miércoles, 30 de noviembre de 2022

Los condiscípulos (Blandón.Cap.24.)

Como dos héroes de la Antigüedad, quizás como dos gemelos de la épica clásica (Catilo y Coras, mozos oriundos de Argos, que Virgilio pinta en la Eneida), Blandón y Marcos recorrían los parajes del centro de Medellín. Como un Dante y un Virgilio, a través de la selva oscura, de los círculos del Infierno, acaso buscaran el estuario de un azul firmamento. Podía ser un viernes, luego de encontrarse en la u, ya al anochecer. Eran seres de intelecto, de sueños, de búsquedas espirituales. También eran guerreros (Catilo y Coras), dispuestos a entrar en batalla. Cada instante era una lid, un pancracio, un avanzar a las malas entre lo adverso. Eran los visionarios, pero, asimismo, los desvalidos, los pobretones, los que no tenían, un viernes de la juventud, para tomarse una cerveza. Y Blandón quería beber. Había un parvo inconveniente, una nadita: no tenían plata. Eran unos héroes en bancarrota. Los dioses les habían cerrado el arca de los tesoros. Hefestos no les había forjado una llave para abrir las bóvedas de los bancos y hacerse con los lingotes de oro. Se dedicaron, entonces, a caminar, a "untarse de pueblo", como decía Blandón. Caminaron hasta el centro. Cuántas veces, durante el pregrado, hicieron este recorrido. Siempre echaban para el centro. Por un lado, porque allí cogían el bus con puestos (tras hacer la cola, claro); de otra parte, porque el centro era un abigarrado laboratorio de vida siempre abierto. Dos pichones de escritor tenían mucho que ver por allí. Blandón se quejaba de que los ojos le dolían, de que, a través de las gafas, veía las cosas distantes y borrosas. Se holgaba en la idea de ser infiel por unas horas a los libros de medicina y dedicarse a recorrer las calles mirando a la gente. Sin duda una emoción magnánima lo invadía, como si fuera un dios aburrido de paisajes y congéneres empíreos y que, solo por novelero, desciende a la tierra a mezclarse con los infelices terrícolas, dignos de piedad, irreparablemente hundidos en el hoyo de la miseria. Caminaron con pasos apacibles. No tenían prisa. Curiosearon en el centro comercial Villanueva. Miraron libros y ropa en las vitrinas. Se toparon con una amiga de Marcos, y este hizo las presentaciones. Blandón miró a su amigo con picardía, endilgándole amores con la muchacha, que tenía un bello aire de libanesa, con una delicada cinturita de avispa y una dulzura cautivante en la mirada. "Ojalá fuera algo mío, es una simple amiga", dijo Marcos en sus adentros. Pero, qué duda cabe, se sentía privilegiado con la amistad de semejante beldad. La joven se llamaba Irma. Se despidió en seguida. Marcos reparó el rostro de Blandón detrás de las gafas. Tenía una expresión delicada, aunque de líneas un poco fatigadas por el desvelo y el estudio; unos ojos bellos, entre grises y azules; un semblante claro, imberbe, de muchacho bien; pupilas pícaras, nariz recta, angulosa, recia. Al verlo así, pensó que el que entre abejas anda... Porque Blandón acababa por parecerle un leal trasunto de los hijos de papi y mami (al menos en el talante), de los estudiantes de medicina con los que se mantenía, y a los que su desprecio o su envidia atacaban a menudo con comentarios corrosivos. Pasaron por el parque Bolívar. Se sentaron en las escalas de la catedral, junto al surtidor, lugar concurrido, donde se paseaba, desafiante, el olor agreste de la marihuana, entremezclado a los rumores y voces nocturnas. "El parque Bolívar es una tragicomedia, aquí está dibujado, o desdibujado, Medellín", dijo Blandón. Y podía ser cierto. A esa hora cuatro o cinco corrillos demostraban la necesidad humana de solaz barato y plebeyo que tienen las seres citadinos, fustigados por los espectros de la violencia y la monotonía. Títeres que bailaban salsa, un negro realizando genialidades con un balón, un grupo de música andina, un mimo. Espectáculos que tenían su público, su ovación sencilla, su recompensa traducida en una moneda o un billete caritativos. Noche de viernes. Cuando la ciudad fermenta placeres y tormentos tan viejos como Roma. Cuando los ancianos van a asilarse en los lechos perversos de una vejez ruinosa y los jóvenes van a las tabernas. Blandón quería beber. A Marcos le dejó asombrado el negro futbolista, sus florituras con el balón le parecieron espectaculares. Blandón rió a pulmón franco con los remedos del mimo. Pasaron por la Arteria y otras tantas tabernas de aire semejante, donde los asiduos, según Blandón, eran intelectuales, ricos. Blandón iba en busca de dos amigos que le debían plata. Los buscaron sin éxito. Roma (el mundo) desplegaría sus festines, sus comilonas, sus hartazgos, y los dos amigos, sin remisión, irían cansinos y tristes a coger el bus. Volverían decepcionados a casa. Los dioses eran pródigos en sueños, mas no en dinero.                          

miércoles, 16 de noviembre de 2022

Los condiscípulos (Blandón. Cap.23.)

Engarzar las historias en la historia es visualizar la trama en la urdimbre, tejer ese contrahilo con el que se logra el dibujo. La historia es lo fijo, la urdimbre, los hilos verticales. Las historias son la trama, lo móvil, los hilos transversales. Las historias son esos hilos que se desovillan entre la sed y el desvelo, buscando el sentido en una dinámica propia, quizás eterna. No soy el primero en pensarlo, que las historias nos toman como vehículo para contarse. La urdimbre es el fondo; la trama, la forma. En la urdimbre del capítulo de la rendición de Neerlandia (Cien años de soledad), García Márquez ensarta al final, en unas breves líneas, la historia del joven comandante que muere de amor por Remedios, la bella. Es como rematar el tejido con un bordado de adorno. El regalo de una historia sencilla y volandera. Es parte del taller del artista, saber tejer. En todos estos días en que enrollo en un huso los cabos sueltos de las anécdotas de Blandón, descubro que las historias poseen una determinación y un impulso en sí mismas. Se buscan entre sí. Al afrontar la muerte de su padre, en esos días terribles en que don Jaime agonizaba, Blandón leía a José Manuel Arango: "llevo tu sangre como valioso don, como extensión de tus potencias; y estoy reunido, en tu sangre, con mi cuerpo". Me compartía esta lectura, estos versos al padre, en cualquier grada de la u, bebiendo un café, esquivando por unos instantes ineludibles responsabilidades académicas. Los cursos no daban tregua. Había que deslomarse y ganarlos. Mientras bebíamos el café y conversábamos, un grupito aledaño teorizaba sobre el complejo de Edipo y la patología de la vida sexual al nivel del hogar. El tabú del incesto, el tema escabroso. A nuestras espaldas, una muchacha leía una esquela dulzona a su novio. ¿Qué había en esas escenas? ¿Qué decantábamos de todo aquello? El amor, el saber, la muerte. Hubo noches de barrio en que Blandón me invitaba a dar una vuelta y yo rehusaba. Prefería recogerme en casa, dormir. A veces sentía que la compañía de Blandón no era muy benéfica para mí. En el sentido de que también era un ser solitario e insatisfecho, que en ocasiones destilaba pesimismo y negatividad. Por otra parte, ¿qué derecho tenemos a turbar la soledad del otro? Entre individuos que se creen superiores el sentimiento de la solidaridad es muy raro. Llenos de indiferencia y desdén, marchan solos por la vida, al borde de una tragedia inevitable. A veces sentía un gran desconsuelo, una desilusión enorme, al comprender que la vida humana, sus vaivenes, tropiezos y esperanzas, eran nada en comparación con esa soledad sin par, agobiante y mortal que experimenta el alma desgraciada. Atormentados por un dolor incomprensible, no tenemos amigos. Solo compañeros de manada. Dentro de toda esta pena, también sentía una invicta claridad, el recuerdo de una tarde, un rincón de la infancia. Siempre seremos niños, no cabe duda. Siempre volveremos a la luz y la gracia de aquel tiempo. Cualquier vez viajaba con Blandón en la buseta, de mañana, rumbo a la u, y lo sentía poco locuaz. Lo saludaba al sentarme a su lado y se quedaba callado. Luego farfullaba algo relacionado con sus ojos y cierto escozor. Estaba muy serio, desanimado, falto de espíritu. Era imposible hablar seriamente sobre cualquier asunto con él. Estaba melancólico. También masculló algo sobre sus contratiempos estudiantiles. Estuvo lastimero cuando empezó a hablar de Fuerbach, Hegel, materialismo histórico. Estuvo lamentable, lacónico, casi tímido. Era un Blandón inédito. La verdad es que pocas veces había visto a mi amigo en tal estado. Habló, obligatoriamente, de poesía y cine y medicina. Habló a lapsos, con una voz de niño amedrentado. ¿Qué le ocurría? ¿Quizás tenía miedo de parecer absurdo? Cuando bajé de la buseta (él seguía hasta la facultad de medicina), debió descansar de mí. No soy un interlocutor muy deseable.               

viernes, 11 de noviembre de 2022

Los condiscípulos (Blandón. Cap.22.)

Un viernes en la tarde me crucé con Blandón en la u. Traía un ramo de flores, creo que eran siemprevivas. Estaba alegre, aunque lo disimulaba con un gesto de gravedad. Iba a visitar a la novia, que hacía la práctica en un pueblo a orillas del Magdalena. Era un viernes de esos en que yo, evitando el gentío, daba un rodeo para salir de la u. Había ambiente de jarana. Me sentía ajeno a ese mundo en que la multitud se uniforma bajo expresiones de halago a unos músicos, donde se bebe o se baila porque sí. Para librarme de la pereza que me vencía, me colgué de la barra gimnástica, subí y bajé quince veces, en tandas de tres. Vi un rostro conocido: la muchacha con ojos de minina golosa, la amiga de Margarita. Sentí su mirada como desde una orilla lejana. Luego, a la salida, me topé con Blandón. Sabía que un ramo de flores podía desentonar conmigo, por mi carácter seco, pero no con él, dulzón y donjuanesco. No conocía mucho de flores, pero me parecieron siemprevivas. Más tarde llegué a estar familiarizado con estas flores. Cuando, al final de la carrera, me fui a vivir con una mujer, a esta le encantaban las siemprevivas. Mantenía un ramillete en el nochero. Las flores estaban secas, pero ella me decía que no estaban muertas, que por eso se llamaban siemprevivas. Yo no entendía bien el asunto, quedaba perplejo. Que nadie me ha visto (¿ni me verá?) ofrecer un ramo de flores a una dama es una verdad de aquí a Pekín. Puedo ofrecerle un libro, de pronto hasta dejar que tome mi brazo al marchar a mi lado (y sentiré lo pequeña y urgida de cariño que es su mano), pero las flores no estarán en el libreto, os lo aseguro. En esto nos diferenciamos Blandón y yo. Él es más romántico, más detallista. Yo tiendo a la aspereza, aunque, cuidado, en ocasiones yo mismo me sorprendo con inesperadas manifestaciones de ternura. Como esa vez (creo que fue en Seminario de Literatura Contemporánea, con Restrepo) en que, al finalizar la sesión, me incliné al oído de una muchacha y le susurré: "¿cuál es tu nombre?" Me lo dijo. "¿Y el tuyo?" Se lo dije. "Mucho gusto", agregó. Se llamaba Ana Cecilia Lalinde. Me dijo su nombre a pedazos, espaciadamente, entre reacia y pícara. "Ana... Cecilia... Lalinde..." Era la primera vez que la veía. Llegué a clase con media hora de retraso y me senté a su lado. No me importó entablar un inofensivo y sutil juego de miradas, gestos, palabras. Acaso reconocí en ella la timidez de una primípara. Reparé en su boca, grande, y en sus labios, gruesos; también en algo como de niña en su rostro moreno, en su voz, en la forma como fluían sus palabras. Ella tenía las fotocopias de los cuentos de Cortazar. Tomaba apuntes con lápiz, con letra pegada, bastante pulida, en un cuaderno de aros metálicos y hojas rayadas. Era muy escrupulosa, y al final de cada relato escribía la bibliografía: el título del libro de donde fue extraído y todo eso. Cuando el profesor citó una frase de Borges ("El universo es la historia de dos o tres metáforas"), ella corrió a copiarla, pero la copió mal ("El universo es la historia de otras metáforas"). Le hice notar el error y ella lo enmendó. Tenía borrador y tajalápiz a la mano. Me agradeció la gentileza. En correspondencia, me mostró en su cuaderno el título de un documento que debíamos leer. Estas cosas no son muy frecuentes en mí. Es decir, lanzarme. Creo que debí aprender algo con Blandón. El que anda entre la miel... También él debió aprender algo de mí. Eso es la amistad, como los préstamos en las lenguas o en las culturas, una cosa bonita. Acaso él aprendió el amor a la literatura de la madre, una mujer a la que le gustaba contar historias. "Vivimos nueve meses en un pueblo esmeraldífero de Boyacá, un pueblo metido en una profunda hondonada. Y cuando, por fin, salimos de allí, juré que si acaso regresaba sería para desandar los pasos. Le digo que yo vivía contando las horas y los días. En ese pueblo había una gran violencia, todo el mundo andaba con revólver o cuchillo, hasta los muchachos de doce años. En la noche no se oían más que balaceras y escándalos. Yo no podía dormir porque Jaime, mi esposo, se quedaba en la calle, bebiendo. Claro que tenía un revólver. Entonces trabajaba con la Federación de Cafeteros y nosotros morábamos en una casita de esa empresa, muy bonita, por cierto. Teníamos tres niños, Martica, Julio y el niño que me mataron, los muchachos deben haberle contado esa historia. Una noche oímos a alguien gritando. Salí a ver y me enteré de que Jaime estaba en la cárcel. Eran las tres de la madrugada. En ese pueblo la luz eléctrica la suministraban con motor, y solo desde las seis de la tarde hasta las nueve. Le llevé una manta y una vela a mi esposo. Era tan loco que intentó prender fuego a la puerta. A las seis de la mañana regresé a verlo. Me ordenó que fuera a visitar al cacique del pueblo. Lo hice. Le conté que Jaime estaba preso y me acompañó donde el teniente, el cual dio el mandato de dejar en libertad a mi marido. Me enteré de lo que había pasado: a Jaime intentaron matarlo entre varios y él sacó el arma. Lo metieron en la celda para protegerlo de los otros. Estos hombres pertenecían a una de las dos corrientes antagónicas del único partido político del pueblo. Este sector se oponía a la presencia de la Federación de Cafeteros en el lugar. Habían amenazado con matar a un empleado de esta firma. Apenas nos dimos cuenta de esto, Jaime presentó renuncia irrevocable. Empacamos. Dijimos que nos íbamos porque los muchachos no resistían el calor de ese pueblo (les formaba vejigas en la piel). No es cierto. Huíamos de las amenazas". Sí, la mujer, la abuela, la madre, siempre estará en el comienzo de las historias. ¿No es hermoso?            

jueves, 10 de noviembre de 2022

Los condiscípulos (Blandón. Cap.21.)

"Tengo unas ganas de pichar", dijo Blandón, exclamativamente, jocundo, arrebatado, al acercarnos a la cola para coger la buseta. Celebré su ocurrencia, aunque el verbo "pichar" me pareció vulgarote. Ah, cómo estábamos de rijosos y achispados esa noche (veníamos de La Montaña, de la chancera). Blandón flirteaba hasta con los postes eléctricos. Nos reíamos hasta de nuestra amarga soledad. Varias veces lo vi ebrio. Éramos jóvenes, universitarios, el licor era una oferta o un escape de cada fin de semana, el deshollinador del alma. Reconocíamos que el alcohol nos hacía daño. No habíamos nacido para borrachos, era claro. Tampoco para procreadores, a la vieja usanza, con familias de decenas de hijos. En el fondo, no éramos ni desordenados en el apetito sexual. Soñadores, es lo que éramos. Jamás pasó por nuestra cabeza la u como la oportunidad de "quebrar duritos", aprovechándonos de las primíparas. Esto se lo dejábamos a otros, a los que tenían esa naturaleza de hienas. A nosotros nos sorprendían por ahí, escribiendo poemas o caminando en solitario. Claro, el amor zumbaba en nuestro entorno, como un huracán que nos descuadernara la vida. Amor, urgido amor. Era tarde, una y media de la madrugada. Me asomé al balcón al oír ruidos y voces en la calle. Creí que llegaba mi hermana. Me sorprendí: era Blandón. Lo vi conversando con el sereno. Me saludó con fervor. Pensé: "¿estará ebrio?" Cuando entró al edificio, subió la escalera, quedó frente a mí y me habló, lo confirmé. Su aliento tenía acidez de licor. Traía su morral rojo raído, una camisa café o vinotinto, sus gafas. Me dijo: "vengo de un lanzamiento" y sacó un libro, una recopilación de cuentos, y me lo enseñó. Conversamos algo al respecto. Le dije: "estoy desvelado, me he acostado dos veces y las mismas me he levantado". Le conté que estaba pendiente de la llegada de mi hermana Nativa. "Debe estar parrandeando", dijo. Olvidamos el asunto. "Vengo de striptease", dijo. Y a continuación me enumeró los nombres de los amigos, poetas todos, que lo invitaron a ver mujeres desnudas y a tomar. También me habló de una chica que conoció, que lo trastornó. "Es psicóloga de la San Buenaventura". La había conocido y abordado en el cóctel. Salieron a dar una vuelta. Se sentaron a la sombra de unos árboles. Ella quiso abrazarlo, pero se cohibió; él quiso besarla, pero se apocó. Todo eso me dijo. También me dijo que en el striptease no estaba contento, porque solo pensaba en la chica psicóloga. Si hubiese tenido plata la habría invitado a algún sitio. Lamentablemente, no tenía. Hablamos otro rato y nos despedimos. Subió la escalera diciendo: "el aguardiente me hace daño".      

miércoles, 9 de noviembre de 2022

Los condiscípulos (Blandón. Cap.20.)

En el fondo, al escribir estos recuerdos, siento que no es la compulsión del maniático lo que me impulsa, sino una necesidad más profunda: la de verme en el espejo de los otros. El ser que sale a flote de la marea de estos hechos, me deslumbra con su nobleza y me espanta con su ruindad. Cada uno tendrá su veredicto. En la balanza de su conciencia, estimará qué parte inclina el fiel. Con respecto a Gabriel, mi contrincante ajedrecístico, debo decir, en abono de este servidor que, con con los años, emparejé su nivel gracias al estudio. Ya veteranos jugamos unas partidas en Palermo, obteniendo un honroso empate. Jugábamos en la noche, luego de la cena. Javier y la madre veían tele abajo, mientras nosotros, en el piso de arriba, nos dábamos madera, oscilando entre el triunfo y la derrota. A mi juicio, de los Blandón, es Gabriel, el menor, quien mejor juega ajedrez. Blandón también lo practica, pero sin la pasión necesaria. Su hijo, en cambio, es un ajedrecista profesional, inscrito en la Liga desde niño. La última vez que jugué ajedrez con Blandón fue en la u, en la cafetería, una tarde. Fue en los días en que yo terminaba la carrera. Con Gabriel, por el contrario, ya maduros, nos citábamos los sábados en Los Peones y contendíamos. Con cada uno de ellos he manejado una afinidad distinta. Con Gonzalo era la música. Con Julio, la inquietud por el arte. Blandón me ha acompañado, sin embargo,en mi faceta más notoria: la de escritor. Una noche lo arrastré al centro y nos tomamos unas cervezas en la heladería La Montaña, frente al antiguo edificio de la Gobernación. Nos habíamos encontrado en las afueras de la u. Nos embarcamos en una buseta. Blandón me acompañó a jugar un chance. La Montaña era un sitio concurrido. Casi todas las mesas estaban llenas. Los meseros con sus camisas blancas, sus pantalones oscuros y sus rostros juveniles, no se daban respiro. La expectativa por el partido de fútbol entre Nacional y América (por un cupo a la semifinal de la Libertadores) hacía que la gente bebiera y hablara animadamente. Conversamos. Blandón abrió su cuaderno y me leyó cuatro poemas que escribiera recientemente. Traía el libro de César Vallejo que yo le presté. Hablamos de escritores jóvenes que prometían, de poetas malos, de concursos literarios y cosas de ese jaez. Yo evitaba dar a mis palabras un tono intelectualoide. No deseaba frases pedantes: solo quería beber unas cervezas, acompañar a Blandón, el cual tenía una pesada sombra de soledad y tristeza en los ojos, a causa de un revés en un examen en la u. Para él había llegado el momento de las cavilaciones. ¿Era su destino ser médico? El asunto era serio. Recordamos anécdotas del viaje a la costa haciendo auto-stop. Dijo: "debíamos sentarnos alguna vez y escribir la historia de la pirateada". Era buena idea, nostálgica, pero inviable en esos momentos. Ambos hacíamos objeto de una atención de estetas a la chancera en su caseta, junto a nuestra mesa. Era una mujer de joven aspecto, rasgos finos, piel blanca, cabello exuberante, con un corte sofisticado y un tono rubio. En la caseta, junto a ella, se hallaban dos niños, seguramente sus hijos. Trabajaba con pulcritud. Traía una blusa rosada, muy bonita, y cuando se abría la puerta de la caseta, frente a nosotros, podíamos gozar el incitante espectáculo de sus piernas majestuosas, proporcionadas, realzadas por el brillo sugestivo de las medias de lycra. Sus piernas nos hicieron soltar un silbido de admiración. La deseamos con lascivia. Nuestras miradas fueron las de dos sátiros sin gracia, pero rijosos. Sin embargo, la chancera y su atractivo conseguido artificialmente, como la mayoría de las femmes, no era una realidad profunda, un suceso trascendental, significativo, importante, para nosotros. Era simplemente un objeto sensual que excita, imagen libidinosa. Nuestros pensamientos esa noche seguían líneas más íntimas. Por un lado, Blandón enfrentaba la posibilidad de una descalificación de la u por bajo rendimiento. Y yo, por mi parte, pensaba en Magnolia. Y mi pensamiento, exaltado por la líquida y espumosa resultante de la cebada y el lúpulo, se traducía en frecuentes idas al teléfono público, en inútiles intentos de comunicarme con ella. No pude. Y Blandón, listo siempre a las salidas jocosas, dijo: "tienes un gran aspecto de minotauro". Entre intelectualoides uno podía captar el significado llano de esas referencias metafóricas. Yo les resté valor a sus sospechas. Quería hablar con esa muchacha. Y me prestaba a las burlas de Blandón: "no me digas que estás enamorado". Por una fácil asociación de ideas (y dada la peculiaridad de mi carácter), Blandón, acertadamente, llegó a la conclusión de que yo podía estar llamando a esa muchacha "muy linda y buena" con la que días atrás me viera paseando por Junín. Era noche. Veíamos los rojos números en el reloj de pared, indicando el curso inevitable del tiempo: 8,17. En la calle había un televisor, gente agrupada ya para ver el partido, para gritar por su equipo favorito. Para nosotros ese acontecimiento era algo baladí. Podíamos presenciarlo o no presenciarlo. Nos repelía el fanatismo. Ahí estábamos Blandón y yo, viejos amigos, compañeros de aventuras y de diálogos, habitantes de mundos distintos y semejantes: él, médico en proyecto; yo, profesor; ambos poetas, literatos, según nuestro parecer. Ahí estábamos, ocupada la mente en problemas particulares, acompañándonos, en un gesto de solidaridad algo patético. Unidos por los vapores espiritosos de la cerveza, por el don singular de las palabras, por emociones inciertas. Ambos sorbíamos, con la cerveza, una derrota, una caída que nos abría heridas en el alma. Era eso.                  

Los condiscípulos (Blandón. Cap. 19.)

Es así como ocurrieron las cosas (si no me equivoco): una vez el padre se pensionó, empacó sus bártulos y se mudó de Támesis a Medellín con su esposa y sus hijos menores, optando por vivir con los universitarios en el apartamento de Bello. Son las decisiones que se toman cuando nos hacemos viejos y los vástagos crecen. Se busca otro nido. Un espacio que brinde las mayores oportunidades para todos. Por otra parte, ya los benjamines habían terminado el bachillerato. También tenían listas las alas. Tener dos casas y mantenerlas atenta contra el bolsillo. Sí, creo que es así como ocurrieron las cosas. Seguían en posesión de los predios solariegos: la madre en Palermo, el padre en Monguí. Pero el batallón en pleno ahora formaba filas en la Ciudad de la Eterna Primavera. Me agradaba visitar el apartamento de los Blandón. Me parecía encomiable el aspecto sencillo y la afabilidad de esta familia. La madre con su saludo austero y sus incursiones a la cocina para revisar las ollas; el padre enfermo, retirado en su dormitorio. Los muchachos adueñados de la sala, estudiando. En ese hogar se me abrían las puertas con una modestia y una familiaridad indudables. Allí se me brindaba siempre un café que yo bebía con fruición. Una o dos veces por semana subía al 401 a jugar ajedrez. Preferiblemente después de comer, con el propósito de hacer la digestión, al tiempo que me entretenía. Mi rival frecuente era Gabriel, un muchacho que solía dar la impresión de displicente, huraño, pero, cuando se lo abordaba, resultaba grato. Nunca le ganaba. Me encontraba en la etapa en que se cometen todas las torpezas del novato. Yo sabía mover las piezas, mas no poseía una gran concentración. Partida tras partida notaba, no obstante, mis progresos. Cada vez mi contrincante me otorgaba menos gabelas. Jocosamente, le llamaba así: "mi contrincante". En ocasiones, me preguntaba por qué me sometía, noche a noche, juego a juego, a esa segura derrota. Reconocía el placer de luchar, de personificar los anhelos de triunfo en esas figuras de madera de desplazamientos establecidos. Tal vez hubiese una migaja de masoquismo. Y, sobre todo, el inconfesado afán de vencer a mi adversario alguna vez. En el fondo, los momentos entregados al lance del ajedrez eran un asunto secundario. Lo que buscaba en realidad (especialmente en los días en que no salía de casa) era un rato de esparcimiento, la ocasión de charlar con Blandón o cualquiera de sus hermanos. Eran mis amigos de hace tiempo. Blandón siempre estaba listo a presentarme inquietudes literarias, listo a bromear. Tenía un espíritu más afín al mío. Salía de mi apartamento (el 202), subía la escalera, tocaba en el 401. La cerradura producía un sonido gruñón. La puerta se abría. Aparecía Blandón: sus gafas, su cuerpo, su bolso, sus ojos que miraban analíticamente. Como que recién llegaba. Él cerrando la puerta y yo tocando. Como estaba en su casa, objeto de una nocturna hospitalidad, saludé antes que él. Blandón era un poco ceremonioso. Le encantaba que sus gestos tuvieran un amplio campo de resonancia. Pasaron varios segundos antes que respondiera a mi saludo. No lo niego, cuando lo hizo me sentí admitido en su presencia. Para halagarlo, leí en voz alta y acariciadora el gran letrero de su camiseta: "Molokai". Ya me hallaba sentado en la mesa, frente a Javier, el tablero de ajedrez entre ambos con las últimas piezas, las que decidirían la victoria. Blandón dejó el bolso en un canto de la mesa. Me alargó un suplemento literario, luego de localizar un artículo que, en su opinión, debía interesarme. Además, trajo dos revistas prestigiosas, que puso en manos de su madre, con el debido comentario calificador. Era un hombre de ideas seguras, hablaba con cierta arrogancia, como desafiando a su propia conciencia a generar razonamientos audaces. Me puse a hojear la reseña. Blandón intervino con preguntas, asertos, suposiciones, chistes. Entretanto, había ido a la cocina por su comida, que devoró en un santiamén, mientras yo pensaba en el espíritu nutrido con base en lentejas y arroz. Lo que más me gustaba de él era su buena fe. Siempre estaba atento a mostrarme los libros que conseguía, a sugerirme autores, a prestarme artículos. Todo escrito que encontraba relacionado con la literatura negra, se creía en obligación de cedérmelo, supuesto que mi interés era indudable, lógico. Pero yo desconfiaba de esas categorizaciones. La literatura es una, sin color. Esa noche salí de casa de los Blandón con dos textos de M. L. King.                 

lunes, 7 de noviembre de 2022

Los condiscípulos (Blandón. Cap. 18.)

Javier, uno de los menores de los Blandón, vino a Medellín el fin de semana. Vive en Palermo, corregimiento de Támesis, con la madre. Su visita obedecía a dos objetivos: por un lado, participar en una carrera atlética; por el otro, acondicionar la ducha del apartamento de Bello, según las necesidades de la edad de la madre. Me telefoneó el viernes en la noche. Estaba recién desempacado en el apartamento. Es electricista, así que no tendría dificultades con las modificaciones en la ducha. La madre viajaría a Medellín la semana entrante, quizás a diligencias médicas. Javier se anticipaba a tenerle todo listo en lo tocante al baño. Es el compañero de esta, su mano derecha. Pasa igual que Smith con mi padre. Las familias se disgregan, los viejos se quedan solos, y, en el mejor de los casos, uno de los vástagos (el "quedado") vive con ellos. Una pintura optimista, porque el abandono de los seniles es aterrador. Javier no se ausenta de Palermo sino lo necesario. No le gusta dejar sola a su viejita. Quedamos que en otra oportunidad (quizás en unos días, cuando él acompañe a la madre a las vueltas médicas, aunque el asunto no suele pasar de buenas intenciones) tomamos un café. Por esta época es con quien más fraternizo. Con todos ellos me he llevado bien, incluso con la hermana mayor, que es mi colega, que hace teatro y escribe. En estos últimos tiempos he estado dos veces en Palermo, y Javier ha sido un excelente anfitrión, como siempre. Años atrás también coincidimos en Boyacá (Monguí), durante unas vacaciones que pasé allí. Íbamos a los piqueteaderos, visitábamos a sus parientes, salíamos a trotar (deporte que nos ha gustado de vieja data). Éramos los atletas del barrio, la gente ya nos reconocía. Hacíamos diversas rutas. Algunos nos saludaban al pasar. Me pregunto si, así como yo escribía en mi diario apuntes sobre todo tipo de personas, alguien, maniático de la escritura, hizo alguna anotación en su libreta sobre nosotros, los atletas de las Cabañas. Acaso el propio Blandón. O cualquiera con la pasión de la hoja en blanco, que no eran pocos por allí. Como digo, cada hijo de familia emborrona cuartillas. Suele ocurrirnos que no concedemos valor literario a las cosas más inmediatas, las desestimamos por sencillas y corrientes, cuando es allí donde está el filón. Estévez nos enseñó a fijarnos hasta en un olor, a dar belleza a lo más nauseabundo.  Me pregunto (estoy muy necio con esto) si alguien de esa época, de los que me veía cruzar corriendo rítmicamente, escribió algún trozo sobre mí. Puede que sí. Tal vez nunca lo sepa. El propio Estévez, con todo lo que nos tratamos, solo escribió dos renglones sobre mí. Al menos es esto lo que aparece en Diario de un Escritor. Yo he escrito cantidades sobre mis conocidos. De Blandón poseo páginas y páginas. A Javier también lo he retratado en mis cuadernos. Javier. "Desertores", nos llama, puesto que mi familia se  mudó de Bello y vendimos el apartamento: Todo esto en el trajìn con la enfermedad y el deceso de mi madre. Creo que de los inquilinos iniciales del bloque (por allá de 1984) solo quedan ellos, los Blandón. El suyo es un apartamento que pasa solo la mayor parte del tiempo. La madre no lo vende precisamente por esto, por tener un lugar en la ciudad donde llegar. Es una comodidad incuestionable. Imagínense pagar hotel o molestar a los parientes, no. No deja uno de pensar en la soledad y la extrañeza que sentirá Javier al recalar allí. Los antiguos habitantes nos marchamos. El sector está muy cambiado. "El Barrio Obrero está irreconocible", me dice. Sí, los conjuntos de edificios, los negocios de toda laya, gente de nuevas generaciones, comprendo. Por otra parte, nosotros ya marcamos con el cinco. Somos unos veteranotes del carajo. Le digo que su llamada y su visita al apartamento me animalean la nostalgia. Le pregunto por doña Graciela y sus hijas, las vecinas del frente, tan antiguas como nosotros en aquel lado de Bello. Me dice que acaba de entrar en casa, que tal vez las salude luego. Una noche de viernes en el apartamento de los Blandón, qué de recuerdos. De veras que me puse nostálgico. La vida, los pensamientos, las palabras, las acciones que tomaron cuerpo en aquel piso 401. Allí afrontaron los Blandón la enfermedad y la muerte del padre, hace más de treinta años. La madre se acerca a los noventa. Es una mujer de una salud y un buen carácter envidiables, con la memoria intacta, conversadora. He tenido la oportunidad de gozar de estas sus virtudes. El padre murió recién entraba a los sesenta, quizás menos. Todavía me parece verlo en la escalera, donde nos cruzábamos a veces, con su gesto contenido y sus palabras precisas. Se había pensionado. No más bregar con alumnos. Se quedaba días con sus hijos citadinos. ¡Lo que es un hombre! Una figura, unos mohínes, unas palabras. Un hombre muy medido, de rostro serio, de movimientos pausados. Su voz también era medida. ¿Qué idea tendría de mí? El amigo de mis hijos. Mi hermana mayor cuenta que mientras el padre de los Blandón agonizaba o moría en el hospital, ella lo vio en Junín, miraba unos zapatos en una vitrina. Qué susto el que se llevó cuando le dijimos que el señor era difunto. "Me espantó", fue la conclusión de mi hermana. Sí, ¿qué otra cosa podía ser? Un espanto. Un mal renal lo aquejaba, requería un trasplante si quería vivir unos años más. De los hijos, Gonzalo fue quien salió apto, luego de los exámenes, para donar el riñón al padre. Sin dudarlo, accedió. No sé si acaso el padre de Blandón bebió mucho y ahora el riñón le pasaba factura. Mi padre sí se los tomaba, y con ganas. De jóvenes nos desmandamos, sin parar mientes en advertencias. Como en el poema de Cavafis, la prudencia no es una buena consejera. Según el poeta egipcio, hay que gozarla, no dejarse echar cuentos de esa vieja roñosa. Claro, el viejo efebófilo se arrepiente de no haberse echado a la muela más mancebos. ¡Alejandría! Es muy raro que la relación del padre con los hijos sea buena. Siempre habrá un detonante. Durante una enfermedad salen a relucir las miserias y las grandezas de una familia. Un riñón. Leopoldo Bloom. Por aquellos días un hombre colocó un aviso en el periódico: "se vende riñón". ¿El motivo de esta extravagancia? Que estaba aguantando hambre y necesitaba plata. La vida continúa, nada la detiene. Nos mata el riñón o nos mata la mujer. Fue el caso de un minero en Amagá en ese tiempo. Su mujer, en venganza por el maltrato, le echó veneno en el chocolate. La mujer se siente ultrajada. ¿Y las que matan por celos? ¡Dios! Es una cosa bárbara. Y están los que mata el alcohol, como el hijo del Suave que, borracho, cayó de un puente al río. El Suave, el viejo sabrosón de la taberna de salsa. También se los tomaba, mientras se encargaba de cobrar. No se le perdía un céntimo. Mario, el hijo, pasaba los pedidos, lavaba los vasos, picaba naranja. En ese tiempo la familia de Blandón atravesaba por un torbellino de emociones contradictorias, como cualquiera en la misma situación. Un día caminaba con mi amigo por el centro, y este se conmovió profundamente al ver a un hombre cargando en los hombros a su hijo paralítico. Con una pesada caja de cartón en cada mano, el hombre caminaba entre el cardumen de gente ostentosa y gaya. "Qué contraste", apuntó Blandón. Ya en la buseta, todavía pensando en el cuadro citado, dijo: "me gustaría especializarme en pediatría para ayudar a niños como ese". El muchacho venía bien asido con los muslos y los pies a los costados de su padre. Tenían facha provinciana. La vida sigue. En aquella Navidad Blandón planeaba trabajar cuidando una casa (creo que de unos familiares), pero le resultó un viaje a Carolina y cambió de pensamiento. Mejor irse a pasear. No lo niego, esperaba que su compañía me entretuviera un poco en esos días navideños. Así no tendría que ir en busca de camaradas que vivían en otros barrios. Ahora Blandón se había ido. No es que me sintiera desamparado, pero Blandón era un alma afín a la mía, nos movíamos en el ámbito de búsquedas similares. Por otra parte, estábamos muy entusiasmados con el ajedrez. Una mañana de esas nos encontramos. Yo estaba en la fachada del edificio, acababa de trotar, cuando Blandón salió con su aspecto de viajero, acicalado, con morral a la espalda, todo jovial y pimpante. Nos dimos la mano deseándonos feliz Navidad.                     

jueves, 3 de noviembre de 2022

Los condiscípulos (Blandón. Cap. 17.)

La familiaridad era mucha. Uno al otro nos visitábamos en los respectivos apartamentos, generalmente para tratar algún tema literario o para gozar de un rato de ocio. El apartamento de los Blandón, como espacio de universitarios que vivían solos, ofrecía más confianza, más oportunidad para el desparpajo. En el mío estaban mis padres que, aunque eran formales, no dejaban de representar el mundo de los adultos, con todas sus connotaciones coercitivas. Las bromas y las risas eran pan del día en el apartamento de los Blandón. Gonzalo mantenía a la mano su repertorio de chistes, en una competición a muerte con Faustino, el inquilino del quinto piso, que era otro mamagallista redomado. Si me propongo, puedo describir, punto por punto, cada rincón de esa casa, donde tantas veces estuve, siendo para mí un segundo hogar. Pero este no es mi propósito al presente. Blandón el literato es quien me ocupa ahora. Alguna ocasión llegaba a mi casa y mi hermana servía la cena. "Yo me le mido", respondía Blandón al ofrecimiento de mi hermana sobre si quería comer. Y comíamos en la mesa, conversando animadamente. Y Blandón me decía de los muchos cuentos que tenía escritos y de las editoriales que se peleaban por publicarlos. Era un mundo extraño, donde nosotros sólo pensábamos la vida en torno al papel manuscrito o impreso. Éramos papel. Uno siempre pensaba que a Blandón se le iba un poquito la mano en los cálculos, que la realidad le importaba un bledo, que por algo era escritor, vaya dotes de exageración. Las editoriales peleándose sus escritos. Era la más bella de las imaginaciones. Pero es que era un muchacho de veintidós años, con los pies en las nubes. De algún modo, con sus sueños desmesurados, me invitaba a soñar. Por esa época se mantenía preguntándome si no me gustaría publicar. Sus amigos eran periodistas y redactores de revistas. Blandón se ilusionaba con la publicación de su obra en un suplemento dominical. ¿Quién no? Charles Darwin, al ver en el libro Imágenes de insectos británicos, de Sthephens, una de las especies que él descubriera, confiesa que "ningún poeta puede haber sentido mayor gozo al ver su primer poema publicado que el que yo sentí al leer las palabras mágicas 'descubierto por el señor don Charles Darwin' ". Blandón y yo estábamos en la misma empresa, la del espíritu. Esto lo entendíamos ambos. Aún pasábamos por una etapa embrionaria. Luchábamos a brazo partido por llegar. Cualquiera de esos días yo servía de amanuense a mi amigo. Subía mi máquina de escribir manual a su casa y le transcribía un cuento que mandaría a concursar en un certamen universitario. Blandón me dictaba vacilante. No sabía muy bien el sitio correcto donde debía dictar una coma, un punto seguido o un punto y coma. Todo lo resolvía con las primeras: "coma, coma, coma". Yo advertía sus progresos narrativos y se los expresaba con parquedad. Su relato se llamaba No me esperes mujer y transcurría en la atmósfera del páramo de Boyacá. Utilizaba un estilo cinematográfico. Apenas el cuento quedó transcrito en las pulcras hojas de bloc tamaño carta, él rompió triunfal y soberbio el manuscrito. El primer premio del concurso otorgaba doscientos mil pesos. Blandón soñaba con ese dinero. No recuerdo qué ocurrió con ese cuento, si obtuvo o no el premio. Creo que no. Pero Blandón seguiría insistiendo. Aunque tuvo mejor suerte con los poemas, nunca desfalleció en la narrativa. Lo sé porque, ya cincuentón, seguía puliendo sus cuentos y, a la postre, los publicaría. Imagino que ya no tendría ese abanico de editoriales tirándose de las greñas por sus textos, pero él se conformaría con verlos en formato de libro, sin importar el brillo de la casa editora. Son las concesiones necesarias que debemos hacer con los años. En ello no hay merma ni descrédito, solo un estricto sentido de lo justo. En otra oportunidad Blandón vino a mi casa en la tarde. Mamá lo hizo seguir hasta mi dormitorio. Blandón me saludó desde el umbral. Abrí los ojos con una expresión sorprendida y soñolienta. Me incorporé en la cama. Blandón me preguntó cómo iban las cosas en el trabajo (yo ya era profesor en la Salle de Bello), si ya había amaestrado a esos chiquillos a los que les daba clase. Luego, bajo mi exhorto, habló de la posibilidad de triunfo de dos de sus cuentos que tenía participando en sendos concursos. Se sentó en la cama de mi hermano Jhony. Yo sospeché el motivo de su visita, pero simulé ignorarlo y me entretuve platicando con él. Vestía una camiseta de atletismo sucia, unos tenis viejos y deslucidos. Traía vendada la pierna izquierda a la altura de la rodilla: se la había lastimado jugando fútbol. Siempre que juega fútbol se lesiona. Por fin expresó el fin de su visita. Me pidió prestados unos pesos para pasajear. Bajé de la cama, abrí mi gaveta, busqué la plata. También él se puso de pie. Me contó que todavía estaba esperando el préstamo concedido por el Icetex. Se quejó de las dilaciones de dicho organismo con respecto al desembolso del dinero. Apoyé sus argumentos hablando a mi vez de la forma como en la universidad dilataban la plata por concepto de la matrícula de honor. En esos días yo aguardaba ese dinero. Desesperaba por él, mejor dicho. Entregué la plata a Blandon. Blandón habló con displicencia de su modo de trabajar en una traducción del inglés al español que lo ocupaba en esos momentos, en comparación con el modo en que la hacían sus compañeros, a quienes tildó de acelerados. Según esto él iba despacio, pero seguro. No tuve valor para negarme a la solicitud de dinero de mi amigo. Apenas tenía para los pasajes de la semana y había entregado en manos de Blandón el treinta por ciento de mi capital.