Coger los peces gordos: en algún momento hay que hacerlo. Mejor temprano que tarde. Este es un pez gordo, de verdad. Entre los condiscípulos de la u (con ser que no estudiaba español y literatura, como yo, sino medicina), Blandón es tema aparte. Un conmilitón de toda la vida. Después de haber enrostrado a Arizmendy, John Charles, Loren, Olga Regina (pesos mediano o walter), enrostro a un peso pesado, a un púgil de gran volumen, que me dará lidia, Blandón. Yo creo que estaba en mí antes que nos conociéramos, como una lluvia y un verano propicios a la semilla que romperá. Romperá, cuando sea tiempo. Hasta una migaja de temblor reverente siento al abordar a Blandón, al poner su rostro ante el mío, al hebrarlo en la urdimbre de esta crónica. Es una hebra dúctil, cargada de cierta tensión, aunque las más de las veces se estira y se encoge como un elástico. En fin, tengo un centenar de páginas escritas, páginas en que Blandón ha devenido en la misma materia de que están hechas las estrellas, los sueños. Nos conocimos cuando llegamos a vivir en la unidad Altos de la Cabaña, por allá en 1984. Las dos familias arribamos al mismo tiempo a este conjunto de edificios de Bello. Nosotros veníamos del Itaguí, del sector de Santamaría, donde había un asentamiento de gitanos. Ellos, los Blandón, venían de Támesis. Fue en esos días últimos de Santamaría, previos a nuestra mudanza a Bello, que empecé a escribir. En mi cuarto, el más recóndito de la casa, una tarde, tuve la radiosa iluminación del Verbo. Por eso digo que hubo algo de premonición venturosa en Blandón, que ya estaba en mí antes que nos conociéramos. Puede decirse que lo parí o me parió en Santamaría, entre la altiva hermosura de los gitanos y sus donairosas hembras que saben leer la mano. Entre los condiscípulos de la u, hay tres o cuatro peces gordos con los que me hacía el remiso, el tardo. Demasiado material, lo que significa demasiada vida, demasiados hechos, algunos no del todo inocuos. Uno siempre puede sentirse aludido, sentirse herido en su susceptibilidad. De alguna manera, la escritura posee un carácter excrementicio. El escritor es como un escarabajo estercolero, moviendo pelotas de estiércol de un lado a otro. La relación con las personas (incluso con las que llamamos amigos) está sujeta al respeto de ciertas convenciones, a la mutua deferencia. Hay temas tabú, por supuesto. Cositas delicadas, que es mejor coger con pinza, o dejar de lado. El escritor no puede ser todo lo caballero que se quiere. Por el contrario, es un traidor, un revelador de escándalos, un parricida, un de todo. Mantenerse en la línea de la mesura es difícil. El escritor no tiene amigos, es enemigo de todos y de todo. Aún así, es el mejor de los padres, pues tiene un centenar de hijos, y ve por todos. A cada uno le da lo suyo, en la justa medida, sin preferencias. Claro, eso es muy fácil de decir. Siempre habrá preferidos. Cursaba yo décimo u once, cuando conocí a Blandón. Por él me enteré del taller de escritores de Estévez. Blandón ya había acabado el bachillerato y llegó a Medellín a empezar la universidad. Vivía en el apartamento con sus hermanos, también universitarios. Era el tercero de una buena camada. Los padres se quedaron en Támesis. El papá trabajaba de profesor. Venían a visitarlos de vez en vez. Por esa época, Blandón era un pelao flaco y desgarbado, con los pies ansiosos de caminos y aventuras (amaba las piratiadas), y la cabeza saturada de lecturas y versos. Su corazón era un tiovivo, uno de esos artefactos que giran en el ámbito de la fantasía, alquilable para soñar. Comenzó construcciones civiles en el Jaime Isaza, cursó unos semestres, se enredó en las luchas estudiantiles. Luego se pasó a medicina en la de Antioquia. Daba quebraderos de cabeza al papá con esta forma alocada de ser, con estas inseguridades. Los hermanos (temperamentos más calmados) le criticaban ser temerario, conquistador, dárselas de perdonavidas, en fin, cierta soberbia de sabelotodo. Eran días de juventud, de irreverencia. Recuerdo que me rapé el cabello siguiendo el ejemplo de Blandón, y que fue en su apartamento de aire conspiratorio donde me aficioné al ajedrez. Hoy todavía esos amores resisten. Todavía me rapo la cabeza, todavía juego ajedrez. Con la escritura ni se diga. Aquel primer cuento que le enseñé a Blandón en aquella época (le gustó y me invitó al taller de Estévez), donde remedaba la temática y el absurdo kafkianos, se ha convertido en un sartal de cuentos e historias hiladas a través de los años. Me lo tomé a pecho. El incentivo de mi amigo Blandón superó toda expectativa. Ese primer cuento se perdió. Me gustaría tenerlo y leerlo de nuevo, para ver sus méritos y sus flaquezas. En estos días alguien a quien confié unos textos de mis primeras libretas, se extrañaba de no ver tachones. Quedó estupefacto. Igual yo. Nunca pensé en eso de los tachones. Mi contertulio me dijo que era increíble que uno escribiera con tanta seguridad y soltura, que no llenara el texto de tachones. A él le ocurría. Su escrito proliferaba de tachones. Es cierto. En mí hubo desde siempre esa fluidez y esa medida con la escritura. No había reflexionado sobre esto, hasta que el amigo me lo hizo notar. Cuántas peculiaridades nuestras nos pasan desapercibidas. No hay espejo más fidedigno que el otro, el semejante. Somos merced al otro. En mis primeras libretas puedo rastrear el tono que pudo tener aquel cuento de principiante, que versaba sobre un hombre obstinado en permanecer en el último cuarto de su casa, el de atrás. Aquello era como si la casa tuviese una pared falsa, como si el hombre estuviese emparedado. Aunque no era así, el cuarto era normal, integrado a la vivienda, con ventana, puerta, contiguo al pasillo, solo que el hombre y su personalidad lo convertían en un cuarto escondido, el cuarto de un apestado. El cuarto de Gregorio Samsa era otra cosa. Fue el escenario de su transformación. Pero Gregorio casi no pasaba allí, era viajante de comercio, salía todos los días. El cuarto del hombre de mi cuento era un castigo, una crucifixión, una mazmorra. Ya allí puse el germen (los huevos de insecto) de la locura que me ha perseguido toda la vida, el último cuarto, que es donde siempre voy a dar en todas las casas, donde siempre adquiero aspecto de lapa, donde algún día moriré. No como Gregorio Samsa, sino como ese otro que atisbó otra luz en el mismo cuarto. La luz de lo recóndito.
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