viernes, 30 de septiembre de 2022

Los condiscípulos (Blandón. Cap. 8.)

Me adelanto en la cronología de la vida de Blandón: al final coronó su aspiración y se tituló de médico. "Médico y Cirujano", rezaba el diploma en grandes caracteres negros. Recibió el cartón llevando de la mano a su hijita de cuatro años. La pequeña estaba hermosa, con vestido largo, pava y bolso. Blandón, elegante, robusto. La nostalgia lo voraceaba. El lunes siguiente debía ocupar su puesto de médico principal de Monguí (Boyacá). Viajaba en veinticuatro horas. La celebración del grado se vio enlutada por la muerte del abuelo de su esposa. Hoy han transcurrido más de veinticinco años desde entonces. Fatal no rebobinar lo que fue la carrera, los esfuerzos y desvelos. La etapa del internado, por ejemplo, fue agotadora. Casi era un zombi entre el sueño y el cansancio, entre las fatigosas rotaciones en los hospitales. Estuvo, pues, un tiempo en tierra boyacense. Luego regresó a Medellín, se vinculó con un hospital de Bello, localidad donde acabó por instalarse con su familia. Todos estos años ha estado ejerciendo su profesión, que tiene más de apostolado que otra cosa. Ese trato cortés y servicial del que hacen gala la mayoría de los facultativos, ya era natural en Blandón desde muchacho. En la esfera de la cultura, por citar un caso, fungía como cartelera o agenda de sus amigos, porque les comunicaba cuanto evento había. Cierta tarde Marcos se hallaba con una amiga haciendo cola en la cafetería de Idiomas. En ese momento apareció Blandón. Vino caminando por el paraje por el que ellos arribaron. Daba una ostensible impresión de insularidad y fatiga. Algo de autómata tenía. Caminaba con la mochila a la espalda y las manos enchufadas en los bolsillos del pantalón holgado. Marcos saludó con afecto al mustio Blandón. Este traía unas cajas de píldoras en el bolsillo de la camisa. Marcos le habló de la tortícolis que aquejaba a su amiga. Blandón se preocupó por ella, le hizo un masaje (lógico, a instancias de ella) y le prescribió un tratamiento que Marcos, no sabe por qué, supuso que su amiga no seguiría. En estos días Blandón hacía el internado. Marcos invitó. Su amiga pidió tinto y cigarro, como era de esperar. Blandón pidió un perico. Buscaron cuatro sillas. Se sentaron en las tres que requerían y la cuarta hizo de mesa. Dialogaron, mientras la lluvia fustigaba la tarde. La amiga de Marcos lanzó un comentario sobre el despótico reinado del invierno. El palique avivó el espíritu de Blandón. Marcos se dedicó al protocolo de moderar las intervenciones de sus dos compañeros, quienes no eran muy familiares. Las raras ocasiones en que habían alternado, Blandón y la amiga de Marcos tuvieron más desavenencias que afinidades. Al poco rato Blandón se separó de ellos, uniéndose a unos amigos con aire de intelectuales que conversaban en una mesa vecina. Desde que comenzó el pregrado Blandón ya se atrevía a recetar, con ese aire de benevolencia e importancia que caracteriza a los pichones de médico. Se hacía cargo de que su carrera era de status. Marcos ya trabajaba de profesor, aunque aún no terminaba la u. Una vez Blandón le telefoneó para que le prestara los guayos. Blandón hacía parte del equipo de su facultad. "¿Mucho guayabo, profe?", fue la pregunta previa a la cuestión del préstamo de los guayos. Marcos sintió la ironía en la voz del amigo, quien tal vez daba por sentado que la profesión de profesor era un certificado de alcoholismo y abyección. Bueno, un médico debe sentirse socialmente mejor posicionado que un profesor. Blandón agregaba a estas galas propias del privilegio académico, las del dominio intelectual y clínico. Marcos no ignoraba que su reputación ante el amigo estaba viciada por la suposición de que los fines de semana se emborrachaba sin falta. Pero Blandón estaba muy equivocado. Marcos mismo había fabricado esa imagen mistificada de su persona, poniéndola ante los ojos de Blandón para que se deleitara con el espectáculo de su perdición. Solo para sí mismo reservaba sus instantes de pureza. Pero es que los médicos tampoco se quedan atrás con la bebida. Para la muestra, un botón: la novela Hildebrando, de Jorge Franco Vélez. Al diablo con todo. A Blandón le gustaba el fútbol. Como no era de los más talentosos en el equipo de la facultad, fungía de manager, a la espera de que le dieran un chance en la cancha. Marcos jugó fútbol toda la vida. Los guayos eran un aditamento tan natural en su vida como los libros de estudio. En ocasiones se los prestaba al amigo. Acompañando algunas veces a Blandón a los partidos, conoció a Magnolio Palacios, su condiscípulo de medicina. Magnolio era un negro rechoncho y vigoroso, excelente futbolista. Trabajaba en la Clínica León XIII. El 6 de julio de 2022, al llegar en su auto a su lugar de trabajo, tres tipos lo agredieron. Un disparo acabó con la vida de Magnolio. Marcos recuerda al negro saleroso y alegre, al jugador fornido y entrón, a ese amigo de Blandón con el que tantas veces coincidió en la u, encuentros mediados por el amor al balompié. Cuántas veces lo vio asimismo con la bata y el estetoscopio. Pero es como futbolista aguerrido y entusiasta que lo retrata en su memoria. Como ese individuo que se olvida de que es un médico y se calza los guayos y goza de un elíseo rato de fútbol.                

miércoles, 28 de septiembre de 2022

Los condiscípulos (Blandón. Cap. 7.)

Buscando al muchacho de diecisiete o dieciocho años que era Blandón cuando llegó a Medellín, me cruzo con Holden Caulfield, el protagonista de The catcher in the rye. Holden Caulfield también es un joven de diecisiete años, un estudiante de preparatoria. Mide casi un metro con noventa y su cabello es gris. El lado derecho de su cabeza está lleno de millones de cabellos grises. Los tuvo desde pequeño. A veces actúa como un niño de trece. No le gusta que la gente le diga que actúe de acuerdo con su edad. A veces actúa como alguien más viejo, pero la gente no lo advierte. Ve cinco materias, las pierde todas, menos inglés, porque se sabe el Beowulf y Lord Randal my son de cuando estuvo en Whooton School. En cuanto a la estatura, por ejemplo, Blandón no podía compararse con Holden. Blandón llegaba cuando más a un metro con setenta, su familia no era alta. Tenía algo de viejo, como Holden, en el sentido de esa sabiduría aportada por la intuición de la poesía. Las lecturas de Holden, a vuelo de pájaro: Isak Dinesen, Ring Lardner, Somerset Maugham, Thomas Hardy. Claro, su autor favorito es D,B., su hermano. D.B. trabaja (se prostituye) en Hollywood haciendo películas. Ha escrito un libro de cuentos titulado The secret goldfish (donde el de este mismo título es el mejor, según Holden). Holden detesta las películas, por tanto, detesta Hollywood. Pero allí es donde trabaja (se forra de dinero) su hermano D.B., el cual tiene un Jaguar que le costó cuatro mil dólares. "No me las menciones", dice Holden con respecto a las películas. Un niño que no permite que nadie mire su pececito dorado (de esto trata el cuento), lo compró con su propio dinero. A Holden le encanta este cuento ("it killed me"). Blandón tampoco tenía un mechón de cabellos grises. Su cabello era negro, de indio: lo peinaba y lo engominaba cuando salía de conquistador. Por lo general estaba requebrando a las muchachas. El libro en la mano era como la espada del caballero. Holden también tiene una chica con la que sale en Nueva York, que es donde él vive. Estudia en Pency, pero vive en Nueva York. Blandón llegó al apartamento en Bello después que sus dos hermanos mayores. Terminaban bachillerato en el pueblo y los padres los remitían a Bello, al apartamento, con los hermanos mayores, para que se encarrilaran en los estudios superiores. A esta época es a la que me remito, cuando Blandón era apenas un muchacho, cuando le gustaba piratiar, cuando estaba recién desempacado en la ciudad y pensaba presentarse a la u. Les daba dolores de cabeza a sus padres con sus andanzas de aventurero que hace auto-stop, con sus señas de soñador que quiere dedicarse a los versos, no a estudiar algo serio, con su desafío de las normas. La hermana mayor estudiaba una licenciatura, el hermano mayor se decantó por Agropecuaria. En esos días Blandón aún no se ubicaba con una carrera, escribía poemas y conseguía novias. Era un verboso incorregible, aunque en sus raíces alentaba cierta severidad y melancolía  ancestrales. Al vivir en el mismo edificio y compartir afinidades, me tocó verlo madurar, formarse, dejar atrás su cuerpo de mozalbete y convertirse en un joven desarrollado. Cierto día me sorprendió ver en su empaque las características de un hombre formado. Estatura mediana, ancha espalda, nalgas amplias, largas piernas. Parecía un individuo más grueso de lo que era en realidad. Es que la natación hizo su parte. Ocasionalmente, también practicaba el atletismo y el fútbol. Cuántas veces nos cruzamos en el portón del bloque, en la acera, en la esquina, en el bus. Cuántas veces departimos un saludo, un diálogo, un café, una cerveza. En esa época yo lo catalogaba como un poeta. Es lo que él ama ser, más que médico o escritor, poeta. El primer libro que dio a la imprenta fue un libro de poemas. Después vendrían otros de relatos. En cierta forma, Blandón se amoldó a los patrones sociales. Holden era más rebelde. Fue expulsado de la preparatoria por mal rendimiento. Antes de abandonar el colegio, visita a Mister Spencer, el profesor de historia. Observa un juego de fútbol desde la colina, fuera del plantel. Es su último día allí, en el respetable edificio académico, donde le han robado su chaqueta y sus guantes. Entre más alcurnia tiene un colegio, más ladrones ("crooks") hay. Es lo que Holden piensa. Hace un día frío. Holden llega a la puerta de los Spencer con las orejas doliéndole. La señora Spencer es sorda. El profesor está agripado. Sabiendo que Holden ha sido expulsado, Mister Spencer lo cita en su casa (vive fuera de la preparatoria, diferente de los otros profesores) para hablar con él. Mister Spencer analiza ante Holden el último examen donde este, en un punto de ensayo libre, escribió sobre los egipcios. ¡Los egipcios! Cómo los egipcios embalsamaban tan bien a los muertos que sus rostros permanecían intactos durante siglos. Las consecuencias benéficas que el estudio de estas culturas podía traer a la ciencia. Pero a Mister Spencer le parece muy pobre la reflexión de Holden. Al hablar con el profesor de historia, Holden recuerda Central Park, si el lago estará helado a dónde irán los patos. ¿Los cargarán en un camión y los llevarán al zoo? ¿Se irán por su cuenta a otros lugares? Spencer le pregunta si le importa el futuro. "No mucho". Holden rechaza la taza de chocolate caliente que el profesor le ofrece. Deprimente todo aquello: la cama dura, el pecho descubierto del maestro, el olor de pastillas mentoladas, la bata de dormir. Un muchacho que lee a Thomas Hardy (El regreso del nativo), que se enardece con Eustacia Vye, expulsado por mal rendimiento.                        

lunes, 26 de septiembre de 2022

Los condiscípulos (Blandón. Cap. 6.)

Blandón en los días en que llegó a Medellín, desempacado del pueblo de montaña, me recuerda a García Madero, el personaje de Los detectives Salvajes, de Roberto Bolaño. García Madero es un muchacho de diecisiete años que estudia derecho y que ama la poesía y leer y escribir. Incursiona en el mundo de los movimientos literarios, las revistas, los poetas y artistas, la bohemia. Todo esto ocurre en ciudad de México. Blandón también tenía ese aire de muchachito imberbe, de chico listo, cuando vino a la urbe para presentarse a la u. Era flaco, como un silbido de culebra, y voluntarioso. Traía el caletre saturado de versos, de bohemia pueblerina. No le costó mucho encontrar el mismo ambiente intelectual en la metrópoli. Álamo dirige un taller de poesía en la facultad de filosofía y letras, García Madero asiste a ese taller, allí conoce a los visceralistas. Álamo recuerda a Estévez, las reuniones del taller de escritores, los turnos para leer y criticar, para criticar y leer. Me sorprendió hallar estos roles en la novela de Bolaño, un mundo que conocí hasta la saciedad, por eso presté el libro y comencé a leerlo. Luis, mi amigo lector, ya me había hablado de Los detectives salvajes, me lo había encarecido, se había regodeado con los guaguis y las fellatio, absolutamente de su gusto. Pero yo no tuve la ocasión de encontrarme con Bolaño y su Álamo y su García Madero hasta ahora. Me sorprendió que la trama ocurre en México, que encara ese orbe etéreo y gratuito de la poesía, de la juventud amante de la poesía, de los literatos y los artistas, un poco con el toque descarnado de Los Hijos de Sánchez,  de Óscar Lewis, que Estévez nos recomendó en el taller. En fin, en García Madero vi a Blandón; en Álamo, a Estévez. Me gustó que Bolaño tocara el punto de cómo estos talleres, en lugar de promover la amistad, provocan enemistades, odios, recelos. Porque cada uno quiere ser el mejor, recibir el aplauso del maestro, salir en hombros cada sesión. Esta competencia acera la crítica, indispone en contra del contertulio, lleva a que nos alegremos del fracaso del otro. En estos talleres, como en todo, los favoritismos y los compadrazgos están a la orden del día. García Madero considera a Álamo ignorante  de ciertos términos poéticos, se goza en sacarle la piedra, le pone zancadillas, le hace quedar en ridículo. Álamo lee el periódico mientras los pupilos se destazan entre sí. Blandón era así, convencido de su mundo y, por lo tanto, con unas ideas un tanto altaneras, categóricas. Era un ente culto, una cátedra ambulante de literatura y poesía, un organismo mental que respondía en el acto al menor estímulo retórico. Amaba ese aire de divulgación y polémica. En cierto modo, se mantenía ebrio de poesía. Si le dabas a leer un texto, no dudaba en clasificarlo dentro de algún "ismo" o algún subgénero. Tenía el palito para eso. Por aquella época, sus compañeros de la u le apodaban Pupilo, atendiendo, creo yo, a que era un mozalbete, un infante terrible, una promesa de las letras y esas cosas. En fin, un García Madero que se sienta en un café a leer, a escribir versos y a coquetear con las meseras, y que puede escribir varios poemas de una sentada. Poemas que luego leerá a sus conmilitones y a sus enamoradas. A mí me repelía un poco ese afán de querer ponerle un nombre a todo, de saber llamar a todo con un nombre, de inscribirse en un movimiento artístico, de fundar y promover una revista, de creerse los renovadores y el non plus ultra. En todo ese torbellino de los poetas y sus pasiones no deja de sentirse un afán de diletante, una extraña exacerbación de los sentidos, cierto morbo. A veces uno se pregunta qué tan auténtico es todo eso, si será mera presunción libresca, vanidad de citar pomposos autores extranjeros, culturas ajenas. ¡Todo tan afrancesado! Ahora recuerdo a Blandón leyendo a Sartre, ensalzándome a Lawrence Sterne, queriendo meterle el diente a Kierkegaard. Y en Los detectives salvajes todos esos poetas amigos de García Madero cargados de literatura francesa, libros que hurtan en una librería. La vida se va en eso, en pensar el nombre de una publicación, en hacer parte del comité de redacción, en buscar patrocinios, en lanzarla al mercado. La vida se va en eso, en participar en un concurso, en ganarse el premio, en gastarlo. Lee Harvey Oswald, es el título de la revista de los visceralistas. Ulises Lima, un contertulio de García Madero. Susurros, Mascaluna, nombres de las revistas en que Blandón tenía injerencia. Es lo que recuerdo. Nosotros también andábamos con nuestros atados de libros, como los visceralistas. Es una enfermedad. No pocas veces hurtamos uno de una librería o una biblioteca, cuando no se los tumbamos a un amigo. Por épocas hago un examen de los libros que he prestado a mis amigos y de los que he tomado en préstamo de estos. Sorprende constatar lo olvidadizos que somos con respecto a lo ajeno. Para comenzar el registro, Visiones terrenales, el libro del profesor Hernán, se me lo quedó Amariles. En fin. No vale la pena. Demás que yo me le he quedado con alguno a Luis, y Luis con cuántos se me habrá quedado. Por no hablar de la música. El tiempo en que se prestaba música. Tiempo abolido de los casetes y los discos compactos. Nosotros también tenemos una pátina de abolidos. La música de nuestra lira recuerda mejores épocas. México. Cómo se interactúa con el mundo a través de la literatura. Una mamada es un guaguis, un bus es un camión. Y las rancheras. Octavio Paz. Las palabras elogiosas que García Madero brinda a Octavio Paz, en cuanto a que, contrario a Álamo, es un conocedor de rarísimos términos poéticos. Talleres de poesía. Deben ser un engendro más complicado que los talleres de escritores. Aunque, pensándolo bien, vienen a ser lo mismo. ("Mientras converso por teléfono, Blandón se reclina en la estera y saca un magazine de su mochila. Afuera aún no llueve, pero el vaho cenizo del invierno se cierne sobre la tarde. Mi conversación se alarga. Blandón se sumerge en la lectura, exhibiendo un mohín serio, reflexivo, ávido. La revista contiene varios ensayos sobre el poeta Aurelio Arturo, por el que Blandón siente gran aprecio. En la estufa hierve el agua de panela. De la olla asciende impetuoso vapor (conducente a descanso). Mi voz se torna cada vez más sosa y muerta. Al parecer, perdí el entusiasmo inicial y, fastidiado, ansío que el interlocutor se despida pronto. Blandón, en cambio, se anima sobremanera con el magazine, tanto que se levanta y viene a sentarse a la mesa. Provisto de un bolígrafo y un separador, comienza a subrayar los segmentos que le parecen más importantes. Detrás de las gafas, sus ojos semejan ansiosas bestezuelas letrívoras"). En el tiempo en que llegó a Medellín  Blandón no usaba gafas. Era un chicuelo. ¿Sí las usaba? La verdad, no recuerdo. Habrá que preguntarle. Llega el otoño y las deficiencias de la vista  mudan cada año la fórmula de las gafas. De jóvenes no las necesitábamos. Teníamos ojo de águila.                                    

miércoles, 21 de septiembre de 2022

Los condiscípulos (Blandón. Cap. 5.)

 

Blandón y la inmortalidad me remiten a la mitología griega, a los dioses, semi-dioses y héroes. Me remiten a Heracles (hijo de un dios y una mortal, Zeus y Alcmena), y cómo por las hazañas que realizó fue admitido entre los olímpicos. La literatura tomó de la mitología el término “héroe”. En la épica antigua encontramos a Aquiles y Eneas (entre tantos), héroes de Homero y Virgilio. Cervantes nos dejó una especie de anti-héroe, Don Quijote. Ya en nuestros días Holden Caulfield (de El guardián entre el centeno) gira muy lejos de aquellas esferas solemnes y gloriosas. Aún así, Holden Caulfield es inmortal. Ya no lo llamamos héroe, simplemente, personaje. En esto no hay detrimento de categoría. Nos adaptamos al curso de los tiempos. Dar a luz un personaje memorable -un Artemio Cruz, un Aureliano Buendía, una Genoveva Alcocer-, a esto le luchamos Blandón y yo toda la vida, bajo los auspicios del maestro Estévez. Estévez creó su Alaín Calvo. ¿Qué haríamos Blandón y yo para rescatar a Eurídice o matar al Minotauro? Blandón comenzó con los versos. En esto nos distinguimos, porque yo empecé con la prosa. Solo más tarde me atreví con los versos. Estévez le entraba suave a los versos. Recomendaba leer poesía, pero como un modo de cobrar mesura y cadencia en la prosa. ¿Cómo cortar las cabezas a la hidra de Lerna? Cervantes fue a la Mancha por su Alonso Quijano. García Márquez alzó su Macondo. Blandón escribía versos, intentaba con algún cuento. Crear un personaje señero, tal vez eso quedó para las épocas legendarias. Hoy nos conformamos con modelar un carácter y llevarlo a través del dédalo. Aun así no es fácil, y se lucha a diario por conseguirlo. A diario erguimos nuestra cabeza de Medusa contra el tedio y la inconstancia, y pedimos prestado a Hipólita su cinturón mágico para avanzar en la escritura. Blandón siempre (por lo menos en la época de la u) se rodeó de literatos, colaborando en la creación y edición de revistas. En estas publicó sus versos. Recuerdo muy bien cuando llegaba contento con su magazine literario a mostrarme sus poemas recién impresos. Yo solía subir a su apartamento. Por lo general, en su impaciencia, Blandón no esperaba a que lo visitara, bajaba a mi casa y me enseñaba su obra publicada. Él vivía en el cuarto piso, yo en el segundo. En ocasiones, al regresar de la calle, paraba en mi piso, tocaba la puerta y me mostraba la revista. En ese período (hoy ya no los recuerdo) memoricé los nombres de los contertulios y de los magazines con los que Blandón se relacionaba. Era gente aficionada a los lanzamientos de libros y a los cócteles. A mi memoria acuden los rostros de infantes terribles de más de un poeta de aquellos días. Creían que todo se les debía por el dudoso prestigio de ser poetas. Algunos ostentaban los modos de poeta maldito, y sabían lucrarse de ello. Blandón me invitaba a esas solemnidades, pero yo hacía lo posible por evitarlas. Yo asistía al taller de escritores puntualmente. La poesía no, pero sí los poetas, siempre me despertaron cierta desconfianza. Sobre todo los que clasifican el mundo en rígidos esquemas, los que deslindan la literatura en clases y subclases, géneros y subgéneros. Eso no me gustaba. No me gusta. En fin, yo eludía al máximo esos cenáculos. Pedía que en mi camino hubiese un Euristeo que me encomendara doce trabajos, así fuera con el oscuro propósito de librarse de mí. Sabía que en mi senda la cordura estaba ausente, que la tarea era excesiva y acarrearía agotamiento y dolor, y aún así acepté el peso sobre mis hombros. Son siete cabezas las de la hidra, no sé de cuántas me he librado, cuántas me faltan, aunque siempre he sentido compasión por el monstruo. De algún modo sé que Heracles no la mató. Sé que cada una de sus cabezas es un obstáculo que debo vencer, y que ella me presenta puntual cada día, no como una agresión, sino como una prueba.  Sé que soy el campo de batalla de seres de otro tiempo. La hidra de Lerna ha sido y es una madre buena. Lo mismo pienso de Medusa y su cabeza de serpientes venenosas. No creo que Perseo la haya matado. Tengo por inverosímil su treta del escudo y el reflejo de la Gorgona. No matamos tan fácil lo monstruoso que hay en nosotros. Los monstruos, no en poca medida, son una proyección de nuestro interior.      

lunes, 19 de septiembre de 2022

Los condiscípulos (Blandón. Cap. 4.)

Llamaré a este capítulo "De la inmortalidad". Blandón y yo hablábamos de ella cuando éramos unos muchachos. Yo cursaba los dos últimos grados del colegio. Blandón comenzaba construcciones civiles en el Politécnico. Yo era un estudiante de bachillerato y, aunque era probable que la vida me condujera allí, todavía ignoraba que entraría a la u y que me enrumbaría por las letras. Ese tiempo (esos dos últimos años del colegio) fue hermoso. Estuvo preñado de algo inconmensurable. Sentía mi ser henchido de una potencia represada, de un anhelo inmenso, de una  esperanza sin fin. Yo era un muchacho entre los 18 y los 20. Uno de los viejos del salón. Pero ya sabéis por qué era viejo. Blandón, que es más joven que yo, ya empezaba la universidad. Mi vida dio un viraje crucial en ese entonces. Me hice lector, comencé a escribir. Entonces era hora de hablar de la inmortalidad. Un joven de 18 años cree en la inmortalidad. Al menos eso nos ocurrió a Blandón y a mí. Una noche de luna salimos a pasear por las calles del barrio, y ese fue el tema de nuestra charla. Preciso una composición de lugar: Bello, el Barrio Obrero, Fabricato. Industria de textiles. Una quebradita nauseabunda. Blandón era aún más soñador que yo. Los pasos, remisos, no querían llevarnos a ningún lado, solo bañarnos de luna, que recitáramos versos, tal vez Rilke. Blandón me preguntó: "¿Qué es lo más alto que quieres conquistar?" No lo dudé. "La inmortalidad". ¿Qué tan serias eran mis palabras? Porque también estaban impregnadas de enigma. Fue una respuesta extraña, que afloró de mis labios sin más, que me dejó desconcertado. Blandón me miró al rostro y, turbado, dijo: "tienes cara de lunático". Quizás yo no era yo en ese instante. Uno a veces no es uno, está poseído por otra cosa. Yo ignoraba qué es la inmortalidad. No era un vocablo frecuente en mi lenguaje. De pronto, brotó, articulado, brilloso, sonoro, y su resplandor nos esmaltó de irrealidad y misterio. Ese rayo de clarividencia no nos mató. Por el contrario, nos dejó vivos, anhelantes, fogosos y, a partir de entonces, una certidumbre nos ayudaría a caminar por el tumulto de la vida. Porque Blandón se adhirió a mi sueño, secundó mi propósito, y en esa ceremonia de iniciación también él se proyectó como inmortal. Lo más importante, creo, es que esa noche hallé mi senda. Ese momento queda consignado como el de la revelación. Un instante supremo. Lo demás de esa noche fue banal: una taberna, escuchar música, beber unos tragos. Blandón me recitó los versos compuestos a su amor de turno. Al regresar a casa, dormí como un inocente, sin escándalos interiores, sin sobresaltos. Esa noche Dios nos visitó, y dejamos como estela recordatoria la promesa de dedicarnos a las letras. Esto es, al espíritu. Cumplimos. Sí, la revelación fue para ambos, aunque con distintos significados. Mi amigo se cambió a medicina, echando por la borda varios semestres, granjeándose la reprensión paterna. Desde esa noche de lobos (digo, de luna), nuestra amistad se enlazó más. Ahora éramos conspiradores con el universo. Ahora compartíamos un secreto. Y la amistad persistió, persiste, a pesar de las frialdades y los recelos. Somos amigos y, como cónyuges que han vivido largo tiempo, hemos llegado a conocer y a disculpar los defectos. La consagración a la inmortalidad fue previa a la piratiada a la costa, si la memoria no me engaña. Terminé once. Me volví tan huraño que no asistí a los grados. Mientras mi madre reclamaba el cartón, yo leía en la biblioteca Comfama del centro, donde era asiduo. Pasé a la Universidad de Antioquia y allí coincidí con Blandón. Aunque su facultad no quedaba en la ciudad universitaria, a menudo pasaba por allí, holgaba en la cafetería, practicaba natación, estudiaba algún texto, flirteaba. Siempre fue enamoradizo. Para mí la u fue un período de perplejidades. Fue todo un lío. Me sentí en medio de la borrasca. Carecía de la frivolidad que hacía agradable el temperamento de Blandón. Las nubes oscuras ofuscaban mi horizonte. No veía luz ni motivo en nada. Aún en esa etapa ardua vivía para alcanzar lo que, una noche de plenilunio, paseando con Blandón por las calles de Bello, me prometí a mí mismo: la inmortalidad. Blandón me encareció el taller de escritores de Estévez. Al poco tiempo estaba yo allí, de aprendiz de lunas.       

sábado, 17 de septiembre de 2022

Los condiscípulos (Blandón. Cap. 3.)

Marcos podía ser maestro de Blandón en piratiadas. A los once o doce años se escapó de casa, y estuvo quince días de caminante. Concordia, Titiribí, Medellín, este fue su itinerario. Bueno, hay que sumarle Bello. Concordia (existe en Argentina una hermosa ciudad con este nombre, otra Concordia, a orillas del Paraná), Titiribí, Medellín, Bello, Medellín, Concordia. Porque Marcos (hubo años atrás una serie televisiva de dibujos animados titulada Marco) regresó a casa. Su madre, alma bendita, vino a Medellín a buscarlo, y lo halló. (Qué hacías. "Nada". Algo tenías que hacer. "Caminaba". Nada más? "Miraba mi sombra. cómo se alarga, se encoge, se engrosa, se afila. Después me olvidaba de ella. Caminaba". En qué dirección? "En círculos, creo. Porque siempre volvía al mismo punto: donde el viejo, debajo del puente". No se te ocurría volver a casa? "No. No se me ocurría".)  ¿Así que Marcos Pita podía ser maestro pirata? No tanto. Lo suyo fue un acto de chico travieso, quizás nostálgico (nació en el mar). Lo de Blandón era un sistema, una práctica concienzuda, con su método, sus recursos. No, Marcos Pita no podía ser un maestro pirata, un pirata en ley, como Barbarroja, Francis Drake, el Olonés y su turba bucanera de la Isla del Diablo. Blandón sí era un pirata, un genio del auto-stop, como Salvarore Paradise. ¡Salvatore Paradise! Qué nombre. Marcos Pita, ese niño de doce años, solo salió a caminar, dejó ir los pasos, y los pasos se fueron, libres. (Qué más hacías, además de caminar. "Buscaba comida. Iba donde el viejo. Él me daba comida. Él les entregaba un tarro de galletas Noel y ahí se la echaban, y él me daba. Eran sobras. El viejo pasaba a la entrada de un restaurante. Todo el tiempo estaba allí, desde la mañana hasta el anochecer". Quién es el viejo. "Un lisiado. Se transportaba en un carro de rodillos. A la entrada del restaurante, se sentaba en el piso o en un cojín, no recuerdo. Tenía barba blanca. Era amable conmigo. Yo le hacía los mandados".) ¿Cómo es que Marcos no se acordó de ello durante la piratiada a Urabá con Blandón? Hubiese contrarrestado con un simple gesto de autoridad, como el niño Jesús en el templo, la presunción del amigo sobre el arte de piratiar. Jesús a los doce años deja pasmados a los sumos sacerdotes y a los ancianos. Desde ese día se los echó de enemigos y el dedo vengativo lo señaló: "espera, verás, niño atrevido". Es este todo el fondo del juicio y la condena de Jesús. Profanó la Ley judía, instauró su propia Ley, la del amor. Bueno, Nietzsche diría otra cosa, muy distinta, al respecto. Es que el profeta del teutón no es Jesús, es uno más antiguo, Zoroastro, Zaratustra. (El viejo era tu único amigo? "No. El hombre que vendía prensa unas cuadras más arriba también era formal. También había muchachos de mi edad moviéndose por ahí. Siempre hubo chicos en la calle".) Blandón se jacta de ser un maestro en piratiadas. Sin embargo, durante el viaje, fue quien más se metió en problemas. Primero, acarreándoles los insultos del tendero cuando hurtó los pocillos de los tintos. En el río San Juan casi se saja el vientre ufanándose de nadador técnico. Al regreso, en Caucasia, un ayudante de flota les ofreció machete, ofendido por la altanería de Blandón. Por otra parte, faltó al código de la amistad negándose a ayudarle a Marcos a cargar la caja, después de que dieron cuenta -para aligerar el peso y calmar el hambre- de los mangos y cocos. La abuela mandó a la madre de Marcos productos de la región. ¿Cómo no traerlos? Blandón gozó de una semana de hospitalidad entre los parientes de Marcos y ahora, en lo más arduo de la carretera, escurría el bulto con respecto a la caja. Era una cajita de cartón, apaisada. Lógico, en una piratiada era un estorbo. En ese gran trecho a pie desde Montería al Quince, mostró que lo era. Ahí fue donde Blandón sacó el hombro. Tampoco hay que culparlo, compadre Marcos Pita. ¿Qué habrías hecho tú en su lugar? ¿Cargar? (Debías de ser de los más pequeños. Me dices que la última noche no dormiste bajo el puente. "No. Dormí en una acera. Trasnoché andando, y en esa acera me venció el sueño. Desplegué los periódicos y me tendí".) Algo de prudencia, de contención, debió enseñar a Marcos aquella escapada de casa. No demasiada, algo. Las demostró en la piratiada a Urabá, en Caucasia, al regreso, cuando Blandón sacó la chispa al ayudante de la flota. "Ven, evitemos problemas", y apartó al amigo del belicoso nativo. Era domingo en la tarde, en la flota estrecha y atestada de gente y equipajes, en Caucasia. Era el infierno, para ser exactos. Y Blandón de digno e inteligente ante un ayudante de bus. La cosa se puso fea, de verdad. "Ven. Evitemos". Lo berraco es que Blandón también se subió. El calor de Caucasia hizo lo suyo. No se podía ser muy racional en ese calor. Marcos estaba allí para eso -niño de doce años en cruza con joven bachiller-, para apartar al amigo. "Ven. No alegues". Era la tarifa del viaje lo que indispuso a Blandón contra el ayudante. Blandón chistó. "Entonces, no los llevo", dijo el nativo. Blandón tenía mucho Sartre encima, mucho pensamiento europeo. El pobre ayudante solo pensaba en su bolsillo. El calor de la playa que encegueció al Meursault de Camus -más su férreo intelectualismo- llevándolo a matar al árabe, casi replica su influjo en Caucasia. El raro híbrido que era Marcos Pita terció en favor de la armonía. Por esos días Marcos leía a Dostoievski. En fin. Compraron el tiquete - o hicieron las paces con el ayudante y consiguieron una rebaja - y llegaron a Medellín a medianoche. Al día siguiente, lunes, Marcos reiniciaba clases. La semana santa había pasado. (Andabas con los periódicos? "Debía ser. Era como andar con la sábana. O con la botella de pegante". La tenías? "No. Otros chicos, sí. Me daban a oler. Rechacé hacerme a una. No recuerdo bien. Quizás ya andaba con ella en el bolsillo". No era difícil conseguirla en el sitio donde me dices que te movías. Por allí abundan los negocios de insumos para calzado, fábricas de zapatos. Recuerdas? "Sí, recuerdo. Después, cuando crecí y nos mudamos a Medellín, supe el nombre de esas calles. Lo del tarro de pegante me preocupa, si lo llevé o no. Puede que no sea crucial, pero me preocupa".)          

jueves, 15 de septiembre de 2022

Los condiscípulos (Blandón. Cap. 2.)

Hoy me pregunto si acaso Blandón leyó por aquella época On the road, de Jack Kerouac, y esto le inseminó la fiebre de la carretera. Porque fue Blandón quien me contagió la pasión de las piratiadas, de salir a la aventura con una mochila al hombro, pidiendo avances a los carros. La verdad es que esa intrepidez me duró poco. Solo salí de auto-stop dos veces, una con Blandón, otra por mi cuenta. Para Blandón, en aquellos años mozos, piratiar era un estilo de vida. Támesis-Medellín, Medellín-Támesis, era su ruta más frecuente. De la casa de sus padres al apartamento en la ciudad, y viceversa. Simplemente, se echaba a la carretera, sin un peso, y llegaba a su destino haciendo como hacían Dean Moriarty, Salvarore Paradise y su banda de amigos: On the road. Aquello tenía su encanto, su veta de poesía. Se conocía el mundo, se hacían amigos. Creo que más allá de la celebración del auto-stop como estilo de vida, el libro de Kerouac es un canto a la amistad: Salvatore Paradise y Dean Moriarty. Gente deschavetada, Moriarty sobre todo. Tal vez haya leído el libro. De antiguo a Blandón le gustó el jazz. Y es esta música la que energiza las páginas de esa novela. Salvatore y Dean deliran con el jazz. Fue el delirio de una generación, lo mismo que la marihuana y el desasimiento. Sin embargo, no creo que Blandón tuviese que leer la novela de Kerouac para lanzarse a los caminos. El combustible era interior, la poesía. La imagen del caminante, del vagabundo, bien pudo verla en Hermann Hesse. Ahí también hay desasimiento, hambre de espacio, de encuentros del ser. Por esa época leíamos a Hermann Hesse, tal vez más que a Jack Kerouac. Teníamos esa nostalgia de viajes, de paisajes, como si fuésemos los avatares de naciones de migrantes, de polinesios o vikingos. Sabíamos ya que nos gustaba escribir, y la escritura se definía como un salir allá, ver mundo, sentir el aire fresco en la cara, aleteando en nuestras narices. También leíamos a Hemingway, sus crónicas europeas, pero asimismo sus bellos relatos de la América agreste. Éramos jóvenes escritores, jóvenes poetas, jóvenes hombres que intentábamos ser eso, hombres. Y nos les medíamos a la vida, a los caminos. Así una vez Blandón y yo nos fuimos a piratiar a la costa, donde mis parientes. Arboletes y San Juan de Urabá son nombres con algo legendario, que inspiran emoción y deleite sensual en quien los escucha. Por esos rumbos de Urabá fundaron los conquistadores las primeras ciudades, Santa María la Antigua del Darién. Blandón se soñaba en Arboletes y San Juan, de donde yo soy, así que nos fuimos de aventura. Dean Moriarty y Salvatore Paradise, luego de rodar por su país de costa a costa, recalan en México, la tierra prometida, el edén. Pero no se quedan allí, regresan a Nueva York. Blandón y yo nos quedamos una semana en San Juan de Urabá, y volvimos a ocuparnos de nuestras cosas en Medellín. ¡Medellín! Toda una vida en esta metrópoli. Como Cavafis en su Alejandría. Como Hernán Cortés en México, quemar las naves. Pensar lo que tenía de fatalidad nuestro arribo a esta urbe, porque aquí quemamos las naves. ¡Medellín! Qué lacerado y, no obstante, solemne acento late en esta voz. Medellín de Blandón, Medellín de Marcos Pita, Medellín de Edgar Hincapié. Blandón pagó su novatada y su temeridad sajándose el vientre en el río San Juan. Pensó que estaba en una piscina de la Olímpica y se lanzó a las aguas haciendo la figura del nadador de escuela. La orilla era baja, fangosa y enmalezada. La barriga de blandón dio contra la arena y  los palos sumergidos. Por fortuna no hubo nada que lamentar. La aspereza del río dio al traste con su exhibicionismo. A enseñarles clavados a los nativos, a mis primos que entran al río con un salto brusco y natural. Es la imagen que viene a mí al recordar aquel viaje, los hechos de Blandón en la aldeíta litoral. Creo que aquella experiencia temperó sus bríos. La comida y los frutos de la tierra, así como el ser franco y pausado de los habitantes, resarcieron a mi amigo del inicial castigo. Es solo un suceso de todos los que nos acaecieron durante esa semana. Algo que muestra a las claras el choque de dos civilizaciones. El poeta citadino en apuros con el tranquilo río. ¡Nos ocurrieron tantas cosas! Blandón tuvo más de un ríspido incidente. No se puede entrar en un mundo ajeno con la avilantez de nuestros postulados. Es preciso ir suave, mirar. Nunca he escrito sobre esa piratiada. No creo que sea este el espacio. Algún día, tal vez, le dedique tiempo y páginas largas, no sé. Fue cuando yo estaba en once, en unas vacaciones de semana santa. Creo que partimos un sábado. Salimos del edificio a eso de las cinco de la tarde. Ambos traíamos nuestros morrales. El mío era rojo, y me lo había prestado un amigo de Los Salvatorianos, Francisco Javier Pérez Gil, que fue mi compañero en octavo y noveno. Fui desde Bello hasta San Francisco, Itaguí, por el morral. Pacho, así le decíamos (o Perejil) no tuvo problema en prestármelo. Recuerdo que llevé un porta con arroz cocido por mi propia mano, para el camino. Arroz limpio. Buenos servicios nos prestó el arrocito luego. ¡Arroz! Tomamos la Autopista Norte y caminamos sin afán. Llegamos, andando, más allá de la partida de Barbosa. Luego cogimos una escalera que nos dejó en Santa Rosa de Osos. Anochecía. Llovía. Hasta el momento ningún conductor nos había dado una mano. En la escalera pagamos pasaje, aunque el ayudante nos hizo rebaja después de que le explicamos nuestra situación. En Santa Rosa tuvimos suerte. Un camión que iba por ganado a la costa nos avanzó. Allí venían otros dos "piratas". Luego supimos que se llamaban Carlos y Pedro y que eran también de Medellín (Castilla) y que iban para Cartagena. El camión nos dejó en Yarumal. El chófer tenía que detenerse unos días allí no sé por qué asuntos. Ahora éramos cuatro. Tomamos café con leche en una panadería del parque. Luego, Blandón nos llevó a una institución religiosa donde tenía conocidos. No recuerdo qué confesión era, qué orden. Su empresa no tuvo éxito. Preguntó por la persona conocida, pero no le dieron razón. Quizás hasta hubiésemos pasado la noche allí, de haber estado el amigo de Blandón. Seguimos caminando. Lloviznaba. Paramos en una fondita, bebimos tinto. Al continuar la marcha, el dueño de la fonda vino tras nosotros, reclamándonos una taza o un vaso. Negamos tenerlo.  Buscó en nuestras mochilas. Sorpresa, Blandón lo tenía. El campesino recuperó su vaso y nos despidió con malas palabras. No podíamos explicarnos por qué y para qué Blandón  cogió el vaso. Seguimos caminando. A las doce de la noche hicimos parada en una planta lechera, al borde de la vía. Nos refugiamos en el alero. El edificio, de sólidos muros, estaba cerrado. No había vigilantes. Allí estuvimos casi hasta el amanecer, husmeando aquí y allá, platicando, algunos leyendo, otros haciendo un fuego. ¡Qué no conversaríamos! Palabras de almas jóvenes, soñadoras, alocadas. En adelante, ese alero de la planta lechera fue un referente para mí siempre que pasaba por allí, en bus, rumbo a la costa. Después de Yarumal, a mano izquierda, a orilla de carretera. En adelante, ese lugar atrajo mi mirada, mi evocación, y volvía a ver allí a cuatro muchachos aventureros (Pedro, Carlos, Blandón y yo), con sus mochilas, sus parrafadas, sus silencios, esperando al alba acogotados por el frío. A Carlos también le gustaba escribir. La caminada y el largo descanso en la lechería, permitió un mayor acercamiento entre nosotros y los dos nuevos amigos. Eran estudiantes, como nosotros. Pensaban presentarse a la u. Volvimos a caminar. El principal enemigo era el frío. Nos obligó a movernos. Al amanecer llegamos a una fonda donde nos vendieron aguapanela caliente. Una volqueta nos llevó hasta Valdivia. El volquetero era un loco acelerado, suicida. Temimos por nuestra vida, quedar en un precipicio. Pero el conductor era un baqueano, un Juan Sin Miedo. Llovía. De Valdivia a Caucasia pagamos pasaje en bus de Coonorte. El bus venía holgado, con muchos puestos desocupados. Nos despernancamos. En Caucasia nos separamos de Pedro y Carlos. Un camioncito nos llevó hasta Planeta Rica. Era el atardecer. Blandón durmió como un lirón, pese el zarandeo del carro. De Planeta a Montería volvimos a caminar. No llevábamos gran trecho andado cuando le pusimos la mano a un campero y este se detuvo. Sorpresa: Carlos y Pedro venían allí. Habíamos vuelto a encontrarnos. Blandón y yo bajamos en Montería. Era el anochecer. Carlos y Pedro siguieron en el campero. Creo que el conductor iba hasta la propia Cartagena. Era un tipo raro. Nos despedimos. Nunca más en la vida volví a ver a Pedro. A Carlos sí, coincidimos en la u. Estudiamos la misma carrera. La noche nos cogió en Montería. Un camión ganadero nos llevó hasta Arboletes. El pueblo dormía. La policía nos requisó. Mostramos nuestros carnés de estudiantes. Los policías desconfiaban de nosotros, acaso creían que éramos guerrilleros. Les dije que tenía un tío allí, que ya era tarde para tocar la puerta. Apenas escucharon el nombre del señor Mañe, nos creyeron. Dormimos en el comando, los policías nos dejaron, era el único sitio donde guarecerse. A la vez nos vigilaban, creo. Nos recostamos sobre nuestros morrales. No dormimos. Creo que también nosotros los vigilábamos a ellos. Al clarear el día, visitamos a tío Mañe. Nos atendió bien. Tras desayunar, salimos caminando hacia San Juan. El chivero de Luis Carlos de la Rosa nos recogió. Era lunes. Llegamos a San Juan al mediodía. No nos había ido mal. El regreso sí fue penoso.                               

martes, 13 de septiembre de 2022

Los condiscípulos (Blandón)

Coger los peces gordos: en algún momento hay que hacerlo. Mejor temprano que tarde. Este es un pez gordo, de verdad. Entre los condiscípulos de la u (con ser que no estudiaba español y literatura, como yo, sino medicina), Blandón es tema aparte. Un conmilitón de toda la vida. Después de haber enrostrado  a Arizmendy, John Charles, Loren, Olga Regina (pesos mediano o walter), enrostro a un peso pesado, a un púgil de gran volumen, que me dará lidia, Blandón. Yo creo que estaba en mí antes que nos conociéramos, como una lluvia y un verano propicios a la semilla que romperá. Romperá, cuando sea tiempo. Hasta una migaja de temblor reverente siento al abordar a Blandón, al poner su rostro ante el mío, al hebrarlo en la urdimbre de esta crónica. Es una hebra dúctil, cargada de cierta tensión, aunque las más de las veces se estira y se encoge como un elástico. En fin, tengo un centenar de páginas escritas, páginas en que Blandón ha devenido en la misma materia de que están hechas las estrellas, los sueños. Nos conocimos cuando llegamos a vivir en la unidad Altos de la Cabaña, por allá en 1984. Las dos familias arribamos al mismo tiempo a este conjunto de edificios de Bello. Nosotros veníamos del Itaguí, del sector de Santamaría, donde había un asentamiento de gitanos. Ellos, los Blandón, venían de Támesis. Fue en esos días últimos de Santamaría, previos a nuestra mudanza a Bello, que empecé a escribir. En mi cuarto, el más recóndito de la casa, una tarde, tuve la radiosa iluminación del Verbo. Por eso digo que hubo algo de premonición venturosa en Blandón, que ya estaba en mí antes que nos conociéramos. Puede decirse que lo parí o me parió en Santamaría, entre la altiva hermosura de los gitanos y sus donairosas hembras que saben leer la mano. Entre los condiscípulos de la u, hay tres o cuatro peces gordos con los que me hacía el remiso, el tardo. Demasiado material, lo que significa demasiada vida, demasiados hechos, algunos no del todo inocuos. Uno siempre puede sentirse aludido, sentirse herido en su susceptibilidad. De alguna manera, la escritura posee un carácter excrementicio. El escritor es como un escarabajo estercolero, moviendo pelotas de estiércol de un lado a otro. La relación con las personas (incluso con las que llamamos amigos) está sujeta al respeto de ciertas convenciones, a la mutua deferencia. Hay temas tabú, por supuesto. Cositas delicadas, que es mejor coger con pinza, o dejar de lado. El escritor no puede ser todo lo caballero que se quiere. Por el contrario, es un traidor, un revelador de escándalos, un parricida, un de todo. Mantenerse en la línea de la mesura es difícil. El escritor no tiene amigos, es enemigo de todos y de todo. Aún así, es el mejor de los padres, pues tiene un centenar de hijos, y ve por todos. A cada uno le da lo suyo, en la justa medida, sin preferencias. Claro, eso es muy fácil de decir. Siempre habrá preferidos. Cursaba yo décimo u once, cuando conocí a Blandón. Por él me enteré del taller de escritores de Estévez. Blandón ya había acabado el bachillerato y llegó a Medellín a empezar la universidad. Vivía en el apartamento con sus hermanos, también universitarios. Era el tercero de una buena camada. Los padres se quedaron en Támesis. El papá trabajaba de profesor. Venían a visitarlos de vez en vez. Por esa época, Blandón era un pelao flaco y desgarbado, con los pies ansiosos de caminos y aventuras (amaba las piratiadas), y la cabeza saturada de lecturas y versos. Su corazón era un tiovivo, uno de esos artefactos que giran en el ámbito de la fantasía, alquilable para soñar. Comenzó construcciones civiles en el Jaime Isaza, cursó unos semestres, se enredó en las luchas estudiantiles. Luego se pasó a medicina en la de Antioquia. Daba quebraderos de cabeza al papá con esta forma alocada de ser, con estas inseguridades. Los hermanos (temperamentos más calmados) le criticaban ser temerario, conquistador, dárselas de perdonavidas, en fin, cierta soberbia de sabelotodo. Eran días de juventud, de irreverencia. Recuerdo que me rapé el cabello siguiendo el ejemplo de Blandón, y que fue en su apartamento de aire conspiratorio donde me aficioné al ajedrez. Hoy todavía esos amores resisten. Todavía me rapo la cabeza, todavía juego ajedrez. Con la escritura ni se diga. Aquel primer cuento que le enseñé a Blandón en aquella época (le gustó y me invitó al taller de Estévez), donde remedaba la temática y el absurdo kafkianos, se ha convertido en un sartal de cuentos e historias hiladas a través de los años. Me lo tomé a pecho. El incentivo de mi amigo Blandón superó toda expectativa. Ese primer cuento se perdió. Me gustaría tenerlo y leerlo de nuevo, para ver sus méritos y sus flaquezas. En estos días alguien a quien confié unos textos de mis primeras libretas, se extrañaba de no ver tachones. Quedó estupefacto. Igual yo. Nunca pensé en eso de los tachones. Mi contertulio me dijo que era increíble que uno escribiera con tanta seguridad y soltura, que no llenara el texto de tachones. A él le ocurría. Su escrito proliferaba de tachones. Es cierto. En mí hubo desde siempre esa fluidez y esa medida con la escritura. No había reflexionado sobre esto, hasta que el amigo me lo hizo notar. Cuántas peculiaridades nuestras nos pasan desapercibidas. No hay espejo más fidedigno que el otro, el semejante. Somos merced al otro. En mis primeras libretas puedo rastrear el tono que pudo tener aquel cuento de principiante, que versaba sobre un hombre obstinado en permanecer en el último cuarto de su casa, el de atrás. Aquello era como si la casa tuviese una pared falsa, como si el hombre estuviese emparedado. Aunque no era así, el cuarto era normal, integrado a la vivienda, con ventana, puerta, contiguo al pasillo, solo que el hombre y su personalidad lo convertían en un cuarto escondido, el cuarto de un apestado. El cuarto de Gregorio Samsa era otra cosa. Fue el escenario de su transformación. Pero Gregorio casi no pasaba allí, era viajante de comercio, salía todos los días. El cuarto del hombre de mi cuento era un castigo, una crucifixión, una mazmorra. Ya allí puse el germen (los huevos de insecto) de la locura que me ha perseguido toda la vida, el último cuarto, que es donde siempre voy a dar en todas las casas, donde siempre adquiero aspecto de lapa, donde algún día moriré. No como Gregorio Samsa, sino como ese otro que atisbó otra luz en el mismo cuarto. La luz de lo recóndito.