El rey Garva convocó
a sus súbditos y les dijo:
-Quiero hacerles un
precioso regalo.
En la corte hubo un
gran suspenso. El rey Garva era conocido como un hombre sabio y prudente. Todo el
mundo sabía de su generosidad. Todos se preguntaban cuál sería ese precioso
regalo que les ofrecía. Algunos soñaban con tierras, otros con joyas, unos más con
importantes cargos en el reino. Pero los
más juiciosos se decían que el rey Garva les obsequiaría lo más valioso de su
corazón.
No podía ser de
otro modo. Durante toda su vida el Gran Garva se había distinguido por su
nobleza de alma y por su enorme inteligencia. Había sido un ejemplo de amor y
bondad. Su poder era inmenso, su riqueza incontable. Contrario a otros
monarcas, el Gran Garva jamás se valió de la guerra para extender sus
dominios. Era un hombre conciliador, amante del diálogo y la justicia.
Todos estaban pendientes
de las palabras de Garva. La corte entera respiraba una paz donde se escuchaba
el cantó de los pájaros y el vuelo de las mariposas. En el rostro del Gran
Garva brilló una dulce majestad, al tiempo que decía:
-Mi regalo es el
silencio.
En el acto todos
sintieron que en su interior brotaba una música tierna y cristalina como las
aguas de las montañas. Se dieron cuenta de que Garva había usado su
extraordinaria fuerza mental para compartirles lo más bello de su ser, porque
Garva era ni más ni menos que uno de los grandes Magos de Oriente.
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