Cumplo con escribir. No pretendo causar sensación (mi arte está muy lejos del espectáculo), ni polemizar, mucho menos moralizar. Cumplo con escribir, como el dictado supremo e incontrastable de un maestro severo, llamado destino. Cumplo. Sé también que, de alguna manera, es bueno desprenderse de los recuerdos, de las historias. Superar épocas, romper lazos, en fin. Todo ello debe ejercer un don terapéutico en el alma. Toco asuntos cardinales de mi vida, cuestiones muy concretas, en este caso la universidad, figuras y hechos que se presentaron a mi sentido durante este período. Cumplo con escribir. Tampoco espero gratitud. La ley en que me he hecho es dura, casi sin sentimientos. Partir sin decir adiós. Recibir y usufructuar sin dar las gracias. Esa es mi ley. Cumplo con escribir también por que sé que otros no escriben (ni siquiera recuerdan, y esto es una desgracia), bien por falta de idoneidad, bien por falta de motivo. Y así se pierden cosas valiosas. Al escribir y compartir lo escrito cumplimos una tarea restaurativa. Es lo que pienso. Por estos días comparto mis escritos más fácil que mi música. Compartir música es bueno, pero en ello opera un mecanismo facilista, instantáneo, que no genera mucha reflexión. Compartir un escrito, aunque casi no lo lean, genera cosas más profundas. Nunca he estado con el facilismo ni con la rápida respuesta a un estímulo específico. Esto es conductismo. Siempre he sido despacioso y discreto, cuando no evasivo. Hay situaciones que no puedes evadir, sin embargo. Escribir es una de ellas. Así que cumplo con escribir. El muchacho de Támesis era bachiller. Pensaba presentarse a la u, a psicología. Mientras tanto, administraba un negocio de apuestas familiar en este municipio. Tenía plata. Le gustaba escribir. Esto parece una contradicción, pero era así. Tenía la cabeza llena de poemas y cuentos, y Everardo y Blandón hacían su parte, especie de mentores. Esta es la primera impresión que tengo del muchacho de Támesis. Una suerte de presentación. Un muchacho alto y hermoso, pleno de vida y de sentimientos poéticos. Era de Concordia. Este, para mí, no es un dato insignificante. También yo soy de Concordia. El muchacho vivió varios años allí, de chaval, igual que yo. No parecía tener una buena imagen de Concordia: tías mojigatas, primos ricachones. Con esto cerraba el capítulo concordiano. Me temo que es una impresión muy escueta e inmerecida sobre Concordia. Es como los defraudados y rencorosos que sintetizan su opinión negativa de un lugar (oh, incluso el pueblo donde nacieron), diciendo: "es un moridero". No podemos ser tan ingratos. Ni tan miopes. El hecho de que algo no cumpla con nuestras expectativas, no puede dar lugar a que lo tratemos con injurias. Es cual dice Rilke del que se queja de que el mundo no es poético. Lo es, solo que no sabemos conjurar su poesía. Así de sencillo. Hay que ver, por otra parte, lo que los primos ricachones del muchacho opinaban de este, que en Támesis no era otra cosa que un ricachón. Ricachones, qué fastidio, definitivamente, dirá alguien. Concordia es mucho más que unas tías pacatas y unos primos platudos. Cuántos nativos de este pueblo (tanto los que salieron en busca de mejor suerte como los que permanecieron allí) han cantado con orgullo la belleza de sus paisajes y la bondad de sus gentes. Recuerdo ahora a un concordiano, joven de buena familia, que vino a Medellín a estudiar, con quien coincidí en la Facultad de Educación y, más tarde, de maestros en San Antonio de Prado. Nos conocíamos desde niños, pero nunca fuimos amigos. No sé por qué. Quizás por celos profesionales, porque él también escribía. Alguna vez un amigo me pasó una revista sobre Concordia editada en Medellín. Allí encontré dos cuentos de este joven que ahora era profesor en San Antonio de Prado. Los lugares que mencionaba en sus relatos eran los mismos que me habían fascinado a mí desde niño: La Piedra del Gallinazo, El Alto de la Cruz, El Matadero, El Campo, La Antena, La Manga de las Toñas, La Nitrera. Entendí que este muchacho de Támesis no había "vivido" en Concordia, o que miraba todo desde una perspectiva lacerada y altiva. Nada más hablar de la Piedra del Gallinazo es remover un mundo antiguo y rico como Proust y su panecillo y su té. ¿Qué pensé entonces de este muchacho de Támesis? Que era un ser adulterado. Blandón no ha cantado sino su Támesis, el entramado de sus montañas y sus ríos. Habla con amor de Cristo Rey, de Pescadero. En sus labios suena nostálgico y hondo el nombre Palermo. Y qué decir yo con mi San Juan de Urabá. Yo que me sintetizo en una gota de ese mar, en un élitro de ese río. Será que este muchacho tiene otros quereres. Pero uno no puede odiar porque sí. Debe ser que tiene malherido el corazón. También hay gente que se acerca a la literatura desde una pose, no desde un llamado esencial, desde una soledad sin orillas. Yo pienso que la primera condición de la literatura es la soledad. Esto no es un tour, un viaje de turismo, un bus y un hotel y unas entretenciones compartidas. Esto es matarse para la vida. Y no pongo en ello ningún dejo (ni el mínimo) de sacrificio. Porque no es un sacrificio. Es el mayor de los egoísmos.
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