martes, 28 de febrero de 2023

Los condiscípulos (Magi. Cap. 8.)

Creo que debí empezar estas notas sobre Magi con la historia del mariposón del inquilinato de Cartagena. La fui postergando, refiriéndome a otras cosas, hablando del marido y del hijo, en fin. Quién sabe si el marido sigue jugando béisbol. Es un deporte para toda la vida, a lo mejor participa en la categoría senior. Mi padre jugó béisbol. Es uno de sus recuerdos más preciados. Quién sabe si el hijo sigue dibujando caballos. En el tiempo en que vivieron en Rionegro, el chico tenía un aviso en el estudio, algo así como: "prohibida la entrada a quien no sepa dibujar caballos". La vez que los visité, pasé por allí a las volandas, dada mi flagrante incapacidad en el asunto. Embuste. El hijo de Natalia, la profesora de literatura rusa, odiaba dibujar conejos. Le di clase en séptimo, en la Salle de Bello, y se enfurruñaba cuando, para ilustrar algún cuento, tenía que dibujar un conejo. Lo tranquilizaba permitiéndole dibujar lo que él quisiera. El hijo de Magi era feliz dibujando caballos. Magi debía ser feliz leyendo a Benedetti. Eso debería ser la vida, la felicidad de cada cual, en lo que le plazca. Al maricón lo apodaban Coco. Coco hizo con ella las veces de madre cuando vivía en un inquilinato de Cartagena. Magi estaba con el papá, pero este no le dedicaba mucho tiempo. De manera que Coco (el cual tenía su hombre, ambos moraban en la pensión) proveyó a la niña de todo el afecto que le hacía falta. Era el tiempo en que ella iba a la escuela. Era una chiquilla impresionable. Una vez la profesora le hizo llorar y ella no paró los sollozos hasta que llegó a la casa y Coco la vio. Le contó lo sucedido y él se enfureció tanto que fue a la escuela, discutió con la culpable y casi tumbó la puerta a pedradas. Nadie podía hacerle un desaire o un maltrato a Magi, porque, en seguida, Coco encaraba al ofensor. La chica se quedó sin amigos. El celo de Coco era enorme. La peinaba, la vestía, le compraba cintas y adornos, en fin, depositaba en la pequeña ese amor de madre que poseía, aunque la naturaleza le hubiese dotado de características sexuales contrarias a su inclinación. Nunca entendí bien la familia de Magi. Magi vivía en Medellín, acá estaba la mamá y un hermano calavera, y creo que también la abuela. El papá era huidero, tal vez un costeño, que hoy estaba en Riohacha, mañana en Cartagena. Un tipo más bien desobligado, que a veces le mandaba un giro. La verdad es que Magi pasaba apuros para conseguir la leche del niño, sobre todo, es de suponer, en el tiempo en que cursaba el pregrado. ¡La leche del niño! Quizá andaba en agarrones con el marido. Este también era un simple estudiante, debía mantenerse limpio. Antes de concluir la carrera, por necesidad, Magi comenzó a trabajar en colegios privados. Laboró en el Triángulo, en Rionegro, y allí coincidió Luis, otro cartagenero amante de los libros. Así, pues, en cierto período, Coco hizo las veces de padre y madre de Magi. Tal vez fue quien generó en ella esa mente fantasiosa, esos mundos de película. La peinaba, le compraba adornos y cintas para el pelo. La mimaba. La defendía. Magi hablaba de Coco con gratitud y amor. En plata blanca, como dicen por ahí, Magi fue casi una huérfana. En nuestra sociedad de padres errantes, muchos lo han sido. A quien más quería era a la abuela, eso está claro. La abuela es ese mundo encantado de mariposas amarillas y relatos magnificados por la poesía de una vida de penurias. Mi abuela también fue eso para mí: el origen de la fábula. ¿Cómo no amar a estas mujeres abandonadas del marido, leales a la vida del día a día, trabajadoras incansables, procreadoras enérgicas? Si un día vuelvo a hablar con Magi, le preguntaré qué fue de su abuela. Si siguió festejando su cumpleaños con la torta reglamentaria. También le preguntaré si su hijo siguió dibujando caballos o si los olvidó apenas creció. También, si Coco vive aún. Será un octogenario. Quizá siga en el mismo inquilinato y Magi lo visité de vez en cuando. Para ese padre errante, suele haber uno de remplazo, cualquiera que sea. Nunca leí el cuento con que Magi ganó un concurso (no sé por qué nunca me lo enseñó), pero me agradaría saber que el héroe de ese cuento es Coco, el mariposón que restañó las heridas de su infancia.                    

domingo, 26 de febrero de 2023

Los condiscípulos (Magi. Cap. 7.)

Trampeaba a la vida aquella tarde en que conocí a Marcos. Era un muchacho lejano, al que una se daba cuenta de que jamás podría alcanzar. Pero estaba allí a mi  lado, escuchando la disertación del profesor de Morfosintaxis, volcado a su interior como una cisterna, callado, brusco y filoso como un cantil, y una trampeaba a la vida haciéndose la encontradiza a la salida de clase, poniéndole conversación, mientras nos desplazábamos hasta la cafetería y nos invitábamos un tinto. Hablar de libros podía ser tal vez una burda estratagema, pero era al mismo tiempo lo más afín a esa emoción romántica que  caracoleaba en el pecho. Así que hablamos de libros, así resultara un truco barato.

Recuerdo que abandonamos la universidad entre la mareada de estudiantes, en el azafrán que pintaba los montes del ocaso, y una trampeaba la vida sintiéndose dichosa en compañía de un muchacho de piel bruna y adormecidos ojos. Una se preguntaba por qué este muchacho era así, lejano y hondo como una poza. Sí, era rico caminar a su lado, sentir esa atmósfera de altas arenas profundas en que se movía. Era un muchacho que inspiraba ternura, eso que, precisamente, él no era capaz de dar. Porque era áspero y esquivo, y a pesar de que consentía caminar contigo y se comportaba con amabilidad, una se daba cuenta de que estaba en otra parte.

Una trampeaba la vida hablándole de Juan Manuel, mi hijo, y cómo este niño era todo en mi existencia; trampeaba la vida contándole de la pelea con mi marido, estudiante de séptimo semestre de ingeniería, amante del béisbol. El hijo y el marido eran, sin duda, realidades más concretas que cualquier dios letrado y cualquier tertulia literaria, pero una no estaba segura de qué idea se hacía Marcos de esta supuesta sinceridad. Marcos vivía con sus padres y hermanos y tiraba mal con los pasajes, por lo que andaba desesperado por conseguir un trabajo. Me ofrecí a ayudarlo. Fue la época en que le transcribí sus cuentos a máquina para que los enviara a los concursos. También de vez en cuando lo desatollaba con préstamos de dinero. Todavía no le prestaba el libro que nunca me devolvió: Los grandes misterios de la humanidad. Benedetti era un asunto liquidado, un tarugo en el camino. Quizás con los años y una lectura sin prejuicios se retractara de su desdén por el uruguayo. Le sugerí enviar hojas de vida aquí y allá. Era un sueño muy lindo este muchacho, pero una sabía que trampeaba a la vida.        

Era una de esas tardes en que regresamos a casa tragadas y huérfanas. Marcos aceptó acompañarme a un supermercado, donde compré una caja de torta para celebrarle el cumpleaños a mi abuela. Sonriendo, le pedí que me acompañara también al amor, y era ahí donde más trampeaba a la vida. Porque hay palabras que no deben decirse. Pero una se da cuenta muy tarde del error. Fue como la mala fortuna de citar entre mis autores favoritos a Benedetti, que no era santo de su devoción. Citar a ese poeta demasiado urbano y civilizado, que chocaba de entrada con las abrasadas llanuras y las aguas abisales frecuentadas por Marcos. Así se trampeaba a la vida, con una ligereza que, a la larga, terminaría por enrostrarnos la enojosa contraparte. A este muchacho absurdo una no podía venirle con un poeta que él acaso consideraba de salón y cóctel. Había que arriscarse en otras latitudes. Había que viajar en la noche, atrapado, como un reo, entre dos tiempos enemigos, ver qué resultaba de todo eso. Era muy distinto a Caliche. Caliche iba en el carril del tiempo, en un  solo sentido. Caliche era un amigo. Marcos era una marea revuelta, una espiral de miedo. Me equivoqué al querer trampearle a la vida, al mostrarle mi contento al pasear con él por ahí (como esa vez que caminamos por la 80, y esa otra ocasión en que recalamos en Suramericana y nos topamos con el hombrón lento y tierno), al hablarle mal de mi marido, al invitarlo a mi casa y presentarle a mi hijo, al prestarle dinero sabiendo que tal vez no me lo devolvería. Una se monta facilito en la película e invita como héroe al primero que se le antoja. Se acaba por pensar que, con todo lo neblinosos que puedan ser, es mejor esperanzarse en los dioses letrados, en los fantasmas de la ficción. Un muchacho de ensoñados ojos es una bella ilusión, pero trampeamos a la vida anhelando atarnos a él.

Trampeaba a la vida, hasta esa noche en Versalles en que un comentario casual de Jhony me abofeteó. Marcos vivía con una mujer. Jhony se dio cuenta de la embarrada y quiso maquillar el asunto, pero ya todo estaba jugado. Ante la mirada estupefacta de los dos contertulios, enfurecida, cogí mi bolso y abandoné el lugar. Hasta ese día vi a Marcos, el bello muchacho de adormecidos ojos.         

lunes, 20 de febrero de 2023

Los condiscípulos (Magi. Cap.6.)

Encuentro a Magi en Facebook con el nombre de La maestra colombiana. Le envío un mensaje: "Hola, Magi. ¿Cómo te ha ido todo este tiempo?" "Todo este tiempo" son casi treinta años, una bicoca. Nada resulta de esto. No recibo contestación. También está en Facebook el marido, con su nombre compuesto y sus dos apellidos, pero me resisto a reiniciar la amistad con Magi por mediación de este. Al tipo puede no gustarle. Ya en la u no me tragaba. Mejor dejo que las cosas sigan su curso. En las fotos subidas en Facebook, Magi se ve rolliza, alegre, moviéndose en el círculo de su familia y sus compañeras docentes. ¿Magi fue alegre siempre? Digamos que sí, aunque se conmovía y lloraba fácilmente, como en aquel apunte del cuaderno 48-1, la tarde en que "todos estuvimos allí", en Troncos, cuando Luis Carlos Rodríguez, compañero del taller de escritores, se graduó de médico. Luis Carlos cumplía su camino, saboreaba el triunfo de llegar, sentía la aleve tristeza de haber quemado otra etapa, de verse separado de algo que fue la vida y que ahora, en cierta forma, la negaba: los años de la u, el trajín del estudio, la lucha por alcanzar la meta. Se veía apuesto con el traje de ceremonia, con Denis, su novia, de gancho. Pero había algo que restaba mérito al éxito, que no armonizaba con el vestido negro y la corbata. Era como si, amablemente, te corrieran de un sitio querido. Para Luis Carlos comenzaba una vida nueva, de cierto prestigio social respaldado por el diploma y el consultorio. Otros habían llegado antes que él. Cientos más pugnaban por llegar. Era el caso de Blandón, al que le hacían falta tres años y la fortuna necesaria para estar en el sitio en que ahora estaba Luis Carlos. Tiempo... Se necesitaba tiempo. Y uno sentía la vena rota por donde el tiempo huía, por donde los minutos se escapaban a borbollones. Y Magi, al final, estaba triste, con los ojos llorosos. También es una crueldad presentarse así, como si nada, luego de treinta años, saludar como si nos hubiésemos despedido ayer. Hacer tabula rasa de una historia donde hubo heridas. Aunque mejor así, al toro cornalón hay que agarrarlo sin vacilar, con fuerza. Quizás no todo esté dicho entre nosotros, tal vez hagan falta unas palabras como cierre del libreto. Magi en Cartagena, con marido e hijos grandes, maestra. Uno en Medellín, con mujer e hijos grandes, maestro, volteando historias en la cabeza, sentando en el banquillo a la gente que conoció en el período de la u, pidiéndoles cuentas. ¿Y quién me pide cuentas a mí? Nada menos que toda esa gente a la que enfrento en estas páginas. Mi muerte es múltiple: lapidado, crucificado, echado al mar con una roca amarrada al zapato. Son ellos quienes me lapidan, me crucifican, me arrojan al mar atado a una roca. Yo solo quiero saber qué fue de Magi. Tengo derecho a preguntar, porque hubo momentos no despreciables en mi vida en que Magi caminó a mi lado. Como aquella tarde en que "todos estuvimos allí" y a Magi se le lloraban los ojos, y Juan fernando cogió un pedrusco y lo arrojó contra la colilla del cigarro que Magi fumara. Ese cigarrillo y esa piedra dejados al acaso tal vez cuenten esta historia mejor que yo. El humo que aún se zafaba con negligencia del cabo de cigarrillo, la piedra impregnada de tabaco, la lluvia deshaciendo el chicote, humedeciendo la piedra. Juan Fernando quería matar el chicote, y tal vez lo consiguiera. Todos estuvimos allí, y Magi dijo, antes que la agarrara el desánimo: "suena una tenue flauta". Y este fue el signo de la vida. Luego sobrevino la noche. Hasta el escritor Naudín Gracián estuvo allí: flaco, con una catadura de pasar necesidades, de ir viviendo entre la miseria humana y el esplendor de la poesía. Andaba con un manojo de libros (su nuevo volumen editado). No los estaba vendiendo, dijo, sin que nadie se lo preguntara. Obviamente, tampoco los estaba exhibiendo. Blandón lo interpeló sobre el asunto y Naudín se hizo un lío. Después se trabaron en una discusión sobre la técnica narrativa, sobre Rulfo y Pedro Páramo. Pensé que Magi haría buenas migas con Blandón. Me parecieron espíritus afines, lógicos, retóricos, dialécticos. Pero la vida no juntó sus sendas. Quizás solo esa tarde coincidieron y cambiaron unas palabras, luego que los presenté. Con cuánta gente me pasó igual. Gente que prometía mucho, que al final fue más cierto el humo del cigarrillo maltratado por la piedra de Juan Fernando. Naudín Gracián iba por los ámbitos de la u con un desgarbo sospechoso, como diciendo: "los genios vestimos con tal descuido". Al final nadie podía saber por qué Magi se entristeció tanto que dijo: "tengo ganas de pegarme una borrachera". Blandón se apartó a conversar con un primo. Juan Fernando ya no estaba, y el ajo plateado de la luna sí, y con lucero edecán y todo. Bajo el palo de mango tampoco cantaban los jóvenes de un momento atrás. Magi y yo nos marchamos juntos. Después nos separamos. Yo no tenía ganas de beber ni de llorar, pero tampoco estaba bien. En la soledad de Troncos, en la noche cada vez más honda, la luna dialogaba (¡Oh, Platón!) con el mango. Diálogo de plateadas hojas y luz fina.                   

viernes, 10 de febrero de 2023

Los condiscípulos (Magi. Cap. 5.)

*Al término de la última clase, Marcos sentía fluir de sí una impaciencia desbordante. Por experiencia, sabía lo peligrosa que era esa emoción. Varías veces, en análoga situación, se había visto a punto de ser atropellado por un carro al cruzar una calzada. Y no podía decirse que las ocasiones en que se precipitó a un bar a tomar una cerveza o en un garito a jugar cartas, no obedecieran al mismo acelere. Este desasosiego solía inundarlo cuando las expectativas halagüeñas incubadas a raíz de cualquier contingencia, eran anuladas por un suceso totalmente contrario. Era como cuando, en vista a un paseo que tendrá lugar al día siguiente, soñamos, en los planes de la víspera, que la jornada será clara, tibia, despejada y feliz. Sin embargo, amanece y la lluvia opaca el paisaje, y la brisa es helada y el cielo está nublado y, a última hora, un amigo nos llama y nos avisa que se ha cancelado la salida.

Pese a que la sesión estuvo entretenida y a que el tiempo se fue insensiblemente, cuando el profesor soltó la tiza y concluyó la clase, Marcos se dejó dominar por la impaciencia. Guardó su cuaderno y su lápiz con rapidez, se puso de pie, lanzó un hasta luego frío a Magi (sentada en el pupitre inmediato y que esa tarde se había mostrado excepcionalmente amable con él) y emprendió al trote el ascenso de la escalera del auditorio. Se veía desplazándose a grandes zancadas por las veredas, corredores y explanadas de la u, entre los estudiantes que, en su mayoría, igual que él, se desbandaban en busca de la salida, como si el aire del campus estuviera impregnado de una insoportable pestilencia. Se veía montado en la buseta, de pie, apretado entre individuos rígidos y mudos como estatuas. Incluso se veía llegando a casa, tomando su comida de encima de la nevera, donde su mamá había apartado el plato, dirigirse al cuarto, cuidándose de no cruzar la mirada con ningún miembro de su familia. Tales pensamientos lo inquietaban más y más. Era como un veneno suministrado en dosis mínimas. Y Dios sabía que cualquier día el efecto de la ponzoña se concentraría, fulminándolo. Entonces, quizás, se aliviara de su ansiedad.

Pero las cosas no eran tan terribles. Oyó que a sus espaldas alguien pronunciaba su nombre con la suavidad de quien suelta una paloma con un mensaje venturoso. Se volvió en el acto, pues nadie como él esperaba con tantas ansias ese llamado. Magi venía subiendo los escalones, entre dos secciones de sillas, con su bolso al hombro, un libro de pasta púrpura bajo el brazo y una sonrisa que cautivaba corazones. La esperó arriba, apoyado en el antepecho del auditorio. Ella vino subiendo, escalón tras escalón, hasta ponerse a su nivel. Su sonrisa no desmayó mientras transitó este trayecto. Él la siguió esperando, incluso cuando ella ya estaba junto a sí. Porque no podía creer lo que le estaba sucediendo. Pensó que Magi lo saludaría y seguiría su camino. Mentira, sabía que esto jamás ocurriría.

Caminaron juntos, ella con su “¿leíste ya a Benedetti?”, él con su “¿cómo vas con Dostoievski?”, y el cielo estaba claro, el aire limpio, bello el crepúsculo. Hablaron alternados, ella con su “¿ya vas para tu casa?”, él con su “¿en qué barrio vives?”, y los estudiantes emergían de los salones, venían por los pasillos, paraban en las cafeterías, parloteaban un rato apurando un tinto o una gaseosa, y luego se marchaban, afanosos siempre, fuera que tuviesen clase de seis a ocho, fuera que se retiraran a sus hogares. Ella aceptó el “te acompaño al bus” de él. Él bebió con anhelo de sediento el “acompáñame al amor” de ella. Salieron de la u con ganas de tomarse de la mano.

El anochecer retrasó sus pelotones de sombras. El cielo abrió azules claraboyas para mirarlos pasar. Entraron a un supermercado, donde ella escogió una tarjeta para enviársela a su abuelita el día de la madre. Se detuvieron luego ante las cajas de torta Quaker, y Magi le dijo en broma “regálame una torta de naranja”, espetándole, súbita, la pregunta “¿sabes cocinar?” Y él dijo, tan rápidamente que las palabras parecieron caer y quebrarse en el piso, “sí”. Y ella estalló en risas. Y él fue feliz soñando que era feliz.   

  

miércoles, 8 de febrero de 2023

Los condiscípulos (Magi. Cap.4.)

Troncos, por qué se llamó así esta cafetería de la u. Me lo cuenta Eliana, una compañera del pregrado a quien me encuentro en este sitio durante mi visita de egresado. "Esto estaba lleno de troncos donde nos sentábamos a conversar, ¿no recuerdas? (¡Claro!) Yo me reunía con la patota de filosofía, allá, en el rincón. Juan, el que administraba la cafetería, cada árbol que tumbaban lo seccionaba en pedazos y hacía banquitos. No, no existían estas bancas lujosas de la cafetería de hoy, "Arbóreo". Eran bancos rústicos, de madera, troncos. La administración de la u cambió las políticas de espacios y elevó los costos de contratación. Juan les dio carreras en esta u a sus hijos (unos muchachos zarcos, hoy profesionales) y consiguió plata con Troncos. Con las nuevas normas, que redujeron su local, aguantó aún otro tanto. Después, sus hijos continuaron con el negocio, hasta que lo dejaron. Hoy es lo que ves, esta silletería de café chic". En cuanto a Pastora, todavía tenía su cafetería vecina de Troncos, aunque ya no iba por allí. La señora de la cafetería de la Escuela de Derecho (en la antigua Javiera Londoño) estaba enzarzada en un lío con estas regulaciones sobre la administración de los espacios. Esto es lo que le entiendo a Eliana. Ella estudió derecho allí, y estaba empapada del asunto. Eliana es promoción 1994, más o menos el mismo año mío. Lleva diecisiete años como profesora de cátedra. También labora en un colegio público. La encuentro a eso de las nueve y media de la mañana, conversando con una ex-alumna, aguardando a que sean las diez para irse a Artes a dictar una clase. "¿Qué se siente volver a la u y que nadie te conozca?", me pregunta. "Nada. Peor que todo el mundo te conozca", respondo. Eliana dice que no puede sentarse a leer en la cafetería porque no la dejan, todo el mundo la saluda. Por ejemplo, esos muchachos que vienen allí fueron sus discípulos. Sin embargo, a ella esta u de hoy le parece un asco, no por la proliferación de  ventorrillos y los desórdenes, sino por el vicio. No es la u que conoció, la de su época, esa no la cambia por la de hoy. Igual, pienso yo, es la u de siempre, con un grupo de estudiantes y su profesor tomándose fotos ante la fuente (sarcástica, Eliana comenta: "están presentando el examen final"); con una muchacha arrojándose al estanque mientras una amiga graba un vídeo; con un operario manipulando una manguera larguísima en la proximidad de la fuente; con el hervor y la pausa, con la inquietud y la abstracción de los individuos, diversos y únicos. Es la u donde una tarde Magi, precisamente en lo que llamábamos Troncos, se me acercó furtiva por la espalda y me tapó los ojos con las manos, diciendo: "adivina quién soy". Hoy vuelvo a la u como un pensionado de la docencia. Eliana ha pasado sus últimos treinta y cuatro años de su vida aquí, incluyendo el pregrado, el doctorado y la cátedra. "¿Qué se siente ser pensionado?" Como catedrática, tiene oficina en la sala de profesores, pero le gusta estar en cafetería, esta es su verdadera oficina, conversar con la gente, leer. Casualmente (¿casualmente?), vuelvo con la agenda 47 en mi morral, correspondiente a anotaciones de 1992, cuando aún estudiaba aquí y estaba cerca de graduarme. Magi está en esta agenda 47, y está en mi recuerdo de aquellos días. Como están los rostros de estos veteranotes de Deportes que veo esta mañana (uno de ellos me lanza una mirada, como si me reconociera). Hasta siento en la punta de la lengua el nombre de este, ¿Miguel? Pasan por mi lado, se reúnen a conversar junto a la cafetería de Deportes, otro sesentón se les agrega. "Vacas sagradas", pienso. Esta mañana, sentado en la plazoleta ante la piscina, de espalda a la cafetería y su rumor de voces, veo el metro pasar por el viaducto elevado, al otro lado de la u, contra las montañas del norte. Y recuerdo que en el tiempo de la agenda 47, el tiempo de Magi, aún no existía el metro, lo estaban construyendo. Una figura añosa (un viejo, deja el eufemismo) se acompasa con este tiempo caduco, o caduco no, transformado, mutado. Están aquí todavía, pelicanos, la piel rugosa, los gestos lentos (o pretenciosamente ágiles, llamándose a sí mismos "viejos" ante los estudiantes, pero con un tonito de perdonavidas, de querer que sus alumnos los consuelen:  "no, profe, usted no se ve viejo, se ve muy bien todavía"), como en una absurda comedia bufa. Pero están aquí, y me miran, y acaso me reconozcan. ¿Miguel? Descubro en esta agenda 47 un poema dedicado a Magi, a Juan Fernando Saldarriaga "y a todos los que hoy, 25 de junio de 1992, se sentaron conmigo a holgar en Troncos". Los dos primeros versos: "Gozosos corazones del estío, vosotros, amigos". Doy cuenta de una ensalada de frutas comprada en el kiosco (4.200. pesos), luego escribo un rato, con la agenda 47 al lado, y apronto para ir a beber un tinto en educación (al chuzo del Dragón), objeto básico de mi visita de hoy a la u, junto con el propósito de adelantar otro capítulo sobre Magi. Orino en el baño de educación, veo letreros y símbolos incendiarios en las paredes. Echo un vistazo a la esquina sur-oriental de la plazoleta Barrientos, pero no veo el chuzo del Dragón, solo el saco de arena colgando en el madero de siempre, anacrónico, olvidado, Pensaba tomar el tinto allí, cruzar unas palabras con el joven enérgico del chuzo del Dragón. Hablar de ajedrez. Ver a algún chico dándole puños a el saco de arena. ¿No es "pera" como le llaman? Quizá le hayan pedido el espacio. Tal vez deba licitar cada año. Total, acabé desayunando en Arbóreo, lo que antes era Troncos, un sándwich y un café con leche. Y allí descubro a Eliana con un traje a rayas verticales negras y blancas, y un corte de pelo a la nuca, rapado en un ángulo, un airón en otro lado, todo lo osado que se quiera en una mujer de cincuenta. ¿No vi clase con ella? Eliana y su joven compañera se levantan y se dirigen al extremo, donde hay unas bancas para los que ven tele. El aparato pende en la esquina derecha del techo. De pronto, mientras desayuno, con unas varas armables, de pasta, la joven levanta un ropero y cuelga unas prendas femeninas, un gorrito azul y blanco, y debajo del ropero, en el piso, exhibe unos zapatos, incluso unos botincitos rosados, infantiles, y junto al ropero, en el suelo, exhibe un tendido con camisetas, chores, etcétera. La muchacha vive en una vereda de San Cristóbal, el novio la trae en la moto. Eliana la acompaña y le conversa. Resobada ropa de segunda. Es el negocio. "Una boutique en plena cafetería",digo a la muchacha, que sonríe. Pregunto a Eliana por Boris, el de la patota de filosofía, pero ella dice no recordarlo. Sé que Boris está viejo y enfermo. Es amigo de Luis. Días atrás lo topamos en la biblioteca de Comfama de San Ignacio.  Boris, con ese negro y brilloso pelo de indio, ahora marchito. Seguro que Eliana tampoco conoció a Magi.                          

lunes, 6 de febrero de 2023

Los condiscípulos (Magi. Cap. 3.)

El personaje de Mishima en El mar de la fertilidad (Shigekuni Honda) en los distintos volúmenes de la tetralogía, nos es presentado en diferentes edades sucesivas: diecinueve años, treinta y nueve, cincuenta y siete, setenta y seis. En cada edad, a partir de la segunda, Honda es testigo de una nueva reencarnación de Kiyoaki, su amigo del colegio. Kiyoaki ha reencarnado en Issao (experto en kendo, jefe de un grupo extremista), en Yin Chang (princesa tailandesa que visita Japón), en Toru (trabajador portuario, que avisa de la llegada y salida de los barcos). El emblema físonómico de estas reencarnaciones son tres pequeños lunares debajo del brazo, cerca de la axila. Seguir la vida de un personaje a través de cinco décadas, nos enfrenta al misterio del tiempo y sus mutaciones. Buscando en Facebook encuentro el rostro de Magi, luego de casi treinta años sin verla. Es una fotografía con su marido y sus dos hijos, al parecer en un restaurante. En el lapso entre la partida de Medellín y hoy, Magi tuvo otro hijo, que ahora es un muchacho de unos veinte años. Estoy especulando, claro está. En el otro joven (mayor, según todas las evidencias)  reconozco al niño que conocí años atrás. El marido se ve conservado, de bigote, cara larga y dulzona, tranquilo. Me recuerda a su hermano, el profesor que fue compañero mío en un instituto público de Medellín. Magi aparece sonriente, una mujer madura, de cabello alisado, rojizo, con una blusa color uva, un pantalón oscuro y unos largos pendientes con perlas de imitación. El rostro de Magi, su sonrisa, lo transitorio, lo eterno. "Es una mujer agradable", me dice mi esposa, a quien muestro la foto. Sí, tengo que admitirlo. La crudeza de la que hablé no es propia de ese rostro. Magi es una morena clara, puesta en carnes, con una cara agraciada y unos ojos cálidos. La nariz es redonda, menos achatada que la de su esposo. La frente y las facciones en general exhiben amplitud, armonía, donaire. Los pómulos llenos; las cejas delineadas y el maquillaje preciso, sobrio. Una señora con su ristra de años, bien traída y bien vestida. Sonriente. Se le nota el contento de estar entre su marido y sus hijos. El recio carácter que identifiqué en ella en el tiempo en que compartimos, modeló un transcurso de bonanza. Una familia de educadores. De esa gente que vive bien, en las márgenes de unos ingresos no despreciables y seguros. Creo haber oído de labios de Luis, alguna vez, que los hijos de Magi son profesionales, pelaos estudiados. Esos dos muchachos de Magi, en la foto, están, más o menos, en la misma edad de Kiyoaki y Honda cuando eran jóvenes. El marido de Magi, en la edad de la última madurez de Honda. Y Magi, en la edad de Rié, la esposa de Honda, en esta misma época. Gente que vive y cambia con los años. La historia de un ser que evoluciona. Cuando fue mi condiscípula en la u, Magi y yo estábamos  en nuestros veinte, acercándonos a los treinta. No fuimos unos profesionales precoces. Magi se graduó primero que yo. Cuando la conocí, era profesora en colegios privados. Salía del trabajo y se arrimaba a la u en la tarde, a platicar al amor de un café y un cigarrillo. Magi fumaba. ¿Dejaría el tabaco? Tal vez sí, como hizo Luis. Su aspecto en la foto de Facebook habla de buenos hábitos dietéticos. La vida le sonrió en Cartagena. "Quizás bajo otro cielo la gloria nos sonríe", dice el poeta. ¡Cartagena! ¿Acaso no soy de allá? ¿Acaso no vive mi hermana allá? ¿Acaso no nacieron mis abuelos allá? Hoy Magi está en sus cincuenta, acercándose a los sesenta, y la vida como que la ha tratado con mano sedosa. En mis libretas es todavía una muchacha. Quizás Magi se enamore del tiempo de mis libretas, si supiera que escribí tantas cosas sobre ella. "¿Por qué escribiste tanto sobre ella?", me pregunta mi mujer. "Porque fuimos bastante amigos". También porque siempre he sido un maniático de la escritura. En mis apuntes, ¿cuántas reencarnaciones no habrá? Cada instante es nueva la vida, mientras sucumbe. El samsara nos acoge y columpia en su crisol de karmas. El hombre de cincuenta y tantos años que escribe en este momento, no puede ser el mismo que en la u se retrasaba en los salones a emborronar páginas en un ambiente clandestino (y, sin embargo, lo es). Tampoco es el del instante anterior, ni el del próximo latido. Somos seres iguales y distintos. Así que Magi está en mis libretas en un sinnúmero de reencarnaciones. Somos viejos de setenta y seis años, como el Honda postrero, y al mismo tiempo, dentro del perfumado de la semilla, esperamos otra vez nacer.                                      


viernes, 3 de febrero de 2023

Los condiscípulos (Magi. Cap. 2.)

La primera anotación de Magi en mis libretas está en el cuaderno 27. Entonces yo escribía su nombre así: "Maggi". Sí, le gastaban bromas con el caldo de gallina. ¿Cómo no? Por supuesto. Somos un pueblo mamagallista. Hoy que lo pienso, es mejor que se llamara María Corazones, María del Sueño, María Cosas, María Engracia, María de la Luz. Cualquier cosa, menos Magi. Pero es así como le gustaba que la llamáramos. Era un nombre demasiado provocador, para el hechizo y para la burla. El caldo de gallina que comercializan y que promocionan, no es un caldo de gallina en realidad. Es una pasta con dudoso sabor a gallina, o cualquiera de esas aves de corral. Al disgregarlo en cualquier agua o sopa (no de gallina) los componentes (donde hay sin duda químicos y conservantes a discreción) liberan la sustancia comprimida. Imagino que Magi estaba curada con respecto a las bromas. Su piel ya no era de gallina, sino de quelonio, apenas para soportar al espíritu burlón. No recuerdo si alguna vez hablé con ella al respecto. "Me importa una mondá", habría dicho Magi, con su natural chispa costeña. Porque era de lenguaje fuerte. Esto no quita que fuera romántica y soñadora. En este sentido era fémina cien por cien. No usaba vestidos ni faldas, solo pantalones o bluyines. Por su modo de ser directo, desenfadado y procaz, algunos decían que se la llevaba mejor con los hombres que con las evas. Ella misma era de este parecer. La verdad es que tenía muy pocas amigas. Yo le conocí dos. Magi era bajita, un poco rolliza, muy suelta en la parla, con un andar pausado. No había suavidad en su rostro, sino cierta crudeza, lo mismo que en sus palabras. Podía ser la confidente de un hombre, y enemiga acérrima de una mujer. Creo que Caliche, incluso Luis, la conocieron más que yo. Luis es de Cartagena, se familiarizó con la colonia costeña de la u. Era amigo del marido de Magi, y de esta sabía algunas cosas. Al menos estaba más al tanto de Magi que yo que, aunque soy del litoral, vine a vivir muy niño al interior. No conocí el ambiente de los inquilinatos y las residencias de estudiantes, donde se movieron Luis, Magi y su marido a la llegada a Medellín. Lo que Luis me ha dicho siempre de Magi es que era algo fantasiosa. No muy alejada de esto está la opinión de Caliche. Bueno, yo me fui siempre por las ramas, lo suficiente para no advertir demasiado las fábulas de Magi. Lo que más me cabreaba era que me dijera que hablaba de mí a su marido. Yo no hallaba razón en aquello. ¿Con qué propósito? Vaya Dios a saber. Lo único que podía lograr era indisponerlo en mi contra. A nadie le gusta que otro pretenda a su mujer, así esté separado de ella. Tal vez hasta fuera un buen hombre. Luis siempre me habló bien de él. Según entiendo, era un excelente matemático. Sin embargo, lo menos que podía era mirarme con desconfianza. Yo lo conocía de cara, Magi me lo había mostrado, y quizás me lo presentó una noche en la u, en medio de unas fiestas. Creo que jamás cruzamos más de dos palabras. Hoy creo que hubiésemos podido ser amigos. Incluso mejores amigos que con su hermano, un docente con el que coincidí más tarde en un colegio público. Los costeños son, en su mayoría, gente franca, de ánimo alegre, con una densidad de vida y una sabiduría del alma alambicadas por el mar y el sol y el viento. Mi modo de ser no compaginaba mucho con el cuñado de Magi. Voy al extremo en muchas cosas del pensamiento, incluso de la acción. Pero nomás al sentir el alharacoso contento de este hombre al encontrarnos, no dejaba de pensar que el mala sangre era yo. Su hermano, el marido de Magi, era un hombre noble. Luis me lo había repetido. En aquella época de la u las circunstancias nos alejaron. Yo no estaba interesado en quedarme con su mujer. La prueba es que Magi y yo fuimos amigos varios años. Dos ocasiones dormí en su casa en Rionegro, y lo más que hice fue comer crispetas y tratar de hacerme simpático a su hijito. Una de estas oportunidades, la visité en compañía de Jhony, otro condiscípulo. En cuanto a mí en esos días, pensaba que mi destino era como si unas manos arbitrarias hubiesen descolgado de la pared de la vida un cuadro con el paisaje más hermoso, poniendo en su lugar el de una araña terrible avanzando por la red hacia un paralizado insecto. "Maggi", deja que escriba tu nombre como lo hice en aquellos días absurdos y bellos; deja que escriba otra vez un poema a los pájaros de fuego, que en los deslumbrados tejados olvidaron su belleza.             

jueves, 2 de febrero de 2023

Los condiscípulos (Magi.)

A veces, en encuentros con viejos camaradas de la u, alguien trae a colación a algún compañero, preguntando si hemos vuelto a saber de él, qué ha sido de su vida. Al amor de unas cervezas  y unos tangos, en una cantina antañona, sale a relucir la figura, para unos borrosa, para otros precisa, de un condiscípulo que era gay, muy bonito él, y frentero; o la de otro que se llamaba Camilo, también de hermosa estampa, que se fue a Bogotá, etcétera. En ocasiones como estas nos sorprende el insondable abismo, los inciertos extremos entre el recuerdo y el olvido. Para muchas personas, con las que un día coincidimos, somos menos que sombras, ciegas lagunas en la memoria. Es una cosa espantosa. El olvido se va tejiendo con un exacto presente y con un indulgente descuido. "No, no puedo recordarlo", ha de ser una locución frecuente en reuniones de antiguos amigos que se encuentran y comparten un café. Es decir, lo olvidé, no existe. Hurgar en esto no es que sea sensato. Para desgracia de los que cultivamos el recuerdo, en un mundo donde el tiempo es un ordenado caos, parece ser que el olvido es lo más equilibrado. Recordar resulta un vicio empalagoso. Pese a todo esto, ahí está Magi, acaso pidiéndome que no la olvide, que hilvane las remembranzas que de ella poseo. No son pocos los hechos que conservo de Magi. Magi a secas, porque siempre me dio dificultad recordar su nombre. María Algo. Todos la llamábamos así. Así se conserva en mis notas. Magi, casi Magia. De una remota e inolvidable tarde en la u, cuando salíamos de clase de cuatro, en un aire de desdicha y ventura, surge Magi. Es el fondo vital del que se yergue: el desolado corazón de un joven. ¿Qué tengo de ella? Muchas cosas. Creo que casi fuimos novios. Tal vez ella me presentara como tal, a mis espaldas, ante sus amigos, y también ante su ex-marido. Lo que fuimos ya no importa. Importa esto que escribo, lo que intento definir a través del lenguaje. Con precisión puedo evocar demasiadas cosas de ella, mientras que para otros tal vez no sea ni un recuerdo. María Corazones, María del Sueño, María Cosas. Como Los grandes misterios de la humanidad, un libro que un día me prestó y que no le devolví (luego cayó en una de las purgas de mi biblioteca), Magi siempre será una incógnita para mí. Destejer su imagen a través de unos apuntes en mis libretas, acaso resulte un favor menguado. Para algunos puede resultar una ofensa, un demérito. De ese libro rememoro los artículos seudo-científicos explicando la Torre de Babel, el paso del Mar rojo y otros sucesos legendarios. Se lo debo, y si algún día lo hallo en una librería de viejo, lo compro, para devolvérselo en un improbable encuentro. También yo debí ser un gran misterio para Magi. Magi era cartagenera. Vivía en Belén. A mí no se me hacía que fuera costeña, aunque tenía cierto desparpajo en el comportamiento y en el lenguaje. Será por su desenvoltura, o porque llevaba años viviendo en Medellín, siempre la tomé por una paisa. Pero era costeña, qué duda cabe. Entró en mi vida en un período en que yo andaba embolatado, con un montón de asuntos por definir. No le fue bien mostrándose simpática conmigo. Es una lástima. Uno sufre por otra y otra sufre por uno. Es la gran paradoja, el gran misterio. Volcarme sobre aquella tarde en que hablamos por primera vez, cuando nos conocimos a la salida de clase, morfo-sintaxis, creo. En aquella tarde fuimos todo, amigos, novios, esposos, separados, difuntos, restos, aniquilación, nirvana. Lo demás hace parte de la fealdad del mundo. La tarde de Magi, la tarde mágica. A esta tarde me remito, y os presento a un par de jóvenes alelados el uno con el otro. El gran misterio es que no llegásemos a nada. Magi estaba separada, su ex-marido era un costeño, profesor universitario o algo así. Tenían un hijo, del que ella se hacía cargo. Fuimos compañeros mucho rato. Más de una vez me llevó a su casa, en Belén, luego en Rionegro. Creo que nunca nos dimos un beso. ¡Fatal! Qué cosa. Tejimos el beso con anhelo, y lo destejimos con cobardía e indiferencia. Ese beso no está en mis apuntes. Tendré que fingirlo, falsearlo, inventar una fecha, un momento y escribir: "nos besamos". Mínimo dos besos. O un beso largo. Hay los que saben mucho de eso. Yo me llamaría un analfabeta de los besos, pero una porra para los recuerdos. María Corazones, María del Sueño, María Cosas. Magi. El otro libro de nuestra historia es uno de Mario Benedetti: Inventario.