martes, 10 de enero de 2023

Los condiscípulos (Caliche. Cap. 10.)

"Vi Los Reyes del mundo", me dice mi esposa. Le pareció tan estremecedora que "mejor no la hubiera visto". Hizo la siesta al almuerzo viendo la película, con Elena, la gata, acostada a su lado. Al hablar del filme, confunde el nombre de la población de la promesa: "El Bagre", dice ella. "Nechí", le corrijo. Días atrás yo le había contado cómo, alentado por Blandón, me fui a una sala de cine una tarde y la vi. Desde entonces ella quedó picada por verla. Ayer la vio. Nada mejor para pasar el último puente de las fiestas de Año Nuevo que el solaz de una película. Los reyes del mundo, la tierra prometida, los desheredados. Es una producción colombiana. El coloquio con mi esposa me sirvió de acicate para volcarme de nuevo sobre la experiencia de la pirateada. Cuatro muchachos parten de Medellín, se lanzan a la carretera, atraviesan una geografía de maravilla y de espanto. Es el viaje de la promesa, una nueva versión del Éxodo, de la lucha por salir de la esclavitud hacia la tierra que mana leche y miel. Con sus morrales al hombro, como vagabundos, cuatro muchachos caminan en pos del ideal. La imagen del grupo unido en el proyecto de un propósito común, revela, por contraste, la individualidad de cada destino, de cada vida, de cada muerte. Los israelitas abandonan Egipto, el Mar Rojo les cierra el paso. Ahí hay otro destino posible. Los egipcios los alcanzan, les impiden seguir, los esclavizan de nuevo. Pero ahí está Jehová. Ahí está el milagro. El muchacho negro se queda en el camino, los otros tres continúan, solo para, al final, quedarse también, sucumbir en el intento. No hay salida. Quizás la tierra de la promesa era ese burdelito de matronas amables en los Llanos de Cuivá, una vida de pastores, tomando leche recién ordeñada. Cuántas vidas posibles en una vida, cuántas trayectorias en boceto. En Yarumal, una vida, un oficio. En Puerto Valdivia, otro papel. En Tarazá, quién sabe. En Caucasia, la suerte. Caliche se quedó en Montería, Blandón en Arboletes. Tantos libretos a la mano. Un morral al hombro y una carretera son ya un sino. La promesa. Creo que Blandón y Caliche todavía esperan algo de la escritura. Y esos muchachos del filme, en una variación feliz, llegan a un oasis de paz y son felices. Claro que también, en ese morral de caminante, el guión puede trazar la hediondez. ¿Qué nos prometió la vida? Nada, solo el camino. Lo demás acaso debíamos procurarlo por nosotros mismos, por la fuerza de la voluntad o los sueños. Es válido para el instante como para el trayecto entero. Cada momento exige de nosotros la determinación de ir hacia adelante, así Jehová no nos acompañe con la nube en el día y la columna de fuego en la noche. Blandón se hizo médico, Caliche, profesor. En aquel galpón lechero al lado de la carretera, en Yarumal, se escribió el destino. Leche y miel para unos, hedor y moscas para otros. Este día que albea también es una promesa. Cuántos caminantes, cuántos parias, cuantos aventureros, cuantos soñadores abrazan la ilusión. Caliche debe presentarse a su puesto de trabajo como docente; Blandón se viste su bata y su estetoscopio. Cualquier otro puede estar dormido en una banca de una plaza, con el morral al lado. Al despertar, acaso tenga que pedir para un café y un pan. Israel se constituyó en nación, y no pocas veces hizo de chacal con sus vecinos. Jehová le había escriturado esa tierra, no con leguleyo y rúbrica, sino con el Verbo. Si todo estuviese investido de esa omnipotencia, de ese ardor, de esa fe. En el galpón lechero de Yarumal prometimos convertirnos en escritores, lo cual implicaba echar los bofes. Acaso debemos entender que la promesa es solo lo transitorio y lo efímero, como la rosa efímera del Principito. No te constituyas en nación y sojuzgues a los demás. Eso no puede ser un proyecto de vida noble. Como the little prince, preguntémonos hoy: "¿qué es efímera?"                      

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