La película colombiana los Reyes del mundo (en cartelera por estos días de octubre de 2022) trata sobre unos muchachos de Medellín que se van pirateando hasta Nechí, Bajo Cauca, para reclamar un predio enmarcado en el programa gubernamental de restitución de tierras. Son cinco muchachos marginales, especie de gamines o rebuscadores del centro, liderados por el mayor de ellos, Bryan, de diecinueve años, quien es el heredero legal de la propiedad, dejada por su abuela. Impulsados por el deseo de ser alguien y de tener algo, emprenden una aventura que los llevará a los entresijos de la violencia estructural relacionada con la tierra, su posesión, su despojo, su maltrato (el fenómeno de la minería). En esta búsqueda también descubrirán sus potencialidades y limitaciones como personas, como jóvenes pertenecientes a un mundo sin amor y sin ley. El final es trágico, la muerte. Tras muchos años sin ir a una sala de cine, el lunes pasado me acerqué a una de un centro comercial del sur, todo porque Blandón me envió un mensaje de wasap sugiriéndome que viera este filme, que me recordaría el viaje en auto-stop que hicimos siendo unos bachilleres. Y en verdad que Los reyes del mundo sí me hizo rememorar nuestra pirateada a la costa. Al comparar las dos experiencias, hay que decir que las nuestras eran unas circunstancias del todo distintas. Éramos estudiantes, teníamos hogar, íbamos de paseo, casi como turistas, y pensábamos regresar a retomar nuestros libros. Inicialmente éramos dos, Blandón y yo; en el camino se nos sumaron dos más, hasta ese momento desconocidos para nosotros, Gallego y Pedro. A la ida compartimos un trecho de la carretera (de Santa Rosa de Osos a Puerto Valdivia, y después de Planeta a Montería); luego nos separamos, ellos siguieron para Cartagena, nosotros para San Juan de Urabá. La memoria ubicó en la película algunos paisajes transitados también por nosotros a nuestro turno: la vía a la costa hasta Caucasia. Cómo olvidarlo. Escenas en la vìa, como entrar a una tienda a comprar algún alimento, y en seguida continuar camino. Con los años y la preparación académica, los cuatro nos realizamos como profesionales. Algo muy diferente les ocurre a esos pobres muchachos de la película. Les ocurre lo bello y lo horrible. Una escena como de paraíso o de limbo es la que se muestra en cierto punto que deben ser los LLanos de Cuiva, donde topan con un burdelito de matronas otoñales que los atienden como si fueran sus hijos. Pero es allí, precisamente, donde comienza su desgracia. Uno de los clientes del burdel es un sieteleches cuya enemistad se granjean. Entonces se ven envueltos en la vorágine de la barbarie, que tiene que ver con los "dueños" de la tierra. Nuestra pirateada fue, dentro de todo, idílica. Caminamos unos trechos, otros los hicimos en carro (llámese escalera, camión, volqueta, bus). Esta película narra otra cosa, una realidad infernal, donde los jóvenes de cierta condición social no tienen esperanza. Es salir de un infierno para caer en otro. No sé si Gallego la vio. El mensaje inicial de Blandón fue para Gallego, luego me lo reenvió. Yo atendí al exhorto, en parte en homenaje a aquella inolvidable pirateada, en parte por transgredir los gruesos muros de una rutina que a veces ahoga. Ir a cine fue una experiencia tonificante. Fui solo, a la función de 5,30. Era como un neófito, que todo tiene que preguntarlo. Un ser descontextualizado. En definitiva, un viejo, un retrógrado. Compré una botella de agua (carísima) e ingresé a la sala. Tuve que pedir ayuda para ubicar mi asiento, especificado en la boleta. Hasta el último momento temí estar en la sala equivocada. Había olvidado los cortos. Tuve que preguntar al de al lado si allí era donde presentarían el filme. En ciertos momentos sentí que la sala se movía de un lado a otro, un efecto, quizás, de mi psiquis maleada o de alguna sofisticada tecnología. De veras que me sentí mareado. Estuve a punto de retirarme, no porque la película me disgustara, sino porque me atacó la claustrofobia. Una que otra persona se salió, molesta por el contenido del filme, evidentemente. No a todos les agrada que se exhiban las llagas de nuestro sistema. Eso suele chocar. Uno siempre aguarda un final feliz, es una tara de nuestro ser romántico. Pero lo que hay allí es bala para los protagonistas. Plantan una bandera de lástima en un arenerito de mierda, pero son confrontados a la mala por el capataz y los obreros de la mina. No hay, pues, un final rosa. Ya afuera, en la vida real, en el centro comercial, en la calle, en el metro, el desfase se siente. Por unos momentos el cine nos puso a soñar una felicidad posible. La vida real ni siquiera nos da la oportunidad de soñarla, pese a todo lo que se diga. El moldeamiento férreo hacia estúpidos arquetipos y apocalipsis fatales hace irrespirable este mundo. Los muchachos de la película son los reyes del mundo porque son jóvenes y tienen la fuerza de los sueños. Porque, pese a todo, van por lo que creen suyo, así los acaben. Todavía nos dura un poco el halo de magia de la pantalla, pero acaba por desvanecerse, quieras que no. Y vuelve la desteñida y acuciosa vida de la lucha por el pan, de las supuestas comodidades y las guerreadas seguridades. Vuelves a casa, no sin antes detenerte a mercar unos víveres en el supermercado, pensando en la cena. Los compartidos muros de la casa pegada a otras casas igualitas te dan la bienvenida a un espacio familiar, protegido, que has sabido ornar de calidez luego de atender los virtuosos clichés bombardeados cada segundo por el Ubicuo Amigo. Ese que, para bien o para mal, nunca te desampara.
No hay comentarios:
Publicar un comentario