Blandón y la inmortalidad me
remiten a la mitología griega, a los dioses, semi-dioses y héroes. Me remiten a
Heracles (hijo de un dios y una mortal, Zeus y Alcmena), y cómo por las hazañas
que realizó fue admitido entre los olímpicos. La literatura tomó de la
mitología el término “héroe”. En la épica antigua encontramos a Aquiles y Eneas
(entre tantos), héroes de Homero y Virgilio. Cervantes nos dejó una especie de
anti-héroe, Don Quijote. Ya en nuestros días Holden Caulfield (de El guardián
entre el centeno) gira muy lejos de aquellas esferas solemnes y gloriosas. Aún
así, Holden Caulfield es inmortal. Ya no lo llamamos héroe, simplemente,
personaje. En esto no hay detrimento de categoría. Nos adaptamos al curso de
los tiempos. Dar a luz un personaje memorable -un Artemio Cruz, un Aureliano
Buendía, una Genoveva Alcocer-, a esto le luchamos Blandón y yo toda la vida,
bajo los auspicios del maestro Estévez. Estévez creó su Alaín Calvo. ¿Qué
haríamos Blandón y yo para rescatar a Eurídice o matar al Minotauro? Blandón
comenzó con los versos. En esto nos distinguimos, porque yo empecé con la
prosa. Solo más tarde me atreví con los versos. Estévez le entraba suave a los
versos. Recomendaba leer poesía, pero como un modo de cobrar mesura y cadencia
en la prosa. ¿Cómo cortar las cabezas a la hidra de Lerna? Cervantes fue a la
Mancha por su Alonso Quijano. García Márquez alzó su Macondo. Blandón escribía
versos, intentaba con algún cuento. Crear un personaje señero, tal vez eso
quedó para las épocas legendarias. Hoy nos conformamos con modelar un carácter
y llevarlo a través del dédalo. Aun así no es fácil, y se lucha a diario por
conseguirlo. A diario erguimos nuestra cabeza de Medusa contra el tedio y la
inconstancia, y pedimos prestado a Hipólita su cinturón mágico para avanzar en
la escritura. Blandón siempre (por lo menos en la época de la u) se rodeó de
literatos, colaborando en la creación y edición de revistas. En estas publicó
sus versos. Recuerdo muy bien cuando llegaba contento con su magazine literario
a mostrarme sus poemas recién impresos. Yo solía subir a su apartamento. Por lo
general, en su impaciencia, Blandón no esperaba a que lo visitara, bajaba a mi
casa y me enseñaba su obra publicada. Él vivía en el cuarto piso, yo en el
segundo. En ocasiones, al regresar de la calle, paraba en mi piso, tocaba la
puerta y me mostraba la revista. En ese período (hoy ya no los recuerdo)
memoricé los nombres de los contertulios y de los magazines con los que Blandón
se relacionaba. Era gente aficionada a los lanzamientos de libros y a los
cócteles. A mi memoria acuden los rostros de infantes terribles de más de un
poeta de aquellos días. Creían que todo se les debía por el dudoso prestigio de
ser poetas. Algunos ostentaban los modos de poeta maldito, y sabían lucrarse de
ello. Blandón me invitaba a esas solemnidades, pero yo hacía lo posible por
evitarlas. Yo asistía al taller de escritores puntualmente. La poesía no, pero
sí los poetas, siempre me despertaron cierta desconfianza. Sobre todo los que
clasifican el mundo en rígidos esquemas, los que deslindan la literatura en
clases y subclases, géneros y subgéneros. Eso no me gustaba. No me gusta. En
fin, yo eludía al máximo esos cenáculos. Pedía que en mi camino hubiese un
Euristeo que me encomendara doce trabajos, así fuera con el oscuro propósito de
librarse de mí. Sabía que en mi senda la cordura estaba ausente, que la tarea
era excesiva y acarrearía agotamiento y dolor, y aún así acepté el peso sobre
mis hombros. Son siete cabezas las de la hidra, no sé de cuántas me he librado,
cuántas me faltan, aunque siempre he sentido compasión por el monstruo. De
algún modo sé que Heracles no la mató. Sé que cada una de sus cabezas es un
obstáculo que debo vencer, y que ella me presenta puntual cada día, no como una
agresión, sino como una prueba. Sé que
soy el campo de batalla de seres de otro tiempo. La hidra de Lerna ha sido y es
una madre buena. Lo mismo pienso de Medusa y su cabeza de serpientes venenosas.
No creo que Perseo la haya matado. Tengo por inverosímil su treta del escudo y
el reflejo de la Gorgona. No matamos tan fácil lo monstruoso que hay en
nosotros. Los monstruos, no en poca medida, son una proyección de nuestro
interior.
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