miércoles, 11 de enero de 2023

Los condiscípulos (Caliche. Cap. 11.)

Esa noche Blandón me habló de Caliche: "Anda mal, Carmen se fue, llevándose a la niña. Están en la Guajira. A Caliche le quedó grande la vida de hogar. No quiso sacrificar su vida al borde del abismo por la paz hogareña. Hace poco un doberman le desfiguró la cara. Se fue llorando después de hablar conmigo. Iba para donde su hermana. Carmen lo ama, pero no puede arriesgar tanto. La niña está en medio". Esta confidencia me la deslizó en el bar La Boa, donde se apareció mientras yo departía con Luis. Asomó en la entrada con aspecto de estar echando un vistazo. Alzando el brazo, le hice una señal. Me vio y vino hacia nosotros. Traía el morral a la espalda y una pinta no muy de doctor, por el descuido en su indumentaria y su acostumbrado andar agobiado. Tomó asiento y aceptó un par de cervezas. La plática brotó fresca, grata, al amor del licor bebido con gusto y mesura. Luis apoyaba el brazo en el gran volumen rojo (parecía un tomo de medicina) de Guerra y paz, comprado horas atrás en la Anticuaria. Al salir de la librería, se  desembarazó del envoltorio del libro, que desgarró y echó en un tarro de basura. No quería problemas con su mujer, que le reprendía porque, según ella, exageraba en la compra de libros. Sin el envoltorio, su mujer lo tomaría por un volumen prestado en una biblioteca. Yo tenía en la mesa, junto a mí, dos paquetes con libros y un prospecto de una exposición de escultura en piedra, tomado de la sala del Paraninfo, donde Luis y yo estábamos a eso de las 3 y 30 de la tarde. Dos mujeres jamoncitas, con aire de profesoras, bebían cerveza y fumaban cual chimeneas en la mesa aledaña. En seguida quedamos pasados a humo. A mí comenzó a dolerme la cabeza. Por fortuna se marcharon al rato. La taberna mostraba gran clientela, tanto adentro, en las mesas y la barra, como fuera, en la ventana. ¡Era un bar donde se bebía en la ventana! Qué original. Estaba regentado por Iván, el padre de Aída. Reconocí a un cuarentón canoso, parrandero impenitente, profesor del municipio de Medellín, a quien veía en las asambleas del sindicato y otros eventos magisteriales. Era uno de esos tipos que no nos agrada demasiado encontrarnos, porque son como un espejo de nuestros hábitos intemperantes. También lo topaba en las tabernas de salsa. Contrario a mí, de estilo opaco y reservado, este hombre era chispeante y desabrochado. Tenía algo bovino en su aspecto. Algo dulzón. Se la llevaba bien con las mujeres, que de ordinario lo acompañaban. Iván estaba ojo avizor con el negocio, cabello y barba blanca, en una faceta insólitamente sobria. Había hecho remodelaciones. La barra cerca a la puerta, por ejemplo. Apenas me enteraba de estos cambios. Cierto es que llevaba muchos años sin entrar allí. Busqué en su figura y ademanes rasgos de Aída. Los hallé: la talla mediana, cierta nerviosidad. Hablamos de literatura, de novelas y autores. Con Luis no se hablaba sino de novelas. Para él, era el género por excelencia. Es una novela toda su vida de lector de novelas. Blandón recibió de Luis el obsequio de dos librillos con la información de sendos concursos literarios. Generoso, dijo que luego conseguiría la propaganda. Es decir, la ampliación de las bases. Examiné a Blandón (Una vez más. A lo largo de nuestra amistad, ¿cuántas veces había indagado en su semblante, estudiado su figura?): canas, ojeras, panza, dentro de un fondo de juventud en desbandada. Igual Luis. "Espejos", me dije allá dentro de mí. Omar Castrillón, un poeta de ropas y atmósfera románticas, bebía vino en solitario en una mesa frente a nosotros. Tenía una cajita de vino rojo. Bebía en copa aguardientera. El cabello largo lo traía amarrado en cola. A ratos echaba mano de unos textos que estaban en la mesa y, valido de un bolígrafo, pasaba hojas y hacía correcciones. Su soledad ostentaba cierta altivez. Luis se levantó y, sentándose al lado de Omar, habló unos momentos con él. También saludó a una tal Marta (con la que habló en tono insidioso sobre un amigo común) y a una tal Negra. Vi más rostros conocidos de los que deseé haber visto. El viejo Willi, por ejemplo, negro sexagenario, músico de jazz, bohemio sin redención. Después, cuando esperábamos el metro en el Parque Berrío, Luis me confesó que había visto a Gladis a la entrada de la taberna  y que esta, además de no saludarlo, lo miró con odio, yéndose pronto. Añadió que Gladis estaba rara con él desde meses atrás, luego de que él ganó el concurso de relato breve que ella misma le ayudó a enviar por Internet. En fin, me di por satisfecho con que la conversación fuera amena. Blandón y Luis no chocaron tanto, como la primera vez, años atrás, cuando los presenté en la u. En esta ocasión, al separarnos, Luis criticó el carácter de Blandón, llamándolo "exaltado". Ahora, como siempre, Luis demostró su excelencia en el discurso, sus agudos puntos de vista, sus conocimientos literarios (Blandón no había leído a Salinger). Al abandonar la Boa saludé a Óscar Castro, antiguo profesor de la u, quien bebía una cerveza en la mesa más próxima a la salida. Luis evitó saludarlo. Una vez, siendo su alumno en la u, le hizo una broma pesada: "Óscar, supe que acaba de llegar de México, ¿por qué no se quedó entre las víctimas del terremoto?" Óscar no le habló más. Subimos hasta Girardot y doblamos hacia la Playa. Me retrasé ayudándole a empujar el carrito de perros calientes a una anciana. Blandón y Luis marchaban adelante, irónicos y risueños con respecto al gentío que hervía en los cafés y tabernas. "Todo es igual a hace veinte años", sentenció Luis. Bajamos por la Playa. Luis dijo: "uno debería escribir un solo libro y echarse a dormir". Blandón rió. Yo pensé que uno podría escribir un libro con las sentencias de Luis, recogiendo sus frases a lo largo de toda una vida de amistad. Frases donde el ingenio y la desnudez eran la nota predominante. Y, sí, luego de escribirlo, echarse a dormir, ojalá en una hamaca al lado del mar.Torcimos a la izquierda, en Palacé y nos topamos con el Parque Berrío. Lo cruzamos. Los borrachos infestaban el lugar. Yo venía echándole cabeza a la confidencia de Blandón sobre los males de Caliche. Pensé que había demasiado Carmen en la vida de este amigo, demasiado exabrupto y también demasiada soledad. A cualquiera lo muerde un perro y le desfigura la cara. Pero es que Caliche. Blandón tenía razón. Caliche andaba al borde del abismo.      

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