viernes, 7 de octubre de 2022

Los condiscípulos (Blandón. Cap. 11.)

Vienen a mi mente los recuerdos, instantes de vida al lado de Blandón. Recuerdos añejos, de hace muchos años, cuando éramos jóvenes. Mi visita a Támesis, un pueblo grande y de empuje, en el suroeste. En aquellos primeros tiempos de nuestra amistad, estuve allí un par de ocasiones, de huésped en la casa de sus padres. Más adelante, cuando habíamos trajinado bastante la existencia, Blandón volvió a invitarme a algún evento cultural en Támesis, pero no pude ir. Después de esto he regresado una o dos veces, como turista, de paso, siempre ajeno al bombo de la literatura. Viene a mi mente el recuerdo de aquella mi primera  visita, cuando conocí el Instituto Agrícola, donde él había estudiado, donde su padre, que era maestro, dictaba clases. Un espacio educativo sumamente agradable, más esa tarde veraniega en que estuvimos allí. Era época de vacaciones, el Instituto estaba sin alumnos, solo el cuidandero, si no estoy mal. Por ahí debo conservar algún apunte. Mis amigos deben pensar “qué peligro con ese Marcos y sus apuntes, en cuántos de ellos no estaremos nosotros”. No, no hay que tener cuidado conmigo. Por otra parte, uno no puede avergonzarse de haber vivido, sea noble o infame la vivencia. Lo único que eso demuestra es que somos humanos. Por ejemplo, la sensación del recuerdo que tengo de aquella visita al Instituto Agrícola es una cosa muy hermosa. Se relaciona con lo jóvenes que éramos, con la calidad del aire aquella tarde de sol, con los árboles y sus follajes, con los animales de la granja. Si la memoria no me falla, creo que uno de los hermanos Blandón se hizo un corte en la mano aquel día. No en el Instituto Agrícola, sino en la casa. Tenían una erita de hortalizas atrás. Uno de ellos (creo que Javier) se cortó la mano con el cuchillo al hacer la cena. Los padres de los Blandón no estaban. Se hallaban en Medellín o en Boyacá. Mis dos visitas a Támesis en aquellos días se cruzan. La vez que fui con Blandón los padres se hallaban allí. Cuando fui con sus hermanos, estos se habían ido a pasear. Eran dos experiencias muy distintas, según fuera a Támesis con Blandón o con sus hermanos. Con blandón siempre había agenda cultural, amigos poetas, tertulias. Con sus hermanos el asunto era más deportivo, salir a trotar, ir al parque, caminar. Los hermanos de Blandón no escriben, unos se dedican a la pintura, otra al teatro (esta ha escrito algo), otro a la flauta, uno más al atletismo. Eran muchachos tranquilos, estudiosos, amables. Sabían que me gustaba escribir y me dejaban quieto cuando me veían abstraído con mi cuaderno. Yo estaba leyendo La divina comedia, llevé el libro conmigo. En los ratos muertos devoraba las peripecias de Dante y Virgilio. La vez que fuimos a una discoteca, me endilgaron amores con una muchacha de cascos alegres a la que apodaban La correcaminos. En mi cuento Lucero dejé memoria, más que de la muchacha (cuya figura no recuerdo), de su apodo. Necesitaba un sobrenombre para esa historia que el maestro Estévez llamaba “de la putita”. Vino a mi mente el recuerdo de las tardes de Támesis, los árboles y los conejos del Instituto Agrícola, el desasosiego del corazón: La correcaminos. En la vida real mi personaje se llamaba Elvia. Me dijeron que acabó en la Zona, pero jamás supe qué remoquete adoptó. Entonces la bauticé con el apodo de la joven de Támesis. Cuando mi cuento Lucero se publicó y los Blandón lo leyeron, se percataron de mi homenaje a aquella triste muchacha. Bastante se rieron, acordes a esa vena de mamagallistas entreverada a su naturaleza grave. De esta forma fue como trencé mi historia con la del pueblo de mis amigos del edificio. No sé si Blandón escribió alguna vez sobre las experiencias de la piratiada a Urabá. Hartas aventuras que pasamos. Sé que en Elegías a Cristo me dedicó un poema, cosa que le agradezco. Yo sí he escrito muchas páginas sobre aquella caminada. Gallego se convirtió en un condiscípulo de la u, un tipo consagrado a la literatura, más desde la disciplina de la exégesis, que desde la creación. Creo que después de Blandón el turno es para Gallego en estos retratos. Otro pez gordo. Con estos tipos me conozco hace más de treinta años. He visto correr sus vidas a la par que la mía, si bien desde un butaco a la distancia, algunas veces con inmensa sensibilidad. Tras La correcaminos, a la sombra de esta imagen, se yergue la de los Blandón, la de Támesis y sus montañas y sus ríos, y sus brisas. Fue mi primer cuento maduro, mi cuento de taller, según las especificaciones de Estévez. Otra deuda tengo con los Blandón. Ese cuento lo escribí en su apartamento, una tarde en que me dejaron cuidándolo. Subí desde mi casa mi máquina de escribir y, en completa, soledad, en el resplandor solar de la tarde, me entregué a la recordación. Fue una circunstancia dulceamarga. El padre de mi amigo estaba enfermo, y ellos se habían mudado de casa viendo por la salud de su progenitor, a quien le hacía mal la escalera. Hay que ver que vivían en el cuarto piso. Alquilaron una casa unas cuadras más abajo, un primer piso. Cuando su padre empeoró, apenas si tenían tiempo de darle vuelta a su apartamento. Me dejaron la llave. Era lo que necesitaba. Esa historia aullaba en mí desde hace tiempo. Solo requería el momento y la disposición para volcarse. Todo armonizó. Entre el dolor y la alegría, entre otoño y primavera, di a luz ese cuento. Razón de más para literaturizar a La correcaminos, para hacerla sueño. En esos momentos la muerte y la vida se trababan en una lucha colosal. A los días falleció el padre de mis amigos. El cuento Lucero quedó ahí. Luego hizo parte de un caso indecoroso: Estévez me aconsejó que lo enviara a un concurso donde él era jurado. Lo envié y ganó. Quedé con la espinita. Por fortuna pude sacarme el clavo, participando en otros concursos, sin necesidad de muletas. Por esos tiempos me preguntaba qué futuro aguardaba a mis escritos. Los veía anclados en un puerto lejano de la publicidad y la resonancia de las editoriales y los cenáculos. Había escrito muy poco que valiera la pena. La inconformidad con mi producción era una de las emociones dominantes. No anhelaba la fama. Anhelaba realizar algo grande, completo, que me dejara satisfecho, que aplacara mis dudas. Pues dudaba que tuviese el poder de concentración necesario para fraguar eso grande que soñaba. Debía dar cohesión a una inmensidad de materiales que atesoraba. No, no pensaba en términos de renombre o de olvido. Pensaba en la perfección de un quehacer, en la maestría de un estilo. Y para esto tenía que fajarme, como en el boxing. Tenía que dejar de procastinar y sentarme a escribir, horas y horas. Atarme a la silla, como exigía César Pavese. Que el día fuera un sustrato de irrealidad donde me olvidaba de todo, de la calle y de los libros, de la familia y los amigos, y humillarme ante la hoja en blanco, permitir que el demiurgo dictara. No tenía sino que hacerme a la idea de que era un condenado, un loco. Un ser enorme y triste, sin asidero en el mundo.                   


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