Es la historia de un hombre llamado Carlos Centeno Ayala, forastero que llega a un pueblo de la costa y, en una noche de invierno, intenta forzar la puerta de una viuda. Al oír ruido esta, que vive sola, se arma con un revólver arcaico y, atravesada de susto, dispara. Al día siguiente, frente a su casa, amanece el cuerpo sin vida de un desconocido. Se trata de un joven de apariencia modesta, un vagabundo, con cara de pasar necesidades. Es Carlos Centeno Ayala. Había sido boxeador aficionado, un llevaporrazos. Le faltaban todos los dientes. La madre y la hermana pequeña del difunto realizan un viaje en tren desde la población donde viven, para visitar la tumba del finado. Llegan a la hora del calor, en la siesta, en un clima ardiente y seco. Van directamente a la casa parroquial. Es gente humilde, digna. Piden al sacerdote las llaves del cementerio. Cuando salen rumbo al camposanto se dan cuenta de que todo el pueblo se ha puesto a curiosear la llegada de las forasteras.
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