Mis canciones (mis escritos) pertenecen en no poca medida a quienes las escuchan ( a quienes los leen). Quien escucha, quien lee es, en cierta forma, autor, participa en el proceso de la creación, que entraña, por supuesto, la variable dialógica, comunicativa. Los teóricos explican que uno de los logros del Renacimiento, en lo que atañe al arte, consiste en que el artista, consciente del valor del yo, firmó su obra. En la Edad Media, la obra era producto del gremio, no se firmaba. Este desapego de la vanidad personal me parece encomiable. La obra, así haya sido pergeñada por una sola persona, es un producto colectivo, la suma de un sinnúmero de fuerzas que, de modo declarado o tácito, coadyuvaron a su realización. Es como en la carrera atlética de las vallas, donde varios corredores, venciendo tramos y salvando distancias, portadores del testimonio, alcanzan el logro en conjunto, aunque sólo uno cruza la meta. El artista toma sus materiales de la vida, del entorno, de la múltiple coexistencia de factores y potencias que le rodean. Así realiza la síntesis que es, en última instancia, la definición del arte. Hacer una canción no tiene sentido desde que no exista el otro que la escucha, que se hace eco, que resuelve la ecuación y completa el juego. Es en este otro que responde, que se interesa, que recrea, donde la canción haya una lógica, donde se establece la verdadera conexión. El autor es plural, gremial, como lo concebía la Edad Media, que muchos motejan de Edad Oscura, pero donde uno descubre mucha luz aquí y allá, aspiraciones sin cuento hacia la perfección. Jamás me jactaré de que una obra artística es mía: es de todos. Del universo.
martes, 24 de diciembre de 2019
viernes, 29 de noviembre de 2019
El hombre muerto (Horacio Quiroga)
Es la historia de un campesino (residente de misiones, en la ribera del río Paraná) que encuentra la muerte de manera imprevista, hallándose en pleno trabajo. Era al mediodía. El hombre limpiaba las calles de su bananal (empleaba un machete, era zurdo). Llevaba cinco calles; le faltaban dos. Decidió tenderse a dormir un rato, para, luego, seguir la faena. Al cruzar la alambrada, su pie resbala sobre una corteza desprendida y el machete se le clava en el vientre. La anécdota es simple. El campesino halla su fin. Mas el núcleo semántico del relato estriba en la pugna psicológica del hombre por aceptar que está muriendo. El autor hace una reflexión sobre cómo, durante la vida, pensamos en que un día llegaremos a morir, pero nunca estamos preparados realmente. Nadie conoce su hora. El único testigo del accidente, agonía y deceso del campesino es su caballo, atado a una esquina de la alambrada: "Malacara". En esa especie de abandono que preludia a la muerte, el hombre llega a pensar que todo es una ilusión, que solo está descansando, que el machete no está clavado en su vientre. El día es igual a los otros días. El muchacho que siempre pasa a las once y treinta con el correo para el puerto, acaba de pasar. Su mujer y su hijito vendrán dentro de poco a traerle el almuerzo. Él puede ver la casa, su casa, de techo rojo, desde donde se halla tendido. El bananal, el potrero, la vivienda, todo ha sido fruto de su esfuerzo, de su sudor, obra de sus manos. Se le hace increíble que en un día igual a todos se presente el fin. Nadie puede ayudarlo, ni "Malacara". Desde su terrible debilidad ve que su mujer y su hijito salen de la casa, que le traen el almuerzo.
El fin (J.L. Borges)
Es la historia de un duelo protagonizado por Martín Fierro y un negro payador, en la llanura, ante la pulpería del inválido Recabarren. Siete años atrás, en otro duelo, Martín Fierro había matado a un hermano del negro cantor. Este llega luego a la pulpería y se enfrenta en un contrapunto donde pierde. Pero estuvo a la espera de la venganza de su hermano. Esperó a Martín Fierro. Su rasgar la guitarra y su figura inofensiva eran familiares en la pulpería. Una tarde cualquiera un jinete surge de la llanura, se acerca y se concreta en la figura de Martín Fierro. Tras breves y duras palabras, se trenzan en combate: poncho en el antebrazo, facón, toda la llanura y la luna para ellos. Recabarren presencia el fin. Primero Martín Fierro raya y marca la cara del negro; luego este hiere mortalmente a su enemigo, y Martín Fierro no se levanta más. El negro limpia en el pasto el facón ensangrentado y se va entre las casas. El ciclo de la venganza se ha reanudado. Ahora él es el otro.
La siesta del martes (G.G. Márquez)
Es la historia de un hombre llamado Carlos Centeno Ayala, forastero que llega a un pueblo de la costa y, en una noche de invierno, intenta forzar la puerta de una viuda. Al oír ruido esta, que vive sola, se arma con un revólver arcaico y, atravesada de susto, dispara. Al día siguiente, frente a su casa, amanece el cuerpo sin vida de un desconocido. Se trata de un joven de apariencia modesta, un vagabundo, con cara de pasar necesidades. Es Carlos Centeno Ayala. Había sido boxeador aficionado, un llevaporrazos. Le faltaban todos los dientes. La madre y la hermana pequeña del difunto realizan un viaje en tren desde la población donde viven, para visitar la tumba del finado. Llegan a la hora del calor, en la siesta, en un clima ardiente y seco. Van directamente a la casa parroquial. Es gente humilde, digna. Piden al sacerdote las llaves del cementerio. Cuando salen rumbo al camposanto se dan cuenta de que todo el pueblo se ha puesto a curiosear la llegada de las forasteras.
viernes, 15 de noviembre de 2019
Posamos
Posamos tristes, sombríos
para el ubicuo fotógrafo
que revelará nuestra vana gloria.
Posamos para retratos, para olvidos
de frente, de perfil, de espalda.
De cualquier modo nuestros ojos fulgen.
Somos pereza del tiempo, ocio del aire.
Posamos para permanecer en la huida.
Huida del color, de la sirena, de la mano.
Vértigo de aromas, sopor de siglos, brisa.
Todo nos da la espalda, nos da la sombra.
Posamos para la nube, para el niño.
El nostálgico fotógrafo recupera nuestros sueños
colorea nuestro mar, modela nuestro bíceps.
Pasamos a través de todos los ojos de todas las agujas
cual camellos volátiles, cual árboles aéreos.
Llegamos tan lejos, desafiamos tantos odios
que nadie podrá impedirnos reír algún día.
para el ubicuo fotógrafo
que revelará nuestra vana gloria.
Posamos para retratos, para olvidos
de frente, de perfil, de espalda.
De cualquier modo nuestros ojos fulgen.
Somos pereza del tiempo, ocio del aire.
Posamos para permanecer en la huida.
Huida del color, de la sirena, de la mano.
Vértigo de aromas, sopor de siglos, brisa.
Todo nos da la espalda, nos da la sombra.
Posamos para la nube, para el niño.
El nostálgico fotógrafo recupera nuestros sueños
colorea nuestro mar, modela nuestro bíceps.
Pasamos a través de todos los ojos de todas las agujas
cual camellos volátiles, cual árboles aéreos.
Llegamos tan lejos, desafiamos tantos odios
que nadie podrá impedirnos reír algún día.
lunes, 30 de septiembre de 2019
Garva
El rey Garva convocó
a sus súbditos y les dijo:
-Quiero hacerles un
precioso regalo.
En la corte hubo un
gran suspenso. El rey Garva era conocido como un hombre sabio y prudente. Todo el
mundo sabía de su generosidad. Todos se preguntaban cuál sería ese precioso
regalo que les ofrecía. Algunos soñaban con tierras, otros con joyas, unos más con
importantes cargos en el reino. Pero los
más juiciosos se decían que el rey Garva les obsequiaría lo más valioso de su
corazón.
No podía ser de
otro modo. Durante toda su vida el Gran Garva se había distinguido por su
nobleza de alma y por su enorme inteligencia. Había sido un ejemplo de amor y
bondad. Su poder era inmenso, su riqueza incontable. Contrario a otros
monarcas, el Gran Garva jamás se valió de la guerra para extender sus
dominios. Era un hombre conciliador, amante del diálogo y la justicia.
Todos estaban pendientes
de las palabras de Garva. La corte entera respiraba una paz donde se escuchaba
el cantó de los pájaros y el vuelo de las mariposas. En el rostro del Gran
Garva brilló una dulce majestad, al tiempo que decía:
-Mi regalo es el
silencio.
En el acto todos
sintieron que en su interior brotaba una música tierna y cristalina como las
aguas de las montañas. Se dieron cuenta de que Garva había usado su
extraordinaria fuerza mental para compartirles lo más bello de su ser, porque
Garva era ni más ni menos que uno de los grandes Magos de Oriente.
viernes, 23 de agosto de 2019
Regresemos
Regresemos a esa placita, a ese banquito, a esa caminata por la adoquinada calzada del ayer... Regresemos al paisaje donde una vez fuimos dichosos, donde una vez fuimos eternos... ¡Y suspiremos! Regresemos al instante de luz condensado en su nocturno instante de sombra y vivamos, vivamos, vivamos, amor, de lo pasado. Regresemos a la muerte del aire en sus raíces, al paraíso de los árboles caídos, al portal de los templos sin edad. Regresemos a nuestra infancia sin huesos, a nuestro pedazo de nostalgia, a nuestro futuro en cierne. Regresemos, mujer, al copioso lar de las montañas, y hagamos allí, entre las nubes, nuestro nido. Regresemos.
lunes, 5 de agosto de 2019
No digas
Para que no digas que nos cruzamos
Tuerzo el rumbo, salto el adoquín.
Nada de equívocos, exacto el gesto
Con el que me lavo las manos.
Para que no digas que convergimos
Desando los pasos, deshago el jardín.
Nada de equívocos, la rosa no sueño
Y tampoco la espina omitimos.
Para que no digas que nos miramos
Desisto de Cupido y su querubín.
Nada de equívocos, el sol era ciego
En esa fábula que nos contamos.
Tuerzo el rumbo, salto el adoquín.
Nada de equívocos, exacto el gesto
Con el que me lavo las manos.
Para que no digas que convergimos
Desando los pasos, deshago el jardín.
Nada de equívocos, la rosa no sueño
Y tampoco la espina omitimos.
Para que no digas que nos miramos
Desisto de Cupido y su querubín.
Nada de equívocos, el sol era ciego
En esa fábula que nos contamos.
viernes, 26 de julio de 2019
Adiós a las fábulas
A las tres de la tarde
En vano preguntas a Eva
Por la dulce manzana.
Adiós a las fábulas:
Mjolnir inane, el diablo sin tretas
Lobo sin luna, desdentado Drácula
Fénix de hielo.
En vano preguntas a Eva
Por la dulce manzana.
Adiós a las fábulas:
Mjolnir inane, el diablo sin tretas
Lobo sin luna, desdentado Drácula
Fénix de hielo.
jueves, 18 de julio de 2019
El arte de planchar
Para un hombre no es fácil el arte de planchar. No crecimos en una cultura donde nos enseñaran a conciencia estos oficios. En casa esta faena recaía en la madre, mujer sumisa y escrupulosa, que nunca violentó la costumbre al extremo de obligarnos a alisar nuestras prendas. En consecuencia, jamás aprendimos a planchar. En los hiatos de consorte, nos le medimos a la tarea, pero no es seguro que lo hiciéramos bien. Rogábamos tener una buena plancha, con excelente resistencia y provisión de vapor, con una superficie de planchado tan tersa como la seda. Nunca creímos necesario gastar tiempo con los bluyines. Tratándose de la camisa, empezábamos por el cuello, continuando con el listón de los botones, las mangas, los faldones y el resto, poniendo especial cuidado en librar al bolsillo de la mínima arruga. El resultado no se acercaba a la perfección, pero podíamos quedar satisfechos. En el buen aspecto de la camisa depositábamos la tranquilidad de un juicio indulgente de parte del mundo. No faltaba quien reparara en algún frunce; en términos generales, habíamos hecho un buen trabajo.
jueves, 27 de junio de 2019
¿Vendieron el Salto de Magallo?
He oído que el Salto
de Magallo, atractivo turístico de Concordia, ha sido comprado por una empresa
electrificadora. He visto en las redes sociales el rechazo que esto ha generado
entre las gentes que aman al municipio. Las voces contrarias son múltiples. Sumo
la mía a estas. ¿Qué si conozco el Salto de Magallo? Claro. No he estado al
pie, sintiendo en la cara el vapor de agua espolvoreado por la brisa, pero sí he
visto muchas veces desde la carretera la cascada que se despeña entre el verde
del paisaje de montaña. ¡Magallo! Magallo ha estado en mí desde siempre, como
la Piedra del Gallinazo, como la Comiá. Antes de ser Salto, Magallo es una
quebrada. Cuántas veces chapoteé en sus aguas, cazando renacuajos, alborotando
con mis amigos. De la Quinta de los Quijano era muy fácil bajar hasta Magallo,
lo mismo desde el Liceo. Seguía siendo Magallo la corriente que, más abajo, por
la Almidonera, se conchababa con nuestras ansias de bañistas. Como goleros
friolentos nos tendíamos en las rocas que salpicaban el cauce y el sol nos
consentía con sus rayos.
De aquel entorno de
Magallo recuerdo nombres como Las Partidas, Casagrande, el Cascajo, y, más
adelante, en la vía a Bolombolo, la Costa, Morrón, la Selva. Son los referentes
de la memoria (de la ensoñación) que eclosionan al acicate de Magallo. La carretera,
como otra quebrada de asfalto, corre paralela a Magallo, en un nivel más
elevado. Descienden ambas, carretera y Magallo, hacia Bolombolo. Después del
Salto, la quebrada retoma su naturaleza y desagua en el Cauca. La carretera
pasa el río, hecha puente, y sigue su tránsito hacia otras tierras.
Sonidos de
lugares que la memoria trae: Bolombolo, Venecia, la Albania, Titiribí, Amagá,
Angelópolis, Caldas, Medellín. La otra quebrada de Concordia, la Comiá, también
desagua en el Cauca, por los lados de Titiribí. Pero la Comiá no tiene Salto. Son
recuerdos, vagos, imprecisos, tal vez errados. Lo esencial es ese nombre:
Magallo. Un nombre en el que siempre sospeché una elisión. El original debió
ser Mamá Gallo. La economía del lenguaje nos dio este Magallo que aprendimos a
pronunciar y a querer. Hoy todavía, sin ir hasta el Salto, estoy cazando
renacuajos en la quebrada, al lado de la manga de las Toñas.
domingo, 26 de mayo de 2019
Seguir
Ahora es mucho más fácil seguir que parar. Ahora es preciso seguir. Es cierto que hay cansancios, vacilaciones, desesperanzas, pero sigue siendo más fácil continuar que detenerse. Se ha hecho ya un gran camino y, hay que reconocerlo, hemos recogido frutos. Hay todo un bagaje, todo un cúmulo, una experiencia, esto ha de contar para algo. Se tiene lo más valioso, lo más arduo de adquirir, la disciplina. Hay proyectos en la escarcela, ideas de una u otra índole, así que es más fácil seguir que renunciar. Qué montaña de escritura has levantado. Esto es visible en tus libretas, en el quehacer personal, no publicado. Ahí está todo ese mar de material, toda esa espesura que aguarda ser aclarada y enhilada. Sea como fuere, te es consustancial el rito de sentarte a escribir, enlazar una palabra tras otra, y en ocasiones hasta resulta bien logrado. Por eso hay que seguir. Quizás ahora sea cuando vengan los productos más decantados, las obras verdaderas. ¿Qué opinas de esto? Ahora sólo necesitas un poco más de tiempo, la concentración ideal, el verbo definitivo. Nada más. Será, sin embargo, como partir de cero, como dejar atrás la vieja piel de la serpiente, vestirse otras escamas, adentrarse en otras travesías.
La travesía del lenguaje, tu lenguaje. De una u otra forma, ya has hecho un estilo, cosa que no es tan sencilla de agenciarse. Has hecho un tono, un mundo ficcional en el que te reconoces. No es una conquista baladí. Es desde ahí que debes partir. Ahora es cuestión de carácter, cuestión de cojones. Seguir, tal como lo haces en este instante, cuando te has sentado a mecanografiar este apunte. Las cagarrutas de ratones, las hormiguitas laboriosas. Ahí están, y han estado contigo desde años atrás, cuando iniciabas esta aventura del lenguaje. No te han desamparado, y en ellas has encontrado una patria. Es por esto que es preciso seguir. Todo lo que resulte será ganancia. Jamás has soñado con un éxito comercial, tampoco te espanta el fracaso, así que sólo resta una cosa: seguir. Y de verdad que sigues. Sigues escribiendo, escribiéndote, buscándote en las historias. Sigues en la brega, que es el intento de resguardar el amado paraje de los sueños, el solar de los ancestros. Sigues. Y en tanto avanzas, revelas a ese otro que está tras de ti, ese otro que se esconde en la apariencia, que se disfraza en tu cuerpo.
lunes, 4 de marzo de 2019
Mis canciones en Youtube
De las veintinueve canciones que he publicado en Youtube, las cuatro más vistas son: Desembucha, Devuélveme el tiempo, Tristezas y alegrías y De allá hasta acá.
Desembucha es la más escuchada (la más vista) de todas. Es una canción que invita a una catarsis a través del hablar, del contar, del desembuchar. Tiene un vídeoclip.
Devuélveme el tiempo es la más romántica de todas, la más nostálgica. Tiene el mérito de ser la primera canción que grabé.
Tristezas y alegrías es una canción entre espiritual y filosófica, a la que el ritmo bossanova le da el toque característico.
Por último, De allá hasta acá, que también tiene videoclip, es la que muestra un ascenso más rápido. Es una especie de caribean song, donde hablo de mis raíces y un poco de la historia familiar.
Son mis canciones, parte de mi fluido vital. Son asimismo, un reflejo de mi pensamiento, de mi sentir. Trozos de literatura musicalizada.
Desembucha es la más escuchada (la más vista) de todas. Es una canción que invita a una catarsis a través del hablar, del contar, del desembuchar. Tiene un vídeoclip.
Devuélveme el tiempo es la más romántica de todas, la más nostálgica. Tiene el mérito de ser la primera canción que grabé.
Tristezas y alegrías es una canción entre espiritual y filosófica, a la que el ritmo bossanova le da el toque característico.
Por último, De allá hasta acá, que también tiene videoclip, es la que muestra un ascenso más rápido. Es una especie de caribean song, donde hablo de mis raíces y un poco de la historia familiar.
Son mis canciones, parte de mi fluido vital. Son asimismo, un reflejo de mi pensamiento, de mi sentir. Trozos de literatura musicalizada.
domingo, 3 de marzo de 2019
El mismo
Soy el mismo. Me examino a través de las épocas de mi vida y soy el mismo. Con los años agudicé el sentido de defender mi soledad a como diera lugar, lo cual incluía defender mi independencia de pensamiento. Con luchas y traspiés, lo he logrado.
Soy un maestro. Mi personalidad choca en los colegios tal vez precisamente por eso, porque tengo una personalidad, algo cada vez más raro de encontrar entre el gregarismo y la chabacanería de este empobrecido gremio.
He ido de un colegio a otro, casi siempre porque los directivos han prescindido de mí, porque, de una u otra forma, los pongo en evidencia, delato su vulgaridad y su pobreza de miras. Muy pocos reciben una crítica con altura. En seguida se van al plano personal, iniciando una cacería de brujas.
Me echan de los colegios, así que voy de uno a otro. Durante casi treinta años de esta peripecia, ¿cómo no hacerse un panorama de la situación de la educación? Lo que he sentido es un empobrecimiento en todo sentido, una catástrofe.
No hay alma, por tanto, todo está perdido.
Soy un maestro. Mi personalidad choca en los colegios tal vez precisamente por eso, porque tengo una personalidad, algo cada vez más raro de encontrar entre el gregarismo y la chabacanería de este empobrecido gremio.
He ido de un colegio a otro, casi siempre porque los directivos han prescindido de mí, porque, de una u otra forma, los pongo en evidencia, delato su vulgaridad y su pobreza de miras. Muy pocos reciben una crítica con altura. En seguida se van al plano personal, iniciando una cacería de brujas.
Me echan de los colegios, así que voy de uno a otro. Durante casi treinta años de esta peripecia, ¿cómo no hacerse un panorama de la situación de la educación? Lo que he sentido es un empobrecimiento en todo sentido, una catástrofe.
No hay alma, por tanto, todo está perdido.
domingo, 17 de febrero de 2019
Dos rostros, un rastro
Es el rostro de la
misma persona, pero en distintas épocas, la niñez y la madurez. Ese rostro destaca
en dos fotografías, la primera escolar, la típica, el niño sentado en un
pupitre con un lápiz en la mano, el fondo idílico; la segunda es una fotografía
tipo documento, muestra a un hombre en la plenitud de la vida, ataviado con una
camisa color guayaba y un sombrero blanco con cinta negra. En ambas imágenes el
retratado mira a la cámara con decisión, con unos ojos algo melancólicos. El cabello
es negro y liso, pero en el niño es abundante
y con un mechón en la frente, mientras que en el hombre, bajo el sombrero, el
pelo aparece motilado y correcto.
El cuello alargado,
la manzana de Adán muy marcada y la nariz algo aplastada son detalles que
persisten en esa fisonomía alterada por el tiempo. El niño es huesudito y de
cara larga, mientras que el hombre es más lleno de carnes y de rostro estrecho.
Alguien dudaría, al comparar las fotos, de que son la misma persona. La
diferencia de edad de los dos referentes es enorme, y esto lleva a vacilar. El niño
usa una camiseta verde que más bien parece colgar de su torso. En el hombre ha
desaparecido ese hálito de romance y candor del chico, sustituido por un
aspecto curtido y duro, el trabajo de los años.
Para mí no hay duda
de que son la misma persona. Compartí días de infancia con el chico de la foto,
y también, en dos o tres ocasiones, ya hombres hechos, coincidí con el sujeto
de la foto tipo documento. Conozco el nombre y la historia de esa vida que hoy
se me presenta en dos formatos distintos estampada en el milagro de la imagen.
No revelaré los datos. Sólo debo decir que el niño que sostiene el lápiz en la
fotografía de escolar y el hombre que luce el sombrero de ala corta son el
mismo ser, un ser a quien considero y consideraré mi amigo.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)