miércoles, 28 de septiembre de 2022

Los condiscípulos (Blandón. Cap. 7.)

Buscando al muchacho de diecisiete o dieciocho años que era Blandón cuando llegó a Medellín, me cruzo con Holden Caulfield, el protagonista de The catcher in the rye. Holden Caulfield también es un joven de diecisiete años, un estudiante de preparatoria. Mide casi un metro con noventa y su cabello es gris. El lado derecho de su cabeza está lleno de millones de cabellos grises. Los tuvo desde pequeño. A veces actúa como un niño de trece. No le gusta que la gente le diga que actúe de acuerdo con su edad. A veces actúa como alguien más viejo, pero la gente no lo advierte. Ve cinco materias, las pierde todas, menos inglés, porque se sabe el Beowulf y Lord Randal my son de cuando estuvo en Whooton School. En cuanto a la estatura, por ejemplo, Blandón no podía compararse con Holden. Blandón llegaba cuando más a un metro con setenta, su familia no era alta. Tenía algo de viejo, como Holden, en el sentido de esa sabiduría aportada por la intuición de la poesía. Las lecturas de Holden, a vuelo de pájaro: Isak Dinesen, Ring Lardner, Somerset Maugham, Thomas Hardy. Claro, su autor favorito es D,B., su hermano. D.B. trabaja (se prostituye) en Hollywood haciendo películas. Ha escrito un libro de cuentos titulado The secret goldfish (donde el de este mismo título es el mejor, según Holden). Holden detesta las películas, por tanto, detesta Hollywood. Pero allí es donde trabaja (se forra de dinero) su hermano D.B., el cual tiene un Jaguar que le costó cuatro mil dólares. "No me las menciones", dice Holden con respecto a las películas. Un niño que no permite que nadie mire su pececito dorado (de esto trata el cuento), lo compró con su propio dinero. A Holden le encanta este cuento ("it killed me"). Blandón tampoco tenía un mechón de cabellos grises. Su cabello era negro, de indio: lo peinaba y lo engominaba cuando salía de conquistador. Por lo general estaba requebrando a las muchachas. El libro en la mano era como la espada del caballero. Holden también tiene una chica con la que sale en Nueva York, que es donde él vive. Estudia en Pency, pero vive en Nueva York. Blandón llegó al apartamento en Bello después que sus dos hermanos mayores. Terminaban bachillerato en el pueblo y los padres los remitían a Bello, al apartamento, con los hermanos mayores, para que se encarrilaran en los estudios superiores. A esta época es a la que me remito, cuando Blandón era apenas un muchacho, cuando le gustaba piratiar, cuando estaba recién desempacado en la ciudad y pensaba presentarse a la u. Les daba dolores de cabeza a sus padres con sus andanzas de aventurero que hace auto-stop, con sus señas de soñador que quiere dedicarse a los versos, no a estudiar algo serio, con su desafío de las normas. La hermana mayor estudiaba una licenciatura, el hermano mayor se decantó por Agropecuaria. En esos días Blandón aún no se ubicaba con una carrera, escribía poemas y conseguía novias. Era un verboso incorregible, aunque en sus raíces alentaba cierta severidad y melancolía  ancestrales. Al vivir en el mismo edificio y compartir afinidades, me tocó verlo madurar, formarse, dejar atrás su cuerpo de mozalbete y convertirse en un joven desarrollado. Cierto día me sorprendió ver en su empaque las características de un hombre formado. Estatura mediana, ancha espalda, nalgas amplias, largas piernas. Parecía un individuo más grueso de lo que era en realidad. Es que la natación hizo su parte. Ocasionalmente, también practicaba el atletismo y el fútbol. Cuántas veces nos cruzamos en el portón del bloque, en la acera, en la esquina, en el bus. Cuántas veces departimos un saludo, un diálogo, un café, una cerveza. En esa época yo lo catalogaba como un poeta. Es lo que él ama ser, más que médico o escritor, poeta. El primer libro que dio a la imprenta fue un libro de poemas. Después vendrían otros de relatos. En cierta forma, Blandón se amoldó a los patrones sociales. Holden era más rebelde. Fue expulsado de la preparatoria por mal rendimiento. Antes de abandonar el colegio, visita a Mister Spencer, el profesor de historia. Observa un juego de fútbol desde la colina, fuera del plantel. Es su último día allí, en el respetable edificio académico, donde le han robado su chaqueta y sus guantes. Entre más alcurnia tiene un colegio, más ladrones ("crooks") hay. Es lo que Holden piensa. Hace un día frío. Holden llega a la puerta de los Spencer con las orejas doliéndole. La señora Spencer es sorda. El profesor está agripado. Sabiendo que Holden ha sido expulsado, Mister Spencer lo cita en su casa (vive fuera de la preparatoria, diferente de los otros profesores) para hablar con él. Mister Spencer analiza ante Holden el último examen donde este, en un punto de ensayo libre, escribió sobre los egipcios. ¡Los egipcios! Cómo los egipcios embalsamaban tan bien a los muertos que sus rostros permanecían intactos durante siglos. Las consecuencias benéficas que el estudio de estas culturas podía traer a la ciencia. Pero a Mister Spencer le parece muy pobre la reflexión de Holden. Al hablar con el profesor de historia, Holden recuerda Central Park, si el lago estará helado a dónde irán los patos. ¿Los cargarán en un camión y los llevarán al zoo? ¿Se irán por su cuenta a otros lugares? Spencer le pregunta si le importa el futuro. "No mucho". Holden rechaza la taza de chocolate caliente que el profesor le ofrece. Deprimente todo aquello: la cama dura, el pecho descubierto del maestro, el olor de pastillas mentoladas, la bata de dormir. Un muchacho que lee a Thomas Hardy (El regreso del nativo), que se enardece con Eustacia Vye, expulsado por mal rendimiento.                        

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