viernes, 13 de enero de 2023

Los condiscípulos (Caliche. Cap. 12.)

Caliche impregna las páginas de estos años en que ya somos egresados de la u, profesionales, empleados, gente con familia. Páginas donde la juventud quedó atrás, como un sueño que apenas se recuerda, como una frase dorada deshilachada entre cenizas. Muy pronto, casi sin darnos cuenta, salió en desbandada la alegre primavera, precipitando el otoño y el invierno. Muy pronto nos sentimos extraños en nuestra propia piel, supervivientes en un tiempo de desastre. De repente lo advertíamos, al ir por la calle o viajando en el bus, esa sensación extemporánea, ese flotar entre dos aguas, un amargo y pérfido sinsentido de la vida, en fin, cuarentones. El absurdo. Algún día, por ejemplo, se nos ocurría hacer el recuento de los libros prestados y los tomados en préstamo a los amigos. El gran número de ambos nos dejaba sorprendidos y confirmábamos con tristeza, no solo la falta de seriedad de las personas con respecto a las deudas, sino también cuánta agua había corrido bajo el puente. Igual con la música. Por no hablar del dinero. ¿A quién le debo? ¿Quién me debe? Es bueno hacerse estas preguntas de vez en cuando, no ir tan tranquilo y cara limpia por el mundo. En este aire de epílogo de novela comenzábamos a movernos, pues. Cualquier ocasión nos visitábamos uno al otro, salíamos a dar un paseo por la vecindad, y caminábamos delante de nuestras mujeres, detrás de nuestros niños, quienes nos adelantaban con sus carreras y juegos. Cuarentones, con sendas duplas o triadas de hijos, canosos, agobiados, recordando con nostalgia los días de la juventud, las aventuras, las errancias. La vida. Ahora nos reunía de nuevo, casados, con familia, en un oficio, remansados los ímpetus, como tristones bueyes domesticados. ¿Que no? Ah, hermano, es cierto. Más que eso, como apunta Cavafis en sus versos, prostituidos. Mas no te aflijas, es la vida. Y uno preguntaba por Caliche, y le respondían, entre jocosidad y tragedia: "no volvió a visitarnos, desde la última puñalada". Y nos explicaban que Caliche llevaba mala vida, que frecuentaba bares y barrios de mala muerte, buscando quizás que lo mataran y lo libraran del peso de la existencia, pues no era capaz de tomar la decisión por propia mano. Así que Caliche seguía penando en este valle de lágrimas, convirtiendo el ser en un trapo astroso, llevado por la desesperación y la rabia. Flagelándose. Y uno recordaba a Caliche en la u, tan seguro que parecía, tan categórico en sus ideas, tan cruel con tantas cosas. Algunos compañeros se habían ido a otra ciudad, inventando otra vida. Caliche seguía en Medellín, la ciudad de su temporada en el infierno, a lo Rimbaud. Y uno recordaba este libro de Rimbaud, que una vez hurtamos de la biblioteca universitaria y del que una amiga se había prendado al punto de no devolvérnoslo. Está en buenas manos, te consuelas. Los que hurtan libros de las bibliotecas ajenas, este es otro cuento de juventud. Puerco que sigas haciéndolo ya viejo. No, ahora es bueno desprenderse de ellos, o de que sea nuestra biblioteca la asaltada. Caliche seguía en Medellín, con un matrimonio deshecho, una hija medio abandonada, renunciando a los trabajos donde lo empleaban. "Quiere hacerse matar, todavía no se resigna a la pérdida de Carmen", nos decían. Ahora Carmen trabajaba con una ONG. Caliche se presentó al concurso para maestro, dejando al fin el desdén por esta opción. Estaba pendiente de la entrevista. Y nos decían de él: "es genial, con mucha visión para la educación a nivel macro, pero es muy impulsivo, muy irreverente; dejó el último empleo porque, según él, las chicas de la u a las que daba clase eran muy brutas, no lo aguantó". Entonces Caliche iba por ahí causando escozor, una presencia poco grata por mordaz, por duro consigo y con todo el mundo. Tal vez alguno que lo viera por ahí en su desmedro se sintiese vengado por alguna ofensa de años atrás, cuando Caliche era tan prepotente y no se le daba nada hacer sentir mal a cualquiera. Tal vez muchos de los que él ultrajó con su agresividad y pedantería fuesen hoy dechados de humanidad, no como él que no se soportaba  a sí mismo y se holgaba en ulcerar a los demás. ¿Lo imaginas de maestro de secundaria? Acaso tire el trabajo al poco tiempo. Pero no, había persistido, seguía de docente. Cuando se es joven es hasta imperativo mostrarse altanero e iconoclasta; pasan los años y no podemos darnos el lujo de desechar un trabajo, quizás nuestra única ancla de salvación.                      

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