sábado, 14 de diciembre de 2013
El gusano de la mata de noni
Se dice que la mata de noni produce un gusano cuya picadura es mortal si no se busca rápido la contra. Este gusano es una especie de anacoreta, porque casi nadie lo ha visto. Dicen que habita en el tallo y que sale de noche a roer las hojas y hasta los frutos.
Yo he observado la mata de noni "en persona" y puedo atestiguar que jamás he visto el tal gusano. Mi madre, que tuvo una mata en su casa, tampoco lo ha visto, aunque una parienta de Urabá le asegura que el bicho existe y subraya la potencia de su veneno.
Extraño que una planta tan medicinal, que ha sido considerada como una maravilla de la naturaleza por sus atributos sanadores, críe un gusano tan dañino.
Habrá que seguir averiguando para conocer la verdad sobre este hecho. Es normal, sin embargo, que toda mata tenga su gusano. El café, tan sabroso que es, tiene la broca.
Sobre el gusano del noni no sé nada más.
En general, hay unos condenados gusanos tan rabiosos que la picadura ocasiona fiebre, por no decir el dolor y la hinchazón precedentes.
sábado, 30 de noviembre de 2013
Foma Fomich, el héroe
De verdugo a héroe, Foma Fomich, conquista los corazones de los incrédulos. Por su interseción, el coronel y la institutriz se casan. Es la única manera en que la generala consiente con la boda, si Foma Fomich es quien la auspicia. Y esto es lo que ocurre. Cuando creemos que Foma se irá de la casa, realiza la jugada maestra, bendice la unión, y todos felices. Con esto acrece el amor de sus incondicionales y derriba las barreras de los que siempre fueron sus detractores.
Es es triunfo de Foma Fomich, que acaba sus días en la casa del coronel, adorado por todos. La dicha se esparce sobre todos, menos sobre Obnieskin y su madre, al quedar como los villanos de la novela, luego de su frustrado intento de apoderarse de la fortuna de la solterona por medio de una boda.
El coronel, hombre noble como el que más, disfruta de la felicidad al lado de Nastia, la adorable y joven institutriz, que lo ama.
En el momento en que la crisis familiar era más grave, cuando estaban trabados en un lío de perros y gatos, el consentimiento de Foma con respecto al matrimonio, transforma diametralmente la situación y todo termina en un azucarado desenlace.
De verdugo a héroe, Foma Fomich, conquista los corazones de los incrédulos. Por su interseción, el coronel y la institutriz se casan. Es la única manera en que la generala consiente con la boda, si Foma Fomich es quien la auspicia. Y esto es lo que ocurre. Cuando creemos que Foma se irá de la casa, realiza la jugada maestra, bendice la unión, y todos felices. Con esto acrece el amor de sus incondicionales y derriba las barreras de los que siempre fueron sus detractores.
Es es triunfo de Foma Fomich, que acaba sus días en la casa del coronel, adorado por todos. La dicha se esparce sobre todos, menos sobre Obnieskin y su madre, al quedar como los villanos de la novela, luego de su frustrado intento de apoderarse de la fortuna de la solterona por medio de una boda.
El coronel, hombre noble como el que más, disfruta de la felicidad al lado de Nastia, la adorable y joven institutriz, que lo ama.
En el momento en que la crisis familiar era más grave, cuando estaban trabados en un lío de perros y gatos, el consentimiento de Foma con respecto al matrimonio, transforma diametralmente la situación y todo termina en un azucarado desenlace.
jueves, 21 de noviembre de 2013
Estepachnikovo
Volver a leer a Dostoievski, qué fruición. Entrar a Stepachnikovo, una aldea rusa, interactuar con sus personajes... Porque el lector interactúa, condesciende, le pone zancadilla a los personajes, los exalta o los patea...Foma Fomich es un criado que se convierte en verdugo de sus amos, el coronel y su madre, la generala, que desautoriza al coronel, jefe de la casa en el papel, en favor de Foma, que es una especie de usurpador como no se ha visto.
Antes de leerla uno conjetura otra temática, otras situaciones, no una novela tan patética y jocosa al mismo tiempo. Sergei, el sobrino del coronel, joven de 20 años quien, a pedido de éste, asiste desde Petersburgo, donde vive y estudia, es el narrador. En repetidas ocasiones, Sergei llama la casa de su tío un manicomio. No da para más. Como en la típica novela europea de sociedad, de salón burgués, la casa del coronel se mantiene llena de visitantes, unos de alcurnia y otros de no tanta, a tal punto que uno no sabe quién es el verdadero dueño.
El coronel, que recibe un trato despiadado de su madre y de algunas amistades de ésta, es un viudo veterano, débil de carácter, con dos hijos, que se enamora perdidamente de Natacha, una muchacha de su servidumbre. Quiere casarse con ella, pero la generala desaprueba tal cosa: quiere casarlo con otra mujer, un poco loca, pero adinerada. Este drama, y el extravagante dominio de Foma sobre la casa y sus moradores, son los principales hechos de la novela.
Todo el curso de la obra nos lleva a detestar a Foma, a ponernos de lado del coronel, a desear que el arrogante mucamo sea expulsado, que reciba su merecido. El coronel se propone echarlo, mas se arrepiente, se deja engatusar por el descaro y la grandilocuencia del otro. La única persona de la casa que desprecia abiertamente a este impostor, que le canta las verdades, es la hija del coronel, una chica de 17 años, que sufre por la irrisión que su padre constituye.
Falalai, un siervo de extremada belleza, consentido de la generala, cándido como nadie, virtuoso bailarín, sobre todo de las danzas autóctonas, es otro elemento de la personalia, quien sufre los malos tratos de Foma, que desaprueba la vulgaridad de cierto arte popular. A otros criados, que gimen bajo su yugo, los castiga poniéndolos a aprender francés. Las lágrimas de Falalai es uno de los episodios extraordinarios de la novela.
Foma es un advenedizo con ínfulas de escritor, de moralista, de mártir. Mete baza en todo y se hace tratar como rey. Todo el mundo le teme. A Sergei, llamado por el tío para neutralizar la infame hegemonía de Foma, le cuesta cumplir su propósito. El tío dice querer casarlo con Natacha, pero sólo para que la joven no sea puesta de patitas en la calle; así la conservaría a su lado y podría seguirla viendo. Natacha no quiere oír hablar de eso, está enamorada del coronel. Rechaza a Sergei.
Una noche Foma sorprende al coronel y a Natacha besándose en el jardín. El capítulo se titula La catástrofe. Voy en esa parte. Este hecho, según parece, acelerará la salida de la niñera de la casa del amo. Foma no dejará pasar esta oportunidad servida en bandeja. Sergei aconseja al tío, que le cuenta el incidente en medio de la desesperación, que se case con Natacha y la libre del descredito. Que agarre en toro por los cuernos, en suma.
Así Dostoievski despliega ante nosotros el orbe de las pasiones, de la generosidad y la mezquindad (Mezenchikov, Obneskin), las grandezas y las miserias de las clases encumbradas. El coronel tiene una riqueza avaluada en 600 almas: la cuantía del poder se medía por el número de siervos que se poseyera. También nos muestra el mundo diverso y conmovedor, lleno de fuerza y gracia, asimismo de tragedia, del pueblo ruso (el parroquiano borrachín). Exhibe ante nosotros los estratos sociales, tan marcados en aquella sociedad cuya cabeza cimera en el zar y donde la casta militar tiene tanto predominio.
Espera uno con impaciencia que el misterio de Foma y su poder se descubra, que se transforme o se hunda. Que triunfe la bondad, encarnada por Natacha y el coronel. Que Sergei realice algo grande, pues su presencia sólo ha complicado más las cosas.
Volver a leer a Dostoievski, qué fruición. Entrar a Stepachnikovo, una aldea rusa, interactuar con sus personajes... Porque el lector interactúa, condesciende, le pone zancadilla a los personajes, los exalta o los patea...Foma Fomich es un criado que se convierte en verdugo de sus amos, el coronel y su madre, la generala, que desautoriza al coronel, jefe de la casa en el papel, en favor de Foma, que es una especie de usurpador como no se ha visto.
Antes de leerla uno conjetura otra temática, otras situaciones, no una novela tan patética y jocosa al mismo tiempo. Sergei, el sobrino del coronel, joven de 20 años quien, a pedido de éste, asiste desde Petersburgo, donde vive y estudia, es el narrador. En repetidas ocasiones, Sergei llama la casa de su tío un manicomio. No da para más. Como en la típica novela europea de sociedad, de salón burgués, la casa del coronel se mantiene llena de visitantes, unos de alcurnia y otros de no tanta, a tal punto que uno no sabe quién es el verdadero dueño.
El coronel, que recibe un trato despiadado de su madre y de algunas amistades de ésta, es un viudo veterano, débil de carácter, con dos hijos, que se enamora perdidamente de Natacha, una muchacha de su servidumbre. Quiere casarse con ella, pero la generala desaprueba tal cosa: quiere casarlo con otra mujer, un poco loca, pero adinerada. Este drama, y el extravagante dominio de Foma sobre la casa y sus moradores, son los principales hechos de la novela.
Todo el curso de la obra nos lleva a detestar a Foma, a ponernos de lado del coronel, a desear que el arrogante mucamo sea expulsado, que reciba su merecido. El coronel se propone echarlo, mas se arrepiente, se deja engatusar por el descaro y la grandilocuencia del otro. La única persona de la casa que desprecia abiertamente a este impostor, que le canta las verdades, es la hija del coronel, una chica de 17 años, que sufre por la irrisión que su padre constituye.
Falalai, un siervo de extremada belleza, consentido de la generala, cándido como nadie, virtuoso bailarín, sobre todo de las danzas autóctonas, es otro elemento de la personalia, quien sufre los malos tratos de Foma, que desaprueba la vulgaridad de cierto arte popular. A otros criados, que gimen bajo su yugo, los castiga poniéndolos a aprender francés. Las lágrimas de Falalai es uno de los episodios extraordinarios de la novela.
Foma es un advenedizo con ínfulas de escritor, de moralista, de mártir. Mete baza en todo y se hace tratar como rey. Todo el mundo le teme. A Sergei, llamado por el tío para neutralizar la infame hegemonía de Foma, le cuesta cumplir su propósito. El tío dice querer casarlo con Natacha, pero sólo para que la joven no sea puesta de patitas en la calle; así la conservaría a su lado y podría seguirla viendo. Natacha no quiere oír hablar de eso, está enamorada del coronel. Rechaza a Sergei.
Una noche Foma sorprende al coronel y a Natacha besándose en el jardín. El capítulo se titula La catástrofe. Voy en esa parte. Este hecho, según parece, acelerará la salida de la niñera de la casa del amo. Foma no dejará pasar esta oportunidad servida en bandeja. Sergei aconseja al tío, que le cuenta el incidente en medio de la desesperación, que se case con Natacha y la libre del descredito. Que agarre en toro por los cuernos, en suma.
Así Dostoievski despliega ante nosotros el orbe de las pasiones, de la generosidad y la mezquindad (Mezenchikov, Obneskin), las grandezas y las miserias de las clases encumbradas. El coronel tiene una riqueza avaluada en 600 almas: la cuantía del poder se medía por el número de siervos que se poseyera. También nos muestra el mundo diverso y conmovedor, lleno de fuerza y gracia, asimismo de tragedia, del pueblo ruso (el parroquiano borrachín). Exhibe ante nosotros los estratos sociales, tan marcados en aquella sociedad cuya cabeza cimera en el zar y donde la casta militar tiene tanto predominio.
Espera uno con impaciencia que el misterio de Foma y su poder se descubra, que se transforme o se hunda. Que triunfe la bondad, encarnada por Natacha y el coronel. Que Sergei realice algo grande, pues su presencia sólo ha complicado más las cosas.
sábado, 15 de junio de 2013
domingo, 21 de abril de 2013
J.D. Salinger
(1919-2010). Escritor de Estados Unidos. De familia acomodada, su carrera como estudiante fue más bien irregular, pues no se adaptaba a las instituciones. (La irresponsabilidad con la academia y la rebeldía que demuestra Holden Coufield, protagonista de Un guardián en el centeno tiene resonancias autobiográficas) En su ascendencia se cruzan las raíces judía y alemana. Viajó a Europa patrocinado por su padre, un industrial, el cual quería que aprendiera algo relacionado con los negocios familiares. Salinger se dedicó a la escritura. Igual que Hemingway y otros escritores de su generación, enviaba cuentos a revistas y periódicos, hasta que sus relatos fueron aceptados y celebrados.
Su primera y quizás más famosa obra es Un guardián en el centeno, que publicó en 1951, cuando apenas contaba 32 años. Nueve cuentos es otro de sus libros, además de Frany y Zoe y Levantad carpinteros la viga maestra. En varias de sus obras aparece la familia Glass, de la que Seymur es el miembro más conspicuo (Levantad carpinteros, Un día perfecto para el pez banana).
Salinger refleja en sus escritos sus experiencias personales: la guerra, sus traumas posbélicos, su crítica de la sociedad, su aislamiento, su excentricidad. Se casó tres veces y dejó dos hijos. Seymur Glass es una especie de alter ego o personaje depositario del ser del autor.
Amaba la filosofía zen y las corrientes de pensamiento provenientes de Oriente, lo cual puede rastrearse en sus obras, en el cuento Teddy, por ejemplo, al igual que en Levantad carpinteros.
Recomiendo empezar la lectura de este autor con Un guardián entre el centeno, luego continuar con los Nueve cuentos y seguir con Frany y Levantad carpinteros.
También dejó un n¿buen número de cartas.
(1919-2010). Escritor de Estados Unidos. De familia acomodada, su carrera como estudiante fue más bien irregular, pues no se adaptaba a las instituciones. (La irresponsabilidad con la academia y la rebeldía que demuestra Holden Coufield, protagonista de Un guardián en el centeno tiene resonancias autobiográficas) En su ascendencia se cruzan las raíces judía y alemana. Viajó a Europa patrocinado por su padre, un industrial, el cual quería que aprendiera algo relacionado con los negocios familiares. Salinger se dedicó a la escritura. Igual que Hemingway y otros escritores de su generación, enviaba cuentos a revistas y periódicos, hasta que sus relatos fueron aceptados y celebrados.
Su primera y quizás más famosa obra es Un guardián en el centeno, que publicó en 1951, cuando apenas contaba 32 años. Nueve cuentos es otro de sus libros, además de Frany y Zoe y Levantad carpinteros la viga maestra. En varias de sus obras aparece la familia Glass, de la que Seymur es el miembro más conspicuo (Levantad carpinteros, Un día perfecto para el pez banana).
Salinger refleja en sus escritos sus experiencias personales: la guerra, sus traumas posbélicos, su crítica de la sociedad, su aislamiento, su excentricidad. Se casó tres veces y dejó dos hijos. Seymur Glass es una especie de alter ego o personaje depositario del ser del autor.
Amaba la filosofía zen y las corrientes de pensamiento provenientes de Oriente, lo cual puede rastrearse en sus obras, en el cuento Teddy, por ejemplo, al igual que en Levantad carpinteros.
Recomiendo empezar la lectura de este autor con Un guardián entre el centeno, luego continuar con los Nueve cuentos y seguir con Frany y Levantad carpinteros.
También dejó un n¿buen número de cartas.
sábado, 20 de abril de 2013
Teddy, por Salinger
Al final de este cuento hay una concepción sobre la educación, propuesta, precisamente, por Teddy, a petición de Nicholson, su interlocutor. ¿Qué piensa de la enseñanza un ser que asegura haber pasado por diversas encarnaciones, seguidor de Veda? Sus ideas pedagógicas van en contravía de los modelos en boga, de la Señora Lógica. Este Teodoro Macardle (Teddy) se las trae: "No empezaría con las cosas con que por lo general comienzan las escuelas"... "Reuniría a los niños y les enseñaría a meditar"... "Trataría de enseñarles a descubrir quiénes son"... "Les haría olvidar todo lo que les han dicho sus padres y todos los demás"... "Les haría vomitar hasta el último pedacito de manzana (la Lógica) que sus padres y todo el mundo les han hecho morder"... "Que empezaran con las verdaderas formas de mirar las cosas y no mirándolas como hacen todos los comedores de manzanas"..."Se necesitaría mucha meditación y vacío para recuperarlo todo, el conocimiento consciente (todo está ahí), pero uno podría hacerlo si quisiera, si se abriera lo suficiente".
Antes de morir, antes del final, Teddy postula y comunica a Nicholson, una especie de psicólogo, sus convencimientos sobre la educación. Todos sabemos cómo acaba el cuento: Teddy va sereno a su cita con la muerte, en la piscina del barco en que viaja con su familia. No tiene miedo. ¿Por qué habla precisamente sobre la educación, sobre el ser, antes de morir? Porque es un tema vital para la sociedad. Cuánto más para esa sociedad estadounidense, enferma, con tantos prejuicios, traumas y problemas. Es aterradora la seguidilla de atentados de psicópatas que vemos en las noticias. Un país de megalómanos y guillados. Quizás debido precisamente a lo que Salinger denuncia en su cuento Teddy: el sacrosanto monopolio de la Lógica.
Plenitud por la meditación, por la búsqueda del ser, es lo que propone Salinger en su cuento Teddy, una terapéutica, una curación por la reflexión, la introspección fecunda. Esto no vale sólo para los Estados Unidos, sino para todo este orbe desenfrenado, embrutecido, alienado, al borde del colapso. Teddy enfrenta sin temores la muerte, porque se sabe eterno, pero también quizás porque este mundo le parece demasiado estúpido.
Yo soy profesor. A diario siento resonar en mí las palabra de Teddy sobre los comedores de manzanas (los súbditos de la Señora Lógica, de los Lineamientos Curriculares, de los Planes de Estudio, de las Competencias, de los Diarios de Campo, de los Libros de Disciplina, de los Comités de Convivencia, de las Planillas de Notas). A diario medito que todo esto está mal encaminado, que es preciso hacer un alto y encauzar de nuevo los pasos. Quizás no sea posible, porque existen fuerzas contrarias demasiado poderosas y enemigas del cambio.
viernes, 19 de abril de 2013
Pierdes conmigo
Pierdes conmigo, sucio mercader,
porque yo regalo sones
mientras tú vendes acciones.
Pierdes conmigo y puede que envidie tu cielo.
Pero me importa más el infierno exquisito
De atisbar lo inexorable
De bordear el abismo del instante.
Pierdes conmigo, porque salgo avante en mi sueño
Mientras a ti te enreda el dinero.
Pierdes conmigo, aunque ganes millones,
Porque mi rédito es lo inmenso
Y aun más lo pequeño.
Pierdes conmigo, sucio mercader,
porque yo regalo sones
mientras tú vendes acciones.
Pierdes conmigo y puede que envidie tu cielo.
Pero me importa más el infierno exquisito
De atisbar lo inexorable
De bordear el abismo del instante.
Pierdes conmigo, porque salgo avante en mi sueño
Mientras a ti te enreda el dinero.
Pierdes conmigo, aunque ganes millones,
Porque mi rédito es lo inmenso
Y aun más lo pequeño.
Nunca imaginé ser profesor
Nunca imaginé ser profesor. De niño jamás soñé ser algo especial cuando fuese grande, ni siquiera futbolista, actividad (o juego) que tanto me gustaba. Respetaba a mis profesores, pero nunca fueron modelos a seguir, ni siquiera el de sociales, Jairo Morales, que era deportista, amistoso y que me caía tan bien. Nunca me imaginé siendo como ninguno de ellos, aunque, salvo dos o tres, no tenía motivo para censurar sus vidas. Había unos energúmenos, otros borrachines y mujeriegos, pero estos comportamientos a mí, chico de once o doce años, no me alteraban más allá de lo razonable. Quizás porque mi padre también era energúmeno, bebedor y mujeriego.
Jamás me imaginé ser nada. Sólo al finalizar la adolescencia y empezar la juventud tuve el firme convencimiento de que me gustaría escribir. No me decía: "quiero ser escritor", sino que pensaba que escribir era delicioso. Me matriculé en Español y Literatura creyendo que allí se estimularía mi tendencia a la escritura: qué chasco. Allí medio se forma en pedagogía, pero la dotación en literatura es escasa. Lo que no hicieras por tus propios medios...
Soy profesor de secundaria en un plantel oficial, pero mi inclinación primordial es hacia la literatura y, actualmente, hacia la música en su faceta de canción inédita. Soy profesor, y acaso hoy en día esto sea una de las cosas que no quiero ser, aunque me gusta enseñar. Batallo el aire embrutecedor de los colegios, pero no puedo afirmar que salga indemne. Mucha erosión, enervamiento y llaga han de haber causado todos estos años de este oficio tan ingrato. A veces me siento un loquero en medio de un arrebatado jaleo de alienados, y creo que yo soy un alienado más. Es de manicomio.
Soy profesor, lo que jamás imaginé ser, y que tal vez estaba escrito en los inevitables rollos del destino. Mucha gente tuvo sueños de niño, que se les cumplieron de grandes. Afortunados. En mí todo fue azaroso. Y lo sigue siendo. Aunque soy profesor, entiendo que dentro de mí habitan los sinos del mendigo, del asesino, del demente. Trato de sublimar en literatura estas vetas ocultas y oscuras del ser, iluminar las más transparentes.
Soy profesor, pero mis ratos más gratos no están en el colegio, en ese gran artificio social, sino en estos momentos en que escribo y toco guitarra y canto mis canciones. Están en la soledad. Si uno pudiera elegir por profesión la soledad y vivir de ello...
Es que mi vida es eso hace mucho tiempo: soledad. Una soledad amable, que habito con las presencias y voces de mi propio ser.
Nunca imaginé ser profesor. De niño jamás soñé ser algo especial cuando fuese grande, ni siquiera futbolista, actividad (o juego) que tanto me gustaba. Respetaba a mis profesores, pero nunca fueron modelos a seguir, ni siquiera el de sociales, Jairo Morales, que era deportista, amistoso y que me caía tan bien. Nunca me imaginé siendo como ninguno de ellos, aunque, salvo dos o tres, no tenía motivo para censurar sus vidas. Había unos energúmenos, otros borrachines y mujeriegos, pero estos comportamientos a mí, chico de once o doce años, no me alteraban más allá de lo razonable. Quizás porque mi padre también era energúmeno, bebedor y mujeriego.
Jamás me imaginé ser nada. Sólo al finalizar la adolescencia y empezar la juventud tuve el firme convencimiento de que me gustaría escribir. No me decía: "quiero ser escritor", sino que pensaba que escribir era delicioso. Me matriculé en Español y Literatura creyendo que allí se estimularía mi tendencia a la escritura: qué chasco. Allí medio se forma en pedagogía, pero la dotación en literatura es escasa. Lo que no hicieras por tus propios medios...
Soy profesor de secundaria en un plantel oficial, pero mi inclinación primordial es hacia la literatura y, actualmente, hacia la música en su faceta de canción inédita. Soy profesor, y acaso hoy en día esto sea una de las cosas que no quiero ser, aunque me gusta enseñar. Batallo el aire embrutecedor de los colegios, pero no puedo afirmar que salga indemne. Mucha erosión, enervamiento y llaga han de haber causado todos estos años de este oficio tan ingrato. A veces me siento un loquero en medio de un arrebatado jaleo de alienados, y creo que yo soy un alienado más. Es de manicomio.
Soy profesor, lo que jamás imaginé ser, y que tal vez estaba escrito en los inevitables rollos del destino. Mucha gente tuvo sueños de niño, que se les cumplieron de grandes. Afortunados. En mí todo fue azaroso. Y lo sigue siendo. Aunque soy profesor, entiendo que dentro de mí habitan los sinos del mendigo, del asesino, del demente. Trato de sublimar en literatura estas vetas ocultas y oscuras del ser, iluminar las más transparentes.
Soy profesor, pero mis ratos más gratos no están en el colegio, en ese gran artificio social, sino en estos momentos en que escribo y toco guitarra y canto mis canciones. Están en la soledad. Si uno pudiera elegir por profesión la soledad y vivir de ello...
Es que mi vida es eso hace mucho tiempo: soledad. Una soledad amable, que habito con las presencias y voces de mi propio ser.
lunes, 8 de abril de 2013
Entre la literatura y la música
Ahí va mi vida: entre la literatura y la música. Por estos días soy más música, más guitarra y canción inédita, creo. Aunque no puedo afirmarlo categóricamente. No dejo de escribir, de afilar la pluma. Por estos días acabé una novelita: Las cenizas de Santiago, que trata de una mujer en busca de los restos de su padrastro: los encuentra, tras un viaje a una región maleada por la violencia, y les da sepultura. No he vuelto sobre ella. Quedé fatigado con la escritura, aunque no es un texto extenso. Es que adelantaba otros escritos al mismo tiempo.
La música, la guitarra, la canción inédita: veremos en qué acaba todo eso. Sí, he soltado una migaja, aflojado lo de la escritura, en beneficio de la música, que me ha atrapado. Por ahí leí a un escritor mexicano que afirmaba que prefería triunfar como padre que como escritor. Es cierto: la literatura no puede privarnos de las cosas elementales, aislarnos en una torre de cristal, convertirnos en monstruos, seres insociables. En este sentido tomo mi afición por la guitarra y las canciones inéditas. La música es muy grata, y no quiero perder la ocasión de explorarla, de deleitarme con ella. Un instrumento como la guitarra es todo un mundo, vasto como una novela. Componer y cantar es algo delicioso.
Podría decir, parafraseando al autor mexicano, que prefiero triunfar como cantaautor que como escritor. De hecho, mis pretensiones en literatura son modestas: Un buen libro de cuentos, que ya escribí y fue publicado, además de laureado; publicar un buen libro de poemas y una novela, es lo que me resta. Ya los tengo escritos, inéditos.
En música mis pretensiones también son austeras: si la suerte lo permite, dar recitales con mi guitarra en recintos pequeños. Por eso trabajo.
Ahí va mi vida: entre la literatura y la música. Por estos días soy más música, más guitarra y canción inédita, creo. Aunque no puedo afirmarlo categóricamente. No dejo de escribir, de afilar la pluma. Por estos días acabé una novelita: Las cenizas de Santiago, que trata de una mujer en busca de los restos de su padrastro: los encuentra, tras un viaje a una región maleada por la violencia, y les da sepultura. No he vuelto sobre ella. Quedé fatigado con la escritura, aunque no es un texto extenso. Es que adelantaba otros escritos al mismo tiempo.
La música, la guitarra, la canción inédita: veremos en qué acaba todo eso. Sí, he soltado una migaja, aflojado lo de la escritura, en beneficio de la música, que me ha atrapado. Por ahí leí a un escritor mexicano que afirmaba que prefería triunfar como padre que como escritor. Es cierto: la literatura no puede privarnos de las cosas elementales, aislarnos en una torre de cristal, convertirnos en monstruos, seres insociables. En este sentido tomo mi afición por la guitarra y las canciones inéditas. La música es muy grata, y no quiero perder la ocasión de explorarla, de deleitarme con ella. Un instrumento como la guitarra es todo un mundo, vasto como una novela. Componer y cantar es algo delicioso.
Podría decir, parafraseando al autor mexicano, que prefiero triunfar como cantaautor que como escritor. De hecho, mis pretensiones en literatura son modestas: Un buen libro de cuentos, que ya escribí y fue publicado, además de laureado; publicar un buen libro de poemas y una novela, es lo que me resta. Ya los tengo escritos, inéditos.
En música mis pretensiones también son austeras: si la suerte lo permite, dar recitales con mi guitarra en recintos pequeños. Por eso trabajo.
lunes, 11 de marzo de 2013
Fahrenheit 451
En Fahrenheit 451 R. Bradbury nos advierte, por medio de una impactante metáfora, sobre la suerte adversa que podrían correr los libros en el futuro, en una sociedad donde los recelosos tentáculos del poder y la intolerancia alcanzan niveles patológicos.
Es la historia de un fireman cuyo trabajo consiste en quemar las casas de la gente que posee libros ("while the books went up in sparkling whirls and blew away on a wind turned dark with burning").
La metáfora aterriza en la realidad. Bradbury nos dice que hay distintos modos de quemar un libro (el Carvalho de Vásquez Montalbán quema uno o dos en cada novela), que el mundo está lleno de iracundos firemen, que cada grupo usurpa el derecho y el deber de regar keroseno sobre "lo distinto" y encender el fósforo; que incluso los editores se creen incorruptibles salvaguardas de la "buena" literatura, con la autoridad de cercenar y suprimir lo diferente. Lo diferente puede ser contagioso.
De esta novela de Bradbury se desprende que la intransigencia doctrinal es el principal enemigo del libro,
el cual peligra en su existencia y su mensaje por la acción vandálica del fanatismo. Pinta un porvenir de libros vaciados, de mentes clausuradas, de bibliotecas cerradas.
Nota: "Disgressions, incontestably, are the sunshine, the life, the soul of reading" (Lawrence Stern)
En Fahrenheit 451 R. Bradbury nos advierte, por medio de una impactante metáfora, sobre la suerte adversa que podrían correr los libros en el futuro, en una sociedad donde los recelosos tentáculos del poder y la intolerancia alcanzan niveles patológicos.
Es la historia de un fireman cuyo trabajo consiste en quemar las casas de la gente que posee libros ("while the books went up in sparkling whirls and blew away on a wind turned dark with burning").
La metáfora aterriza en la realidad. Bradbury nos dice que hay distintos modos de quemar un libro (el Carvalho de Vásquez Montalbán quema uno o dos en cada novela), que el mundo está lleno de iracundos firemen, que cada grupo usurpa el derecho y el deber de regar keroseno sobre "lo distinto" y encender el fósforo; que incluso los editores se creen incorruptibles salvaguardas de la "buena" literatura, con la autoridad de cercenar y suprimir lo diferente. Lo diferente puede ser contagioso.
De esta novela de Bradbury se desprende que la intransigencia doctrinal es el principal enemigo del libro,
el cual peligra en su existencia y su mensaje por la acción vandálica del fanatismo. Pinta un porvenir de libros vaciados, de mentes clausuradas, de bibliotecas cerradas.
Nota: "Disgressions, incontestably, are the sunshine, the life, the soul of reading" (Lawrence Stern)
miércoles, 13 de febrero de 2013
A mis alumnos del Colegio Alcaldía de Medellín
Yo era el de la guitarra, el profesor que les cantaba y les copiaba sus canciones. Yo era el de la bata blanca y la guitarra en el salón, infalibles. Les guardo mucha gratitud, estudiantes míos, por la bondad y el respeto que dieron. Razones ajenas a mi voluntad dispusieron mi salida del colegio, donde ya estaba amañado, aunque inicialmente quería trasladarme. Mis alumnos de sexto y séptimo, si alguno lee este texto, compártelo con otros. si quieren escribirme un correo: larosa532@hotmail.com.
Creo en cada uno de ustedes, jóvenes. Creo en su inteligencia y en su fuerza. Creo que saldrán adelante, viviendo la vida desde lo mejor de ustedes.
Un abrazo.
Hernando
(Clay Montalvo)
Yo era el de la guitarra, el profesor que les cantaba y les copiaba sus canciones. Yo era el de la bata blanca y la guitarra en el salón, infalibles. Les guardo mucha gratitud, estudiantes míos, por la bondad y el respeto que dieron. Razones ajenas a mi voluntad dispusieron mi salida del colegio, donde ya estaba amañado, aunque inicialmente quería trasladarme. Mis alumnos de sexto y séptimo, si alguno lee este texto, compártelo con otros. si quieren escribirme un correo: larosa532@hotmail.com.
Creo en cada uno de ustedes, jóvenes. Creo en su inteligencia y en su fuerza. Creo que saldrán adelante, viviendo la vida desde lo mejor de ustedes.
Un abrazo.
Hernando
(Clay Montalvo)
martes, 5 de febrero de 2013
El poder y la gloria
En esta novela de Graham Greene, que tiene por marco histórico la Guerra de los Cristeros, ocurrida entre 1926 y 1929, son evidentes desde un comienzo los referentes revolucionarios. El busto del general que adorna la plaza, el nombre del barco que llega al puerto (El general Obregón), las prohibiciones, los monopolios del estado (la cerveza), los fusilamientos. La revolución ha triunfado, aunque han muerto sus principales caudillos: Madero, Carranza, Villa, Zapata. Mister Tench, el dentista inglés es el personaje con que se inicia la obra, seguido del hombre azaroso que lo aborda en el muelle, que carga una caja, que se presenta como doctor, pero que sabemos que es un cura clandestino, fugitivo. En las palabras de Mister Tench se advierte una crítica al sistema social. Claro, es un europeo, un damnificado por las transformaciones de la Revolución. Lleva 15 años en México. Tiene familia en Inglaterra, dos hijos, pero casi se ha olvidado de ellos. Sol quemante y polvo, en fin, miseria, brutalidad, es la imagen que Mister Tench tiene de México. Del muelle, los dos hombres van a la casa del dentista y beben aguardiente, que el advenedizo traía. Tocan la puerta y éste oculta la caja bajo la mecedora en que está sentado. Es un chico con dos mulas, en busca de un doctor. El cura trata de evadir la obligación, pero al fin acepta y acompaña al chico.
En esta novela de Graham Greene, que tiene por marco histórico la Guerra de los Cristeros, ocurrida entre 1926 y 1929, son evidentes desde un comienzo los referentes revolucionarios. El busto del general que adorna la plaza, el nombre del barco que llega al puerto (El general Obregón), las prohibiciones, los monopolios del estado (la cerveza), los fusilamientos. La revolución ha triunfado, aunque han muerto sus principales caudillos: Madero, Carranza, Villa, Zapata. Mister Tench, el dentista inglés es el personaje con que se inicia la obra, seguido del hombre azaroso que lo aborda en el muelle, que carga una caja, que se presenta como doctor, pero que sabemos que es un cura clandestino, fugitivo. En las palabras de Mister Tench se advierte una crítica al sistema social. Claro, es un europeo, un damnificado por las transformaciones de la Revolución. Lleva 15 años en México. Tiene familia en Inglaterra, dos hijos, pero casi se ha olvidado de ellos. Sol quemante y polvo, en fin, miseria, brutalidad, es la imagen que Mister Tench tiene de México. Del muelle, los dos hombres van a la casa del dentista y beben aguardiente, que el advenedizo traía. Tocan la puerta y éste oculta la caja bajo la mecedora en que está sentado. Es un chico con dos mulas, en busca de un doctor. El cura trata de evadir la obligación, pero al fin acepta y acompaña al chico.
sábado, 12 de enero de 2013
Nueve cuentos, J.D. Salinger
Un día perfecto para el pez Banana, primer relato, historia del suicidio de Seymur Glass. El periodo azul de Daumier Smith, el último cuento, historia de un joven pintor con ansias de monje busdista, que se va al Canadá de profesor de arte en un instituto dirigido por un veterano matrimonio japonés, los Yhosoto o algo así. Se enamora de una monja, una de sus alumnas por correspondencia, que ha pintado un bello Entierro de Jesús.
El segundo relato, El tío Wigilly en Conneticutt, trata de dos amigas de universidad que se reúnen en la casa de una de ellas una tormentosa tarde, y una de ellas, no es Mary, recuerda con tristeza y lágrimas a un noviecito de años atrás, un muchacho que se fue a la guerra y murió. "Pobre Tío Wigilly", le decía al tobillo de ella una vez que se lo lastimó. La llorona es casada, y los whiskies han acelerado sus lágrimas.
Después viene Justo antes de la guerra con los esquimales. Es la historia de una muchacha que visita la casa de su compañera de clase de tenis y conoce al hermano de su amiga, un joven guillado que trabaja en una fábrica de aviones o probando aviones, algo de ese corte, y conversa con él, mientras espera que la otra muchacha regrese, y se enamora de él.
El hombre que ríe, historia de Jon Jesudki o algo así, jefe de un grupo juvenil, que todas las tardes los lleva a jugar béisbol. Por esa época se enamora de una muchacha. Ésta va a la práctica varias veces y resulta ser una estupenda bateadora y pésima fielding. El romance dura poco. Discuten y pelean. Alterna a esta historia de cupido ocurre la del hombre que ríe, un cuento que Jesudki suele contar a sus pupilos después del béisbol, cuando están en el bus. Es la historia de un hombre deforme que se enfrenta a bandas de malhechores. Tiene por mascotas animales soberbios, un águila y un lobo, amén de un enano. Siempre se cubría el rostro con un trapo: la visión de su rostro era insoportable, fatal. El hombre que ríe realiza prodigios y triunfa, coincidiendo con la buena marcha del romance de Jon. Pero pierde las ganas de vivir y se deja morir, coincidiendo con la ruptura del amorío.
En el bote, la historia de un niño que suele escaparse de casa, un chico de cuatro años y medio. La mamá, una mujer joven y simpática, lo aborda, le habla y lo conquista mientras él, en actitud rebelde, se haya en un bote, al lado del muelle. El chico se deshace en lágrimas en brazos de Boo Boo, su madre, una mujer que fuma y usa jeanes a la rodilla. El cuento termina en que madre e hijo apuestan una carrera hasta la casa, ganando el niño. La idea es ir a recoger al papá en carro a la estación.
Para Esmé con amor y sordidez, el sexto relato, historia de un soldado norteamericano en Londres, unos días antes del desembarco o batalla final. Conoce a un par de hermanitos huérfanos, que están a cargo de una institutriz. La mayor, Esmé; el otro, Charles. Esmé es muy inteligente, Charles es malcriado y bromista, pero resultan ser amables. La escena principal tiene lugar en un café, donde el soldado entró a beber algo: el tiempo es lluvioso. Luego entra el trío de los niños y la niñera. La niña aborda al soldado, conversan. Al despedirse, apunta la dirección del correo del recluta. Tiempo después le escribe. Ha terminado la guerra, el soldado tiene problemas nerviosos, ha estado una semana en un hospital mental, está desequilibrado. Esmé le envía, con la carta, el relojote que solía usar, herencia de su padre.
Teddy: un niño prodigio que predice su muerte en la pileta de un trasatlántico.
Linda Boquita, verdes sus ojos: conversación telefónica entre dos colegas abogados, en la madrugada. Uno ha llamado para averiguar por su mujer, que no ha llegado a casa después de la fiesta en que el trío ha estado. Resulta que la tipa está metida en la cama con el amigo de su esposo, mientras estos conversan.
El periodo azul de Daumier-Smith cuenta la historia de un joven pintor que vive con su padrastro y que, fastidiado de éste, se va a trabajar al Canada como profesor de arte en una academia dirigida por un veterano matrimonio japonés, los Yhosoto. Se enamora de una de sus alumnas por correspondencia, la monja Irma, quien ha pintado un bello Entierro de Cristo. Le envía una carta alabando su obra y su talento. La monja deserta, tal vez persuadida por su líder espiritual, el director del convento. El joven le escribe otra carta, que no le envía. Al regresar de un paseo, en plena noche, al acercarse al instituto, donde vive con sus jefes, ve a una muchacha arreglando el escaparate de la tienda de artículos ortopédicos ubicada en el primer piso. La chica lo descubre, resbala y cae. El joven tiene una experiencia mística: la aparición del sol dándole en la cara. Renuncia a Irma, a su trabajo de profesor y se va a Rhode Island a reunirse con su padrastro, que está allí con una novia.
Un día perfecto para el pez Banana, primer relato, historia del suicidio de Seymur Glass. El periodo azul de Daumier Smith, el último cuento, historia de un joven pintor con ansias de monje busdista, que se va al Canadá de profesor de arte en un instituto dirigido por un veterano matrimonio japonés, los Yhosoto o algo así. Se enamora de una monja, una de sus alumnas por correspondencia, que ha pintado un bello Entierro de Jesús.
El segundo relato, El tío Wigilly en Conneticutt, trata de dos amigas de universidad que se reúnen en la casa de una de ellas una tormentosa tarde, y una de ellas, no es Mary, recuerda con tristeza y lágrimas a un noviecito de años atrás, un muchacho que se fue a la guerra y murió. "Pobre Tío Wigilly", le decía al tobillo de ella una vez que se lo lastimó. La llorona es casada, y los whiskies han acelerado sus lágrimas.
Después viene Justo antes de la guerra con los esquimales. Es la historia de una muchacha que visita la casa de su compañera de clase de tenis y conoce al hermano de su amiga, un joven guillado que trabaja en una fábrica de aviones o probando aviones, algo de ese corte, y conversa con él, mientras espera que la otra muchacha regrese, y se enamora de él.
El hombre que ríe, historia de Jon Jesudki o algo así, jefe de un grupo juvenil, que todas las tardes los lleva a jugar béisbol. Por esa época se enamora de una muchacha. Ésta va a la práctica varias veces y resulta ser una estupenda bateadora y pésima fielding. El romance dura poco. Discuten y pelean. Alterna a esta historia de cupido ocurre la del hombre que ríe, un cuento que Jesudki suele contar a sus pupilos después del béisbol, cuando están en el bus. Es la historia de un hombre deforme que se enfrenta a bandas de malhechores. Tiene por mascotas animales soberbios, un águila y un lobo, amén de un enano. Siempre se cubría el rostro con un trapo: la visión de su rostro era insoportable, fatal. El hombre que ríe realiza prodigios y triunfa, coincidiendo con la buena marcha del romance de Jon. Pero pierde las ganas de vivir y se deja morir, coincidiendo con la ruptura del amorío.
En el bote, la historia de un niño que suele escaparse de casa, un chico de cuatro años y medio. La mamá, una mujer joven y simpática, lo aborda, le habla y lo conquista mientras él, en actitud rebelde, se haya en un bote, al lado del muelle. El chico se deshace en lágrimas en brazos de Boo Boo, su madre, una mujer que fuma y usa jeanes a la rodilla. El cuento termina en que madre e hijo apuestan una carrera hasta la casa, ganando el niño. La idea es ir a recoger al papá en carro a la estación.
Para Esmé con amor y sordidez, el sexto relato, historia de un soldado norteamericano en Londres, unos días antes del desembarco o batalla final. Conoce a un par de hermanitos huérfanos, que están a cargo de una institutriz. La mayor, Esmé; el otro, Charles. Esmé es muy inteligente, Charles es malcriado y bromista, pero resultan ser amables. La escena principal tiene lugar en un café, donde el soldado entró a beber algo: el tiempo es lluvioso. Luego entra el trío de los niños y la niñera. La niña aborda al soldado, conversan. Al despedirse, apunta la dirección del correo del recluta. Tiempo después le escribe. Ha terminado la guerra, el soldado tiene problemas nerviosos, ha estado una semana en un hospital mental, está desequilibrado. Esmé le envía, con la carta, el relojote que solía usar, herencia de su padre.
Teddy: un niño prodigio que predice su muerte en la pileta de un trasatlántico.
Linda Boquita, verdes sus ojos: conversación telefónica entre dos colegas abogados, en la madrugada. Uno ha llamado para averiguar por su mujer, que no ha llegado a casa después de la fiesta en que el trío ha estado. Resulta que la tipa está metida en la cama con el amigo de su esposo, mientras estos conversan.
El periodo azul de Daumier-Smith cuenta la historia de un joven pintor que vive con su padrastro y que, fastidiado de éste, se va a trabajar al Canada como profesor de arte en una academia dirigida por un veterano matrimonio japonés, los Yhosoto. Se enamora de una de sus alumnas por correspondencia, la monja Irma, quien ha pintado un bello Entierro de Cristo. Le envía una carta alabando su obra y su talento. La monja deserta, tal vez persuadida por su líder espiritual, el director del convento. El joven le escribe otra carta, que no le envía. Al regresar de un paseo, en plena noche, al acercarse al instituto, donde vive con sus jefes, ve a una muchacha arreglando el escaparate de la tienda de artículos ortopédicos ubicada en el primer piso. La chica lo descubre, resbala y cae. El joven tiene una experiencia mística: la aparición del sol dándole en la cara. Renuncia a Irma, a su trabajo de profesor y se va a Rhode Island a reunirse con su padrastro, que está allí con una novia.
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