del
momento, con el pulso de la vida. Es válido. Porque la vida es eso que se
mueve, que se agita, que se siente, que se piensa. Es el instante. Everardo
estaba en eso, en calibrar la esencia del mundo a través del poema, en encarar
ese mundo con unas fórmulas distintas a las convencionales. Un poema es una
posición, un manifiesto. Creo que alguna vez también lo vi en Támesis, a
Everardo. Una o dos ocasiones visité el pueblo de mis amigos Blandón. En una de
estas, con el propio Blandón; en la otra, con sus hermanos, el pintor y el
músico. Recuerdo que subimos a Cristo Rey, el cerro afamado. Una cosa de
vértigo, porque hay un paso, casi en la cima, que se estrecha bastante.
Recuerdo una tarde en que estuvimos en la casa de la cultura. Era diciembre y
la gente hacía y elevaba globos, algunos de gran tamaño. Una noche fuimos a una
discoteca a beber cerveza, a bailar. Esto fue con los hermanos de Blandón. Con
Blandón estuve una noche en la casa de un amigo de este, escritor, que también
estudiaba en la u. El tipo se desdobló con los guaros y desveló urgencias
pasionales, tipo clásico. Como Sócrates y Alcibíades. Esas reuniones de
artistas. La figura de Everardo gravita por esos lugares, los cafés, los
barcitos, los tertuliaderos, las calles y las casas de Támesis. Los montes y
los ríos. El anfitrión, el escritor urgido, era demasiado generoso, sin duda.
No tenía reparos en ofrecer su cuerpo, además del aguardiente y los escritos.
Esa es la verdadera prodigalidad. El hermano de Blandón al que llamo el músico
finó hace unos meses (R.I.P.). Tenía una flauta. Alguna vez, inspirado en su
ejemplo y sus enseñanzas, intenté tocar este instrumento. Me compartió un
método, unos temas (Ojos azules). Al final, lo dejé. Preferí la guitarra.
Adicional a la música, a la flauta, el Blandón músico amaba los chistes. Era el
más alegre y risueño de los Blandón, personas más bien ceñudas. Uno de los del medio, entre los hermanos. Yo lo recuerdo como el
flautista. Recuerdo que cargaba en la billetera un papel donde tenía apuntados
los chistes que se sabía, y siempre añadía nuevos a la lista. “¿Ya te sabes
este?”, era el conjuro con que me recibía al visitarlo en el apartamento
familiar, sacando el papel de la billetera, riendo. Gonzalo. Los Blandón,
todos, han sido hermanos para mí. El encanto de la Armonía hace que sienta al
músico como alma gemela.
miércoles, 5 de octubre de 2022
Los condiscípulos (Blandón. Cap.10.)
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