El muchacho de Támesis era amigo de Blandón. Llevaba dos años allí. Vivía en un apartamento próximo al parque, en una edificación distinguida. A estos dos jóvenes los había acercado el amor a la literatura. Eran ávidos lectores y poetas compulsivos. Habían formado un círculo literario de provincia, donde la figura más destacada era Everardo Rendón, quien ya hasta había publicado un libro de versos. El muchacho también había degustado las mieles de la letra impresa. Escribía poemas y narraciones. Blandón, que se jactaba de conocedor de la materia, lo presentaba como una joven promesa de la literatura antioqueña. La familia del muchacho tenía una agencia de apuestas con oficinas en varios pueblos del suroeste. Era gente acaudalada. Se habían ganado el gordo de una lotería, una millonada y, a partir de ahí, habían incrementado su fortuna con las utilidades del juego de azar. El muchacho manejaba el negocio de la familia en Támesis. Tenía dieciocho o veinte años. De gran estatura y miembros desarrollados, poseía una fisonomía agradable, altiva. De rasgos pulidos, donde se notaba la nobleza de su casta, tenía un rostro agraciado, donde la nariz de trazo fuerte y el bozo fino eran lo más llamativo. Su cuerpo tendía a una estilización un poco sospechosa, que se conjugaba con unos ademanes impetuosos y una voz amanerada. Tenía parientes en Concordia, tías mojigatas y primos con plata. Había vivido allí en su infancia. Ahora iba solo ocasionalmente, de asueto. Era bachiller. Su anhelo era matricularse en la Universidad de Antioquia a estudiar psicología, para lo cual debía trasladarse a Medellín, idea que le encantaba. En esa época Blandón estudiaba construcciones civiles en el Politécnico, pero ya andaba con la loquera de mudarse a estudiar medicina. Marcos recién había ingresado a la u. Visitó Támesis aceptando la invitación de Blandón, hospedándose en casa de los padres de este. Llegaron el jueves. Blandón, que hacía de anfitrión, le enseñó el pueblo y lo relacionó con amigos. El viernes en la noche hicieron una velada en el apartamento del muchacho, donde estuvo, además de ellos tres, Everardo. El muchacho leyó sus escritos, recibiendo la aprobación de sus invitados. Daba la idea de un tipo con una mente bien puesta, talentoso y agudo. Había realizado una obra satisfactoria y tenía la cabeza llena de proyectos. Exhalaba satisfacción, vigor. Marcos se sentía algo abrumado, humilde, ante la demostración de una disciplina y una imaginación superiores. No dejaba de ver que tanto Everardo como Blandón trataban al muchacho con una consideración rayana en el halago y que este se esponjaba con los elogios de sus admiradores. Marcos, reservado, no iba más allá de su papel de espectador de los hechos humanos. Cuando Blandón le presentó al muchacho y este le dio la mano, Marcos reprimió un ademán de descontento: la molestia y la desconfianza que sentía frente a los hombres que daban la mano floja y lacia. El muchacho era uno de estos. Ni siquiera cerró la mano, sino que la deslizó, flácida, fría, entre la suya, sin presionar, sustrayéndola en el acto, como con repugnancia. Marcos no se fiaba mucho de la gente que era incapaz de estrechar la mano con fuerza y calor. De modo prejuiciado y parcial, había llegado a conferir magnitud de ley irrefutable a este hecho subjetivo. Pero su aprensión no lo traicionó, al menos esta vez. Ya los rones habían liberado la lengua y las máscaras y, en un momento en que Blandón y Everardo conversaban en el salón, el muchacho, con cualquier ardid, llamó a Marcos a su cuarto y allí desnudó su triste vicio. Se metió en la cama y convidó a Marcos con gesto suplicante y abandonado. Lo asía de la ropa e intentaba halarlo al lecho, proponiéndole caricias y contactos. Su voz y sus pupilas expresaban delirio, una ansiedad desmedida, frenética. Cuando Marcos salió de su pasmo y se precipitó fuera de la habitación, tenía la mente embolatada y un rezago de culpa. Blandón y Everardo conversaban ajenos a lo que ocurría, como si conocieran los arranques del anfitrión. El muchacho seguía llamando a Marcos, invitándolo con quejidos y seducciones de mujer. Al regresar al salón, Marcos no contó nada de lo sucedido, pero estuvo silencioso y no bebió más. El muchacho volvió simulando normalidad. Marcos exhortó a Blandón a marcharse. Lo hicieron. Por la calle, rumbo a casa, Marcos venía asqueado, con ganas de vomitar, reprochándose haber bebido. Relató el incidente a Blandón, el cual no se asombró, reconociendo que el muchacho era un maricón. Marcos quiso preguntarle por qué no se lo dijo, pero se lo calló. Comprendía que Blandón era despreocupado y hasta negligente con este tipo de personas. Se había movido mucho entre artistas y sabía lo extendido que estaba el homosexualismo entre estos. Lo veía con una mirada desapasionada, clínica, sarcástica. Al año siguiente el muchacho se trasladó de Támesis a Medellín y se matriculó en la u. Entonces fue más descarado con su manía, tanto en lo ceñido de su ropa como en lo escandaloso de sus gestos y relaciones. Aunque se cruzaba con Marcos, nunca lo saludó, y mucho menos recordó aquella noche de su desenmascaramiento. Marcos no hizo ningún intento de acercársele. Le parecía un individuo indeseable. Le molestaba tener algo en común con él, aunque solo fuera la memoria de un momento execrable. Después perdió de vista al muchacho. Creía que tal vez ni había terminado la carrera. Era un tipo voluble. Quizás se había marchado de la ciudad, pues nunca volvió a verlo. Un día, hablando de él con Blandón, este le contó que el muchacho se había dado al libertinaje. Marcos sabía bien lo que esto significaba. El artista promisorio había sucumbido en el vicio.
lunes, 31 de octubre de 2022
jueves, 27 de octubre de 2022
Los condiscípulos (Blandón. Cap. 15.)
Mi padre se daba cuenta de que a Blandón le gustaban las ideas de izquierda y se cabreaba cada que este me visitaba, que era a menudo. Tenía motivos para desconfiar y preocuparse. Un sobrino suyo, acusado de guerrillero, recién había muerto en una cárcel de Cartagena a raíz de las torturas. Se llamaba Osbaldo. A mi padre le dolió mucho esa muerte. Era el hijo de su única hermana por parte de madre. El gobierno pagó una indemnización, pero esos millones no justificaban la vida de un ser querido. Jamás. Entre los recuerdos familiares uno de los más gratos era cuando viajábamos a la costa (a Uveros) y Osbaldo nos acompañaba en los recorridos de un caserío a otro, bordeando la playa, ayudándonos, además, a cargar las maletas. Era joven, pensativo, trabajador. En una tierra sin muchas opciones, fue aleccionado y conquistado para la causa de las armas. También él tendría esa esencia guerrera. Siempre que Blandón venía a compartirme sus revistas, mi padre se cabreaba. Creía que me estaba influenciando. No sé si Blandón advirtió alguna vez la sequedad de mi padre, su recelo. Debió hacerlo, porque mi padre era poco discreto en su desconfianza. El asunto alcanzó tal dimensión, que una oportunidad saqué provecho, dolosamente, de esta sospecha paterna. Sí, me lucré de que él creyera que también yo era militante de la izquierda y esas cosas. Claro que me arrepentí ahí mismo y negué, avergonzado. A un padre no se le hace eso, me dije. Cómo descansó el mío ante esta retractación. Mi padre nunca ha simpatizado con la izquierda. Es de ideas socialistas, pero entiende el socialismo de una manera muy sencilla, sin cambio de estructuras políticas, sin abolición de la propiedad privada ni estatización de los bienes nacionales, nada de eso. Su socialismo es de compartir lo que se tiene, de dar al que más se pueda. Algo más cercano a Jesús y la multiplicación de los panes que a Lenin y sus comités de obreros, campesinos y soldados. Claro que a través de Jesús, y de Pedro, se creó una burocracia más poderosa que la soviética, la de la iglesia católica. El socialismo de mi padre era utópico, como el de Fourier. Alguna vez, sin duda, soñó con el falansterio y así poder albergar a cientos de seres desposeídos. Nunca hablé con Blandón sobre el recelo de mi padre. Tampoco estimé necesario explicarle a este que las publicaciones que Blandón me compartía eran literarias, poesía, casi siempre. En fín, esos sobrentendidos estaban allí y, de alguna manera, permeaban los pensamientos y los actos. Es que Blandón sí era un entusiasta de la izquierda. Alguna vez coqueteó con la posibilidad de viajar a Rusia con una beca de estudiante. Por ese entonces estudiaba construcciones civiles en el Politécnico. Le llegaban revistas y libros de la Unión Soviética y de China. El comunismo era una cuestión de rebeldía, de negación de la sociedad capitalista, un desafío personal. Blandón andaba envuelto en un aire de revolucionario, de conspirador, al igual que varios de sus amigos de ese entonces, algunos de estos de Támesis. Participaba en las marchas y manifestaciones. Ardía en él la juvenil exaltación de los grandes ideales. Tenía relaciones con el Instituto Colombo-Soviético, hablaba de aprender ruso, y alardeaba pronunciando frases en dicho idioma. En esa época su sueño era la medicina. ¿Tal vez porque el Ché Guevara era médico? Esto último lo pienso ahora. Es una idea que se me ocurre, que salta como conejo imprevisto, y le agarro la cola. Ernesto el Ché Guevara era médico. Blandón siempre ha tenido el don de servir, cierto socialismo de base, sencillo, como el de mi padre. No es el desprendimiento de mi padre, la compasión auténtica, sino algo más racional, algo más de apostolado social, al estilo de Héctor Abad Gómez. Es la imagen que me acude en este momento. La medicina ha sido una de las banderas (junto a la educación y el deporte) de la Revolución Cubana. El afiche del Ché Guevara perduró mucho tiempo en el muro de la biblioteca central de la u, frente a la Plaza Barrientos. Hoy luce el de Carlos Gaviria, acompañado de una frase. Los tiempos han cambiado. Blandón abandonó la carrera en el Politécnico (hallando oposición en su familia, por su volubilidad) y entró a la U. de A. a dar vía libre al sueño vital: la bata blanca, el estetoscopio al pecho, el bisturí. Hoy, tras tantos años, sigue en ello. Es un médico. La universidad era un escenario más amplio, más vibrante, donde la lucha estudiantil estaba viva. Es fácil imaginar a Blandón en las asambleas, gritando sus puntos de vista entre la muchedumbre dispuesta a aplaudir o a abuchear. Puedo figurarme su pasión, el encendimiento de su rostro, la fuerza con que declamaba las consignas, las reivindicaciones. Y también puedo imaginarme cómo su pensamiento fue girando de la vehemencia a un estado más sereno y se volvió más cauto, conformándose con ir a la asamblea, pero sin hablar, porque de pronto lo fichaban los tenebrosos agentes de la represión. En su alma soñadora se decía que era necesario actuar así, aunque se sintiese llamado a ser el paladín del cambio. Ahora entregaba en la medicina la realización de esta obra social de servicio. No un fusil, sino la sabiduría de Hipócrates y Galeno, de Vesalio y Harvey. No las montañas selváticas, los lodazales, sino el aséptico consultorio. El Ché Guevara siguió en su sueño revolucionario hasta Bolivia. Pudo vivir tranquilo en Cuba, como Fidel, como Raúl. Nadie sabe lo que hay en el otro, las orillas de un sueño. Yo puedo entender por qué Maradona admiraba a Fidel y es, además de lo bien que jugaba al fútbol, lo que más me gusta de Diego. Que ser argentino era identificarse con el Ché Guevara, con Fidel. Y los argentinos están más lejos de Cuba, geográficamente, que los colombianos. Esas simpatías tienen que estar en uno. No es posible que vengan de otra parte. Por eso mi padre se equivocaba con esas aprensiones contra Blandón. Las raíces de mi socialismo están en mis ancestros antillanos, en mis bisabuelos. Las islas son revolucionarias. Basta mirar su estilo de vida. Mi primo Osbaldo encarnó, quizás, un sentir presente por generaciones en mi familia: el descontento, la lucha. Escogió el fusil; yo la escritura.
miércoles, 26 de octubre de 2022
Los condiscípulos (Blandón. Cap. 14.)
Cumplo con escribir. No pretendo causar sensación (mi arte está muy lejos del espectáculo), ni polemizar, mucho menos moralizar. Cumplo con escribir, como el dictado supremo e incontrastable de un maestro severo, llamado destino. Cumplo. Sé también que, de alguna manera, es bueno desprenderse de los recuerdos, de las historias. Superar épocas, romper lazos, en fin. Todo ello debe ejercer un don terapéutico en el alma. Toco asuntos cardinales de mi vida, cuestiones muy concretas, en este caso la universidad, figuras y hechos que se presentaron a mi sentido durante este período. Cumplo con escribir. Tampoco espero gratitud. La ley en que me he hecho es dura, casi sin sentimientos. Partir sin decir adiós. Recibir y usufructuar sin dar las gracias. Esa es mi ley. Cumplo con escribir también por que sé que otros no escriben (ni siquiera recuerdan, y esto es una desgracia), bien por falta de idoneidad, bien por falta de motivo. Y así se pierden cosas valiosas. Al escribir y compartir lo escrito cumplimos una tarea restaurativa. Es lo que pienso. Por estos días comparto mis escritos más fácil que mi música. Compartir música es bueno, pero en ello opera un mecanismo facilista, instantáneo, que no genera mucha reflexión. Compartir un escrito, aunque casi no lo lean, genera cosas más profundas. Nunca he estado con el facilismo ni con la rápida respuesta a un estímulo específico. Esto es conductismo. Siempre he sido despacioso y discreto, cuando no evasivo. Hay situaciones que no puedes evadir, sin embargo. Escribir es una de ellas. Así que cumplo con escribir. El muchacho de Támesis era bachiller. Pensaba presentarse a la u, a psicología. Mientras tanto, administraba un negocio de apuestas familiar en este municipio. Tenía plata. Le gustaba escribir. Esto parece una contradicción, pero era así. Tenía la cabeza llena de poemas y cuentos, y Everardo y Blandón hacían su parte, especie de mentores. Esta es la primera impresión que tengo del muchacho de Támesis. Una suerte de presentación. Un muchacho alto y hermoso, pleno de vida y de sentimientos poéticos. Era de Concordia. Este, para mí, no es un dato insignificante. También yo soy de Concordia. El muchacho vivió varios años allí, de chaval, igual que yo. No parecía tener una buena imagen de Concordia: tías mojigatas, primos ricachones. Con esto cerraba el capítulo concordiano. Me temo que es una impresión muy escueta e inmerecida sobre Concordia. Es como los defraudados y rencorosos que sintetizan su opinión negativa de un lugar (oh, incluso el pueblo donde nacieron), diciendo: "es un moridero". No podemos ser tan ingratos. Ni tan miopes. El hecho de que algo no cumpla con nuestras expectativas, no puede dar lugar a que lo tratemos con injurias. Es cual dice Rilke del que se queja de que el mundo no es poético. Lo es, solo que no sabemos conjurar su poesía. Así de sencillo. Hay que ver, por otra parte, lo que los primos ricachones del muchacho opinaban de este, que en Támesis no era otra cosa que un ricachón. Ricachones, qué fastidio, definitivamente, dirá alguien. Concordia es mucho más que unas tías pacatas y unos primos platudos. Cuántos nativos de este pueblo (tanto los que salieron en busca de mejor suerte como los que permanecieron allí) han cantado con orgullo la belleza de sus paisajes y la bondad de sus gentes. Recuerdo ahora a un concordiano, joven de buena familia, que vino a Medellín a estudiar, con quien coincidí en la Facultad de Educación y, más tarde, de maestros en San Antonio de Prado. Nos conocíamos desde niños, pero nunca fuimos amigos. No sé por qué. Quizás por celos profesionales, porque él también escribía. Alguna vez un amigo me pasó una revista sobre Concordia editada en Medellín. Allí encontré dos cuentos de este joven que ahora era profesor en San Antonio de Prado. Los lugares que mencionaba en sus relatos eran los mismos que me habían fascinado a mí desde niño: La Piedra del Gallinazo, El Alto de la Cruz, El Matadero, El Campo, La Antena, La Manga de las Toñas, La Nitrera. Entendí que este muchacho de Támesis no había "vivido" en Concordia, o que miraba todo desde una perspectiva lacerada y altiva. Nada más hablar de la Piedra del Gallinazo es remover un mundo antiguo y rico como Proust y su panecillo y su té. ¿Qué pensé entonces de este muchacho de Támesis? Que era un ser adulterado. Blandón no ha cantado sino su Támesis, el entramado de sus montañas y sus ríos. Habla con amor de Cristo Rey, de Pescadero. En sus labios suena nostálgico y hondo el nombre Palermo. Y qué decir yo con mi San Juan de Urabá. Yo que me sintetizo en una gota de ese mar, en un élitro de ese río. Será que este muchacho tiene otros quereres. Pero uno no puede odiar porque sí. Debe ser que tiene malherido el corazón. También hay gente que se acerca a la literatura desde una pose, no desde un llamado esencial, desde una soledad sin orillas. Yo pienso que la primera condición de la literatura es la soledad. Esto no es un tour, un viaje de turismo, un bus y un hotel y unas entretenciones compartidas. Esto es matarse para la vida. Y no pongo en ello ningún dejo (ni el mínimo) de sacrificio. Porque no es un sacrificio. Es el mayor de los egoísmos.
sábado, 22 de octubre de 2022
Los condiscípulos (Blandón. Cap. 13.)
La película colombiana los Reyes del mundo (en cartelera por estos días de octubre de 2022) trata sobre unos muchachos de Medellín que se van pirateando hasta Nechí, Bajo Cauca, para reclamar un predio enmarcado en el programa gubernamental de restitución de tierras. Son cinco muchachos marginales, especie de gamines o rebuscadores del centro, liderados por el mayor de ellos, Bryan, de diecinueve años, quien es el heredero legal de la propiedad, dejada por su abuela. Impulsados por el deseo de ser alguien y de tener algo, emprenden una aventura que los llevará a los entresijos de la violencia estructural relacionada con la tierra, su posesión, su despojo, su maltrato (el fenómeno de la minería). En esta búsqueda también descubrirán sus potencialidades y limitaciones como personas, como jóvenes pertenecientes a un mundo sin amor y sin ley. El final es trágico, la muerte. Tras muchos años sin ir a una sala de cine, el lunes pasado me acerqué a una de un centro comercial del sur, todo porque Blandón me envió un mensaje de wasap sugiriéndome que viera este filme, que me recordaría el viaje en auto-stop que hicimos siendo unos bachilleres. Y en verdad que Los reyes del mundo sí me hizo rememorar nuestra pirateada a la costa. Al comparar las dos experiencias, hay que decir que las nuestras eran unas circunstancias del todo distintas. Éramos estudiantes, teníamos hogar, íbamos de paseo, casi como turistas, y pensábamos regresar a retomar nuestros libros. Inicialmente éramos dos, Blandón y yo; en el camino se nos sumaron dos más, hasta ese momento desconocidos para nosotros, Gallego y Pedro. A la ida compartimos un trecho de la carretera (de Santa Rosa de Osos a Puerto Valdivia, y después de Planeta a Montería); luego nos separamos, ellos siguieron para Cartagena, nosotros para San Juan de Urabá. La memoria ubicó en la película algunos paisajes transitados también por nosotros a nuestro turno: la vía a la costa hasta Caucasia. Cómo olvidarlo. Escenas en la vìa, como entrar a una tienda a comprar algún alimento, y en seguida continuar camino. Con los años y la preparación académica, los cuatro nos realizamos como profesionales. Algo muy diferente les ocurre a esos pobres muchachos de la película. Les ocurre lo bello y lo horrible. Una escena como de paraíso o de limbo es la que se muestra en cierto punto que deben ser los LLanos de Cuiva, donde topan con un burdelito de matronas otoñales que los atienden como si fueran sus hijos. Pero es allí, precisamente, donde comienza su desgracia. Uno de los clientes del burdel es un sieteleches cuya enemistad se granjean. Entonces se ven envueltos en la vorágine de la barbarie, que tiene que ver con los "dueños" de la tierra. Nuestra pirateada fue, dentro de todo, idílica. Caminamos unos trechos, otros los hicimos en carro (llámese escalera, camión, volqueta, bus). Esta película narra otra cosa, una realidad infernal, donde los jóvenes de cierta condición social no tienen esperanza. Es salir de un infierno para caer en otro. No sé si Gallego la vio. El mensaje inicial de Blandón fue para Gallego, luego me lo reenvió. Yo atendí al exhorto, en parte en homenaje a aquella inolvidable pirateada, en parte por transgredir los gruesos muros de una rutina que a veces ahoga. Ir a cine fue una experiencia tonificante. Fui solo, a la función de 5,30. Era como un neófito, que todo tiene que preguntarlo. Un ser descontextualizado. En definitiva, un viejo, un retrógrado. Compré una botella de agua (carísima) e ingresé a la sala. Tuve que pedir ayuda para ubicar mi asiento, especificado en la boleta. Hasta el último momento temí estar en la sala equivocada. Había olvidado los cortos. Tuve que preguntar al de al lado si allí era donde presentarían el filme. En ciertos momentos sentí que la sala se movía de un lado a otro, un efecto, quizás, de mi psiquis maleada o de alguna sofisticada tecnología. De veras que me sentí mareado. Estuve a punto de retirarme, no porque la película me disgustara, sino porque me atacó la claustrofobia. Una que otra persona se salió, molesta por el contenido del filme, evidentemente. No a todos les agrada que se exhiban las llagas de nuestro sistema. Eso suele chocar. Uno siempre aguarda un final feliz, es una tara de nuestro ser romántico. Pero lo que hay allí es bala para los protagonistas. Plantan una bandera de lástima en un arenerito de mierda, pero son confrontados a la mala por el capataz y los obreros de la mina. No hay, pues, un final rosa. Ya afuera, en la vida real, en el centro comercial, en la calle, en el metro, el desfase se siente. Por unos momentos el cine nos puso a soñar una felicidad posible. La vida real ni siquiera nos da la oportunidad de soñarla, pese a todo lo que se diga. El moldeamiento férreo hacia estúpidos arquetipos y apocalipsis fatales hace irrespirable este mundo. Los muchachos de la película son los reyes del mundo porque son jóvenes y tienen la fuerza de los sueños. Porque, pese a todo, van por lo que creen suyo, así los acaben. Todavía nos dura un poco el halo de magia de la pantalla, pero acaba por desvanecerse, quieras que no. Y vuelve la desteñida y acuciosa vida de la lucha por el pan, de las supuestas comodidades y las guerreadas seguridades. Vuelves a casa, no sin antes detenerte a mercar unos víveres en el supermercado, pensando en la cena. Los compartidos muros de la casa pegada a otras casas igualitas te dan la bienvenida a un espacio familiar, protegido, que has sabido ornar de calidez luego de atender los virtuosos clichés bombardeados cada segundo por el Ubicuo Amigo. Ese que, para bien o para mal, nunca te desampara.
lunes, 10 de octubre de 2022
Los condiscípulos (Blandón. Cap.12.)
Cuando Blandón supo que había
preñado a su novia, se percató de que se había metido en un lío. En su casa no
lo aprobaron. Por esa época las cosas no iban fáciles con su familia, los
hermanos lo consideraban presumido y altivo. Ahora la vida se encargaría de
enseñarle modestia. No se alegraban de sus apuros, aguardaban simplemente que
aprendiera de esto. A la mayoría nos pasa. Nos ponemos de pipí-contentos y de
pronto el baldado de agua fría. “Estoy embarazada. Qué vamos a hacer”. Es un
diálogo repetido, casi un patrón lingüístico de nuestra cultura. Una prueba
manifiesta de lo irreflexivos que solemos ser. “A lo hecho, pecho”. En fin.
Recuerdo a Blandón contándome que su novia estaba en embarazo. Más tarde,
cuando barajaba nombres para el bautizo, también se confió conmigo. Le gustaba
un nombre de la mitología. Tiempo atrás había escrito un texto titulado El hijo
de los dioses. Blandón acababa de regresar de Támesis. “Hola”, saludé. “Hola,
entra”. “Casi no vuelves. ¿Cuánto estuviste allí?” “Un mes”. Tomé asiento. “¿Estabas
ocupado?” “Lavaba un cerro de ropa. Apenas voy por la mitad. No te preocupes,
ya necesitaba un descanso. ¿Cómo van tus cosas?” “Bien. Entregado de lleno a la
u”. Blandón abrió la neverita, sacó un mango y me lo obsequió. “De la campiña
tamesina”, dijo. “Gracias”. Nuestras frases eran algo ceremoniosas, concisas. Blandón
fue al cuarto y retornó con unas cuartillas mecanografiadas. “Léelo. Lo escribí
en Támesis”. “El hijo de los dioses”, murmuré. Un tanto obsequioso leí el
relato donde desfilaban, en desconcertante profusión, divinidades griegas,
latinas, judías, escandinavas, egipcias, precolombinas. Blandón se apartó a la
ventana y escrutó la noche mientras yo leía. “¿Cómo te pareció?” “Está bueno”.
¿”En verdad?” “Sí”. Blandón dejó las hojas sobre la mesa. Acaso aguardara un
concepto más generoso. Me contó lo que había hecho en Támesis. Me dijo de sus
lecturas, de los poemas que escribió, recitando algunos trozos de estos. Yo lo
escuchaba con atención. Vi rastros de largas noches de desvelo en el semblante
de mi amigo. También vi granos. “Me gustaría escribir poesía filosófica. Estuve
leyendo una antología de Rilke”, dijo Blandón. Me aventajaba en lecturas y
experiencia en la escritura. No advertí mucha convicción en sus palabras. Por un
momento quedamos abstraídos. Acabé por despedirme. Me marché mordisqueando el
mango. Era eso. Habíamos estado ahí,
habíamos sido amigos durante mucho tiempo, conocíamos nuestras luchas, nuestras
caídas, nuestras apoteosis. Cuántos viernes lo despedí cuando partía para el
Magdalena Medio a visitar a su compañera (que ya estaba en cinta), la cual
adelantaba prácticas o iniciaba la vida laboral allí. Invariablemente, llevaba
un ramo de flores, y todo él era una materia sensible oscilando entre el
agotamiento físico y los fuegos de fantasía del alma. Se asomaba por la u en
las últimas horas de la tarde, a tomar un café y a departir. Luego se despedía:
“voy a visitar a aquella”. Seguro que iba corto de plata, pero algún libro de
poemas en la mochila le aligeraba el ser. Es de suponer que al final no tomaría
en consideración mis sugerencias de nombres mitológicos, que él y su novia
tendrían bien meditado el suyo, el que a la postre llevaría la niña. Teseo, el
laberinto y el Minotauro se atraviesan por allí. Una historia que siempre me ha
parecido patética. Tanto como la de Orfeo y Eurídice y la de Lot y Sara. Según
esto el que contraviene la autoridad de los dioses, lleva las de perder. Blandón
bautizó a su hija con el nombre de una princesa malhadada al comienzo, dichosa
al final, merced al amor de Dionisos. Todavía yo daba tumbos en la u (quizás ya
había egresado, pero acudía a estudiar o a hacer deporte) cuando Blandón
llevaba a su hija al alma mater los sábados, a programas de estimulación
temprana y esas cosas. Nos topábamos en una cafetería y nos trabábamos en un coloquio.
Curiosamente, fueron los días en que la vida nos fue distanciando. Después de
vivir en el centro tres o cuatro años, volví a Bello por un corto período, unos
meses. Creo que Blandón vivía en Florencia o Barrio Nuevo, en casa de sus
suegros. O recién se instalaba en Bello, atendiendo a las exigencias de
organizar su hogar y conseguir estabilidad laboral. Me mudé a San Antonio de
Prado, donde me resultó una plaza de maestro estatal. Sí, nos distanciamos. No
solíamos visitarnos, una que otra vez. En ocasiones nos cruzábamos por ahí, en
la liga de ajedrez o en una biblioteca del centro. Todavía recuerdo con
sentimiento aquellos días cargados de incertidumbre, cuando parecíamos pisar
tremedales. Todo se fue consolidando, adquiriendo un estado sostenible. Nos dedicamos a criar familia, a trabajar. En
este correr de aquí para allá, nuestros semblantes se ajaron. La poesía estaba
allí para recordarnos que los versos son una eterna juventud del alma, que una
noche prometimos ser inmortales, como Ariadna al casarse con Dionisos. La
poesía, seguimos cultivándola. Creo que el poeta de los buses quemados también
siguió fiel a las musas. Eso espero. Que donde quiera que se encuentre se
entregue al arte de pergeñar lirismos. “El tipo puede hacer un libro entero con
poemas sobre buses quemados”, sentenciaba Luis con malicia. Acaso no fuera una
idea tan disparatada. Era un poeta de lo cotidiano; siempre andaba con sus
cuartillas en un cartapacio; poseía una larga colección de textos en honor a
los buses carbonizados. Entre muchos otros más, que abarcaban los motivos más
diversos y triviales. Podía mostrarte, por ejemplo, tres hojas de versos: una
sobre los políticos, otra sobre su infancia y la última sobre los indigentes.
Era un hombre maduro, con algo de rústico en su empaque. Con decir que a veces
estilaba usar sombrero. Robusto, con el pelo gris entretejido de blanco,
demostraba una ingenuidad rayana en la candidez. Tenía una sonrisa triste, unos
ojos que buscaban los del interlocutor para atraerlos a su causa, para solicitar
interés o comprensión. Reflejaba un no sé qué de bondadoso y tierno. Algunos de
los poemas que enseñaba estaban pasados a máquina. Proyectaba editar un libro
con sus rimas. Había cierto patetismo en este hombre con su cartapacio y sus
poemas, con su inspiración predispuesta al canto de las más prosaicas
realidades. Sus versos eran toscos como él, sinceros, cándidos. Le gustaba
mostrar todo lo que escribía. Se animaba a leer su obra, con acento
declamatorio. Tal vez esa inocencia y esa desaprensión ante el mundo
constituyan, en esencia, un loable ser poético.
viernes, 7 de octubre de 2022
Los condiscípulos (Blandón. Cap. 11.)
Vienen a mi mente
los recuerdos, instantes de vida al lado de Blandón. Recuerdos añejos, de hace
muchos años, cuando éramos jóvenes. Mi visita a Támesis, un pueblo grande y de
empuje, en el suroeste. En aquellos primeros tiempos de nuestra amistad, estuve
allí un par de ocasiones, de huésped en la casa de sus padres. Más adelante,
cuando habíamos trajinado bastante la existencia, Blandón volvió a invitarme a
algún evento cultural en Támesis, pero no pude ir. Después de esto he regresado
una o dos veces, como turista, de paso, siempre ajeno al bombo de la
literatura. Viene a mi mente el recuerdo de aquella mi primera visita, cuando conocí el Instituto Agrícola,
donde él había estudiado, donde su padre, que era maestro, dictaba clases. Un
espacio educativo sumamente agradable, más esa tarde veraniega en que estuvimos
allí. Era época de vacaciones, el Instituto estaba sin alumnos, solo el cuidandero, si no estoy mal. Por ahí debo conservar algún apunte. Mis amigos
deben pensar “qué peligro con ese Marcos y sus apuntes, en cuántos de ellos no
estaremos nosotros”. No, no hay que tener cuidado conmigo. Por otra parte, uno
no puede avergonzarse de haber vivido, sea noble o infame la vivencia. Lo único
que eso demuestra es que somos humanos. Por ejemplo, la sensación del recuerdo
que tengo de aquella visita al Instituto Agrícola es una cosa muy hermosa. Se
relaciona con lo jóvenes que éramos, con la calidad del aire aquella tarde de
sol, con los árboles y sus follajes, con los animales de la granja. Si la
memoria no me falla, creo que uno de los hermanos Blandón se hizo un corte en
la mano aquel día. No en el Instituto Agrícola, sino en la casa. Tenían una
erita de hortalizas atrás. Uno de ellos (creo que Javier) se cortó la mano con
el cuchillo al hacer la cena. Los padres de los Blandón no estaban. Se hallaban
en Medellín o en Boyacá. Mis dos visitas a Támesis en aquellos días se cruzan.
La vez que fui con Blandón los padres se hallaban allí. Cuando fui con sus
hermanos, estos se habían ido a pasear. Eran dos experiencias muy distintas,
según fuera a Támesis con Blandón o con sus hermanos. Con blandón siempre
había agenda cultural, amigos poetas, tertulias. Con sus hermanos el asunto era
más deportivo, salir a trotar, ir al parque, caminar. Los hermanos de Blandón
no escriben, unos se dedican a la pintura, otra al teatro (esta ha escrito algo),
otro a la flauta, uno más al atletismo. Eran muchachos
tranquilos, estudiosos, amables. Sabían que me gustaba escribir y me dejaban
quieto cuando me veían abstraído con mi cuaderno. Yo estaba leyendo La divina
comedia, llevé el libro conmigo. En los ratos muertos devoraba las peripecias
de Dante y Virgilio. La vez que fuimos a una discoteca, me endilgaron amores
con una muchacha de cascos alegres a la que apodaban La correcaminos. En mi
cuento Lucero dejé memoria, más que de la muchacha (cuya figura no recuerdo),
de su apodo. Necesitaba un sobrenombre para esa historia que el maestro Estévez
llamaba “de la putita”. Vino a mi mente el recuerdo de las tardes de Támesis,
los árboles y los conejos del Instituto Agrícola, el desasosiego del corazón:
La correcaminos. En la vida real mi personaje se llamaba Elvia. Me dijeron que
acabó en la Zona, pero jamás supe qué remoquete adoptó. Entonces la bauticé con
el apodo de la joven de Támesis. Cuando mi cuento Lucero se publicó y los
Blandón lo leyeron, se percataron de mi homenaje a aquella triste muchacha.
Bastante se rieron, acordes a esa vena de mamagallistas entreverada a su
naturaleza grave. De esta forma fue como trencé mi historia con la del pueblo
de mis amigos del edificio. No sé si Blandón escribió alguna vez sobre las
experiencias de la piratiada a Urabá. Hartas aventuras que pasamos. Sé que en
Elegías a Cristo me dedicó un poema, cosa que le agradezco. Yo sí he escrito
muchas páginas sobre aquella caminada. Gallego se convirtió en un condiscípulo
de la u, un tipo consagrado a la literatura, más desde la disciplina de la
exégesis, que desde la creación. Creo que después de Blandón el turno es para
Gallego en estos retratos. Otro pez gordo. Con estos tipos me conozco hace más
de treinta años. He visto correr sus vidas a la par que la mía, si bien desde
un butaco a la distancia, algunas veces con inmensa sensibilidad. Tras La
correcaminos, a la sombra de esta imagen, se yergue la de los Blandón, la de
Támesis y sus montañas y sus ríos, y sus brisas. Fue mi primer cuento maduro,
mi cuento de taller, según las especificaciones de Estévez. Otra deuda tengo
con los Blandón. Ese cuento lo escribí en su apartamento, una tarde en que me
dejaron cuidándolo. Subí desde mi casa mi máquina de escribir y, en completa,
soledad, en el resplandor solar de la tarde, me entregué a la recordación. Fue
una circunstancia dulceamarga. El padre de mi amigo estaba enfermo, y ellos se
habían mudado de casa viendo por la salud de su progenitor, a quien le hacía
mal la escalera. Hay que ver que vivían en el cuarto piso. Alquilaron una casa
unas cuadras más abajo, un primer piso. Cuando su padre empeoró, apenas si
tenían tiempo de darle vuelta a su apartamento. Me dejaron la llave. Era lo que
necesitaba. Esa historia aullaba en mí desde hace tiempo. Solo requería el
momento y la disposición para volcarse. Todo armonizó. Entre el dolor y la
alegría, entre otoño y primavera, di a luz ese cuento. Razón de más para
literaturizar a La correcaminos, para hacerla sueño. En esos momentos la muerte
y la vida se trababan en una lucha colosal. A los días falleció el padre de mis amigos. El cuento Lucero quedó ahí. Luego hizo parte de un caso indecoroso:
Estévez me aconsejó que lo enviara a un concurso donde él era jurado. Lo envié
y ganó. Quedé con la espinita. Por fortuna pude sacarme el clavo, participando
en otros concursos, sin necesidad de muletas. Por esos tiempos me preguntaba
qué futuro aguardaba a mis escritos. Los veía anclados en un puerto lejano de
la publicidad y la resonancia de las editoriales y los cenáculos. Había escrito
muy poco que valiera la pena. La inconformidad con mi producción era una de las
emociones dominantes. No anhelaba la fama. Anhelaba realizar algo grande,
completo, que me dejara satisfecho, que aplacara mis dudas. Pues dudaba que
tuviese el poder de concentración necesario para fraguar eso grande que soñaba.
Debía dar cohesión a una inmensidad de materiales que atesoraba. No, no pensaba
en términos de renombre o de olvido. Pensaba en la perfección de un quehacer,
en la maestría de un estilo. Y para esto tenía que fajarme, como en el boxing.
Tenía que dejar de procastinar y sentarme a escribir, horas y horas. Atarme a
la silla, como exigía César Pavese. Que el día fuera un sustrato de irrealidad
donde me olvidaba de todo, de la calle y de los libros, de la familia y los
amigos, y humillarme ante la hoja en blanco, permitir que el demiurgo dictara.
No tenía sino que hacerme a la idea de que era un condenado, un loco. Un ser
enorme y triste, sin asidero en el mundo.
miércoles, 5 de octubre de 2022
Los condiscípulos (Blandón. Cap.10.)
Una noche me entrevisté con Everardo Rendón en el
café Versalles, en pleno centro de Medellín. Everardo trabajaba en el periódico
El Mundo (R.I.P.). Era el encargado de un suplemento literario, y el propósito
de nuestra cita consistía en coordinar la publicación de unos versos míos en
aquella revistilla. Según esto ya escribía versos. En el colegio donde
trabajaba, sin que me diera cuenta, me habían endilgado el mote de poeta, lo
que me comprometía a servir de versificador de planta en eventos culturales y sociales.
Yo tenía un alma sencilla, me acoplaba sin dificultad a todo eso. Everardo
Rendón no debe acordarse de mí. Yo no sé si está vivo, la verdad. José Libardo
Porras ya no es de este mundo, Estévez tampoco. ¿Qué habrá sido de Everardo? Lo
recuerdo como un hombre de figura afable, discreta, con un trato delicado. Un
hombre risueño, espiritual, con un alma fogosa y noble. En este instante evoco
su rostro, su fino bigote, sus facciones amplias y su natural espontáneo.
Blandón fue el vínculo entre Everardo y yo, sin duda. Por estos días Blandón me
visitaba a menudo en mi apartamento, próximo a la facultad de medicina. Yo
había leído los haiku de Basho. Me empeñé en un ejercicio de escritura
remedando la forma del poeta japonés. En fin, escribí un libro que titulé
Homenaje a Basho. Algunos de mis haiku gustaron a Blandón, y este le habló a
Everardo, que acabó publicando varios. Por ahí anda mi homenaje a Basho,
engavetado en el escritorio. Como ejercicio estuvo bien. Recuerdo mis haiku a
los grillos (el profeta Isaías llama a los hombres “saltamontes”), al río (en
este caso es el río Nechí quien me inspiró los versos, yo trabajaba con la U.
de A., en los cursos de extensión, dictando poesía española en el Bagre, un
empleo que me ayudó a conseguir mi amigo Luis), a la niña que en el bus público
sonríe su secreto. Si tuviera el texto a la mano podría citar otros. Son por lo
menos cincuenta haiku. Everardo me publicó cinco o seis, no recuerdo bien. Ese
apartamento cercano a la facultad de medicina, además de enforzar la amistad
con Blandón, fue el escenario de mi idilio con la poesía japonesa. Creo que
también fue allí donde leí a Salinger (los relatos donde habla del zen), a
Somerset Maughan (El filo de la navaja) y a Mauricio Maeterlinck (Los senderos
de la montaña), textos todos en la misma línea de reflexión mística, una
exaltación de las religiones orientales. Eso me gusta, el hinduismo y esas
cosas. Más joven, en el bachillerato y en los inicios de la u, había leído a
Herman Hesse. Mis amados (y olvidados) haiku. Amor y olvido, términos de una
misma ecuación. Por estos días también me visitaba en el apartamento Joaco
Botero, y también se entusiasmaba con mis haiku. Joaco no escribe poesía. Vive
en Nueva York hace lustros. Se consagró a la narrativa. También fue discípulo
de Estévez. Diantre. ¿Fue la propia revista Mascaluna donde Everardo publicó
mis haiku? Everardo era el editor de esta revista. Esos sueños de editores. Hay
gente con fibra (y vibra) para eso. Es casi como sembrar un árbol, tener un hijo. Editar
una revista. Cuántos escritores y poetas deliran con esto. Es un asunto
visceral, profundo. Órgano de divulgación, etcétera. ¿Nosotros mismos no
editamos un periódico de la facultad de educación? No recuerdo si fui yo quien
hizo una semblanza de Estévez para el primer número. Qué locura. Yo pertenecía
al comité de redacción. Una revista de poesía es todavía un asunto más fino. En
este ambiente fue que conocí a Everardo, amigo y paisano de Blandón,
entusiastas de las publicaciones. Tiene que ver con el movimiento cultural del
momento, con el pulso de la vida. Es válido. Porque la vida es eso que se
mueve, que se agita, que se siente, que se piensa. Es el instante. Everardo
estaba en eso, en calibrar la esencia del mundo a través del poema, en encarar
ese mundo con unas fórmulas distintas a las convencionales. Un poema es una
posición, un manifiesto. Creo que alguna vez también lo vi en Támesis, a
Everardo. Una o dos ocasiones visité el pueblo de mis amigos Blandón. En una de
estas, con el propio Blandón; en la otra, con sus hermanos, el pintor y el
músico. Recuerdo que subimos a Cristo Rey, el cerro afamado. Una cosa de
vértigo, porque hay un paso, casi en la cima, que se estrecha bastante.
Recuerdo una tarde en que estuvimos en la casa de la cultura. Era diciembre y
la gente hacía y elevaba globos, algunos de gran tamaño. Una noche fuimos a una
discoteca a beber cerveza, a bailar. Esto fue con los hermanos de Blandón. Con
Blandón estuve una noche en la casa de un amigo de este, escritor, que también
estudiaba en la u. El tipo se desdobló con los guaros y desveló urgencias
pasionales, tipo clásico. Como Sócrates y Alcibíades. Esas reuniones de
artistas. La figura de Everardo gravita por esos lugares, los cafés, los
barcitos, los tertuliaderos, las calles y las casas de Támesis. Los montes y
los ríos. El anfitrión, el escritor urgido, era demasiado generoso, sin duda.
No tenía reparos en ofrecer su cuerpo, además del aguardiente y los escritos.
Esa es la verdadera prodigalidad. El hermano de Blandón al que llamo el músico
finó hace unos meses (R.I.P.). Tenía una flauta. Alguna vez, inspirado en su
ejemplo y sus enseñanzas, intenté tocar este instrumento. Me compartió un
método, unos temas (Ojos azules). Al final, lo dejé. Preferí la guitarra.
Adicional a la música, a la flauta, el Blandón músico amaba los chistes. Era el
más alegre y risueño de los Blandón, personas más bien ceñudas. Uno de los del medio, entre los hermanos. Yo lo recuerdo como el
flautista. Recuerdo que cargaba en la billetera un papel donde tenía apuntados
los chistes que se sabía, y siempre añadía nuevos a la lista. “¿Ya te sabes
este?”, era el conjuro con que me recibía al visitarlo en el apartamento
familiar, sacando el papel de la billetera, riendo. Gonzalo. Los Blandón,
todos, han sido hermanos para mí. El encanto de la Armonía hace que sienta al
músico como alma gemela.
martes, 4 de octubre de 2022
Los condiscípulos (Blandón. Cap. 9.)
Blandón obtuvo un premio literario, un primer puesto en un concurso de poesía, el Ciro Mendía (Caldas, Antioquia). Merecido, porque desde muchacho bregó con los versos, los propios y los de los demás. No leía solo a los encumbrados, también tenía olfato para la producción de su época, tanto las celebridades como las jóvenes promesas. De ese torbellino de vida, de las aspiraciones y los traspiés, como burbujas de sueño, afloraron sus poemas. En revistas, en semanarios, en un libro. Elegías a Cristo, así tituló su primer volumen de poemas. En el crisol de la lírica se forjaron la sensibilidad y el humanismo que lo caracterizaron como médico. Médico-poeta, poeta-médico. Aun después de que se graduó y tras largos años de práctica médica, no abandonaba la literatura. Con el Ciro Mendía se había probado, demostró que era en serio. Ganar un premio de poesía en nuestro medio no es poca cosa. En cada hijo de vecino hay un poeta. Conversas con alguien, llegan a cierto grado de confianza, y en seguida viene la confidencia de los versos. "Yo escribo poemas. Dígame qué le parecen. ¿Le gustan? ¿Son buenos?" En la u había un tipo que se especializó en escribir poemas a los buses quemados durante los disturbios estudiantiles. Los traía en una carpeta, listos para enseñarlos al primero que diera chico. Olían a chamusquina. Ni qué decir que el premio elevó aún más el ego de Blandón. No era de los que se toma estos asuntos con reserva. Aquello debió dar para más de una cerveceada con sus amigos letrados. Y para sacarse el clavo con algún flirt antiguo que descreyó de sus aptitudes de poeta. Seguro que se las arregló para compartirle el logro. ¡Los poemas! Cómo amaba Blandón los poemas, cada uno de ellos, como a hijitos bobos. Cierta vez, uno de sus primeros amores se le quedó con unos poemas que él, en el delirio de la pasión, le obsequió. La cosa no llegó a nada. Blandón quiso recuperarlos (seguro no conservó copia), insistió e insistió, pero ella no se los devolvió. La insistencia de Blandón pareció despertar cierta malevolencia en la mujer, por lo menos una sospechosa negligencia. A la fecha no sé qué fue de esos poemas, si el amigo los recobró o no. Se vuelve enfermizo, una urgencia morbosa, recuperar un texto embolatado. ¿A quién no le ha ocurrido? "Mis poemas. Devuélveme mis poemas". Parece un verso de Benedetti o de Jairo Aníbal Niño, sin demeritar a estos señores, que bastante calidad poseen. Imagina que al poeta de la chamusquina se le embolata la carpeta: ¡Dios! La ingenua intrascendencia de estos asuntos salta a la vista, pero pueden llevar al suicidio. "Mis poemas". También es como la pataleta de un chiquillo. En fin. ¿A qué saben los poemas de Blandón? Juzguemos por Elegías a Cristo. Una cruza de lirismo e intelectualismo. Los dedicó a su esposa "que se salvó de la poesía". No se salvó. No escribe poemas, pero tiene un marido que los escribe y que pone cara de ternero degollado ante ciertas situaciones. El poeta de las llagas. Jesús es un llaguiento. Entre más llagas y heridas, más fe. Ya ese título inicial explica su posterior aproximación a la religión. Con los años nuestro pensamiento suele virar. Blandón era un matacuras en la época de la u, un comunista. Hasta estudiaba ruso. Con los años, visita iglesias. Es como los que salen del closet. En el fondo siempre fue un místico. La cosa tiene lógica. Escribes unas elegías a Cristo en la juventud, te haces veterano y te suscribes a la religión de Coquito. ¿Por qué extrañarse? Hay consistencia en esa línea de acción. Es como el poeta de los buses quemados, que a la postre resultara cualquier cosa, por ejemplo, facho o pirómano. Buscar la lógica al asunto. Blandón no debe haber olvidado del todo sus arranques comunistas, sus lecturas de la Editorial del Pueblo, Lenin (Sobre el estado) impreso en la República Popular de China. La línea de Mao. Seguirá siendo librepensador, con los naturales acomodos. Todo ese idealismo (materialismo histórico) no deja de ser parte del revoltijo de la juventud, cuando éramos osados e irresponsables. También es prudente mantenerse dentro de unos límites discretos, ampararse en la religión, en la divisoria de la duda. Bueno, visitar iglesias tampoco es pecado. Con los años va siendo hasta recomendable. La imagen de Cristo en la cruz, qué ícono. Todavía le echamos cabeza a la cosa. Si hasta Roma se convirtió. Tiene un no sé qué de absurdo que todas nuestras búsquedas, nuestros aullidos, se resuman en un libro de poemas. Que nos deje satisfechos que ese libro se publique y se lea. Debimos nacer con ese libro bajo el brazo, ahorrarnos un mar de excentricidades y berridos. Y también visitas al psicólogo. Dios no hizo bien las cosas. A cada uno nos mandó con un talento, a cambio de un sinfín de taras. ¿Es la poesía un talento? "La palabra poética es una mediación entre lo sagrado y los hombres", dice Octavio Paz comentando a Holderlin. El libro bajo el brazo al nacer, cuántas cosas habría ahorrado. Peleas con mujeres, por ejemplo. La mujer que se queda con tus amados poemas, tratando de perjudicarte, de que te duela. Escribe otros mejores, te recomiendo, mándaselos a esa tonta. Teniendo precaución, esta vez, de conservar copia. Copia de poemas, también es otra aberración. Este mundo da lástima. Tiremos todo, no tengamos copia de nada, no firmes nada ni te preocupes por derechos de autor. Es la mayor insensatez. La recurrencia en los poemas (privilegiando los versos a la prosa) acaso hizo que Blandón se apartara de Estévez. La graduación en el taller de este consistía en escribir un cuento maduro. Blandón se excusó de esta exigencia y les metió el hombro a los poemas: no regresó a las sesiones de Estévez. Rara vez se aparecía por allí. Tal vez olía una sutil reprobación en el maestro. Le fue mejor en la poesía. Ganó el concurso Ciro Mendía, editó Elegías a Cristo. Pero de esa época no se le conoce ningún cuento de antología. Es que hay personas a las que se les dan más los versos que otra cosa. Otros nacieron con el molde del cuento. Blandón también debía tener su pelea casada con Estévez, sus críticas punzantes. Aprendiz que se respete pone en duda los postulados del maestro. La vara de Estévez era algo seca, apegada a la técnica; la de Blandón era florida, destellante de sueños. Sueños: de eso se trata. El Támesis (Antioquia) que vio espabilarse a Blandón manaba poesía, inseminaba en los muchachos el amor a la palabra. De allí, al igual que Estévez, surgieron talentos como José Libardo Porras y Everardo Rendón. El de Everardo era un nombre que Blandón mantenía en la punta de la lengua. Everardo era poeta. ¡Aquellos días! Los aventajados nos mostraban el camino, alentaban nuestro paso, nos daban la mano. Almas líricas, corazones soñadores. Jóvenes que crecieron en un paisaje de montañas y riachos, que decantaron su estro hacia los versos. Tenían su tema con la luna. No por saber a qué distancia está de la Tierra ni cuáles son los nombres de sus cráteres y valles, sino por deletrear el embrujo de su luz e hilvanar versos con su cabellera celestial. Sueños, de eso se trata.