viernes, 30 de septiembre de 2022

Los condiscípulos (Blandón. Cap. 8.)

Me adelanto en la cronología de la vida de Blandón: al final coronó su aspiración y se tituló de médico. "Médico y Cirujano", rezaba el diploma en grandes caracteres negros. Recibió el cartón llevando de la mano a su hijita de cuatro años. La pequeña estaba hermosa, con vestido largo, pava y bolso. Blandón, elegante, robusto. La nostalgia lo voraceaba. El lunes siguiente debía ocupar su puesto de médico principal de Monguí (Boyacá). Viajaba en veinticuatro horas. La celebración del grado se vio enlutada por la muerte del abuelo de su esposa. Hoy han transcurrido más de veinticinco años desde entonces. Fatal no rebobinar lo que fue la carrera, los esfuerzos y desvelos. La etapa del internado, por ejemplo, fue agotadora. Casi era un zombi entre el sueño y el cansancio, entre las fatigosas rotaciones en los hospitales. Estuvo, pues, un tiempo en tierra boyacense. Luego regresó a Medellín, se vinculó con un hospital de Bello, localidad donde acabó por instalarse con su familia. Todos estos años ha estado ejerciendo su profesión, que tiene más de apostolado que otra cosa. Ese trato cortés y servicial del que hacen gala la mayoría de los facultativos, ya era natural en Blandón desde muchacho. En la esfera de la cultura, por citar un caso, fungía como cartelera o agenda de sus amigos, porque les comunicaba cuanto evento había. Cierta tarde Marcos se hallaba con una amiga haciendo cola en la cafetería de Idiomas. En ese momento apareció Blandón. Vino caminando por el paraje por el que ellos arribaron. Daba una ostensible impresión de insularidad y fatiga. Algo de autómata tenía. Caminaba con la mochila a la espalda y las manos enchufadas en los bolsillos del pantalón holgado. Marcos saludó con afecto al mustio Blandón. Este traía unas cajas de píldoras en el bolsillo de la camisa. Marcos le habló de la tortícolis que aquejaba a su amiga. Blandón se preocupó por ella, le hizo un masaje (lógico, a instancias de ella) y le prescribió un tratamiento que Marcos, no sabe por qué, supuso que su amiga no seguiría. En estos días Blandón hacía el internado. Marcos invitó. Su amiga pidió tinto y cigarro, como era de esperar. Blandón pidió un perico. Buscaron cuatro sillas. Se sentaron en las tres que requerían y la cuarta hizo de mesa. Dialogaron, mientras la lluvia fustigaba la tarde. La amiga de Marcos lanzó un comentario sobre el despótico reinado del invierno. El palique avivó el espíritu de Blandón. Marcos se dedicó al protocolo de moderar las intervenciones de sus dos compañeros, quienes no eran muy familiares. Las raras ocasiones en que habían alternado, Blandón y la amiga de Marcos tuvieron más desavenencias que afinidades. Al poco rato Blandón se separó de ellos, uniéndose a unos amigos con aire de intelectuales que conversaban en una mesa vecina. Desde que comenzó el pregrado Blandón ya se atrevía a recetar, con ese aire de benevolencia e importancia que caracteriza a los pichones de médico. Se hacía cargo de que su carrera era de status. Marcos ya trabajaba de profesor, aunque aún no terminaba la u. Una vez Blandón le telefoneó para que le prestara los guayos. Blandón hacía parte del equipo de su facultad. "¿Mucho guayabo, profe?", fue la pregunta previa a la cuestión del préstamo de los guayos. Marcos sintió la ironía en la voz del amigo, quien tal vez daba por sentado que la profesión de profesor era un certificado de alcoholismo y abyección. Bueno, un médico debe sentirse socialmente mejor posicionado que un profesor. Blandón agregaba a estas galas propias del privilegio académico, las del dominio intelectual y clínico. Marcos no ignoraba que su reputación ante el amigo estaba viciada por la suposición de que los fines de semana se emborrachaba sin falta. Pero Blandón estaba muy equivocado. Marcos mismo había fabricado esa imagen mistificada de su persona, poniéndola ante los ojos de Blandón para que se deleitara con el espectáculo de su perdición. Solo para sí mismo reservaba sus instantes de pureza. Pero es que los médicos tampoco se quedan atrás con la bebida. Para la muestra, un botón: la novela Hildebrando, de Jorge Franco Vélez. Al diablo con todo. A Blandón le gustaba el fútbol. Como no era de los más talentosos en el equipo de la facultad, fungía de manager, a la espera de que le dieran un chance en la cancha. Marcos jugó fútbol toda la vida. Los guayos eran un aditamento tan natural en su vida como los libros de estudio. En ocasiones se los prestaba al amigo. Acompañando algunas veces a Blandón a los partidos, conoció a Magnolio Palacios, su condiscípulo de medicina. Magnolio era un negro rechoncho y vigoroso, excelente futbolista. Trabajaba en la Clínica León XIII. El 6 de julio de 2022, al llegar en su auto a su lugar de trabajo, tres tipos lo agredieron. Un disparo acabó con la vida de Magnolio. Marcos recuerda al negro saleroso y alegre, al jugador fornido y entrón, a ese amigo de Blandón con el que tantas veces coincidió en la u, encuentros mediados por el amor al balompié. Cuántas veces lo vio asimismo con la bata y el estetoscopio. Pero es como futbolista aguerrido y entusiasta que lo retrata en su memoria. Como ese individuo que se olvida de que es un médico y se calza los guayos y goza de un elíseo rato de fútbol.                

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