Mis canciones (mis escritos) pertenecen en no poca medida a quienes las escuchan ( a quienes los leen). Quien escucha, quien lee es, en cierta forma, autor, participa en el proceso de la creación, que entraña, por supuesto, la variable dialógica, comunicativa. Los teóricos explican que uno de los logros del Renacimiento, en lo que atañe al arte, consiste en que el artista, consciente del valor del yo, firmó su obra. En la Edad Media, la obra era producto del gremio, no se firmaba. Este desapego de la vanidad personal me parece encomiable. La obra, así haya sido pergeñada por una sola persona, es un producto colectivo, la suma de un sinnúmero de fuerzas que, de modo declarado o tácito, coadyuvaron a su realización. Es como en la carrera atlética de las vallas, donde varios corredores, venciendo tramos y salvando distancias, portadores del testimonio, alcanzan el logro en conjunto, aunque sólo uno cruza la meta. El artista toma sus materiales de la vida, del entorno, de la múltiple coexistencia de factores y potencias que le rodean. Así realiza la síntesis que es, en última instancia, la definición del arte. Hacer una canción no tiene sentido desde que no exista el otro que la escucha, que se hace eco, que resuelve la ecuación y completa el juego. Es en este otro que responde, que se interesa, que recrea, donde la canción haya una lógica, donde se establece la verdadera conexión. El autor es plural, gremial, como lo concebía la Edad Media, que muchos motejan de Edad Oscura, pero donde uno descubre mucha luz aquí y allá, aspiraciones sin cuento hacia la perfección. Jamás me jactaré de que una obra artística es mía: es de todos. Del universo.
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