Llamaré a este capítulo "De la inmortalidad". Blandón y yo hablábamos de ella cuando éramos unos muchachos. Yo cursaba los dos últimos grados del colegio. Blandón comenzaba construcciones civiles en el Politécnico. Yo era un estudiante de bachillerato y, aunque era probable que la vida me condujera allí, todavía ignoraba que entraría a la u y que me enrumbaría por las letras. Ese tiempo (esos dos últimos años del colegio) fue hermoso. Estuvo preñado de algo inconmensurable. Sentía mi ser henchido de una potencia represada, de un anhelo inmenso, de una esperanza sin fin. Yo era un muchacho entre los 18 y los 20. Uno de los viejos del salón. Pero ya sabéis por qué era viejo. Blandón, que es más joven que yo, ya empezaba la universidad. Mi vida dio un viraje crucial en ese entonces. Me hice lector, comencé a escribir. Entonces era hora de hablar de la inmortalidad. Un joven de 18 años cree en la inmortalidad. Al menos eso nos ocurrió a Blandón y a mí. Una noche de luna salimos a pasear por las calles del barrio, y ese fue el tema de nuestra charla. Preciso una composición de lugar: Bello, el Barrio Obrero, Fabricato. Industria de textiles. Una quebradita nauseabunda. Blandón era aún más soñador que yo. Los pasos, remisos, no querían llevarnos a ningún lado, solo bañarnos de luna, que recitáramos versos, tal vez Rilke. Blandón me preguntó: "¿Qué es lo más alto que quieres conquistar?" No lo dudé. "La inmortalidad". ¿Qué tan serias eran mis palabras? Porque también estaban impregnadas de enigma. Fue una respuesta extraña, que afloró de mis labios sin más, que me dejó desconcertado. Blandón me miró al rostro y, turbado, dijo: "tienes cara de lunático". Quizás yo no era yo en ese instante. Uno a veces no es uno, está poseído por otra cosa. Yo ignoraba qué es la inmortalidad. No era un vocablo frecuente en mi lenguaje. De pronto, brotó, articulado, brilloso, sonoro, y su resplandor nos esmaltó de irrealidad y misterio. Ese rayo de clarividencia no nos mató. Por el contrario, nos dejó vivos, anhelantes, fogosos y, a partir de entonces, una certidumbre nos ayudaría a caminar por el tumulto de la vida. Porque Blandón se adhirió a mi sueño, secundó mi propósito, y en esa ceremonia de iniciación también él se proyectó como inmortal. Lo más importante, creo, es que esa noche hallé mi senda. Ese momento queda consignado como el de la revelación. Un instante supremo. Lo demás de esa noche fue banal: una taberna, escuchar música, beber unos tragos. Blandón me recitó los versos compuestos a su amor de turno. Al regresar a casa, dormí como un inocente, sin escándalos interiores, sin sobresaltos. Esa noche Dios nos visitó, y dejamos como estela recordatoria la promesa de dedicarnos a las letras. Esto es, al espíritu. Cumplimos. Sí, la revelación fue para ambos, aunque con distintos significados. Mi amigo se cambió a medicina, echando por la borda varios semestres, granjeándose la reprensión paterna. Desde esa noche de lobos (digo, de luna), nuestra amistad se enlazó más. Ahora éramos conspiradores con el universo. Ahora compartíamos un secreto. Y la amistad persistió, persiste, a pesar de las frialdades y los recelos. Somos amigos y, como cónyuges que han vivido largo tiempo, hemos llegado a conocer y a disculpar los defectos. La consagración a la inmortalidad fue previa a la piratiada a la costa, si la memoria no me engaña. Terminé once. Me volví tan huraño que no asistí a los grados. Mientras mi madre reclamaba el cartón, yo leía en la biblioteca Comfama del centro, donde era asiduo. Pasé a la Universidad de Antioquia y allí coincidí con Blandón. Aunque su facultad no quedaba en la ciudad universitaria, a menudo pasaba por allí, holgaba en la cafetería, practicaba natación, estudiaba algún texto, flirteaba. Siempre fue enamoradizo. Para mí la u fue un período de perplejidades. Fue todo un lío. Me sentí en medio de la borrasca. Carecía de la frivolidad que hacía agradable el temperamento de Blandón. Las nubes oscuras ofuscaban mi horizonte. No veía luz ni motivo en nada. Aún en esa etapa ardua vivía para alcanzar lo que, una noche de plenilunio, paseando con Blandón por las calles de Bello, me prometí a mí mismo: la inmortalidad. Blandón me encareció el taller de escritores de Estévez. Al poco tiempo estaba yo allí, de aprendiz de lunas.
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