Cumplí mi palabra de regresar a la biblioteca Comfenalco de La Playa, en pleno centro, y conseguí mi cometido de hablar con Gumercindo. Fue esta semana. Al arribar al cuarto piso, la escena que vi en el vestíbulo me llenó de consternación. En la salita acondicionada para tal fin, un grupo de viejos adormilados miraba las noticias en el televisor colgado en la pared. Qué cuadro. La mayoría de los ancianos no miraba a la pantalla, sencillamente, dormían. Otros se veían aletargados, en un estado intermedio entre Morfeo y Moloc. Uno o dos veían las noticias de un canal omnipresente, pero yo dudé que entendieran algo, porque los imaginé sumidos en una niebla de destiempo en la que chapoteaban como fantasmas harapientos y perdidos, hundidos en la más pavorosa derrota. Los viejos dan traspiés con su propia sombra. De paso, advierto que son los viejos los visitantes más asiduos de esta biblioteca. Muchos la toman como escampadero, o mejor, como dormitorio diurno. Otros simulan leer, pero uno presiente que ya estos abuelos no leen nada, que dan vueltas en la cabeza a un mar de asuntos disparatados, en el que no pueden más que andar confundidos, así ellos sientan el engrane con la realidad, están en el Sahara. Pensé en Gumercindo como un vejete desmirriado y cegatón, como un superviviente de las épocas del escándalo, como un apacible equidna. De hecho, tuve que aguardarlo un buen rato, como que andaba en el receso del almuerzo, dándole función a la muela. Pensé que el lerdo y avejentado empleado de Devolución sería Gumercindo. "¿Gumercindo?", le pregunté, esperando que me respondiera: "sí, ¿qué se le ofrece?" Lo que me respondió es que Gumercindo sí andaba por ahí, pero él no sabía en qué sitio exacto. Tuvo la cortesía de levantarse y echar una ojeada. "Nada... no tiene un horario ni un lugar fijo, debe estar por ahí, almorzando o en planeación..." La idea de Dios y su ubiquidad se aparejaron en mi mente con esta descripción que el empleado me hizo de Gumercindo. "Si se va a ocupar leyendo, puede esperarlo. ¿Dónde va a estar? Si lo veo, se lo chuto". Algo así agregó el funcionario de Devolución. Yo pensé en marcharme al segundo piso, a la galería, donde hay mesas de estudio, pero me parecieron sensatas las palabras del bibliotecario, así que me senté en la sala y me ocupé con mi agenda. Gumercindo se presentía en el aire como un efrid pronto a saltar de una botella, así que me recomendé paciencia. Seguí imaginándolo como un vejancón cansado, un espectro endeble, que no puede con los zapatos, un hombre miope e irritable. En la sala donde me senté, la antiguedad del mundo se expresaba a través de las canas de los usuarios desperdigados en el espacio. La civilización y sus orígenes mesopotámicos me habló desde las mesas vecinas, donde una revista o un libro atenazaba al dócil y lábil lector. Qué hacen todas esas empleadas jovencitas y hermosas, esas muchachas frívolas, con estos vejetes cotidianos, resabiados, demorados como gallinas en trance de poner un huevo que nunca acaban de poner. Fastidiarse, eso es lo que hacen, con toda seguridad. El paso hacia el quinto piso (que yo llamo mezanini) estaba obstruido por dos tabiques. En el quinto piso sí que es el bostezadero y el dormitorio diurno de los viejos, por lo apartadito y escondido del sitio. Al hallar el obstáculo, los abuelos se crispaban, fuera de órbita, preguntaban. "Están haciendo una evaluación de la colección", les respondían las atentas señoritas."Ah, bueno", gemían, reculando hacia la nada. La nada es todo lo que rodea al noventa y nueve por ciento de los seres. Es lo incomprensible. Gumercindo y Olga Regina son la nada. Yo soy nada para otra porción no despreciable de seres. Sin embargo, muchas cosas surgen de la nada. El amor, por ejemplo. Ignoras de qué rincón y en qué momento Cupido llegará a flecharte. Aunque ese carcaj y esas saetas de Cupido ya andan en merma, Dios lo sabe. En fin. También el desamor. Es de lo más inesperado. Aledaño a mí, un hombre trabajaba en su computador. Le suena el celular e inicia una conversación en voz velada con la esposa (¿quién más puede ser?), a quien regaña por su molesta costumbre de cogerle el teléfono y llamar a las mujeres y preguntarles qué clase de relación las une con su esposo. "¿Sabe qué Viviana? A mí no me guevonee más la vida. Suerte. Usted, Viviana, tiene serios problemas psicológicos. ¿Y dónde yo le hiciera lo mismo? Cogerle el celular al menor descuido y comenzar a llamar a los hombres que encuentre en sus llamadas. ¿Por qué se mantiene en reuniones con esa mujer? ¿Reuniones? Una sola vez me reuní con ella. ¿Eso son reuniones?" Qué entradita ( o postre), pues hablamos de que es hora de almuerzo, de que acaso Gumer esté en esas. Pero al hombre del lado sí le tocó un platico. Cuelga. El celular suena una vez y otra y el hombre corta la comunicación, hasta que acaba por apagarlo. Es un hombre joven, como de treinta y cinco años. Lleva doce con Viviana. ¿Y Gumer? ¡Sumer! ¡Qué otra cosa es una biblioteca sino Sumer! El cofre de la civilización. Gumer. He explicado al camisa-rosada (el empleado de Devolución) que vivo en San Antonio de Prado, que hace unos días le hice el viajecito a Gumer, que no me gustaría perder esta oportunidad. Es cuando me aconseja que espere, que me ocupe en algo, mientras Gumer se reporta. El camisa-rosada, con todo y ser cincuentón y aparentar llevar años aquí, no sabe nada de Olga Regina. "Soy escritor, documento la época de 1995, cuando Olga Regina trabajaba acá". "Sí, ese dato se lo puede dar es Gumer. Nadie más". ¿Cuántos años tendrá Olga Regina? Unos sesenta. Es lo menos que les pongo a los asiduos a esta sala. Cuento los que hay ahora. Siete viejos. Vejetes, eso vamos siendo. Seres sin cuerpo, escurridos, inmateriales. ¿Será por eso que no aparece Gumer? Vendrá arrastrando los zapatos, su sombra. Se habrá vuelto espíritu. El único joven es el del lío con la esposa, el del computador. ¿Cuántos agarrones entre esposos presenciamos al día? Es una cosa loca. Pareciera que no nos preocupáramos sino por hacérsela al cónyuge. Definitivamente, mis respetos para el que es capaz de bastarse solo. "En la sala del fondo. No, no hay que salir del piso", me informa el camisa-rosada. Allí estaba Gumercindo. Parecía que lo conociera. Canoso, conservado, fino. Los lentes, la ropa, el aspecto todo, pulido, bien vivido. Un tipo todavía joven, aunque cincuentón. La voz juvenil. Sino juvenil, madura, algo velada, con un grato registro de barítono. Con esa apostura y ese tono docto... Gumercindo me habló de Olga Regina. Lo puse en situación: un compañero de la u, un trabajo literario (aquí Gumercindo me miró con desconfianza), documentar una época de treinta años atrás. "Olga Regina estuvo aquí días atrás, saludando. Hacía días que no venía. No, no siguió con las bibliotecas, se dedicó a la pedagogía, a disfrutar de la vida, siempre ha sido de platica". Gumer sentado en el cubículo del fondo, junto a la sala de informática, el decano. Un hombre de aire austero, filosófico. Treinta años por lo menos en esta sede. La clave estaba allí, en ese hombre de nombre estrafalario, de aspecto cuidado, en ese cubículo del fondo del cuarto piso. Cuarto piso, precisamente donde vi a Olga Regina aquella vez, agripada y leyendo a Joseph Roth. Un mundo de vivencias, de hábitos (los lectores), recuperable a través de este hombre, Gumercindo. Olga Regina leyendo La noche 1002. "Lo único que puedo hacer es que me deje su número, si ella vuelve yo se lo paso y le cuento". "Un compañero de la u", añadió en la papeleta donde tomó nota. "Un amigo de Loren", quise sugerirle que agregara esto, pero me arrepentí. Dejé todo en manos de la vida y de Gumercindo. El rostro de Olga Regina comenzaba a llegarme. Extraño, pero ya casi me acordaba de ella.
No hay comentarios:
Publicar un comentario