miércoles, 21 de septiembre de 2022

Los condiscípulos (Blandón. Cap. 5.)

 

Blandón y la inmortalidad me remiten a la mitología griega, a los dioses, semi-dioses y héroes. Me remiten a Heracles (hijo de un dios y una mortal, Zeus y Alcmena), y cómo por las hazañas que realizó fue admitido entre los olímpicos. La literatura tomó de la mitología el término “héroe”. En la épica antigua encontramos a Aquiles y Eneas (entre tantos), héroes de Homero y Virgilio. Cervantes nos dejó una especie de anti-héroe, Don Quijote. Ya en nuestros días Holden Caulfield (de El guardián entre el centeno) gira muy lejos de aquellas esferas solemnes y gloriosas. Aún así, Holden Caulfield es inmortal. Ya no lo llamamos héroe, simplemente, personaje. En esto no hay detrimento de categoría. Nos adaptamos al curso de los tiempos. Dar a luz un personaje memorable -un Artemio Cruz, un Aureliano Buendía, una Genoveva Alcocer-, a esto le luchamos Blandón y yo toda la vida, bajo los auspicios del maestro Estévez. Estévez creó su Alaín Calvo. ¿Qué haríamos Blandón y yo para rescatar a Eurídice o matar al Minotauro? Blandón comenzó con los versos. En esto nos distinguimos, porque yo empecé con la prosa. Solo más tarde me atreví con los versos. Estévez le entraba suave a los versos. Recomendaba leer poesía, pero como un modo de cobrar mesura y cadencia en la prosa. ¿Cómo cortar las cabezas a la hidra de Lerna? Cervantes fue a la Mancha por su Alonso Quijano. García Márquez alzó su Macondo. Blandón escribía versos, intentaba con algún cuento. Crear un personaje señero, tal vez eso quedó para las épocas legendarias. Hoy nos conformamos con modelar un carácter y llevarlo a través del dédalo. Aun así no es fácil, y se lucha a diario por conseguirlo. A diario erguimos nuestra cabeza de Medusa contra el tedio y la inconstancia, y pedimos prestado a Hipólita su cinturón mágico para avanzar en la escritura. Blandón siempre (por lo menos en la época de la u) se rodeó de literatos, colaborando en la creación y edición de revistas. En estas publicó sus versos. Recuerdo muy bien cuando llegaba contento con su magazine literario a mostrarme sus poemas recién impresos. Yo solía subir a su apartamento. Por lo general, en su impaciencia, Blandón no esperaba a que lo visitara, bajaba a mi casa y me enseñaba su obra publicada. Él vivía en el cuarto piso, yo en el segundo. En ocasiones, al regresar de la calle, paraba en mi piso, tocaba la puerta y me mostraba la revista. En ese período (hoy ya no los recuerdo) memoricé los nombres de los contertulios y de los magazines con los que Blandón se relacionaba. Era gente aficionada a los lanzamientos de libros y a los cócteles. A mi memoria acuden los rostros de infantes terribles de más de un poeta de aquellos días. Creían que todo se les debía por el dudoso prestigio de ser poetas. Algunos ostentaban los modos de poeta maldito, y sabían lucrarse de ello. Blandón me invitaba a esas solemnidades, pero yo hacía lo posible por evitarlas. Yo asistía al taller de escritores puntualmente. La poesía no, pero sí los poetas, siempre me despertaron cierta desconfianza. Sobre todo los que clasifican el mundo en rígidos esquemas, los que deslindan la literatura en clases y subclases, géneros y subgéneros. Eso no me gustaba. No me gusta. En fin, yo eludía al máximo esos cenáculos. Pedía que en mi camino hubiese un Euristeo que me encomendara doce trabajos, así fuera con el oscuro propósito de librarse de mí. Sabía que en mi senda la cordura estaba ausente, que la tarea era excesiva y acarrearía agotamiento y dolor, y aún así acepté el peso sobre mis hombros. Son siete cabezas las de la hidra, no sé de cuántas me he librado, cuántas me faltan, aunque siempre he sentido compasión por el monstruo. De algún modo sé que Heracles no la mató. Sé que cada una de sus cabezas es un obstáculo que debo vencer, y que ella me presenta puntual cada día, no como una agresión, sino como una prueba.  Sé que soy el campo de batalla de seres de otro tiempo. La hidra de Lerna ha sido y es una madre buena. Lo mismo pienso de Medusa y su cabeza de serpientes venenosas. No creo que Perseo la haya matado. Tengo por inverosímil su treta del escudo y el reflejo de la Gorgona. No matamos tan fácil lo monstruoso que hay en nosotros. Los monstruos, no en poca medida, son una proyección de nuestro interior.      

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