Para un hombre no es fácil el arte de planchar. No crecimos en una cultura donde nos enseñaran a conciencia estos oficios. En casa esta faena recaía en la madre, mujer sumisa y escrupulosa, que nunca violentó la costumbre al extremo de obligarnos a alisar nuestras prendas. En consecuencia, jamás aprendimos a planchar. En los hiatos de consorte, nos le medimos a la tarea, pero no es seguro que lo hiciéramos bien. Rogábamos tener una buena plancha, con excelente resistencia y provisión de vapor, con una superficie de planchado tan tersa como la seda. Nunca creímos necesario gastar tiempo con los bluyines. Tratándose de la camisa, empezábamos por el cuello, continuando con el listón de los botones, las mangas, los faldones y el resto, poniendo especial cuidado en librar al bolsillo de la mínima arruga. El resultado no se acercaba a la perfección, pero podíamos quedar satisfechos. En el buen aspecto de la camisa depositábamos la tranquilidad de un juicio indulgente de parte del mundo. No faltaba quien reparara en algún frunce; en términos generales, habíamos hecho un buen trabajo.
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