Ante el mostrador del bar, sentada en un butaco, la mujer se zafa a hablar de su vecino del segundo piso, finado hace dos años. Tiene dos interlocutoras, una al lado suyo, en otro butaco; la otra es la administradora, que permanece de pie detrás del mostrador. Yo estoy un poco alejado, en un sofá, pero la relatora me involucra entre sus escuchas. La mujer bebe cerveza, mientras su amiga, que convalece de una virosis, se las arregla con una aromática de frutos rojos. Es una voz vulgarota y achispada la de la mujer (también alguna fibra pacata late por ahí), la cerveza le ha soltado la lengua. No repara en la inconveniencia del tema, se arroja lanza en ristre contra el difunto. Este era el dueño del apartamentito donde hoy viven ella y su esposo. Su esposo se lo compró. Compartían una entrada y una escalera común. Esta última continuaba hasta el apartamentito, que venía a ser un tercer piso. Comenzaron a vivir allí, y a poco se dieron cuenta de que el antiguo dueño (que vivía en el segundo piso, como se ha especificado) era entremetido, chismoso y viejo verde. Esto de viejo verde era lo que más sublevaba a la mujer contra su antiguo vecino. El decir común es que no hay muerto malo, pero la mujer se esforzaba en enumerar los defectos del finado. No la asistía ni una pizca de compasión. Es que el vecino, al darse cuenta de que ella pasaba casi todo el tiempo sola en casa, mientras el esposo trabajaba, le tocaba la puerta y la invitaba a ver tele. El viejo vivía solo. Espiaba desde su balcón la llegada de ella, cuando esta salía de casa a sus diligencias, y aguardaba su paso por la entrada de su segundo piso, para saludarla, mirarla, empalagarla, lo que encendía de rabia a la vecina. El esposo le advirtió que ya el apartamentito era de ellos, que lo habían comprado, que no se tomara más atribuciones de las correspondientes. En fin, que dejara tranquila a su mujer. Los escuchas estábamos abochornados ante la andanada de agravios que la mujer disparaba contra el muerto. Su indignación era tanta, que su rostro se puso grana. De nada valieron mis intentos por desviar el tema. Terminé por pensar que, tanto para un vivo como para un muerto, son sus actos sus mejores abogados. Dejé que la mujer destilara su amargor drogado con cerveza.
También yo voy a hablar de una difunta, Loren, que fue mi condiscípula en la Universidad de Antioquia. Debió tener defectos, como todos, pero, por fortuna, mi amistad con ella fue distante, protocolaria, por lo que solo pude advertir en su forma de ser los rasgos convencionales y discretos. El código de decencia, como podríamos llamarle. Sé que una u otra compañera del pregrado le tenía ojeriza a Loren, se había peleado con ella, o lo que fuera. Esos enredos de mujeres es mejor asirlos con pinzas, o dejarlos quietos. Mi relación con Loren era académica, y un tris galante, en el sentido de que, como muchos, yo era un admirador de su bella voz. Cuando leía en clase (poesía sobre todo) su voz no tenía nada que envidiarle a una locutora de renombre. Todos creíamos que su futuro era ese, ser contratada por una importante emisora cultural, a raíz de lo cual Loren llevaría una vida desahogada, burguesa, mimada. Nunca asimilé la realidad de que Loren estudiaba, como nosotros, para docente, con todos los rasgos peyorativos a los que esta profesión adhiere. Siempre la imaginé en el confort. Pero al graduarse, como todos nosotros, tuvo que luchar por una vinculación, irse a algún moridero, permanecer allí cierto tiempo, hasta que la movieron a Medellín. Aunque vivía en un sector cómodo de la ciudad, su vida no parecía fácil. Nunca supe mucho de ella. Cierta vez viví con mi hermana en Conquistadores y una mañana, al salir a trotar, me crucé con Loren en el puente de la 65. Loren solía caminar. Charlamos un rato, entre el tráfago. En otra ocasión me topé con ella en la Secretaría de Educación, cuando la sede estaba en Los Huesos: Loren distribuía tizas coreanas, las ofrecía en esos despachos. También nos cruzamos, alguna vez, en el vestíbulo de La Piloto (los libros que ella leía o que pensaba leer en esa ocasión, eran de todo mi gusto) y en algún concierto (Irakere, si no estoy mal). Loren tenía la idea errada de que yo era mujeriego, un cotizador, porque, según ella, siempre me veía con mujeres distintas. Nada más alejado de la verdad. Siempre he sido, más bien, tímido. A partir de esa creencia de Loren, me atacó la extraña sugestión de pensar que ella me espiaba. En cualquier evento cultural que me hallara, sentía los ojos de Loren, furtivos, fijos en mí. Ella decía que yo era un hombre muy varonil y que por eso no me costaba nada atraer a las mujeres. Yo sentía una sutil amonestación en sus palabras. Una vez la vi desde un bus. Estaba en el andén del Terminal de Transportes del Norte. Me mostró un ángulo de su existencia que a mí, quién sabe por qué rara asociación, se me antojó patético. Llevaba un vestido corto, entero, de esos que acaban en faldashort. El traje poseía una sencillez un poco luctuosa y desteñida. Era uno de esos atuendos de dos colores, estampados, con figuras de flores o pájaros, blanco y negro. Unos tenis, ostensiblemente usados, unas medias cortas. Tras el vestido, el cuerpo de Loren respiraba cotidianidad. Me extrañó que exhibiera las piernas, y me pregunté si alguna vez la vi en otra faceta que ropajes largos, casi talares, un tanto desmañados, pero guardando cierta severidad. Recordé que Jhony decía de Loren: “es una mística”. La verdad es que Loren era una mujer inquietante. Acaso en la mochila de lana que pendía de su hombro portara algún libro entre su inevitable menaje femenino. No solía maquillarse, pero tal vez no le faltara el providencial espejito que sirve a las mujeres para el retoque. Esperaba bus allí, en el andén de la Terminal. Se veía inquieta, atenta al paso de la ruta que debía abordar. ¿Adónde iría? Parecía una persona solitaria, un tanto evasiva. Pero era buena conversadora, con un dejo engreído en la voz y los gestos. Una vez caminamos desde Los Huesos hasta el centro, donde ella tenía una cita con un médico acupunturista. Me contó lo arduo que fue su trabajo en un pueblo, la escuela quedaba en una vereda alejada. Cuando la trasladaron a Medellín, se ubicó en Belén. Era el sector donde vivía. Fue en uno de esos pudrideros donde la mataron. La mató un alumno.
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