Hoy me pregunto si acaso Blandón leyó por aquella época On the road, de Jack Kerouac, y esto le inseminó la fiebre de la carretera. Porque fue Blandón quien me contagió la pasión de las piratiadas, de salir a la aventura con una mochila al hombro, pidiendo avances a los carros. La verdad es que esa intrepidez me duró poco. Solo salí de auto-stop dos veces, una con Blandón, otra por mi cuenta. Para Blandón, en aquellos años mozos, piratiar era un estilo de vida. Támesis-Medellín, Medellín-Támesis, era su ruta más frecuente. De la casa de sus padres al apartamento en la ciudad, y viceversa. Simplemente, se echaba a la carretera, sin un peso, y llegaba a su destino haciendo como hacían Dean Moriarty, Salvarore Paradise y su banda de amigos: On the road. Aquello tenía su encanto, su veta de poesía. Se conocía el mundo, se hacían amigos. Creo que más allá de la celebración del auto-stop como estilo de vida, el libro de Kerouac es un canto a la amistad: Salvatore Paradise y Dean Moriarty. Gente deschavetada, Moriarty sobre todo. Tal vez haya leído el libro. De antiguo a Blandón le gustó el jazz. Y es esta música la que energiza las páginas de esa novela. Salvatore y Dean deliran con el jazz. Fue el delirio de una generación, lo mismo que la marihuana y el desasimiento. Sin embargo, no creo que Blandón tuviese que leer la novela de Kerouac para lanzarse a los caminos. El combustible era interior, la poesía. La imagen del caminante, del vagabundo, bien pudo verla en Hermann Hesse. Ahí también hay desasimiento, hambre de espacio, de encuentros del ser. Por esa época leíamos a Hermann Hesse, tal vez más que a Jack Kerouac. Teníamos esa nostalgia de viajes, de paisajes, como si fuésemos los avatares de naciones de migrantes, de polinesios o vikingos. Sabíamos ya que nos gustaba escribir, y la escritura se definía como un salir allá, ver mundo, sentir el aire fresco en la cara, aleteando en nuestras narices. También leíamos a Hemingway, sus crónicas europeas, pero asimismo sus bellos relatos de la América agreste. Éramos jóvenes escritores, jóvenes poetas, jóvenes hombres que intentábamos ser eso, hombres. Y nos les medíamos a la vida, a los caminos. Así una vez Blandón y yo nos fuimos a piratiar a la costa, donde mis parientes. Arboletes y San Juan de Urabá son nombres con algo legendario, que inspiran emoción y deleite sensual en quien los escucha. Por esos rumbos de Urabá fundaron los conquistadores las primeras ciudades, Santa María la Antigua del Darién. Blandón se soñaba en Arboletes y San Juan, de donde yo soy, así que nos fuimos de aventura. Dean Moriarty y Salvatore Paradise, luego de rodar por su país de costa a costa, recalan en México, la tierra prometida, el edén. Pero no se quedan allí, regresan a Nueva York. Blandón y yo nos quedamos una semana en San Juan de Urabá, y volvimos a ocuparnos de nuestras cosas en Medellín. ¡Medellín! Toda una vida en esta metrópoli. Como Cavafis en su Alejandría. Como Hernán Cortés en México, quemar las naves. Pensar lo que tenía de fatalidad nuestro arribo a esta urbe, porque aquí quemamos las naves. ¡Medellín! Qué lacerado y, no obstante, solemne acento late en esta voz. Medellín de Blandón, Medellín de Marcos Pita, Medellín de Edgar Hincapié. Blandón pagó su novatada y su temeridad sajándose el vientre en el río San Juan. Pensó que estaba en una piscina de la Olímpica y se lanzó a las aguas haciendo la figura del nadador de escuela. La orilla era baja, fangosa y enmalezada. La barriga de blandón dio contra la arena y los palos sumergidos. Por fortuna no hubo nada que lamentar. La aspereza del río dio al traste con su exhibicionismo. A enseñarles clavados a los nativos, a mis primos que entran al río con un salto brusco y natural. Es la imagen que viene a mí al recordar aquel viaje, los hechos de Blandón en la aldeíta litoral. Creo que aquella experiencia temperó sus bríos. La comida y los frutos de la tierra, así como el ser franco y pausado de los habitantes, resarcieron a mi amigo del inicial castigo. Es solo un suceso de todos los que nos acaecieron durante esa semana. Algo que muestra a las claras el choque de dos civilizaciones. El poeta citadino en apuros con el tranquilo río. ¡Nos ocurrieron tantas cosas! Blandón tuvo más de un ríspido incidente. No se puede entrar en un mundo ajeno con la avilantez de nuestros postulados. Es preciso ir suave, mirar. Nunca he escrito sobre esa piratiada. No creo que sea este el espacio. Algún día, tal vez, le dedique tiempo y páginas largas, no sé. Fue cuando yo estaba en once, en unas vacaciones de semana santa. Creo que partimos un sábado. Salimos del edificio a eso de las cinco de la tarde. Ambos traíamos nuestros morrales. El mío era rojo, y me lo había prestado un amigo de Los Salvatorianos, Francisco Javier Pérez Gil, que fue mi compañero en octavo y noveno. Fui desde Bello hasta San Francisco, Itaguí, por el morral. Pacho, así le decíamos (o Perejil) no tuvo problema en prestármelo. Recuerdo que llevé un porta con arroz cocido por mi propia mano, para el camino. Arroz limpio. Buenos servicios nos prestó el arrocito luego. ¡Arroz! Tomamos la Autopista Norte y caminamos sin afán. Llegamos, andando, más allá de la partida de Barbosa. Luego cogimos una escalera que nos dejó en Santa Rosa de Osos. Anochecía. Llovía. Hasta el momento ningún conductor nos había dado una mano. En la escalera pagamos pasaje, aunque el ayudante nos hizo rebaja después de que le explicamos nuestra situación. En Santa Rosa tuvimos suerte. Un camión que iba por ganado a la costa nos avanzó. Allí venían otros dos "piratas". Luego supimos que se llamaban Carlos y Pedro y que eran también de Medellín (Castilla) y que iban para Cartagena. El camión nos dejó en Yarumal. El chófer tenía que detenerse unos días allí no sé por qué asuntos. Ahora éramos cuatro. Tomamos café con leche en una panadería del parque. Luego, Blandón nos llevó a una institución religiosa donde tenía conocidos. No recuerdo qué confesión era, qué orden. Su empresa no tuvo éxito. Preguntó por la persona conocida, pero no le dieron razón. Quizás hasta hubiésemos pasado la noche allí, de haber estado el amigo de Blandón. Seguimos caminando. Lloviznaba. Paramos en una fondita, bebimos tinto. Al continuar la marcha, el dueño de la fonda vino tras nosotros, reclamándonos una taza o un vaso. Negamos tenerlo. Buscó en nuestras mochilas. Sorpresa, Blandón lo tenía. El campesino recuperó su vaso y nos despidió con malas palabras. No podíamos explicarnos por qué y para qué Blandón cogió el vaso. Seguimos caminando. A las doce de la noche hicimos parada en una planta lechera, al borde de la vía. Nos refugiamos en el alero. El edificio, de sólidos muros, estaba cerrado. No había vigilantes. Allí estuvimos casi hasta el amanecer, husmeando aquí y allá, platicando, algunos leyendo, otros haciendo un fuego. ¡Qué no conversaríamos! Palabras de almas jóvenes, soñadoras, alocadas. En adelante, ese alero de la planta lechera fue un referente para mí siempre que pasaba por allí, en bus, rumbo a la costa. Después de Yarumal, a mano izquierda, a orilla de carretera. En adelante, ese lugar atrajo mi mirada, mi evocación, y volvía a ver allí a cuatro muchachos aventureros (Pedro, Carlos, Blandón y yo), con sus mochilas, sus parrafadas, sus silencios, esperando al alba acogotados por el frío. A Carlos también le gustaba escribir. La caminada y el largo descanso en la lechería, permitió un mayor acercamiento entre nosotros y los dos nuevos amigos. Eran estudiantes, como nosotros. Pensaban presentarse a la u. Volvimos a caminar. El principal enemigo era el frío. Nos obligó a movernos. Al amanecer llegamos a una fonda donde nos vendieron aguapanela caliente. Una volqueta nos llevó hasta Valdivia. El volquetero era un loco acelerado, suicida. Temimos por nuestra vida, quedar en un precipicio. Pero el conductor era un baqueano, un Juan Sin Miedo. Llovía. De Valdivia a Caucasia pagamos pasaje en bus de Coonorte. El bus venía holgado, con muchos puestos desocupados. Nos despernancamos. En Caucasia nos separamos de Pedro y Carlos. Un camioncito nos llevó hasta Planeta Rica. Era el atardecer. Blandón durmió como un lirón, pese el zarandeo del carro. De Planeta a Montería volvimos a caminar. No llevábamos gran trecho andado cuando le pusimos la mano a un campero y este se detuvo. Sorpresa: Carlos y Pedro venían allí. Habíamos vuelto a encontrarnos. Blandón y yo bajamos en Montería. Era el anochecer. Carlos y Pedro siguieron en el campero. Creo que el conductor iba hasta la propia Cartagena. Era un tipo raro. Nos despedimos. Nunca más en la vida volví a ver a Pedro. A Carlos sí, coincidimos en la u. Estudiamos la misma carrera. La noche nos cogió en Montería. Un camión ganadero nos llevó hasta Arboletes. El pueblo dormía. La policía nos requisó. Mostramos nuestros carnés de estudiantes. Los policías desconfiaban de nosotros, acaso creían que éramos guerrilleros. Les dije que tenía un tío allí, que ya era tarde para tocar la puerta. Apenas escucharon el nombre del señor Mañe, nos creyeron. Dormimos en el comando, los policías nos dejaron, era el único sitio donde guarecerse. A la vez nos vigilaban, creo. Nos recostamos sobre nuestros morrales. No dormimos. Creo que también nosotros los vigilábamos a ellos. Al clarear el día, visitamos a tío Mañe. Nos atendió bien. Tras desayunar, salimos caminando hacia San Juan. El chivero de Luis Carlos de la Rosa nos recogió. Era lunes. Llegamos a San Juan al mediodía. No nos había ido mal. El regreso sí fue penoso.
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