Nueve cuentos, J.D. Salinger
Un día perfecto para el pez Banana, primer relato, historia del suicidio de Seymur Glass. El periodo azul de Daumier Smith, el último cuento, historia de un joven pintor con ansias de monje busdista, que se va al Canadá de profesor de arte en un instituto dirigido por un veterano matrimonio japonés, los Yhosoto o algo así. Se enamora de una monja, una de sus alumnas por correspondencia, que ha pintado un bello Entierro de Jesús.
El segundo relato, El tío Wigilly en Conneticutt, trata de dos amigas de universidad que se reúnen en la casa de una de ellas una tormentosa tarde, y una de ellas, no es Mary, recuerda con tristeza y lágrimas a un noviecito de años atrás, un muchacho que se fue a la guerra y murió. "Pobre Tío Wigilly", le decía al tobillo de ella una vez que se lo lastimó. La llorona es casada, y los whiskies han acelerado sus lágrimas.
Después viene Justo antes de la guerra con los esquimales. Es la historia de una muchacha que visita la casa de su compañera de clase de tenis y conoce al hermano de su amiga, un joven guillado que trabaja en una fábrica de aviones o probando aviones, algo de ese corte, y conversa con él, mientras espera que la otra muchacha regrese, y se enamora de él.
El hombre que ríe, historia de Jon Jesudki o algo así, jefe de un grupo juvenil, que todas las tardes los lleva a jugar béisbol. Por esa época se enamora de una muchacha. Ésta va a la práctica varias veces y resulta ser una estupenda bateadora y pésima fielding. El romance dura poco. Discuten y pelean. Alterna a esta historia de cupido ocurre la del hombre que ríe, un cuento que Jesudki suele contar a sus pupilos después del béisbol, cuando están en el bus. Es la historia de un hombre deforme que se enfrenta a bandas de malhechores. Tiene por mascotas animales soberbios, un águila y un lobo, amén de un enano. Siempre se cubría el rostro con un trapo: la visión de su rostro era insoportable, fatal. El hombre que ríe realiza prodigios y triunfa, coincidiendo con la buena marcha del romance de Jon. Pero pierde las ganas de vivir y se deja morir, coincidiendo con la ruptura del amorío.
En el bote, la historia de un niño que suele escaparse de casa, un chico de cuatro años y medio. La mamá, una mujer joven y simpática, lo aborda, le habla y lo conquista mientras él, en actitud rebelde, se haya en un bote, al lado del muelle. El chico se deshace en lágrimas en brazos de Boo Boo, su madre, una mujer que fuma y usa jeanes a la rodilla. El cuento termina en que madre e hijo apuestan una carrera hasta la casa, ganando el niño. La idea es ir a recoger al papá en carro a la estación.
Para Esmé con amor y sordidez, el sexto relato, historia de un soldado norteamericano en Londres, unos días antes del desembarco o batalla final. Conoce a un par de hermanitos huérfanos, que están a cargo de una institutriz. La mayor, Esmé; el otro, Charles. Esmé es muy inteligente, Charles es malcriado y bromista, pero resultan ser amables. La escena principal tiene lugar en un café, donde el soldado entró a beber algo: el tiempo es lluvioso. Luego entra el trío de los niños y la niñera. La niña aborda al soldado, conversan. Al despedirse, apunta la dirección del correo del recluta. Tiempo después le escribe. Ha terminado la guerra, el soldado tiene problemas nerviosos, ha estado una semana en un hospital mental, está desequilibrado. Esmé le envía, con la carta, el relojote que solía usar, herencia de su padre.
Teddy: un niño prodigio que predice su muerte en la pileta de un trasatlántico.
Linda Boquita, verdes sus ojos: conversación telefónica entre dos colegas abogados, en la madrugada. Uno ha llamado para averiguar por su mujer, que no ha llegado a casa después de la fiesta en que el trío ha estado. Resulta que la tipa está metida en la cama con el amigo de su esposo, mientras estos conversan.
El periodo azul de Daumier-Smith cuenta la historia de un joven pintor que vive con su padrastro y que, fastidiado de éste, se va a trabajar al Canada como profesor de arte en una academia dirigida por un veterano matrimonio japonés, los Yhosoto. Se enamora de una de sus alumnas por correspondencia, la monja Irma, quien ha pintado un bello Entierro de Cristo. Le envía una carta alabando su obra y su talento. La monja deserta, tal vez persuadida por su líder espiritual, el director del convento. El joven le escribe otra carta, que no le envía. Al regresar de un paseo, en plena noche, al acercarse al instituto, donde vive con sus jefes, ve a una muchacha arreglando el escaparate de la tienda de artículos ortopédicos ubicada en el primer piso. La chica lo descubre, resbala y cae. El joven tiene una experiencia mística: la aparición del sol dándole en la cara. Renuncia a Irma, a su trabajo de profesor y se va a Rhode Island a reunirse con su padrastro, que está allí con una novia.
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