Soy el mismo. Me examino a través de las épocas de mi vida y soy el mismo. Con los años agudicé el sentido de defender mi soledad a como diera lugar, lo cual incluía defender mi independencia de pensamiento. Con luchas y traspiés, lo he logrado.
Soy un maestro. Mi personalidad choca en los colegios tal vez precisamente por eso, porque tengo una personalidad, algo cada vez más raro de encontrar entre el gregarismo y la chabacanería de este empobrecido gremio.
He ido de un colegio a otro, casi siempre porque los directivos han prescindido de mí, porque, de una u otra forma, los pongo en evidencia, delato su vulgaridad y su pobreza de miras. Muy pocos reciben una crítica con altura. En seguida se van al plano personal, iniciando una cacería de brujas.
Me echan de los colegios, así que voy de uno a otro. Durante casi treinta años de esta peripecia, ¿cómo no hacerse un panorama de la situación de la educación? Lo que he sentido es un empobrecimiento en todo sentido, una catástrofe.
No hay alma, por tanto, todo está perdido.
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