La nieve de los años escarcha el cabello de Caliche; también hay profundas bahías en esa mata de pelo que un día fue plena y exuberante. Estoy mirando su foto de perfil en facebook. El amigo Caliche. Unas arrugas horizontales surcan su frente. Aunque no sonríe, hay un asomo de alegría en su rostro, una vitalidad y agudeza incuestionables. Cierta picardía. Sí, es el hombre que siempre supo reír (y, por tanto, ser niño), que supo ir hasta la carcajada detonante, que se alzaba a las cumbres de la emoción en el camino de la amistad. Husmeo su perfil de facebook. Le envío una solicitud de amistad. Debería pedirle que nos reuniéramos y tomáramos un café. ¿Cómo irán sus días? Ha sabido mantener un físico atlético. No ha sido una preocupación baladí en su vida, por algo conquista a las chicas. Miro su fecha de nacimiento y confirmo que somos coetáneos, aunque yo soy una migaja mayor. No es de los que atiborra su facebook con publicaciones. Sólo tiene allí la foto de perfil: Eccehomo. Me agrada esa escuetez. El rostro, ¿para qué más? Como Caliche es profesor activo, pienso que ya se le acaban las vacaciones, que reanudará su brega con los alumnos. Pasaron las fiestas, despunta enero, hay que ceñirse a la rutina. Mientras él se prepara para reiniciar el calendario académico, yo escarbo en su vida, que es asimismo mi vida, porque el destino lo quiso. Un rostro, un hombre. Retomo el sueño del juego disparatado del que hablé en el capítulo anterior. En este juego participábamos Caliche, Beethoven (el Sordo Prodigioso) y yo. Era una loca mezcla de futbolito, balonmano, canicas y hockey. Al mismo tiempo tenía algo de charada, aunque ahora no recuerdo en qué sentido. Los jugadores evolucionaban en un corto espacio, uno o dos metros. Había pequeñas arquerías, de un palmo. Había dos bandos, cada uno conformado por un jugador. El jugador se echaba en el piso, como un chiquitín jugando catapiz. O simplemente se acuclillaba, como un chico jugando canicas. Pero no se jugaba con asteriscos de pasta ni con canicas, sino con frágiles huevos de pinguino, de ganso o de gallina. La hazaña consistía en transportar por el piso el huevo con la mano, eludiendo al rival y marcando gol en el arco contrario. No eran escasos los huevos que se rompían. Beethoven era el más diestro. Mantenía el primer puesto en el ranking mundial de este deporte. El descontentadizo y mudable Caliche abandonó el partido súbitamente y, sin pararse a ver que vestía pijama, se lanzó a la calle, donde una chica glamorosa llamada Claudia lo magnetizó con un gesto breve y poderoso. Cual fantoche risueño, Caliche atravesó la vía, arriesgando que lo atropellara un carro, acercándose a la puerta donde se hallaba sentada Claudia (con pose de reina de alfeñique). Aquel sitio era una peluquería, pero, horas antes, había sido una funeraria. El incauto dirigió una seductora mirada a la embozada vampira.
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