viernes, 6 de enero de 2023

Los condiscípulos (Caliche. Cap. 8.)

He ido organizando un archivo personal de Caliche con base en los apuntes de mis libretas. Es el método del que me valgo para manejar mis materiales y rastrear a mis héroes. Tengo mis libretas a la mano, en la estantería de mi biblioteca, ordenadas y numeradas. El registro de apuntes de mis personajes lo adelanto en un cuaderno. Allí aparece Caliche. Un ejemplo: en la libreta 45, página 47, Caliche patea el tarro de basura del corredor de la facultad de educación; en la libreta 62, página 49, Caliche aparece en un sueño mío, donde ambos, en compañía del Sordo Prodigioso (Beethoven) protagonizamos un juego disparatado, una loca mezcla de futbolito, balonmano, canicas y hockey. Este sueño será abordado en otro capítulo. Advierto que Caliche no extenuará una veintena de capítulos, como Blandón, y mucho menos una cincuentena, como Estévez y Natalia. No poseo tanto material sobre él. Algunas veces Caliche aparece integrado en los apuntes de Blandón. Por ejemplo, cuando Blandón me avisó que Caliche se había accidentado en su moto, o cuando me contó que un perro le mordió la cara. En esta ocasión, Blandón me exhortó a que llamara a nuestro común amigo y le preguntara por su salud. La amistad entre Blandón y Caliche es grande. Me recuerda la de Carlos Marx y Federico Engels. Se dice que cuando el autor de Das Kapital se hallaba ya muy enfermo del estómago (por el abuso de comidas picantes y demasiado condimentadas), Engels se puso a estudiar medicina para curar a su amigo. De cualquier modo, Engels no pudo hacer mucho por la salud de su camarada. Marx murió en 1883. Engels lo sobrevivió doce años. En una oportunidad en que nos hallábamos en Troncos, asistimos a una exhibición artística. Se trataba de unos huesos de res (calambombos) colgando de cordeles. Aquello semejaba quipos, en cada nudo un calambombo. Era una jornada cultural. En la explanada se presentaban unos raperos. "Grotesco", sentenció Blandón, refiriéndose a los huesos de res colgados en cordeles. Un rato después caminábamos por los predios del hospital universitario. A través de este, vinimos de Barranquilla a Juan del Corral. Blandón me dijo que andaba buscando a un neurocirujano amigo suyo para pedirle el favor de que tratara a Caliche, que tenía un edema cerebral a raíz de la caída en la moto. Los ahorros de Caliche se estaban agotando con los honorarios de un neurólogo privado. Blandón aseguró que su amigo lo atendería sin cobrarle un peso. Mientras Blandón se sumía en pensamientos melancólicos, yo contemplaba el magnífico lienzo tropical del horizonte en la noche tierna. La palmera del Seguro se recortaba nítida, gallarda, perfecta, contra un firmamento de tonos intensos: azafrán, zafiro, azabache. Este apunte de Blandón, Caliche y el neurocirujano, está en la libreta 68, página 6. Generalmente, al escribir, transformo el apunte, le agrego o suprimo partes. En fin, lo adapto a mis necesidades. Por su no convencional forma de ser, a Caliche le ocurrían cosas fuera de lo normal. A cualquiera lo muerde un perro, por supuesto. Pero es que Caliche solía pasarse de revoluciones. Sé que hay reciprocidad en esa amistad a ultranza entre Blandón y Caliche. En este aspecto, yo he ido por los laditos. Me alejé de ellos, por asuntos del trabajo y de la familia. Aun así, cada que llamo a Caliche o me cruzo con él, su respuesta es efusiva. Cuando me hallaba escribiendo los capítulos de Natalia, lo llamé para documentarme sobre la hermana de esta, una mujer que curaba con los colores y con las velas. Caliche me dijo que tenía´mucha información al respecto (había sido paciente de la ucraniana), pero que resultaría tedioso dármela por teléfono (o quizá no contaba con tiempo en ese momento), que mejor me grababa un audio. Así fue. Me grabó un audio extenso y completo sobre lo que necesitaba saber. Así son los detalles de Caliche.                              

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