lunes, 1 de agosto de 2022

Los condiscípulos (Loren. Cap. 7.)

Una hermana con la que me cuadra una cita en la biblioteca de la u, una tía enferma, la mamá que requiere una vista con el acupunturista: no conocí mucho del círculo familiar de Loren. Estos parientes solo los supe de oídas, mencionados de paso por la propia Loren. La hermana con la que no sé a ciencia cierta si nos encontramos a la entrada de la biblioteca, donde le entregaría mi cuaderno de Fonética para que Loren se desatrasara: la habían operado de un quiste o algo así y faltaría por lo menos a dos sesiones. La tía enferma de la que me habló una vez que nos cruzamos en la recepción de La Piloto. La mamá urgida de un tratamiento alternativo, que Loren va y solicita donde un bio-energético de Perú, entre Palacé y Bolívar. Esa vez la acompañé. Eso es todo lo que me enteré de su familia. Creo que Loren supo menos aún de la mía. No se interesó por preguntar, al menos no lo recuerdo. Y yo siempre fui parco en estos asuntos. Yo imaginaba su familia como un rancio grupo de personas de buena procedencia social, venido a menos, con casa propia en un sector antañón, Belén. Una de esas familias trajinadas, donde hace mucho que no hay infantes, sólo viejas tías enfermas y una madre anciana y con achaques. Una casa con muebles de estilo caduco y densos cortinajes, con perros y gatos tan trasegados como sus amos. Nunca visité a Loren, ni ella a mí. Realmente, muy escasos condiscípulos de la u estuvieron en mi casa. Yo no los invitaba. Prefería ir a estudiar en la casa de ellos, lo cual hice varias veces. Con Loren nunca me reuní para estudiar algún tema de clase. Sus tránsitos por la u eran los precisos, a veces menos que esto. Solía faltar a las sesiones, lo que evidenciaba compromisos o contratiempos con los que debía vérselas. En cierta forma, era una mujer impredecible. Tal vez fuese la hermana mayor y debía hacerse cargo de la casa, llevar las riendas, manejar la economía, habida cuenta de los problemas de salud de la madre. Asistía a las clases  y salía volada. Muy raras veces se quedaba en la cafetería compartiendo un café, una charla. Ya se dijo que interrumpió la carrera por un tiempo, como me pasó también a mí. Ambos reingresamos y terminamos felizmente nuestro pregrado. Nos graduamos en distinta época, ella un tiempo antes que yo, creo. Era unos años mayor que yo, no sé cuántos, tres o cuatro. Había algo de señora en su catadura, cierto ajamone en su figura, una densidad vital de adiós a la juventud, cierto amargor. Nunca me habló de un padre, unos hermanos. Ignoro si los tenía. Se adivinaba que vivía en el ámbito de un matriarcado, lo que ayudaría a plasmar su carácter, su reserva con los hombres, su furtiva misandria. Amaría a la madre con un amor grande, revanchista, en contrapeso con una inexistente figura paterna. No sé, son puras cábalas mías. Y la madre amaría a Loren con un amor semejante, como a una heroína de estos tiempos difíciles, descabalados, sin ternura. Imagino entonces el drama angustioso que significó en esa familia de mujeres solas el asesinato de Loren. Cómo soportarían aquello la madre, la tía, la hermana. Esa adusta casa de Belén estremecida por la tragedia. Debió ser un golpe terrible. Ese día Loren saldría para el colegio con los modos de siempre, se despediría de la madre. Acaso acostumbraba ir a pie, disfrutando de la caminata. Como ese escritor de San Bernardo, Libardo Porras, que caminaba por la vecindad en compañía de un perro color caramelo. Así mismo debía hacer Loren, vieja residente de Belén. Debía conocer al dedillo esas calles animadas y nostálgicas, que llevan, por un lado, al cerro de las Tres Cruces, por otro, al cerro Nutibara. Y cuántas veces pasaría por el parque y vería a los veteranos jugando cartas. Cuántas veces vería, al desplazarse en bus, la rotación deliciosa de las torres de la iglesia, que parecen imbricadas en una lúdica estética con el observador. Cuántas veces caminaría por la 80, llegaría hasta Don Quijote. Cuántas veces, por la 65, vendría hasta la Avenida Bolivariana, siguiendo hasta San Juan. ¡San Juan! Aquella vez que nos cruzamos en el puente de la 65 sobre la 33, por Conquistadores, bien pude entrever su soledad. ¡Siempre la vi sola! Hoy me pregunto por qué ese arriscamiento en la soledad, por qué era así Loren. Se me ocurre pensar que su simpatía hacia mí obedecía a que veía en mi ser una inclinación similar a ir solo, a evitar a la gente. Éramos entidades gemelas. También nos unió el amor por la poesía y la buena literatura. Estoy seguro que, donde quiera que esté, Loren me mira escribir estas líneas. Y me susurra: "Está bien , Marcos. Está bien".              

No hay comentarios:

Publicar un comentario