Es la historia de un campesino (residente de misiones, en la ribera del río Paraná) que encuentra la muerte de manera imprevista, hallándose en pleno trabajo. Era al mediodía. El hombre limpiaba las calles de su bananal (empleaba un machete, era zurdo). Llevaba cinco calles; le faltaban dos. Decidió tenderse a dormir un rato, para, luego, seguir la faena. Al cruzar la alambrada, su pie resbala sobre una corteza desprendida y el machete se le clava en el vientre. La anécdota es simple. El campesino halla su fin. Mas el núcleo semántico del relato estriba en la pugna psicológica del hombre por aceptar que está muriendo. El autor hace una reflexión sobre cómo, durante la vida, pensamos en que un día llegaremos a morir, pero nunca estamos preparados realmente. Nadie conoce su hora. El único testigo del accidente, agonía y deceso del campesino es su caballo, atado a una esquina de la alambrada: "Malacara". En esa especie de abandono que preludia a la muerte, el hombre llega a pensar que todo es una ilusión, que solo está descansando, que el machete no está clavado en su vientre. El día es igual a los otros días. El muchacho que siempre pasa a las once y treinta con el correo para el puerto, acaba de pasar. Su mujer y su hijito vendrán dentro de poco a traerle el almuerzo. Él puede ver la casa, su casa, de techo rojo, desde donde se halla tendido. El bananal, el potrero, la vivienda, todo ha sido fruto de su esfuerzo, de su sudor, obra de sus manos. Se le hace increíble que en un día igual a todos se presente el fin. Nadie puede ayudarlo, ni "Malacara". Desde su terrible debilidad ve que su mujer y su hijito salen de la casa, que le traen el almuerzo.
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