martes, 17 de enero de 2023

Los condiscípulos (Caliche. Cap. 13.)

Dos últimos recuerdos tengo de Caliche, ambos en el metro: una mañana en que coincidimos en un vagón, entre el Parque de Berrío y San Antonio, y otra mañana en que nos cruzamos en la estación de Itaguí, cerca a la escalera de acceso, junto al cuadradero de los colectivos. Tengo esos apuntes en algún lado, pero no he podido hallarlos. Así que dejo a la memoria la tarea de dar cuenta de ellos. Creo que con estos dos recuerdos voy terminando la semblanza de Caliche. Yo venía sentado en un rincón, quizá del lado de la ventanilla, es decir, en el sentido de la marcha del tren. El vagón traía mucha gente, pero no estaba repleto. Así fue como, desde mi punto de observación disimulado, pude ver a un sujeto de mirada exorbitada y gestos desaforados que se desplazaba a grandes pasos de aquí para allá. Tenía toda la traza de un ser enajenado, de un loco furioso. Daba susto. Los pasajeros se pusieron en guardia, lo miraron con prevención. Me escurrí un poco en mi asiento, y agradecí que Caliche no advirtiera mi presencia. Bajó en la estación siguiente, librándome del embarazoso momento. Estaba mal el amigo Caliche. Era un hombre al que los problemas sentimentales, el abuso de droga y alcohol habían acabado por guillar. Andaba envuelto en un aire turbulento y frenético. Creo que todavía tenía muy patentes en el rostro las cicatrices por la mordedura del perro. En fin, dadas las circunstancias emotivas de Caliche, me pareció mejor no delatarme. Lo dejé ir. El otro instante sucedió cuando yo trabajaba en Comfenalco, en pleno centro, Colombia con Cúcuta. Debía cumplir unas horas en la mañana, de lunes a viernes. El trabajo fuerte era los sábados y domingos, dando clases a alumnos que validaban el bachillerato. Ya vivía en San Antonio de Prado. En los días ordinarios, debía atender a mi horario en Comfenalco y salía a las once, a las carreras, de vuelta al corregimiento, donde comenzaba clases al mediodía. Porque también era profesor en un colegio oficial. Apenas tenía tiempo de entrar a la casa a almorzar. En estas prisas, cuando me disponía a abordar el colectivo rumbo a San Antonio de Prado, me crucé con Caliche. Estaba tomando tinto en uno de los caspetes. Nos sentamos en una jardinera y conversamos. Ya no vivía con Carmen, pero aguardaba a esta, para hablar asuntos relacionados con el colegio de la hija. Creo que pensaban matricularla en el Colombo Francés o en el Colombo Alemán, no recuerdo bien. En todo caso, en uno de esos colegios bilingues campestres entre Itaguí, La Estrella y San Antonio de Prado. La hija era ya una pre-adolescente. Carmen llegó y apenas pudimos saludarnos, por mis apremios de tiempo. Pero allí estuvimos los tres (o los cuatro, contando a la niña), reunidos de nuevo, como en los días de la u. La vida nos había orillado en un tiempo y una atmósfera inmisericordes, de adultos ajamonados, entre inestabilidades emocionales y urgencias financieras. La imagen de muchacha lozana y cautivante de Carmen en los días de la u volvía a mi recuerdo y me hería. Y Caliche. Caliche venía a mi recuerdo como un jovenzuelo hermoso y terrible, como un dios pagano que nos adentrara en los ritos de la iniciación y el hartazgo. Cómo podíamos cambiar tanto. Cómo la vida podía ser tan cruel. Ahora Carmen, aquella jovencita rompe-corazones era una mujer en los treinta, tal vez más cerca de los cuarenta. Las líneas frescas y airosas de la juventud se habían disipado. El gesto era tenso, mediado por los problemas y las prisas de la vida. Caliche y Carmen estaban allí, cumpliendo otra cita del destino, batallando sus cosas, sacándole chispas a la experiencia. No podía ser de otro modo. No eran los primeros en separarse, tampoco serían los últimos. La hija quedaba en medio, como una isla ambigua. Seguro que ya el padrastro estaba en escena. La vida seguía su curso. No podía ser de otro modo. Un amor es una fuerza que nos ayuda a transformarnos, y las luchas no están descartadas, son imprescindibles.  Aquella mañana estuve allí con ellos. Como ellos, debía responder por mi vida. Corrí a embarcarme en el microbús. Seis horas de lidia con pelaos me aguardaban.            

viernes, 13 de enero de 2023

Los condiscípulos (Caliche. Cap. 12.)

Caliche impregna las páginas de estos años en que ya somos egresados de la u, profesionales, empleados, gente con familia. Páginas donde la juventud quedó atrás, como un sueño que apenas se recuerda, como una frase dorada deshilachada entre cenizas. Muy pronto, casi sin darnos cuenta, salió en desbandada la alegre primavera, precipitando el otoño y el invierno. Muy pronto nos sentimos extraños en nuestra propia piel, supervivientes en un tiempo de desastre. De repente lo advertíamos, al ir por la calle o viajando en el bus, esa sensación extemporánea, ese flotar entre dos aguas, un amargo y pérfido sinsentido de la vida, en fin, cuarentones. El absurdo. Algún día, por ejemplo, se nos ocurría hacer el recuento de los libros prestados y los tomados en préstamo a los amigos. El gran número de ambos nos dejaba sorprendidos y confirmábamos con tristeza, no solo la falta de seriedad de las personas con respecto a las deudas, sino también cuánta agua había corrido bajo el puente. Igual con la música. Por no hablar del dinero. ¿A quién le debo? ¿Quién me debe? Es bueno hacerse estas preguntas de vez en cuando, no ir tan tranquilo y cara limpia por el mundo. En este aire de epílogo de novela comenzábamos a movernos, pues. Cualquier ocasión nos visitábamos uno al otro, salíamos a dar un paseo por la vecindad, y caminábamos delante de nuestras mujeres, detrás de nuestros niños, quienes nos adelantaban con sus carreras y juegos. Cuarentones, con sendas duplas o triadas de hijos, canosos, agobiados, recordando con nostalgia los días de la juventud, las aventuras, las errancias. La vida. Ahora nos reunía de nuevo, casados, con familia, en un oficio, remansados los ímpetus, como tristones bueyes domesticados. ¿Que no? Ah, hermano, es cierto. Más que eso, como apunta Cavafis en sus versos, prostituidos. Mas no te aflijas, es la vida. Y uno preguntaba por Caliche, y le respondían, entre jocosidad y tragedia: "no volvió a visitarnos, desde la última puñalada". Y nos explicaban que Caliche llevaba mala vida, que frecuentaba bares y barrios de mala muerte, buscando quizás que lo mataran y lo libraran del peso de la existencia, pues no era capaz de tomar la decisión por propia mano. Así que Caliche seguía penando en este valle de lágrimas, convirtiendo el ser en un trapo astroso, llevado por la desesperación y la rabia. Flagelándose. Y uno recordaba a Caliche en la u, tan seguro que parecía, tan categórico en sus ideas, tan cruel con tantas cosas. Algunos compañeros se habían ido a otra ciudad, inventando otra vida. Caliche seguía en Medellín, la ciudad de su temporada en el infierno, a lo Rimbaud. Y uno recordaba este libro de Rimbaud, que una vez hurtamos de la biblioteca universitaria y del que una amiga se había prendado al punto de no devolvérnoslo. Está en buenas manos, te consuelas. Los que hurtan libros de las bibliotecas ajenas, este es otro cuento de juventud. Puerco que sigas haciéndolo ya viejo. No, ahora es bueno desprenderse de ellos, o de que sea nuestra biblioteca la asaltada. Caliche seguía en Medellín, con un matrimonio deshecho, una hija medio abandonada, renunciando a los trabajos donde lo empleaban. "Quiere hacerse matar, todavía no se resigna a la pérdida de Carmen", nos decían. Ahora Carmen trabajaba con una ONG. Caliche se presentó al concurso para maestro, dejando al fin el desdén por esta opción. Estaba pendiente de la entrevista. Y nos decían de él: "es genial, con mucha visión para la educación a nivel macro, pero es muy impulsivo, muy irreverente; dejó el último empleo porque, según él, las chicas de la u a las que daba clase eran muy brutas, no lo aguantó". Entonces Caliche iba por ahí causando escozor, una presencia poco grata por mordaz, por duro consigo y con todo el mundo. Tal vez alguno que lo viera por ahí en su desmedro se sintiese vengado por alguna ofensa de años atrás, cuando Caliche era tan prepotente y no se le daba nada hacer sentir mal a cualquiera. Tal vez muchos de los que él ultrajó con su agresividad y pedantería fuesen hoy dechados de humanidad, no como él que no se soportaba  a sí mismo y se holgaba en ulcerar a los demás. ¿Lo imaginas de maestro de secundaria? Acaso tire el trabajo al poco tiempo. Pero no, había persistido, seguía de docente. Cuando se es joven es hasta imperativo mostrarse altanero e iconoclasta; pasan los años y no podemos darnos el lujo de desechar un trabajo, quizás nuestra única ancla de salvación.                      

miércoles, 11 de enero de 2023

Los condiscípulos (Caliche. Cap. 11.)

Esa noche Blandón me habló de Caliche: "Anda mal, Carmen se fue, llevándose a la niña. Están en la Guajira. A Caliche le quedó grande la vida de hogar. No quiso sacrificar su vida al borde del abismo por la paz hogareña. Hace poco un doberman le desfiguró la cara. Se fue llorando después de hablar conmigo. Iba para donde su hermana. Carmen lo ama, pero no puede arriesgar tanto. La niña está en medio". Esta confidencia me la deslizó en el bar La Boa, donde se apareció mientras yo departía con Luis. Asomó en la entrada con aspecto de estar echando un vistazo. Alzando el brazo, le hice una señal. Me vio y vino hacia nosotros. Traía el morral a la espalda y una pinta no muy de doctor, por el descuido en su indumentaria y su acostumbrado andar agobiado. Tomó asiento y aceptó un par de cervezas. La plática brotó fresca, grata, al amor del licor bebido con gusto y mesura. Luis apoyaba el brazo en el gran volumen rojo (parecía un tomo de medicina) de Guerra y paz, comprado horas atrás en la Anticuaria. Al salir de la librería, se  desembarazó del envoltorio del libro, que desgarró y echó en un tarro de basura. No quería problemas con su mujer, que le reprendía porque, según ella, exageraba en la compra de libros. Sin el envoltorio, su mujer lo tomaría por un volumen prestado en una biblioteca. Yo tenía en la mesa, junto a mí, dos paquetes con libros y un prospecto de una exposición de escultura en piedra, tomado de la sala del Paraninfo, donde Luis y yo estábamos a eso de las 3 y 30 de la tarde. Dos mujeres jamoncitas, con aire de profesoras, bebían cerveza y fumaban cual chimeneas en la mesa aledaña. En seguida quedamos pasados a humo. A mí comenzó a dolerme la cabeza. Por fortuna se marcharon al rato. La taberna mostraba gran clientela, tanto adentro, en las mesas y la barra, como fuera, en la ventana. ¡Era un bar donde se bebía en la ventana! Qué original. Estaba regentado por Iván, el padre de Aída. Reconocí a un cuarentón canoso, parrandero impenitente, profesor del municipio de Medellín, a quien veía en las asambleas del sindicato y otros eventos magisteriales. Era uno de esos tipos que no nos agrada demasiado encontrarnos, porque son como un espejo de nuestros hábitos intemperantes. También lo topaba en las tabernas de salsa. Contrario a mí, de estilo opaco y reservado, este hombre era chispeante y desabrochado. Tenía algo bovino en su aspecto. Algo dulzón. Se la llevaba bien con las mujeres, que de ordinario lo acompañaban. Iván estaba ojo avizor con el negocio, cabello y barba blanca, en una faceta insólitamente sobria. Había hecho remodelaciones. La barra cerca a la puerta, por ejemplo. Apenas me enteraba de estos cambios. Cierto es que llevaba muchos años sin entrar allí. Busqué en su figura y ademanes rasgos de Aída. Los hallé: la talla mediana, cierta nerviosidad. Hablamos de literatura, de novelas y autores. Con Luis no se hablaba sino de novelas. Para él, era el género por excelencia. Es una novela toda su vida de lector de novelas. Blandón recibió de Luis el obsequio de dos librillos con la información de sendos concursos literarios. Generoso, dijo que luego conseguiría la propaganda. Es decir, la ampliación de las bases. Examiné a Blandón (Una vez más. A lo largo de nuestra amistad, ¿cuántas veces había indagado en su semblante, estudiado su figura?): canas, ojeras, panza, dentro de un fondo de juventud en desbandada. Igual Luis. "Espejos", me dije allá dentro de mí. Omar Castrillón, un poeta de ropas y atmósfera románticas, bebía vino en solitario en una mesa frente a nosotros. Tenía una cajita de vino rojo. Bebía en copa aguardientera. El cabello largo lo traía amarrado en cola. A ratos echaba mano de unos textos que estaban en la mesa y, valido de un bolígrafo, pasaba hojas y hacía correcciones. Su soledad ostentaba cierta altivez. Luis se levantó y, sentándose al lado de Omar, habló unos momentos con él. También saludó a una tal Marta (con la que habló en tono insidioso sobre un amigo común) y a una tal Negra. Vi más rostros conocidos de los que deseé haber visto. El viejo Willi, por ejemplo, negro sexagenario, músico de jazz, bohemio sin redención. Después, cuando esperábamos el metro en el Parque Berrío, Luis me confesó que había visto a Gladis a la entrada de la taberna  y que esta, además de no saludarlo, lo miró con odio, yéndose pronto. Añadió que Gladis estaba rara con él desde meses atrás, luego de que él ganó el concurso de relato breve que ella misma le ayudó a enviar por Internet. En fin, me di por satisfecho con que la conversación fuera amena. Blandón y Luis no chocaron tanto, como la primera vez, años atrás, cuando los presenté en la u. En esta ocasión, al separarnos, Luis criticó el carácter de Blandón, llamándolo "exaltado". Ahora, como siempre, Luis demostró su excelencia en el discurso, sus agudos puntos de vista, sus conocimientos literarios (Blandón no había leído a Salinger). Al abandonar la Boa saludé a Óscar Castro, antiguo profesor de la u, quien bebía una cerveza en la mesa más próxima a la salida. Luis evitó saludarlo. Una vez, siendo su alumno en la u, le hizo una broma pesada: "Óscar, supe que acaba de llegar de México, ¿por qué no se quedó entre las víctimas del terremoto?" Óscar no le habló más. Subimos hasta Girardot y doblamos hacia la Playa. Me retrasé ayudándole a empujar el carrito de perros calientes a una anciana. Blandón y Luis marchaban adelante, irónicos y risueños con respecto al gentío que hervía en los cafés y tabernas. "Todo es igual a hace veinte años", sentenció Luis. Bajamos por la Playa. Luis dijo: "uno debería escribir un solo libro y echarse a dormir". Blandón rió. Yo pensé que uno podría escribir un libro con las sentencias de Luis, recogiendo sus frases a lo largo de toda una vida de amistad. Frases donde el ingenio y la desnudez eran la nota predominante. Y, sí, luego de escribirlo, echarse a dormir, ojalá en una hamaca al lado del mar.Torcimos a la izquierda, en Palacé y nos topamos con el Parque Berrío. Lo cruzamos. Los borrachos infestaban el lugar. Yo venía echándole cabeza a la confidencia de Blandón sobre los males de Caliche. Pensé que había demasiado Carmen en la vida de este amigo, demasiado exabrupto y también demasiada soledad. A cualquiera lo muerde un perro y le desfigura la cara. Pero es que Caliche. Blandón tenía razón. Caliche andaba al borde del abismo.      

martes, 10 de enero de 2023

Los condiscípulos (Caliche. Cap. 10.)

"Vi Los Reyes del mundo", me dice mi esposa. Le pareció tan estremecedora que "mejor no la hubiera visto". Hizo la siesta al almuerzo viendo la película, con Elena, la gata, acostada a su lado. Al hablar del filme, confunde el nombre de la población de la promesa: "El Bagre", dice ella. "Nechí", le corrijo. Días atrás yo le había contado cómo, alentado por Blandón, me fui a una sala de cine una tarde y la vi. Desde entonces ella quedó picada por verla. Ayer la vio. Nada mejor para pasar el último puente de las fiestas de Año Nuevo que el solaz de una película. Los reyes del mundo, la tierra prometida, los desheredados. Es una producción colombiana. El coloquio con mi esposa me sirvió de acicate para volcarme de nuevo sobre la experiencia de la pirateada. Cuatro muchachos parten de Medellín, se lanzan a la carretera, atraviesan una geografía de maravilla y de espanto. Es el viaje de la promesa, una nueva versión del Éxodo, de la lucha por salir de la esclavitud hacia la tierra que mana leche y miel. Con sus morrales al hombro, como vagabundos, cuatro muchachos caminan en pos del ideal. La imagen del grupo unido en el proyecto de un propósito común, revela, por contraste, la individualidad de cada destino, de cada vida, de cada muerte. Los israelitas abandonan Egipto, el Mar Rojo les cierra el paso. Ahí hay otro destino posible. Los egipcios los alcanzan, les impiden seguir, los esclavizan de nuevo. Pero ahí está Jehová. Ahí está el milagro. El muchacho negro se queda en el camino, los otros tres continúan, solo para, al final, quedarse también, sucumbir en el intento. No hay salida. Quizás la tierra de la promesa era ese burdelito de matronas amables en los Llanos de Cuivá, una vida de pastores, tomando leche recién ordeñada. Cuántas vidas posibles en una vida, cuántas trayectorias en boceto. En Yarumal, una vida, un oficio. En Puerto Valdivia, otro papel. En Tarazá, quién sabe. En Caucasia, la suerte. Caliche se quedó en Montería, Blandón en Arboletes. Tantos libretos a la mano. Un morral al hombro y una carretera son ya un sino. La promesa. Creo que Blandón y Caliche todavía esperan algo de la escritura. Y esos muchachos del filme, en una variación feliz, llegan a un oasis de paz y son felices. Claro que también, en ese morral de caminante, el guión puede trazar la hediondez. ¿Qué nos prometió la vida? Nada, solo el camino. Lo demás acaso debíamos procurarlo por nosotros mismos, por la fuerza de la voluntad o los sueños. Es válido para el instante como para el trayecto entero. Cada momento exige de nosotros la determinación de ir hacia adelante, así Jehová no nos acompañe con la nube en el día y la columna de fuego en la noche. Blandón se hizo médico, Caliche, profesor. En aquel galpón lechero al lado de la carretera, en Yarumal, se escribió el destino. Leche y miel para unos, hedor y moscas para otros. Este día que albea también es una promesa. Cuántos caminantes, cuántos parias, cuantos aventureros, cuantos soñadores abrazan la ilusión. Caliche debe presentarse a su puesto de trabajo como docente; Blandón se viste su bata y su estetoscopio. Cualquier otro puede estar dormido en una banca de una plaza, con el morral al lado. Al despertar, acaso tenga que pedir para un café y un pan. Israel se constituyó en nación, y no pocas veces hizo de chacal con sus vecinos. Jehová le había escriturado esa tierra, no con leguleyo y rúbrica, sino con el Verbo. Si todo estuviese investido de esa omnipotencia, de ese ardor, de esa fe. En el galpón lechero de Yarumal prometimos convertirnos en escritores, lo cual implicaba echar los bofes. Acaso debemos entender que la promesa es solo lo transitorio y lo efímero, como la rosa efímera del Principito. No te constituyas en nación y sojuzgues a los demás. Eso no puede ser un proyecto de vida noble. Como the little prince, preguntémonos hoy: "¿qué es efímera?"                      

lunes, 9 de enero de 2023

Los condiscípulos (Caliche. Cap. 9.)

La nieve de los años escarcha el cabello de Caliche; también hay profundas bahías en esa mata de pelo que un día fue plena y exuberante. Estoy mirando su foto de perfil en facebook. El amigo Caliche. Unas arrugas horizontales surcan su frente. Aunque no sonríe, hay un asomo de alegría en su rostro, una vitalidad y agudeza incuestionables. Cierta picardía. Sí, es el hombre que siempre supo reír (y, por tanto, ser niño), que supo ir hasta la carcajada detonante, que se alzaba a las cumbres de la emoción en el camino de la amistad. Husmeo su perfil de facebook. Le envío una solicitud de amistad. Debería pedirle que nos reuniéramos y tomáramos un café. ¿Cómo irán sus días? Ha sabido mantener un físico atlético. No ha sido una preocupación baladí en su vida, por algo conquista a las chicas. Miro su fecha de nacimiento y confirmo que somos coetáneos, aunque yo soy una migaja mayor. No es de los que atiborra su facebook con publicaciones. Sólo tiene allí la foto de perfil: Eccehomo. Me agrada esa escuetez. El rostro, ¿para qué más? Como Caliche es profesor activo, pienso que ya se le acaban las vacaciones, que reanudará su brega con los alumnos. Pasaron las fiestas, despunta enero, hay que ceñirse a la rutina. Mientras él se prepara para reiniciar el calendario académico, yo escarbo en su vida, que es asimismo mi vida, porque el destino lo quiso. Un rostro, un hombre. Retomo el sueño del juego disparatado del que hablé en el capítulo anterior. En este juego participábamos Caliche, Beethoven (el Sordo Prodigioso) y yo. Era una loca mezcla de futbolito, balonmano, canicas y hockey. Al mismo tiempo tenía algo de charada, aunque ahora no recuerdo en qué sentido. Los jugadores evolucionaban en un corto espacio, uno o dos metros. Había pequeñas arquerías, de un palmo. Había dos bandos, cada uno conformado por un jugador. El jugador se echaba en el piso, como un chiquitín jugando catapiz. O simplemente se acuclillaba, como un chico jugando canicas. Pero no se jugaba con asteriscos de pasta ni con canicas, sino con frágiles huevos de pinguino, de ganso o de gallina. La hazaña consistía en transportar por el piso el huevo con la mano, eludiendo al rival y marcando gol en el arco contrario. No eran escasos los huevos que se rompían. Beethoven era el más diestro. Mantenía el primer puesto en el ranking mundial de este deporte. El descontentadizo y mudable Caliche abandonó el partido súbitamente y, sin pararse a ver que vestía pijama, se lanzó a la calle, donde una chica glamorosa llamada Claudia lo magnetizó con un gesto breve y poderoso. Cual fantoche risueño, Caliche atravesó la vía, arriesgando que lo atropellara un carro, acercándose a la puerta donde se hallaba sentada Claudia (con pose de reina de alfeñique). Aquel sitio era una peluquería, pero, horas antes, había sido una funeraria. El incauto dirigió una seductora mirada a la embozada vampira.            

viernes, 6 de enero de 2023

Los condiscípulos (Caliche. Cap. 8.)

He ido organizando un archivo personal de Caliche con base en los apuntes de mis libretas. Es el método del que me valgo para manejar mis materiales y rastrear a mis héroes. Tengo mis libretas a la mano, en la estantería de mi biblioteca, ordenadas y numeradas. El registro de apuntes de mis personajes lo adelanto en un cuaderno. Allí aparece Caliche. Un ejemplo: en la libreta 45, página 47, Caliche patea el tarro de basura del corredor de la facultad de educación; en la libreta 62, página 49, Caliche aparece en un sueño mío, donde ambos, en compañía del Sordo Prodigioso (Beethoven) protagonizamos un juego disparatado, una loca mezcla de futbolito, balonmano, canicas y hockey. Este sueño será abordado en otro capítulo. Advierto que Caliche no extenuará una veintena de capítulos, como Blandón, y mucho menos una cincuentena, como Estévez y Natalia. No poseo tanto material sobre él. Algunas veces Caliche aparece integrado en los apuntes de Blandón. Por ejemplo, cuando Blandón me avisó que Caliche se había accidentado en su moto, o cuando me contó que un perro le mordió la cara. En esta ocasión, Blandón me exhortó a que llamara a nuestro común amigo y le preguntara por su salud. La amistad entre Blandón y Caliche es grande. Me recuerda la de Carlos Marx y Federico Engels. Se dice que cuando el autor de Das Kapital se hallaba ya muy enfermo del estómago (por el abuso de comidas picantes y demasiado condimentadas), Engels se puso a estudiar medicina para curar a su amigo. De cualquier modo, Engels no pudo hacer mucho por la salud de su camarada. Marx murió en 1883. Engels lo sobrevivió doce años. En una oportunidad en que nos hallábamos en Troncos, asistimos a una exhibición artística. Se trataba de unos huesos de res (calambombos) colgando de cordeles. Aquello semejaba quipos, en cada nudo un calambombo. Era una jornada cultural. En la explanada se presentaban unos raperos. "Grotesco", sentenció Blandón, refiriéndose a los huesos de res colgados en cordeles. Un rato después caminábamos por los predios del hospital universitario. A través de este, vinimos de Barranquilla a Juan del Corral. Blandón me dijo que andaba buscando a un neurocirujano amigo suyo para pedirle el favor de que tratara a Caliche, que tenía un edema cerebral a raíz de la caída en la moto. Los ahorros de Caliche se estaban agotando con los honorarios de un neurólogo privado. Blandón aseguró que su amigo lo atendería sin cobrarle un peso. Mientras Blandón se sumía en pensamientos melancólicos, yo contemplaba el magnífico lienzo tropical del horizonte en la noche tierna. La palmera del Seguro se recortaba nítida, gallarda, perfecta, contra un firmamento de tonos intensos: azafrán, zafiro, azabache. Este apunte de Blandón, Caliche y el neurocirujano, está en la libreta 68, página 6. Generalmente, al escribir, transformo el apunte, le agrego o suprimo partes. En fin, lo adapto a mis necesidades. Por su no convencional forma de ser, a Caliche le ocurrían cosas fuera de lo normal. A cualquiera lo muerde un perro, por supuesto. Pero es que Caliche solía pasarse de revoluciones. Sé que hay reciprocidad en esa amistad a ultranza entre Blandón y Caliche. En este aspecto, yo he ido por los laditos. Me alejé de ellos, por asuntos del trabajo y de la familia. Aun así, cada que llamo a Caliche o me cruzo con él, su respuesta es efusiva. Cuando me hallaba escribiendo los capítulos de Natalia, lo llamé para documentarme sobre la hermana de esta, una mujer que curaba con los colores y con las velas. Caliche me dijo que tenía´mucha información al respecto (había sido paciente de la ucraniana), pero que resultaría tedioso dármela por teléfono (o quizá no contaba con tiempo en ese momento), que mejor me grababa un audio. Así fue. Me grabó un audio extenso y completo sobre lo que necesitaba saber. Así son los detalles de Caliche.                              

jueves, 5 de enero de 2023

Los condiscípulos (Caliche. Cap. 7.)

A veces, al cruzar por la Feria de ganado, veía en la explanada, a un nivel más bajo que la autopista, el tupido parque de camiones. Los maderos salpicados de estiércol le hacían evocar la pirateada a la costa en compañía de Blandón, Caliche y Pedro. En ocasiones, cuando aún vivía con sus padres en Bello, trotaba hasta la Feria y hacía el circuito en torno a la explanada, pasando por los corrales, aspirando el hiriente vaho del lugar. Era un escenario familiar, porque la ruta de las Cabañas, a la vuelta del centro, se metía por la Feria y salía a la escuela de carabineros, continuando luego por Boyacá las Brisas. Era el tiempo de la u. Una nochecita, mientras trotaba por allí, fue detenido y cacheado por unos policías. Les enseñó su carné de estudiante, pero los agentes eran mala sangre y lo trataron con aspereza. Al fin lo dejaron ir, y Marcos se apresuró a largarse, no fueran a arrepentirse y volvieran por él. Tenían traza de asesinos. En un camión de ganado salpicado de estiércol venían Caliche y Pedro cuando se cruzaron con Blandón y Marcos en Santa Rosa de Osos. No era la primera vez que Marcos viajaba en la caja de un camión. Cuando se mudaron de Concordia a Medellín vinieron en un vehículo de estos. Y luego, ¡cuántos trasteos! Pero, antes de esto, cuando, viviendo en Concordia, se escapó de casa, tras caminar carretera abajo por un largo trecho, un camión lo recogió en las Partidas y lo trajo hasta Bolombolo. Blandón, Caliche, Marcos, vecinos de Bello, pasaban a menudo por la Feria. Pedro vivía en Castilla. Para muchos la Feria era un lugar nefando, que encarnaba los hábitos carnívoros y sanguinarios de la sociedad. A Marcos le hacía pensar en el cuento El matadero, de Esteban Echeverría, donde se describe la crudeza de estos sitios. Le hacía acordarse de un camarada del colegio que trabajaba en una carnicería y, en desempeño de su oficio, vestía un chaquetón blanco manchado de sangre y de sebo. Esa facha se le antojaba indigna. Este amigo le confesaba que, por más que se lavase las manos, estas no perdían el desagradable olor a carne. Eso de manipular cadáveres destazados era cuesta arriba. De niño, en Concordia, había conocido este mundo brutal. Los viernes mataban, y los chicos sin ley se escapaban de clase para observar aquel espectáculo salvaje desde los muros de la corraleja. Los matarifes hacían de vaqueros, enlazaban las reses, las trasladaban al galpón enlosado y con canales por donde corría el aguasangre. Los chicos no se privaban de ver el sacrificio (había un matarife que llamaba a aquello "la crucifixión"): la res, atadas las patas con una soga, inmovilizada, reducida, recibía una cuchillada en el corazón. Los matarifes hundían el cuchillo hasta lo último, y lo removían hasta que el animal expiraba. Era una cosa bárbara.  Muchos de ellos, y también algunos curiosos, se apresuraban a llenar vasos con la sangre palpitante, y la bebían como una cara medicina. Era una sangre caliente y espumosa. Aquel camión en que viajaron de Santa Rosa a Yarumal iba por ganado y tenía el piso tapizado de afrecho de arroz y aserrín. Las reses, tal vez presintiendo su destino, debían padecer flojera de estómago, y soltaban estiércol a espuertas. En la pirateada, este referente crudo y despiadado del comercio y la matanza de las reses, se trenzaba con los ideales románticos de esos cuatro muchachos que soñaban con ser escritores. El camión los dejó en Yarumal. Al día siguiente volvería a Medellín con su carga para la muerte. El olor pestilente de la Feria se mezclaba a las emanaciones fétidas del río Medellín. Era ingrato pasar por allí. De los cuatro aventureros, quizás Pedro fue el único que no se dedicó a las letras. Marcos y Blandón hicieron de ello una segunda naturaleza. Caliche le hacía por los laditos. Se dedicó al estudio, a los posgrados, a la cátedra, a las chicas. En cierta época hacía vida de gigolo, y se jactaba de cobrar un platal por una hora de sexo. Uno no lograba aprehender ese ardimiento, esa rebeldía, esa petulancia en que Caliche se movía. Era un torbellino. Quería sobresalir por su originalidad. Se valía de instrumentos contradictorios: cortesía, aspereza, suavidad, sorna, alegría, violencia, orgullo. Al acto de la paternidad, con sarcasmo, le llamaba "reproducir la especie". Sin embargo, tuvo una hija. Para Marcos, Caliche era uno de esos amigos con los que uno se cruza a través de los años, incluso en los sueños. Una noche soñó que compartía una pieza de hotel con él. El cuarto poseía gran similitud con el dormitorio de Marcos en casa de sus padres. Había dos camas. En un ángulo aparecía un baúl donde Marcos guardaba libros y papeles. Buscaba algo ahí, cuando Caliche vino, malhumorado, a reñirlo, como si Marcos se estuviera metiendo con sus pertenencias. Marcos no se dio por aludido. Caliche efundía insanía.