Blandón en los días en que llegó a Medellín, desempacado del pueblo de montaña, me recuerda a García Madero, el personaje de Los detectives Salvajes, de Roberto Bolaño. García Madero es un muchacho de diecisiete años que estudia derecho y que ama la poesía y leer y escribir. Incursiona en el mundo de los movimientos literarios, las revistas, los poetas y artistas, la bohemia. Todo esto ocurre en ciudad de México. Blandón también tenía ese aire de muchachito imberbe, de chico listo, cuando vino a la urbe para presentarse a la u. Era flaco, como un silbido de culebra, y voluntarioso. Traía el caletre saturado de versos, de bohemia pueblerina. No le costó mucho encontrar el mismo ambiente intelectual en la metrópoli. Álamo dirige un taller de poesía en la facultad de filosofía y letras, García Madero asiste a ese taller, allí conoce a los visceralistas. Álamo recuerda a Estévez, las reuniones del taller de escritores, los turnos para leer y criticar, para criticar y leer. Me sorprendió hallar estos roles en la novela de Bolaño, un mundo que conocí hasta la saciedad, por eso presté el libro y comencé a leerlo. Luis, mi amigo lector, ya me había hablado de Los detectives salvajes, me lo había encarecido, se había regodeado con los guaguis y las fellatio, absolutamente de su gusto. Pero yo no tuve la ocasión de encontrarme con Bolaño y su Álamo y su García Madero hasta ahora. Me sorprendió que la trama ocurre en México, que encara ese orbe etéreo y gratuito de la poesía, de la juventud amante de la poesía, de los literatos y los artistas, un poco con el toque descarnado de Los Hijos de Sánchez, de Óscar Lewis, que Estévez nos recomendó en el taller. En fin, en García Madero vi a Blandón; en Álamo, a Estévez. Me gustó que Bolaño tocara el punto de cómo estos talleres, en lugar de promover la amistad, provocan enemistades, odios, recelos. Porque cada uno quiere ser el mejor, recibir el aplauso del maestro, salir en hombros cada sesión. Esta competencia acera la crítica, indispone en contra del contertulio, lleva a que nos alegremos del fracaso del otro. En estos talleres, como en todo, los favoritismos y los compadrazgos están a la orden del día. García Madero considera a Álamo ignorante de ciertos términos poéticos, se goza en sacarle la piedra, le pone zancadillas, le hace quedar en ridículo. Álamo lee el periódico mientras los pupilos se destazan entre sí. Blandón era así, convencido de su mundo y, por lo tanto, con unas ideas un tanto altaneras, categóricas. Era un ente culto, una cátedra ambulante de literatura y poesía, un organismo mental que respondía en el acto al menor estímulo retórico. Amaba ese aire de divulgación y polémica. En cierto modo, se mantenía ebrio de poesía. Si le dabas a leer un texto, no dudaba en clasificarlo dentro de algún "ismo" o algún subgénero. Tenía el palito para eso. Por aquella época, sus compañeros de la u le apodaban Pupilo, atendiendo, creo yo, a que era un mozalbete, un infante terrible, una promesa de las letras y esas cosas. En fin, un García Madero que se sienta en un café a leer, a escribir versos y a coquetear con las meseras, y que puede escribir varios poemas de una sentada. Poemas que luego leerá a sus conmilitones y a sus enamoradas. A mí me repelía un poco ese afán de querer ponerle un nombre a todo, de saber llamar a todo con un nombre, de inscribirse en un movimiento artístico, de fundar y promover una revista, de creerse los renovadores y el non plus ultra. En todo ese torbellino de los poetas y sus pasiones no deja de sentirse un afán de diletante, una extraña exacerbación de los sentidos, cierto morbo. A veces uno se pregunta qué tan auténtico es todo eso, si será mera presunción libresca, vanidad de citar pomposos autores extranjeros, culturas ajenas. ¡Todo tan afrancesado! Ahora recuerdo a Blandón leyendo a Sartre, ensalzándome a Lawrence Sterne, queriendo meterle el diente a Kierkegaard. Y en Los detectives salvajes todos esos poetas amigos de García Madero cargados de literatura francesa, libros que hurtan en una librería. La vida se va en eso, en pensar el nombre de una publicación, en hacer parte del comité de redacción, en buscar patrocinios, en lanzarla al mercado. La vida se va en eso, en participar en un concurso, en ganarse el premio, en gastarlo. Lee Harvey Oswald, es el título de la revista de los visceralistas. Ulises Lima, un contertulio de García Madero. Susurros, Mascaluna, nombres de las revistas en que Blandón tenía injerencia. Es lo que recuerdo. Nosotros también andábamos con nuestros atados de libros, como los visceralistas. Es una enfermedad. No pocas veces hurtamos uno de una librería o una biblioteca, cuando no se los tumbamos a un amigo. Por épocas hago un examen de los libros que he prestado a mis amigos y de los que he tomado en préstamo de estos. Sorprende constatar lo olvidadizos que somos con respecto a lo ajeno. Para comenzar el registro, Visiones terrenales, el libro del profesor Hernán, se me lo quedó Amariles. En fin. No vale la pena. Demás que yo me le he quedado con alguno a Luis, y Luis con cuántos se me habrá quedado. Por no hablar de la música. El tiempo en que se prestaba música. Tiempo abolido de los casetes y los discos compactos. Nosotros también tenemos una pátina de abolidos. La música de nuestra lira recuerda mejores épocas. México. Cómo se interactúa con el mundo a través de la literatura. Una mamada es un guaguis, un bus es un camión. Y las rancheras. Octavio Paz. Las palabras elogiosas que García Madero brinda a Octavio Paz, en cuanto a que, contrario a Álamo, es un conocedor de rarísimos términos poéticos. Talleres de poesía. Deben ser un engendro más complicado que los talleres de escritores. Aunque, pensándolo bien, vienen a ser lo mismo. ("Mientras converso por teléfono, Blandón se reclina en la estera y saca un magazine de su mochila. Afuera aún no llueve, pero el vaho cenizo del invierno se cierne sobre la tarde. Mi conversación se alarga. Blandón se sumerge en la lectura, exhibiendo un mohín serio, reflexivo, ávido. La revista contiene varios ensayos sobre el poeta Aurelio Arturo, por el que Blandón siente gran aprecio. En la estufa hierve el agua de panela. De la olla asciende impetuoso vapor (conducente a descanso). Mi voz se torna cada vez más sosa y muerta. Al parecer, perdí el entusiasmo inicial y, fastidiado, ansío que el interlocutor se despida pronto. Blandón, en cambio, se anima sobremanera con el magazine, tanto que se levanta y viene a sentarse a la mesa. Provisto de un bolígrafo y un separador, comienza a subrayar los segmentos que le parecen más importantes. Detrás de las gafas, sus ojos semejan ansiosas bestezuelas letrívoras"). En el tiempo en que llegó a Medellín Blandón no usaba gafas. Era un chicuelo. ¿Sí las usaba? La verdad, no recuerdo. Habrá que preguntarle. Llega el otoño y las deficiencias de la vista mudan cada año la fórmula de las gafas. De jóvenes no las necesitábamos. Teníamos ojo de águila.
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