domingo, 7 de agosto de 2022

Los condiscípulos (Olga Regina. Cap. 2.)

Días atrás hice de Sherlock Holmes. Muy de mañana visité la biblioteca Comfenalco de La Playa (Héctor González Mejía). Subí hasta el cuarto piso, entré, avancé hasta el punto de atención y pregunté a las empleadas por el funcionario más antiguo del lugar. Mi razonamiento era este: solo un empleado antiguo puede darme razón de Olga Regina. Un argumento muy válido, a mi modo de ver. Me dijeron que el más viejo allí era Gumercindo (a quien llaman familiarmente "Gumer"), pero no estaba, llegaba a las diez y media. Les pregunté si Olga Regina trabajaba allí, pero nadie la conocía Sí sabían de una María Olga que trabajó en esa sede, Olga Regina, no. "De pronto Gumer la conoce", me dijeron. Estuve allí hasta las diez pasadas. Al salir, me acerqué al punto de atención. A la sazón acompañaba a las empleadas un hombre cuarentón. Una oleada de entusiasmo me recorrió. Pensé que era Gumercindo. "¿Ya llegó Gumercindo?", pregunté. "Nada". "Ah, entonces vuelvo en  otra ocasión", dije, decepcionado. Estuve más de una hora allí, esperando a Gumercindo, entretenido con mis cuadernos y con algunos libros que tomé de los estantes. Como una especie de talismán, eché en mi morral, al salir de casa, el cuaderno 68, donde aparece el único apunte que conservo sobre Olga Regina. Creí, con cierto fervor, que este detalle redundaría en mi beneficio, que me serviría en bandeja a Olga Regina. Me ubiqué al fondo de la sala. En un rinconcito había un cubículo con el rótulo "Auxiliar Administrativo". El empleado sentado allí me pareció bastante veterano para preguntarle si conocía a Olga Regina. Le pregunté. Negativa. Quizás Olga Regina laboró en Comfenalco de La Playa un tiempo reducido, tal vez tuviese un contrato temporal. No era el caso de Gumercindo, ni el de Arturo (el empleado de la biblioteca Comfama de San Ignacio), quienes llevan décadas en sus respectivos trabajos. Olga Regina duraría allí uno o dos años, luego se iría, quién sabe a dónde. Lo cierto es que no sigue ahí, como otra Gumercinda u otra Artura antediluvianas.Nadie la conocía. Las empleadas actuales eran jóvenes, de buen ver, con aire de recién salidas del pregrado. Me asusta pensar en la Olga Regina que me hubiese salido al paso de continuar allí: una mujer de sesenta años por lo menos, una figura anacrónica con mi recuerdo, un fantasma que no se compadecería de la ternura de mi nostalgia, que haría trizas mi sueño. Es que pido demasiado a la vida. Estoy hablando de seis lustros. Olga Regina hasta puede haber muerto. O quizás se haya marchado a otro país. Subí la escalera a lo que me parece un mezanini (y que la empleada llama quinto piso) que alberga las obras de Humanidades. Ya a esta no le pregunté por Olga Regina pues, aunque un tanto jamoncita, me pareció aún joven. Pero sí le averigué por La noche 1002, que es la novela que Olga Regina leía, recostada en los ficheros, la ocasión en que la retraté en mi apunte de hace treinta años. La bibliotecaria no sabía de ese libro, no estaba en esta biblioteca. Buscó en su celular y vio que sí existía, que su autor era  Joseph Roth. ¡Joseph Roth! Me leyó otros títulos de este escritor, y luego nos trasladamos a los estantes. Había allí un buen número de obras de Joseph Roth, junto a las de Rainer María Rilke y las de Erich María Remarque. Intenté evocar a Olga Regina recostada en los ficheros leyendo La noche 1002, exorcizar su rostro, recrear una secuencia de momentos en tándem con el recuerdo. Por un instante estuve a un pelo de capturarla, la tuve en la punta de la memoria (o de la lengua, como suele decirse). Se me escapó. El fichero, ese armario desaparecido, ese mueble caduco, me daría la clave. Ya no existen los ficheros en las bibliotecas de hoy. El catálogo es virtual, se consulta en computadores. Son cosa del pasado las tarjetas de cartulina con la signatura de los libros. Olga Regina es como una de esas tarjetas inexistentes. Con razón no la encuentro. Encontrar a Joseph Roth, La leyenda del santo bebedor, su último libro publicado en vida (1894-1939). También se dice de La noche 1002 que fue escrita en 1939, el año de su muerte. Esta obra es considerada como una extraña novela erótica. El Sha de Persia visita Viena y se enamora de una aristócrata, quiere pasar una noche con ella, los anfitriones le consiguen a una cortesana, Mizzi Schinagl, muy parecida físicamente a la noble e intocable dama. El Sha, al marcharse, le obsequia a Mizzi un collar de perlas. Imagino a Olga Regina leyendo esta novela recostada en el fichero, la nariz acuosa, el rostro enrojecido y el pañuelo en mano a causa del resfriado. El libro debía de ser suyo, o de otra biblioteca. O quizás en esa época esta novela sí estaba en Comfenalco de La Playa. La hurtarían o se dañaría. Total, no la remplazaron. Quizás sea difícil de conseguir. En todo caso, no es tan conocida como otras obras del mismo autor, por ejemplo, La marcha de Radetzky y Job. María Olga. ¿Quién será María Olga? A falta de Olga Regina, viene María Olga. Ambas pertenecen al ámbito de las que salieron de la nómina, de las que no trabajan ya en esta biblioteca. De cualquier manera, hablar con el viejo Gumer me haría bien. Alguna pista ha de darme. Joseph Roth tenía veinticuatro años durante la fracasada revolución alemana. Debió conocer a Rosa Luxemburgo, a Lenin, a Trotski. Vivía en París cuando las tropas alemanas invadieron ese país. Se suicidó. Era judío. Olga Regina debía de ser una lectora de quilates. De seguro ya había dado cuenta de Las Mil y una noches, desde que se atrevía con la noche 1002. ¿Y si la Sahrazad real solo vivió una noche, aquella en que fue gozada por el rey Sahriyar? No es posible que un monarca tan cruel se deje seducir por los cuentos de una muchacha. Sahrazad sería el invento novelesco de un círculo de mujeres necesitadas de una heroína que reivindique su causa, que meta en cintura al déspota, que le devuelva la fe en el bello sexo. "Nuestra salvadora" así quedaría Sahrazad entre las doncellas de la comarca. ¡Sahrazad! Pero si es que la historia de Sahrazad queda como una simple anécdota en medio de la maravillosa abundancia y riqueza de historias que el libro contiene. Una  excusa para volcar ante nosotros el inmenso y bello tapiz de la humanidad. Olga Regina, que al menos tu memoria me exhorte a releer Las Mil y Una noches y, algún día, a meterle el diente a La noche 1002, de Joseph Roth. Retiro mis palabras. Ante una narración tan fantástica y admirable, ¿quién no se deja seducir? Sahriyar fue el dichoso, cuyos oídos libaron tan fabuloso filtro. ¡De labios de una virgen! Olga Regina se las trae. ¿Qué otros hallazgos me dispensará?           


                         

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