lunes, 10 de octubre de 2022

Los condiscípulos (Blandón. Cap.12.)

 

Cuando Blandón supo que había preñado a su novia, se percató de que se había metido en un lío. En su casa no lo aprobaron. Por esa época las cosas no iban fáciles con su familia, los hermanos lo consideraban presumido y altivo. Ahora la vida se encargaría de enseñarle modestia. No se alegraban de sus apuros, aguardaban simplemente que aprendiera de esto. A la mayoría nos pasa. Nos ponemos de pipí-contentos y de pronto el baldado de agua fría. “Estoy embarazada. Qué vamos a hacer”. Es un diálogo repetido, casi un patrón lingüístico de nuestra cultura. Una prueba manifiesta de lo irreflexivos que solemos ser. “A lo hecho, pecho”. En fin. Recuerdo a Blandón contándome que su novia estaba en embarazo. Más tarde, cuando barajaba nombres para el bautizo, también se confió conmigo. Le gustaba un nombre de la mitología. Tiempo atrás había escrito un texto titulado El hijo de los dioses. Blandón acababa de regresar de Támesis. “Hola”, saludé. “Hola, entra”. “Casi no vuelves. ¿Cuánto estuviste allí?” “Un mes”. Tomé asiento. “¿Estabas ocupado?” “Lavaba un cerro de ropa. Apenas voy por la mitad. No te preocupes, ya necesitaba un descanso. ¿Cómo van tus cosas?” “Bien. Entregado de lleno a la u”. Blandón abrió la neverita, sacó un mango y me lo obsequió. “De la campiña tamesina”, dijo. “Gracias”. Nuestras frases eran algo ceremoniosas, concisas. Blandón fue al cuarto y retornó con unas cuartillas mecanografiadas. “Léelo. Lo escribí en Támesis”. “El hijo de los dioses”, murmuré. Un tanto obsequioso leí el relato donde desfilaban, en desconcertante profusión, divinidades griegas, latinas, judías, escandinavas, egipcias, precolombinas. Blandón se apartó a la ventana y escrutó la noche mientras yo leía. “¿Cómo te pareció?” “Está bueno”. ¿”En verdad?” “Sí”. Blandón dejó las hojas sobre la mesa. Acaso aguardara un concepto más generoso. Me contó lo que había hecho en Támesis. Me dijo de sus lecturas, de los poemas que escribió, recitando algunos trozos de estos. Yo lo escuchaba con atención. Vi rastros de largas noches de desvelo en el semblante de mi amigo. También vi granos. “Me gustaría escribir poesía filosófica. Estuve leyendo una antología de Rilke”, dijo Blandón. Me aventajaba en lecturas y experiencia en la escritura. No advertí mucha convicción en sus palabras. Por un momento quedamos abstraídos. Acabé por despedirme. Me marché mordisqueando el mango.  Era eso. Habíamos estado ahí, habíamos sido amigos durante mucho tiempo, conocíamos nuestras luchas, nuestras caídas, nuestras apoteosis. Cuántos viernes lo despedí cuando partía para el Magdalena Medio a visitar a su compañera (que ya estaba en cinta), la cual adelantaba prácticas o iniciaba la vida laboral allí. Invariablemente, llevaba un ramo de flores, y todo él era una materia sensible oscilando entre el agotamiento físico y los fuegos de fantasía del alma. Se asomaba por la u en las últimas horas de la tarde, a tomar un café y a departir. Luego se despedía: “voy a visitar a aquella”. Seguro que iba corto de plata, pero algún libro de poemas en la mochila le aligeraba el ser. Es de suponer que al final no tomaría en consideración mis sugerencias de nombres mitológicos, que él y su novia tendrían bien meditado el suyo, el que a la postre llevaría la niña. Teseo, el laberinto y el Minotauro se atraviesan por allí. Una historia que siempre me ha parecido patética. Tanto como la de Orfeo y Eurídice y la de Lot y Sara. Según esto el que contraviene la autoridad de los dioses, lleva las de perder. Blandón bautizó a su hija con el nombre de una princesa malhadada al comienzo, dichosa al final, merced al amor de Dionisos. Todavía yo daba tumbos en la u (quizás ya había egresado, pero acudía a estudiar o a hacer deporte) cuando Blandón llevaba a su hija al alma mater los sábados, a programas de estimulación temprana y esas cosas. Nos topábamos en una cafetería y nos trabábamos en un coloquio. Curiosamente, fueron los días en que la vida nos fue distanciando. Después de vivir en el centro tres o cuatro años, volví a Bello por un corto período, unos meses. Creo que Blandón vivía en Florencia o Barrio Nuevo, en casa de sus suegros. O recién se instalaba en Bello, atendiendo a las exigencias de organizar su hogar y conseguir estabilidad laboral. Me mudé a San Antonio de Prado, donde me resultó una plaza de maestro estatal. Sí, nos distanciamos. No solíamos visitarnos, una que otra vez. En ocasiones nos cruzábamos por ahí, en la liga de ajedrez o en una biblioteca del centro. Todavía recuerdo con sentimiento aquellos días cargados de incertidumbre, cuando parecíamos pisar tremedales. Todo se fue consolidando, adquiriendo un estado sostenible.  Nos dedicamos a criar familia, a trabajar. En este correr de aquí para allá, nuestros semblantes se ajaron. La poesía estaba allí para recordarnos que los versos son una eterna juventud del alma, que una noche prometimos ser inmortales, como Ariadna al casarse con Dionisos. La poesía, seguimos cultivándola. Creo que el poeta de los buses quemados también siguió fiel a las musas. Eso espero. Que donde quiera que se encuentre se entregue al arte de pergeñar lirismos. “El tipo puede hacer un libro entero con poemas sobre buses quemados”, sentenciaba Luis con malicia. Acaso no fuera una idea tan disparatada. Era un poeta de lo cotidiano; siempre andaba con sus cuartillas en un cartapacio; poseía una larga colección de textos en honor a los buses carbonizados. Entre muchos otros más, que abarcaban los motivos más diversos y triviales. Podía mostrarte, por ejemplo, tres hojas de versos: una sobre los políticos, otra sobre su infancia y la última sobre los indigentes. Era un hombre maduro, con algo de rústico en su empaque. Con decir que a veces estilaba usar sombrero. Robusto, con el pelo gris entretejido de blanco, demostraba una ingenuidad rayana en la candidez. Tenía una sonrisa triste, unos ojos que buscaban los del interlocutor para atraerlos a su causa, para solicitar interés o comprensión. Reflejaba un no sé qué de bondadoso y tierno. Algunos de los poemas que enseñaba estaban pasados a máquina. Proyectaba editar un libro con sus rimas. Había cierto patetismo en este hombre con su cartapacio y sus poemas, con su inspiración predispuesta al canto de las más prosaicas realidades. Sus versos eran toscos como él, sinceros, cándidos. Le gustaba mostrar todo lo que escribía. Se animaba a leer su obra, con acento declamatorio. Tal vez esa inocencia y esa desaprensión ante el mundo constituyan, en esencia, un loable ser poético.      

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