No puedo precisar el rostro de Olga Regina. Se me confunde con otros, se me insinúa, se me escabulle, en fin, juega conmigo. Nadie me da razón de ella. He preguntado a varios condiscípulos, no se acuerdan de ella. Es lo mismo que Arizmendy. Parece que fuera gente que solo yo conozco o conocí, por tanto, producto de mi magín. El recuerdo nos burla, no es de fiar. Olga Regina aparece en mis apuntes de escritor, por allá en el año 1995, cuando ya nos habíamos graduado. Ella trabajaba de referencista en la biblioteca Comfenalco de La Playa. ¿Es que no era profesora? No es raro que alguien estudie docencia y luego no quiera ejercer, que se coloque de bibliotecario o promotor de lectura, por no hablar de otros oficios. Olga Regina era amiga de Loren. Ni siquiera apelando al rostro de Loren consigo exorcizar el de Olga Regina. Se me presenta un manojo de rostros de compañeras de la u, quizás uno de esos sea el que preciso, tal vez ninguno. Este escrito acaso sea una forma de buscarla. Si alguien sabe de Olga Regina, que me diga. Acaso siga de bibliotecaria. Ah, sería razonable darse una vuelta por Comfenalco y averiguar qué fue de ella. Un bibliotecario, al igual que un profesor, se marchita en su oficio. Es como ese amigo de Luis, Arturo, que trabaja en Comfama de San Ignacio hace décadas. Encaneció, se volvió abuelo, y sigue ahí. Igual debe pasar con Olga Regina. Sí, tendré que hacer de Sherlock Holmes, darme una vueltecita por La Playa. Loren me contó un día que Olga Regina tenía en su poder unos poemas míos, unos textos que yo le obsequié. Al parecer Olga Regina se los enseñó, y Loren tuvo un buen concepto de ellos. No recuerdo haber regalado textos míos a Olga Regina. ¿Cómo los obtuvo? Y si se los obsequié, ¿cómo no recordar a una mujer a la que una vez regalamos unos poemas? Esa mujer debería quedar grabada en nuestra mente, por no decir en nuestro corazón. Ah, pero es que el tiempo y la distancia arrumban con todo. Estoy hablando de casi treinta años. No he sido muy asiduo a Comfenalco de La Playa, menos en todos estos años que llevo viviendo en San Antonio de Prado. En ocasiones, uno entra a una biblioteca (digamos la de Comfama de Itaguí) y sorprende algún rostro conocido, viejos condiscípulos de la u. Pero ninguno de ellos han sido Olga Regina. Es Nancy, esa amiga narigoncita. La saludas, tan amable. Qué bueno que esté ubicada. En aquel tiempo de 1995, un día, luego de una larga caminata por el centro, llegué a Comfenalco de La Playa y encontré a Olga Regina en el cuarto piso. Estaba constipada, con señas de congestión en el rostro, un pañuelo en la mano, presto a ser llevado a la aguanosa nariz. Advertí las confortables modificaciones arquitectónicas del espacio. Una escalera conducía del primero al segundo piso, donde habían ubicado la sala de periódicos y la sección de Literatura y Humanidades. Me entretuve hojeando periódicos, entre un circunspecto grupo de hojeadores de periódicos. Luego volví al primer piso a averiguar en el catálogo algo sobre Knut Hamsun, y Olga Regina estaba leyendo al lado de los ficheros. Dialogamos un ratito. Me entero de lo que lee: La Noche Mil Dos. Consigo que me informe el teléfono de Loren. Me presta su bolígrafo para escribir la referencia del libro que escogí. En fin, regreso al segundo piso, voy a los anaqueles, busco el volumen. Al no hallarlo, me conformo con otro del mismo autor: La trilogía del vagabundo. Leo una hora, fastidiado por el aire helado y el resuello del aire acondicionado. Veo los gruesos tubos de conducción pintados de blanco, fijados al cielorraso. Olga Regina sube y entra al retrete y se demora y sale y baja. Es quizás la última vez que la vi. Me marcho, dejando el libro sobre la mesa. Mientras yo leía un anciano apacible, de rancio traje y canos cabellos, tomó asiento frente a mí, en mi mesita, y se sumergió en la lectura de una gramática de inglés. En cierta ocasión, sin que me lo proponga, estiro mis piernas y rozo sus zapatos. El viejo levantó la vista, tranquilo, y tornó a bajarla. Al salir, busco con la vista a Olga Regina y no la encuentro. Momentos atrás, cuando la vi salir del baño, si hubiese sabido que no la vería más, le tomo una foto. Es un decir. En aquel entonces uno estaba muy lejos de tener un celular personal. Tampoco llevaba una cámara a la mano. Hay rostros que quisiéramos recordar, con plenitud, un instante. La memoria es mala madrastra, y nos lo niega. Sin duda he rozado el de Olga Regina en los diversos rostros que he barajado en la mente todos estos días. Una luz circular, como la que resalta a los artistas en escena, me la traerá un día. Me la devolverá. Le preguntaré cuáles fueron esos poemas que le di, cómo fue ese momento, dónde estábamos. Quizás me los robó. Un día perdí un cuaderno, puse anuncios en distintos lugares de la u, y no lo hallé. Quizás Olga Regina encontró mi cuaderno y se lo quedó. Es una hipótesis, aunque floja. A lo mejor le obsequié unos poemas en uno de esos momentos desinhibidos, cuando uno echa abajo los diques de la gravedad habitual. Quizás fue un instante hermoso. Me pregunto si aún los conserva. Son cuestiones, triviales para algunos, importantes para mí, que debo descubrir.
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