El symbolum griego (una moneda de plata partida en dos o un billete rasgado, de los que dos amigos que se separan se llevan cada uno una parte, para reconstruir la moneda o el billete si vuelven a encontrarse) me hizo acordar del pacto entre Caliche y Aída. Aída es quizá la mejor amiga de Caliche, algo así como una hermana del alma. Su amistad data de los tiempos de la u, de los cursos compartidos, de las ideas rumiadas a través del acicate de un profesor o un libro. Creo que han llegado a ser incondicionales. A pesar de que han altercado alguna vez, su estima supera cualquier conflicto. Aída defiende a Caliche sobre toda evidencia. "Sí, él es así, pero es mi amigo, y yo lo quiero", alega cada que alguien lo ataca. Pocos saben que esta reciedumbre y, digamos, temeridad en el afecto, se debe a que una noche de bohemia Caliche y Aída hicieron un pacto de sangre. Así denominaron, románticamente, a su guilladura. Hoy, a la luz del tiempo, creo que esa alianza obró el efecto esperado, que fue algo más que una pasajera extravagancia. Caliche se separó de Carmen, que fue su mujer, con la que tuvo una hija, pero su trato con Aída ha resistido los tumbos y altibajos de la vida. Conforme nos hacemos viejos demostramos cierta ambivalencia con respecto a los amigos. Aflojamos con unos y nos amarramos a otros. En general, prima el desasimiento. El fastidio de la edad cobija todo, no se salvan los amigos. Uno o dos con los que resistimos, esos son quizás los verdaderos hermanos que nos depara el destino. Porque hasta con los familiares queremos hacer tabula rasa. Es una cosa endemoniada esto de los años y la fatiga. Nos fatigamos de las personas y los lugares, de las ideas y los afectos. En ese patético aligerar equipaje, nos convertimos en déspotas. Por eso la amistad entre Caliche y Aída merece una página gloriosa en estos recuerdos. Aída tiene su marido de toda la vida. Este conoce y entiende los sentimientos de su esposa por Caliche. Es un hombre como una criba. Yo lo llamaría un sabio. Sabe reírse de los arrebatos y caprichos de Aída. (Claro. La Otra, este era el nombre de la taberna donde estuvimos esa noche, donde Aída y Caliche hicieron el pacto de sangre. Yo estaba con ellos, participaba de la ebriedad, pero evité tomar parte en ese alocado ritual. Hablábamos de encontrarnos en Sabaneta el día siguiente a las dos de la tarde y hacer una caminata por las montañas. El escaso juicio a raíz del alcohol nos hizo dudar de la seriedad de la promesa. Fue entonces cuando Caliche nos retó a pactar con sangre. Imposible infringir un compromiso de esta naturaleza. Caliche rompió un vaso deliberadamente, haciéndolo rodar de la mesa y estrellarse contra el piso. Luego, recogió un casco y se hicieron, cada cual a su turno, un corte en la muñeca. Caliche rasgó la piel de Aída y esta la de él. En sus rostros campeaba una expresión juguetona y pueril. La sangre brotó: dos gotitas en la muñeca de Aída, un punto cárdeno en la piel de Caliche. A continuación, juntaron las muñecas, unieron su sangre y rieron de su locura. Sí, fue en La Otra, esa taberna de salsa ubicada en la calle Colombia, frente a Fenalco, dos cuadras abajo del colegio CEFA. Fue ahí. Qué raro que Aída y Caliche no lo recuerden, que su memoria no fije el espacio físico de aquel hecho.) (Fue en una taberna de salsa a la vuelta de Cine Centro. Y no solo estábamos Caliche, Marcos y yo, sino que también se hallaban mi hermana Mercedes y su novio. Caliche estaba despechado por la ausencia de Carmen, andaba peleado con ella y, al comienzo de la noche, la buscó en vano de taberna en taberna. En su coraje, aprovechaba cualquier oportunidad para desprestigiar a Carmen, comentando que dejaba mucho que desear una mujer que iba sola a una taberna. Esto le caía a Carmen, por supuesto. Al final, cansado de buscar, ebrio y trastornado, se resignó a quedarse con nosotros. Fue él quien propuso el pacto de sangre, a lo que Marcos se negó. Mercedes y el novio ni se enteraron, porque no paraban de bailar. Estaban tan entretenidos bailando que, entre una pieza y la otra, permanecían de pie en la pista, conversando. El ambiente de la taberna estaba muy animado. Caliche dejó caer un vaso al piso, cogió un pedazo de vidrio del estropicio y dio ejemplo alargándome la muñeca y entregándome el casco. Se la rasgué y apenas brotó la sangre, solo un punto cárdeno. A mi vez, le alargué mi muñeca y le entregué el vidrio. Dos gotitas de sangre afloraron. Juntamos las muñecas, unimos la sangre y reímos de nuestra ocurrencia.) (Fue en una discoteca de la Oriental, por donde suben los buses de Manrique. Aída andaba peleada con el Flaco, que esa noche la dejó plantada. Marcos parecía el más aterrizado, porque rechazó de plano mi insólita propuesta. Aída y yo bebíamos y cantábamos en son de despecho, mientras que Marcos, Mercedes y su novio se dedicaban a bailar. Aída había puesto en duda la firmeza de nuestra decisión de acompañarla el día siguiente a una caminata por las montañas de Sabaneta. Fue cuando los desafié a un pacto de sangre. Aída aceptó. Dejé rodar un vaso y estrellarse en el piso. Me apoderé de un casco y fue así como, uno al otro, nos rasgamos las muñecas y unimos nuestra sangre. Estoy seguro de que Aída pensaba en el Flaco, así como yo no pensaba sino en Carmen. Esa noche, dondequiera que estuviesen nuestra sangre los reclamaba. Tácitamente, maldecíamos a esos ingratos que no merecían nuestro amor. Marcos estaba solo, y pescaba bailadas aquí y allá. Los más felices eran Mercedes y su novio, que ni se daban por enterados de lo desquiciados que andábamos Aída y yo. Marcos me contó que había visto a Carmen en Siguarayaz en la noche temprana. Me di una vuelta por allí, de balde. Recuerdo que le pregunté a Marcos lo que opinaba de una mujer que va sola a una taberna. Esquivó la respuesta. Ese Marcos es todo un dechado de prudencia.)
jueves, 29 de diciembre de 2022
lunes, 26 de diciembre de 2022
Los condiscípulos (Caliche. Cap. 5.)
Marcos se preguntaba si dos mujeres podían orinar en ese aire de camaradería en que lo hacen dos hombres. Podrán sentarse una al lado de la otra (sea en un inodoro o en el suelo) y conversar sobre esto y aquello, pero nunca alcanzarán el grado de compenetración de los hombres en el mismo acto. En este aspecto, la naturaleza dotó al hombre de una practicidad sui generis. El hombre puede orinar de pie y, cuando la necesidad lo requiere, esquina el cuerpo, se arrima a un muro o un árbol y hace aguas. A la mujer no le es tan fácil. Dos hombres orinan hombro con hombro, callan o platican y, si están en vena apreciativa, comparan sus miembros, incluso hacen mofa de ello. Hay tipos de un desparpajo sin parangón, que no desaprovechan la ocasión de mear al lado de un igual para salir con las ideas y frases más plebes. Es un tema muy frecuente en nuestro medio el del tamaño del pene. Forma parte de un imaginario colectivo que permea la sociedad entera. La noche en que Caliche y Marcos orinaron en los pilares del metro, por la canalización de la 70, no tocaron un tema vulgar, sino que hablaron sobre un concurso de poesía en que ambos participaban.
-Eh, Caliche. ¿Y ese concurso de poesía?
-Nos molieron a palo.
-También tú mandaste, ¿cierto?
¡Ni una mención!
-Ni una mención. ¿Qué opinas de una mujer que va sola a una taberna?
Siempre volvía al tema de Carmen. ¿Qué iba a opinar Marcos sobre una mujer que va sola a una taberna? De entrada, que era independiente. No necesitaba ni siquiera de la complicidad de una amiga para aparecerse por allí y disfrutar de la música, el licor y la noche. Había conocido a muchas mujeres que iban solas a las tabernas. En el tono de Caliche, por tratarse de Carmen, había un dejo de sanción moral. No dejaba de ser problemático. Los hombres vamos solos a las tabernas, y nos alegramos cuando hallamos mujeres solas. Igual debe pasar con las mujeres. A Carmen la veían sola en las tabernas. El caso es que esa noche en que la buscaron desesperados por la 70, Caliche y Carmen estaban peleados. Era una mujer de carácter. Estudiaba comunicación social o algo parecido. Una mujer, más si está reñida con el novio, se aparece por una taberna y bebe unos tragos y fuma cigarros. Si es apetecible físicamente, como lo era Carmen, más de uno le echará el anzuelo. En fin, Caliche y Marcos sacudieron sus vergas, las devolvieron al tibio reducto del pantaloncillo y se alzaron de hombros por haber fracasado en su intento de ganarse unos buenos pesos con el premio de poesía. La poesía no es un género fácil. La mayoría cree lo contrario, pero son precisamente estos los que no son buenos poetas. En once, cuando se presentaron al ejército, Marcos orino hombro con hombro con una docena de camaradas. Quedó perplejo cuando vio el miembro de Edgardo. La pareció cosa de embuste. Edgardo tenía una verga de burro. A Marcos le pesó haber girado la vista, porque en adelante su sensación de inferioridad fue tan opresiva que tardó en asimilarlo. No era de esos tipos desenfadados que se lo toman en broma y hacen objeto de burla al otro. No dijo nada a Edgardo. Salieron de once y, en adelante siguió viendo a Edgardo, cada uno en desempeño de sus profesiones (Edgardo se hizo doctor o algo así), y siempre sintió una especie de prevención amarga, mezclada a una migaja de encono, al recordar semejante despropósito de verga. Marcos siempre se preguntó si las mujeres también se ufanaban o se sentían desgraciadas con respecto al tamaño de su vagina. Es un hecho que existen diferencias en el tamaño de esta. Aquella noche Caliche y Marcos no se preocupaban por magnitudes de aparatos reproductores, sino por lamentar el resultado del concurso poético, y por encontrar a Carmen. Una mujer que va sola a una taberna. Marcos conocía a una que se arrimaba a la barra y bebía sus aguardientes y fumaba. Pertenecía a un colectivo de mujeres que trabajaban por las reivindicaciones de género. En el día la veían adelantando el proyecto escrito para presentarlo al Presupuesto Participativo, y en la noche cortejaba a Baco. Se tomaba sus aguardientes y se marchaba tranquila. En eso no hay nada de malo, Caliche. Hasta podría asegurarse que la soledad es la imagen que más cuadra a la taberna. Un bohemio es solitario. Quién sabe si Loren frecuentaba tabernas. Iría sola, con su rostro de esfinge. Cuando Marcos se cruzaba con Carmen sola en una taberna, se decía que estaba peleada con Caliche, y que este debía de estar buscándola como un enfermo de celos. Por discreción, la saludaba y la dejaba en su soledad. Caliche no tardaba en aparecer, hacían las paces. Ese era Caliche, duro con el mundo, vulnerable ante el amor. Le daba palo a la gente (como se lo habían dado a ellos en el concurso de poesía) y luego no se acordaba. Aquella vez con Bernardo el pegajoso, Marcos los dejó ir a él y a Magi, sin convencerlos sobre sus razones de no caminar con ellos hasta el centro, y esperó bus en la avenida. Días después Caliche le preguntó por su extraño comportamiento. "Estaba deprimido", contestó Marcos, sabiendo que la explicación era más intrincada. "Tenía la malparidez", habría dicho Magi. "Fuiste ofensivo y brusco", dijo Caliche. "No me gustó cómo trataste a ese pobre diablo de Bernardo". "Bueno, esa no es razón para pelearnos nosotros". "Es verdad, Caliche". Se pusieron a hablar banalidades. Comentaron sobre los que jugaban futbolito en la explanada frente a la biblioteca. Hablaron de Magi, del viernes. Alguna vez Marcos tendría que explayarse ante alguien (quizá ante Caliche) sobre su estado emotivo de los viernes. En días como esos era tristón e imposible. Le chocaba que la gente tuviese que ir tras disipaciones, como si no pudieran estarse quietos, olvidando la estúpida sensualidad.
Los condiscípulos (Caliche. Cap. 4.)
Caliche también fue novio de Loren, al comienzo de la carrera. De esto me enteré después de muchos años, por el mismo Caliche. La enigmática Loren. Debía de ser muy bonita en esa época, como su hermana. Porque Loren tenía una hermana y también estudiaba en la u, una mujer muy atractiva. La belleza física parecía ser para Caliche una condición sine qua non para prendarse de una mujer. Loren era además muy sensual en sus gestos y en su voz. Las líneas suaves y la carne dura de la juventud debían hacerla un bocado apetitoso. Caliche no desestimó ese manjar. Más o menos, mi diálogo con Caliche fue este:
-¿Es verdad que Loren y tú fueron novios?
-Cierto. Al comienzo de la
carrera. Además de rara, Loren era solitaria. Tenía una bella voz y un andar
sensual. Hace unos días la vi en la calle y me asustó.
-¿Por qué?
-Me pareció muy fea y muy vieja.
Poco amable este comentario, poco caballeroso. Cómo no hacernos feos y viejos con los años. Los años son la debacle. Solitaria, sí, Loren lo era. Magi, también fue muy amiga de Caliche, se presentaba como su novia. Esto chocaba a Caliche.
-Cuando dices que Magi era “fuerte” quieres decir que era “pesada”, ¿no?
-Exactamente. A veces era muy dura en el lenguaje. Creo que se entendía mejor con los hombres que con las mujeres. Podía ser una excelente amiga, pero terminaba confundiendo la amistad con el amor. Asistíamos a fiestas y, a mis espaldas, decía a sus amigas que éramos amantes. Me indignó su proceder. Tuve que frenarla.
-También conmigo tergiversó la
amistad. Era muy atenta, hasta el día en que se enteró de que yo tenía mujer. Estábamos
en un café. Hizo una escenita y se marchó enojada.
-Se montaba en unas películas.
Ese era su problema.
-Yo andaba cabreado, porque ella
solía hablarle de mí a su ex-marido. De esa unión quedó un hijo que a la sazón
contaba seis años. Un chico que dibujaba muy bien, de paso. Yo me mantenía
nervioso, temiendo que ese tipo me la dedicara cualquier día. Con respecto a
mí, había creado una atmósfera sentimental que solo existía en su cerebro. Se regodeaba
haciendo nacer celos entre ambos.
-Era muy rara. Un día empacó la
maleta, cogió a su hijo y se fue de la ciudad sin decir nada a nadie, ni
siquiera a su familia.
-Qué vaina. Creo que eso
coincidió con nuestra entrevista en el café.
-¿Fue la última vez que la viste?
-Así es.
-Era muy extraña, igual que
Loren.
viernes, 23 de diciembre de 2022
Los condiscípulos (Caliche. Cap. 3.)
*Caliche mostró una ojeriza instantánea ante Bernardo. Estaban
sentados en las escalas de Troncos, frente a la explanada, cuando este llegó
con un vaso desechable en la mano, dando sorbos a un perico. Levantando las
cejas, Bernardo saludó a Marcos, envolviendo a los demás en su cortesía, mas
con un aire de sigilo. Ante la hostilidad de Caliche, que Bernardo captó con
una mirada rápida y analítica, se acercó a Marcos, quien lo acogió con un gesto
más hospitalario. Pero también había una migaja de incomodidad en Marcos, una
molestia imperceptible. El ambiente se maleó. Una mueca rabiosa crispó el
rostro de Caliche. Era el anochecer de un viernes, en los instantes previos al
cierre de la universidad. Plateada y solitaria, la luna lanzaba suaves
destellos. Había aislados grupitos de estudiantes aquí y allá, a lo largo del
andén de la cafetería, y otros más allí cerca, bajo un mango, en alegre
comparsa, cantando canciones de Silvio Rodríguez al amor de una guitarra.
También quedaban asomos de actividad estudiantil en las mesas de estudio de la
biblioteca. A Marcos le sorprendió el disgusto que la llegada de Bernardo
despertó en Caliche. ¿Qué pasaba? ¿Por qué esa indisposición con el recién
llegado? Bernardo era un rubio robusto, con traza de deportista. Vestía una camisa hawaiana de colores intensos y un bluyín descolorido. Tenía una
fisonomía que exhalaba salud y vigor. Sin embargo, había un no sé qué precario
o indefenso en él. Más allá de su carácter empalagoso y su voz ruidosa, un ojo
agudo advertía cierta inseguridad. Bernardo sacó algo de su morral. “Estoy
rifando este reloj. Cómprenme una boleta”. Ante la reserva general, añadió:
“Les doy todas las facilidades de pago. Juega el próximo viernes. O sea, de hoy
en ocho”. Indecisa, Magi recibió el talonario. Caliche se mostró del todo
desinteresado. Con disimulo, Marcos siguió los movimientos de Bernardo. Parecía
vigilarlo, como si se tratara de un chiquillo inquieto y alborotador que, en el
momento menos pensado, fuera a coger un jarrón de cristal y a dejarlo caer.
Aprovechando que Magi y Marcos hojeaban el talonario, Bernardo esculcó de nuevo
el morral y sacó unas fotocopias, que repartió entre sus interlocutores. “¿Qué
es?”, interrogó Marcos. “Es un poema de Restrepo”. La belicosidad de Caliche volvió a dispararse. Con una dosis de refinada ironía, comentó: “¿Saben una
cosa? Restrepo tiene tres cursos de literatura distintos, y en todos está
interpretando a Cortazar”. Su confidencia abarcó sólo a Marcos y a Magi, dejando
a Bernardo aparte de la esfera de su discurso. Su rechazo era implacable. Su
desdén era tal que ni siquiera lo miró. Pareciera que el hecho de recibirle la
hoja obedecía a un acto de suprema condescendencia. Magi dijo: “Me gusta
Restrepo. Es un buen poeta. Muy maduro. Pero mi preferido es Benedetti.” Al oír
esto último, Marcos hizo un ligero mohín de desagrado (con los años mudaría su opinión de Benedetti, sobre todo al leer su prosa, sus soberbios cuentos). El tono era cada vez más
efusivo bajo el palo de mango, donde los reunidos ensartaban temas de Silvio
Rodríguez. Aburrido, Marcos se preguntó qué más sacaría Bernardo de su morral, que se le antojó una caja de
Pandora. Se conocieron el semestre anterior, en un curso de Psicología. Un
hecho casual los llevó a amistarse. El profesor orientó una actividad en
grupos, y dispuso que integraran uno los que habían faltado a la primera sesión
(tal era el caso de Marcos y Bernardo y de dos o tres alumnos más). La tarea
consistía en responder un cuestionario con base en un texto. En seguida
Bernardo dio muestras de su personalidad estrambótica. Este semestre también
veían otra materia juntos, Taller cognitivo. Bernardo dejó quieto su morral y
se dedicó a terminar su perico. Magi siguió repasando el talonario. “Compremos
una entre los dos”, dijo Marcos. “Pero la pagas tú, Magi. Te quedo debiendo la
mitad”. Magi arrancó una boleta y la guardó en su bolso.“Está bien” dijo. Luego
entregó el dinero a Bernardo. Y el morral volvió a dar frutos. Porque Bernardo
extrajo de allí una revista. “En señal de gratitud, les leeré el tarot”, dijo.
“¿Quién quiere ser el primero?” Todos callaron. En oleadas cada vez menos
nutridas, pasaba gente por el andén o la explanada, en pos de la salida. Los
guardianes no tardarían en dar su ronda, exhortando a los remisos. Bernardo
insistió: “A ver, ¿quién se decide? La que compró la boleta. A ver… Todavía no
tengo el gusto. Marcos, ¿no me presentas a tu amiga?” “Se llama Magi”. “Ah, lo
mismo que ese caldo de gallina al que tanta publicidad le hacen”. A nadie le
pareció chistosa la ocurrencia de Bernardo. Caliche se encerró más en su
agresividad. Sus magras facciones cobraron una expresión malévola. ¿Qué ocurría
entre estos dos? Marcos no acababa de comprenderlo. Se acordó de un compañero
de once, Víctor, que durante los descansos solía señalarle a una muchacha de
décimo, diciendo cosas negativas de ella, que era fea, que tenía el rostro
invadido de acné, etcétera. Marcos no caló el sentido de las palabras de Víctor
hasta que, al final del año, lo vio ennoviado con la muchacha. “Aquí tengo otro
poema de Restrepo”, dijo Caliche con el afán evidente de eclipsar la propuesta
de Bernardo. “¿Quieres oírlo, Magi?” Bernardo se sintió picado y no dio tregua.
“Veamos, Magi, ¿en qué mes naciste?”, dijo. Magi le suministró el dato. “Bien,
tu atributo para la semana es honestidad. Sigues tú, Marcos. ¿De qué mes eres?”
“Marzo”. “Tu atributo, actividad”. La tirantez entre Caliche y Bernardo se hizo
irrespirable. Caliche continuó en su idea de leerle el poema de Restrepo a
Magi, extendiendo su reticencia a Marcos. El hecho de que este se mostrara atento con Bernardo, parecía indisponer
a Caliche en su contra. Caliche comenzó a leer y Magi escuchó los versos con
arrobo. Entre tanto, de manera velada y casi en un susurró, Bernardo le
preguntó a Marcos: “¿cómo se llama ese descortés amigo tuyo?” Con visible
descontentó, Marcos no tuvo más que decir: “Caliche ”. “¿Charly?”, dijo
Bernardo, cambiando la voz, dándole un aire de burla. Marcos no entendió a qué
se refería con ese “Charly”, pero experimentó una indignación tremenda contra
esa forma de hablar de Bernardo, amanerada y frívola. Maldijo en su mente la
circunstancia de conocerlo. Qué tipo más extravagante. Entre tanto, la pugna no
declarada de los otros dos, prosiguió, ahora más abierta. Marcos no cesaba de
meditar el por qué de esta beligerancia. Su rostro, ya de por sí serio, se veía
abstraído por momentos, debido a su constante especular sobre el asunto. ¿A qué
venía esa hostilidad de Caliche? ¿Existía un ingrato referente anterior? ¿Algún
altercado? ¿Era simplemente que Bernardo le había caído mal? ¿No se lo tragaba?
La afinidad en los cursos y los horarios les habría impelido a cruzarse más de
una vez, siguió reflexionando Marcos. Así de sencillo, Bernardo no le gustaba. Caliche era un tipo sagaz, de los que ven el mundo con una óptica descarnada,
con un prurito de perfección que los lleva a ser sarcásticos y virulentos. “A
ver, ¿por qué no nos lee su tarot?”, dijo. El rubio vaciló. Paseó su mirada por
la revista. “Aceptación”, acabó por decir. “Y el suyo debe ser modestia”,
agregó. Magi intervino para calmar el encono. Atrajo la atención de Caliche hacia un fragmento del poema. Se enfrascaron en una especie de exégesis.
Bernardo se olvidó del tarot. Pasó las hojas de la revista hasta detener la mirada en un grupo
de mujeres deslumbrantes, que no podían ser sino reinas o modelos. “¿Cuál te
parece más bonita de cara y cuál de cuerpo?”, preguntó a Marcos. Con evidente
fastidio, Marcos respondió: “De cara, esta; de cuerpo, esta otra”. “Opino lo
mismo”, dijo Bernardo. Y en seguida se zafó a hablar de reinas y reinados, ante
lo cual Caliche terminó por perder la paciencia y lanzó una pulla: “¿No tienes
una revista de Vanidades para que me la prestes?” “No”, contestó Bernardo,
haciéndose eco de la ofensa, pero conservando el aplomo. Magi y Marcos hicieron
vanos intentos por aplacar la brusqueza de Caliche. Comenzaron a apagarse las
luces. Los vigilantes pasaron avisando que era hora de salir. Los cuatro se
levantaron y se dirigieron a la salida. El pelirrojo se colgó del hombro de
Marcos, y Marcos se lo despegó con un ademán discreto, pero elocuente. Caliche y Magi conversaban aparte. Vinieron por el andén, en parejas. Miradas y
sonrisas burlonas asaetearon a Bernardo cuando pasaron frente a las escasas y
sombrías mesas donde aún quedaban personas holgando. Este continuaba con el
embeleco de agarrarse de Marcos, y se
aferró de la tira de su morral. Con el propósito de desprenderse del intruso, Caliche invitó: “Marcos, ¿caminamos hasta el centro?” Antes de que Marcos
tuviera tiempo de contestar, Bernardo dijo: “Yo también camino hasta mi casa.
Vivo en Aranjuez”. Caliche olvidó el asunto ante la sola idea de tener por
compañero de caminata a tan ingrata figura. Marcos tampoco insistió. Seguía en
su catadura reservada y meditabunda. Parecía contrariado. Bernardo los dejó al
fin. Se quedó conversando con un joven, al que corrió a colgársele del hombro y
a hacerlo objeto de su profusa emotividad. Los excusados estaban al remate del
pasillo. Magi se fue al de las damas. Caliche y Marcos también entraron a
orinar. Bernardo no tardó en seguirlos. Los tres guardaron silencio. El rubio
meaba en el caño frente al lavamanos; Caliche y Marcos, en las cabinas. Al
acabar, se reagruparon en los lavamanos. Se miraron en el espejo de la pared,
mientras el agua caía en sus manos. Parecía que hubiesen pactado un silencio
ventajoso para todos. Se oía el sonido profundo del agua fluyendo del grifo.
Marcos ahuecó las manos y bebió agua. Bebió ansiosa, largamente. Caliche buscó
en su morral. Al cabo, sacó una tableta de píldoras y separó una. Pero fue
incapaz de controlarla y rodó al piso. Todos siguieron el recorrido azaroso de
la ruedita blanca. “¡Hijueputa!”, gritó Caliche. Bernardo se inclinó y cogió la
pastilla. Se la tendió a Caliche. “No, ya no la tomo”. Y separó otra píldora.
Bernardo dejó caer la ruedita blanca y asumió una actitud digna. No tardó en
abrir su morral, buscando. ¿Qué sacaría ahora? Prometeo, Epimeteo, Pandora,
fueron nombres que rodaron por el caletre de Marcos, confundidos en una fábula
de bonanza y castigo. ¿Qué sacaría ahora?
Al fin Bernardo encontró lo que buscaba: una guayaba madura, amarilla, con
pintas negras. Se llevó la fruta a la boca, le dio un mordisco y se la ofreció
a Marcos: “muerde”. “No, no”, dijo Marcos, con ostensible embarazo. Encontraron
a Magi a la salida de los baños. “¿Quieres guayaba?”, le invitó Bernardo. “No”.
Se encaminaron a la calle. En la avenida rugía el tráfico. Las tabernas del
frente estaban a reventar. En el andén, una muchedumbre aguardaba transporte.
Al unirse a la multitud, Bernardo se rezagó. Su débil “adiós” sólo fue oído por
Marcos. Caliche y Magi se adelantaron, asqueados. A Marcos le pareció advertir
que Bernardo se despidió de ellos cuando un joven de buena presencia le hizo
una seña furtiva. Pero no volvió la mirada para confirmar su sospecha. Apresuró
el paso para alcanzar a sus amigos. Caliche venía contando algo al oído de
Magi. Al notar la ausencia de Bernardo, le inquirió a Marcos: “¿dónde se
quedó?” “Atrás”. “Corramos, para que no se nos pegue otra vez”. Y cogió del
brazo a Magi, acelerando el andar y estallando en risas. Marcos se quedó serio,
sin alterar en nada su conducta. Caliche le dijo: “¿eres muy amigo de ese?” A
Marcos le dolió tanta saña. “Igual que de ustedes”, respondió, lleno de coraje
consigo mismo, con Caliche, con Magi, con esa absurda noche. “¿En tan poca
estima nos tienes?”
jueves, 22 de diciembre de 2022
Los condiscípulos (Caliche. Cap. 2.)
Que era un muchacho altivo y desdeñoso, era verdad, pero que también atraía cosas singulares en su entorno, por ejemplo, las bellas mujeres que conquistaba, no dejaba de ser menos cierto. Una noche, a eso de las once, vi a Mónica (que era mi vecina) y a Caliche caminando bajo la lluvia, sin prisa, riéndose a carcajadas. Me quedé en la ventana, observándolos. Sus risas apagaban la lluvia, rasgaban el líquido telón de la noche, tenían algo de juego diabólico. De pronto, ya no estaban. ¿Qué se habían hecho? Ahora quien reía era la lluvia. Mónica y Caliche me parecieron pasajeros fantasmas. Las luces de la urbe hacían fulgurar a trechos el desmigajado vestido de la lluvia. Dos enamorados, concitando cosas sublimes y trágicas, se adentraban en la oscura crisálida del tiempo. Si había algo que Caliche sabía hacer era expresar sus emociones. Era capaz de manifestar su alegría con risotadas, su contrariedad con furor. Tal vez por esa sinceridad lo amaban las mujeres. No era como yo, que escondía mis sentimientos, haciendo que Mónica me tildara de afefóbico, cerrado a los afectos. Hay seres bendecidos por el amor, otros que se arrastran por la vida como larvas indecisas. ¿Qué sentí al verlos desde la ventana? ¿Adónde fueron esa noche? ¿Van aún buscando el níveo rastro de la felicidad? Nadie podía osar recoger perversamente la tela de la lluvia y robarles la dicha de sentir las gotas en sus rostros. Hubiese sido el acto más miserable. Merecían el amor, y el amor los merecía. Mónica. Una tarde en Troncos departíamos con varios amigos y ellos, Caliche y Mónica, hablaron de casarse. En aquellos momentos, tal cosa me pareció una estupidez. ¿Cuántas mujeres conocería Caliche después de Mónica? Las mujeres lo aceptaban así, con esa exaltación rebelde, con ese contrariar los cánones sociales, muchos de los cuales tenía por idioteces. Esta forma de ser tan subida, que acaso indispusiera en su contra a los de su sexo, gustaba a las chicas. No quiso graduarse con los condiscípulos de su promoción, dando a entender que los honores y diplomas académicos eran basura. Asistió a la ceremonia, pero se paseó despectivo por la escalera. Parecía reírse de todo eso. Tampoco se había afanado a enrolarse como profesor, absteniéndose de trajinar de un despacho a otro y de sufrir las exigencias burocráticas. Cualquiera que conversara con él debía alistarse a enfrentar a un genio cáustico, dado al sarcasmo. Tenía discurso, era capaz de intimidar con sus argumentos a los desprevenidos, los llenaba de inseguridad, les hacía contradecirse. Prefirió trabajar de promotor de lectura y de catedrático universitario antes que vincularse a un colegio. Durante casi todo su discurrir por la u (aun después de salir seguía haciéndolo) compartió apartamento con otros estudiantes. Su vida fue siempre un poco inestable y, en ocasiones, precaria. Amaba la polémica y gustaba del epigrama. Por algún tiempo, al final de la carrera, se entusiasmó con la linguística, tal vez queriendo emular la personalidad carismática del profesor Sepúlveda. Explicaba la renuencia de los alumnos de Español y Literatura por la linguística de este modo: "salimos de aquí sabiendo muchas cosas de linguística, pero no las jerarquizamos. Están ahí, en el limbo, sin que podamos separar escuelas, teorías, teóricos". Había algo leve y risueño en su ser, una esencia de alegría que, cuando se transparentaba, era su mejor presentación. Sus amigos lo consideraban un buen lector, de agudo discernimiento y bullente mollera. Muchas veces me recomendó autores: Salinger, Lawrence Durrel, Borges, Joyce. Después vino Carmen Eliza. La eterna pregunta de Caliche era: "¿han visto a Carmen?" Una mujer hermosa, Carmen. Tenía esa frescura juvenil y ese encanto sensual que aturden a un hombre. Creo que fue la verdadera pasión de Caliche. Con ella llegó a unirse, tuvieron una hija. ¿Qué sería de Mónica ahora que Caliche tenía otro amor? A veces la hallaba en Troncos y su rostro no mostraba la afabilidad de otros días. Todos íbamos así, enrostrando los desaires del corazón, descubriendo otros ámbitos. Mónica se las compondría, con toda seguridad. Para Caliche llegarían días de desmedrada figura, de pupilas insomnes, de ropa sin esmero. Días malos. Por ahora andaba en el paraíso con Carmen. Era su delirio. Nos cruzamos una noche en que, con su insolente gesto de niño terrible, era roído por el desamparo de Carmen. En su pesquisa llegó a Siguarayaz, donde, a la sazón, me hallaba en la barra bebiendo una cerveza y ahuyentando el sueño con bostezos. Nos saludamos y Caliche me preguntó: "¿has visto a Eliza?" Ese amor tan apasionado me dejaba consternado. ¿Cómo puede uno entrecruzarse tanto con otro ser? Caliche compró una agria y salió a tomársela en la acera. Se reunió allí con un grupo de amigos que bromeaban con una barba postiza. Se la ponían por turnos. Cuando le correspondió a Caliche, entró a la taberna, risueño, y se miró en el espejo, al lado del mostrador, tornando a salir en seguida. Fue un instante misterioso. Caliche con esa barba postiza. Impensable desenvoltura en un rostro que gustaba de la baladronada y las miradas filosas, retadoras. Consentí en acompañarlo al Tíbiri, donde proseguiría con la búsqueda de su novia. Pagó el taxi. Caminando por la 70, rumbo al Tíbiri, me narró la historia de su accidente en moto (que yo conocía ya desde semanas atrás por Blandón), pero que escuché cortésmente, como si la ignorara. Suelo tener estos arranques de magnanimidad. Nada en el Tíbiri. Decidimos buscarla en la Tasca, otra taberna en la que posiblemente estuviera. Alguien nos indicó por donde quedaba la Tasca, pues aunque la habíamos oído mencionar, ninguno de los dos había estado allí. Nos perdimos. Fuimos hasta la canalización (quebrada Los Huesos) y optamos por orinar al pie de la mole del metro. Continuamos nuestra averiguación por ese barrio de casas lujosas (creo que se llama Florida, ese sector). Dimos una vuelta por allí. Antes de salir de nuevo a la 70, descubrimos la Tasca, cerrada, mustia. Seguimos adelante. Caliche quiso seguir buscando en Rumba Antana, pero entonces me separé de él y lo dejé marchar solo con su arrasamiento por Eliza.
martes, 20 de diciembre de 2022
Los condiscípulos (Caliche. Cap. 1. )
La imagen de Caliche que primero me viene a la cabeza es la de uno de sus momentos de frenesí, de loco atravesado. Veníamos caminando por el costado oriental del bloque 9, Saldarriaga, Caliche y yo, cuando, de repente, Caliche atizó una brutal patada al tarro de basura, lanzándolo lejos, yendo tras él, enardecido, dándole puntapiés, exclamando incoherencias, mientras Saldarriaga y yo asistíamos como testigos a ese rapto de extravagancia. Un reguero de vasos desechables y de papeles quedó en el pasillo. Veníamos del centro de documentación de Educación y nos dirigíamos a Troncos. El exabrupto de Caliche fue exactamente en el punto del corredor frente a la zona verde donde hoy está la escultura El maestro, forjador de futuro, de Alonso Ríos Vanegas. Se supone que es lo que íbamos a ser unos semestres adelante, si todo iba bien, maestros, forjadores de futuro. Pero esta vena demencial de Caliche parecía desmentir ese propósito. No nos detuvimos a recoger la basura. Seguimos adelante, sin importarnos que el pasillo quedara puerco. La escultura de Ríos Vanegas es de 1999, un tiempo posterior a la anécdota que relato. Tal vez el destino hizo que la fijaran allí, frente al corredor donde Caliche, años atrás, se había mostrado como un pichón de maestro destructor de canecas. Las cosas tienen sentidos ocultos. Quizás la pusieron allí para prevenir arrebatos semejantes. Porque un maestro debe tener su vena de loco, pero dirigida en otras direcciones, no acreciendo el trabajo, ya duro de por sí, de los empleados del aseo. Bueno, también son cosas de muchacho. En fin. Conocí a Caliche cuando, con Blandón, fui de pirateada a Urabá. Cursábamos once. Nos cruzamos en el camino, en la carretera, como diría Jack Kerouac. Caliche venía con otro amigo, Pedro, al que jamás volví a ver. En cambio, con Caliche coincidí meses después en la u. Estábamos matriculados en el mismo pregrado, Español y Literatura. Santa Rosa de Osos fue el sitio del encuentro. Blandón y yo habíamos llegado allí en una escalera. Era ya el anochecer. Caliche y Pedro venían en un camión de ganado. El conductor se detuvo a fresquear. Le pedimos un avance. Aceptó. Así fue como nos unimos, cuatro jóvenes aventureros. Nos llevó hasta Yarumal. Seguimos a pie, con nuestros morrales a la espalda, por la carretera en sombras. Descansamos en el alero de una empresa lechera, un galpón de cemento y teja cerrado, infranqueable a nuestros intentos traviesos. Allí Caliche y Blandón, al amor de una fogata, se trenzaron en disquisiciones librescas, mientras Pedro y yo los observábamos desmesados. Allí comenzó una amistad de toda la vida entre Blandón y Caliche. No estoy seguro, pero creo recordar que ya entonces Caliche fumaba. Desde esos días tenía pinta bohemia. No puedo precisar qué temas trataron, qué libros y autores trajeron a colación, pero la esencia de ese momento fue esa, la de dos muchachos intelectuales cambiando impresiones sobre esto y aquello, mientras los otros dos permanecían un poco al margen, todos acosados por el frío y la incertidumbre del camino. Recuerdo el frío. Por el frío desistimos de seguir allí y continuamos caminando, para calentarnos. Casi amanecía. Lo que recuerdo de esta pirateada es que Caliche era un muchacho delgado, bien parecido, con un cabello hermoso. Un mata locas. Tenía un aire latino, despreocupado, un tanto altanero. Desde el inicio en la u se agenció las chicas más bonitas, muchachas por las que uno suspiraba y que se rendían ante él, suspirando. Tal ocurrió con Mónica. Una tarde ya desvaída, sin sol, me encontré con Mónica frente al Camilo. Serían las cinco. Mónica venía del lado de la biblioteca; yo, del lado del museo. Nos avistamos desde lejos y avanzamos el uno hacia el otro, sin bajar la mirada. En el borde de la fuente se habían reunido muchas personas, lo mismo que frente al edificio del teatro: iba a haber un espectáculo de música salsa o algo similar. Nos saludamos con afecto. Llevábamos tiempo sin vernos. En nuestros vestidos y maneras se notaba ese tono informal de los universitarios. Mónica era una de esas jóvenes afables, que simpatizan con todo el mundo. Espontánea, franca, conversadora. Al lado de ella perdía mi habitual hurañez, platicaba con entusiasmo, bromeaba, sonreía. Habíamos sido condiscípulos el semestre anterior, llegando a congeniar. Vivíamos en el mismo barrio, Bello, así que salíamos juntos de clase (a eso de las ocho de la noche) y viajábamos en la misma buseta. Mónica amaba los poemas, los muñecos de trapo, las peculiaridades fónicas de algunas palabras, las noches de luna, la lluvia, los gatos. Se burlaba de los rostros rígidos de los pasajeros en las ventanillas de los buses, de las personas aburridas y de todo lo que no encontrara en la vida un motivo de alegría. Estuve a punto de enamorarme de ella. Quizás me enamoré, pero no tuve el valor de decírselo, y después eso pasó. Más tarde me percaté de que Mónica y Caliche eran novios. No sentí celos, nada. Mónica siempre fue una de esas personas a las que adoré saludar. Hablamos de mi trabajo, de lo que significaba ser maestro. Ella comenzaría a enseñar inglés el año próximo, y estaba interesada en mi opinión, pues mi experiencia de dos años como profesor no era despreciable. Entramos a un Camilo repleto de estudiantes ávidos de entretenimiento. Allí nos encontró Caliche. Pensé en el magnetismo, en los vínculos misteriosos que unen a los enamorados. Caliche vino directo adonde estábamos Mónica y yo, como si hubiesen acordado encontrarse allí, en esa banca, entre el maremagno. El espectáculo consistía en un trabajo de baile y cultura latina, cuyo principal atractivo eran los efectos de luces fluorescentes sobre un fondo sombrío. No esperaba la aparición de Caliche. Éramos amigos, pero me había ilusionado con la idea de pasar un momento delicioso con Mónica.
lunes, 19 de diciembre de 2022
Los condiscípulos (Blandón. Cap. 26.)
Dos coronas florales sin brillo, libradas al peso de toda ceremonia, descansaban en un rincón de la sala. La novena de difuntos reunía a la familia, parientes y algunos vecinos. Blandón era el único que usaba ropa negra (incluidos los zapatos): una camisa y un pantalón gastados. Gravitaba sobre la escena el signo de la fatalidad. Las palabras venían matizadas por una incomodidad inexpresable. La madre no daba señas de gran abatimiento, ni siquiera en la voz. No traía ropa fúnebre. Hasta esbozó una sonrisa cuando Gabriel le contaba cómo le robaron el reloj esa tarde en el centro. La alfombra del saloncito de la segunda planta presentaba un aspecto ingrato. En los cuartos había el natural descuido de una casa con un trastorno semejante. Era apropiada la hora para abrir álbumes de fotos y mirar diferentes instantes en que la cámara inmovilizaba al ausente. Mientras los devotos enhebraban letanías, que el niño de la hermana mayor hiciera bulla resultaba un poco extraño, misterioso; pero que hubiera que recurrir al encierro bajo llave en el piso de arriba (Julio lo hizo), era muestra de desequilibrio nervioso. Blandón y Gabriel se ocuparon del sobrino, que gritaba a toda garganta. Lo que hicieron fue hermoso: echarse de espaldas en la penumbra de la azotea y contemplar las estrellas. La familia tenía pensado grabar en la losa de don Jaime unos versos del poeta de Copacabana, José Manuel Arango: "Padre, después de muerto nos hemos vuelto más amigos y tenemos una conversación más larga". A la postre no sé si lo hicieron. Uno piensa epitafios, pero de ahí a que se inscriban en la lápida hay mucho trecho. Por lo general, son ideas volanderas, producto de la emoción: luego se olvidan. A mí se me antoja una insustancialidad, rezago de épocas románticas. La belleza del epitafio alcanzó la cima con Edgar Lee Masters (1869-1950) y sus baladas de Spoon River. 245 poemas-epitafios. Sin duda, es un género que expresa ingenio y versatilidad, pero lo mismo se logra con una máxima. "Mantén tu rostro siempre hacia la luz del sol, y las sombras caerán detrás de ti", nos exhorta Walt Whitman. ¿No es mejor algo así? El epitafio: esa literatura de ultratumba me parece superflua. Cincelar una frase para que nos recuerden es pura vanidad. El verso es otra cosa. Ahí queda la cuñita sobre Edgar Lee Masters, para quien quiera degustar verdadera poesía relacionada con la muerte. En fin, cada loco con su loquera. El tema de las estrellas es más de mi agrado. De niños solíamos aventurarnos a contar las estrellas, tarea que siempre nos rebasaba, dejándonos un regusto de frustración, imposible y el natural sofoco. Quizás los astrónomos tengan el dato preciso de cuántas estrellas hay en el universo. Tampoco es que las hayan contado una por una. Salen del paso con una cifra a la enésima potencia. Adivinando. Siempre he recordado aquella noche en la azotea de la casa de los Blandón, durante la novena de difuntos. Con ellos y el niño, me eché en el piso de cara al cielo y miramos las estrellas. El niño se tranquilizó y creo que alcanzó a soñar. Entonces, como hoy, yo era ignorante de las constelaciones, sus figuras modélicas y sus nombres mitológicos. Debimos ver a Scorpio y su fulgente Antares. Aún hoy, cada que subo en las noches a la terraza de mi casa, evoco la imagen de Blandón echado en el piso mirando las estrellas, el niño a nuestro lado, estupefacto. No recuerdo qué palabras nos liamos con el chiquillo en aquel instante, o si solamente nos bastó contemplar. Prefiero pensar que callamos, y que el cielo habló por nosotros y alivió el alma del pequeño.
domingo, 18 de diciembre de 2022
Los condiscípulos (Blandón. Cap.25.)
A veces venía Gabriel a nuestro apartamento a jugar ajedrez con mi padre y conmigo. Era un muchacho taciturno. Bajaba desde el cuarto piso (ala derecha), hasta el nuestro, que era el segundo (ala izquierda). ¡Ese bloque! Alguna vez habrá que inervarlo en el retrato de aquellos años juveniles, como esa colmena donde se agitaban laboriosas abejas. Le llamábamos, no sé por qué, el bloque 5, aunque creo que era el 4. Los bloques quedaban en el lado izquierdo de la pendiente hacia la quebrada, de este lado de las colinas donde estaba el Hospital Mental. Cosa de locos, como se ve. La quebrada venía de París y la Maruchenga, de esos montes. En ocasiones veo en todo, hasta en la imagen de una quebrada, el despliegue de un ajedrez de la vida, presente a cada paso, decidiéndose a cada instante, unido a la estrategia del universo. El muchacho arriscado que era Gabriel venía entonces a jugar ajedrez en nuestra casa, y nos ganaba. Un "eeh" conturbado brotaba de los labios de mi padre cada que perdía una pieza. Nuestro nivel era muy pobre. Mi padre había sido jugador de billar, de cartas, de chance y lotería, y ahora, en su época de pensionado, jugaba ajedrez. Había aparecido una tarde, al regresar del trabajo, con un ajedrez de madera: "para que nos entretengamos", dijo. Y de verdad que nos entreteníamos. Por esos días todos en casa nos entusiasmamos con el ajedrez, hasta mi madre, que se sentaba a vernos jugar, y que estuvo a punto de medírsele a los escaques. No dominábamos la teoría. Estábamos muy lejos de saber qué es una apertura abierta, una cerrada, una semi-abierta. Pero que nos divertíamos, no cabe duda. También nos gustaba correr como unas cabras por esas colinas más allá de la quebrada, en las cercanías del Hospital Mental y París. Una vez Gonzalo y yo estábamos sentados a la entrada del bloque, descansando, relajándonos después de una salida a trotar. Blandón bajó por la escalera y pasó entre nosotros, brillante el pelo, bien vestido, con un libro debajo del brazo y una expresión de apremio. Lo saludé y me contestó con un seco monosílabo. De soslayo, susurró a su hermano: "murió Bertulfo". Gonzalo puso una cara de no entender. Blandón no se detuvo a dar detalles. Al contrario, aceleró el paso. Gonzalo se despidió, turbado. Yo no sabía quién era Bertulfo. Debía ser un pariente o un conocido de ellos. Me quedé con Hollman, el vecino del primer piso (ala derecha), hablando de la grabadora que me estaba reparando. Hollman era electricista. Pasó un colega profesor de La Salle, uno que dictaba sociales y que tenía una barba a lo Pericles. Hablamos un rato. Era el tiempo de la enfermedad del padre de los Blandón. Época de tensiones familiares, visitas al enfermo en el hospital. El progenitor se agravaba cada día más. El riñón donado por Gonzalo presentaba problemas, el organismo lo rechazaba, debía ser extraído. Quizás el padre no resistiera otra operación. El trance revelaba una emoción distinta, un proceder diferente en cada hijo. Unos ausentes, otros al pie. Pasa siempre. Yo me lucraba literariamente del conflicto de los Blandón. Me parecía incómodo permanecer en la deshabitada casa de estos mientras el señor moría en el hospital. Ellos me habían dejado las llaves. Con las puertas del fondo cerradas, el apartamento parecía más pequeño y opresivo. Se habían mudado debido a la salud del padre, quien luego del trasplante necesitaba un ambiente más espacioso, con una habitación acondicionada especialmente para él. Ahora vivían cinco cuadras más abajo. Me quedaba allí en las tardes, escribiendo. Contemplaba desde las ventanas la vivacidad del aire, el alborozo de las golondrinas, y se me hacía injusto que don Jaime estuviese fuerceando con la muerte, entre los médicos, los equipos y los olores del hospital. Desde el cuarto piso, miraba abajo, a la calle, y veía a un hombre sin camisa, con algo de cavernícola, sentado en un sofá, en el balcón de un segundo piso. El hombre tenía los brazos cruzados sobre las rodillas separadas. Lo conocía. Momentos atrás lo acompañaba su mujer, y los dos tenían un aspecto tranquilo y juicioso, hasta tierno. Él tenía una camioneta azul. Bebía como una bestia y estilaba salir de lo más impúdico en cuanto a ropa se refiere: la pantaloneta como única prenda, bajada, mostrando la hendija de las nalgas. Ahora me llamaba la atención ese hombre, su estar en la tarde, como yo, como los gorjeos de los pájaros y los juegos de los niños en la calle. Transcurría la tarde y la luz se fugaba entre nuestros cuerpos, las duras montañas y don Jaime en el hospital. Soplaba el viento. Abrí un poco las celosías. Ahora el hombre del sofá bebía algo de un pocillo. Bebía a sorbos regulares. Y su mujer volvía a estar a su lado, como una compañía plácida.