sábado, 16 de julio de 2022

Los condiscípulos (Loren. Cap. 3.)

¿En qué ocasiones -que no sea en mis escritos- recuerdo a Loren? En clase de Literatura Latinoamericana del siglo XIX, con Elvia, a las cuatro de la tarde, en el bloque de Química. Loren suelta, viva, no amarrada a mis escritos. Sí, en aquella clase, aquellas tardes, y en clase de Latín, a las seis de la tarde, con César (¿es así como se llamaba el profesor?). Loren faltaba a clase,  su relación con la academia era un poco irregular, dispersa, de estar y no estar. Loren siempre andaba magnetizada por algún poema. En la clase de Elvia, una tarde, nos deleitó con su hermosa voz, leyendo un poema. ¿Borges acaso? ¿Ese poema que tanto gustaba al profesor Hernán Sepúlveda? Recordarla en aquel salón, con aquella profesora y aquellos compañeros; recordarla con su figura austera, con su cara seca, con sus modales severos. Parecía que hubiera estudiado con monjas. Una mujer espiritual, mística (como dice el amigo Jhony), que rehuye el tumulto, que aprecia la compañía de alguien que le cae bien, con quien es agradable conversar. ¿Se llevaba bien con Elvia? ¿Hizo buenas migas con Clemencia? Fue el libro que leímos con Elvia, Clemencia, de Ignacio Manuel Altamirano. ¿Le gustaría ese romanticismo dulzón y esquemático? Loren tenía una forma de ser altanera, y así no es fácil llevarse bien con la gente. Claro, en algo me recuerda a mi hermana mayor, con su glamur, con sus gestos calculados y su código de buenas maneras. Las mujeres así no es que me gusten mucho, no. Me pueden gustar, incluso, las chicas mal habladas, un poco machorras, las que dicen "parce" y "marica" cada nada, aunque yo no hablo así. En clase de latín la recuerdo con menos precisión. Seguro que no se la llevaba bien con Nazaret y su tropa, quienes también estaban matriculadas a esa materia de senatus populusque romanus. ¡Declinaciones! Quién iba a pensar que esta palabra,que en clase de latín estaba relacionada taxativamente con la gramática de este idioma, más tarde, con los años, en lo personal, se relacionaría con las mermas de la edad y la decadencia. ¡Declinar! Ponerse el sol, agotarse las facultades, en fin. Nazaret, Maryori, Emilce, Gladis, una de aspecto aseñorado, que hablaba con un dejo de bacanería, de cuyo nombre no puedo acordarme. Toda esa tropa, seguro que Loren las miraría un poquito por encima del hombro. Me hubiese gustado entablar una relación con Loren basada en los libros. Que su "¿qué autor buscas?" de La Piloto nos hubiese entretejido en una amistad culta e inteligente. Que así como ella me dijo que buscaba a Isak Dinesen, yo hubiera podido decirle que estaba encarretado con Yukio Mishima. Cosas por el estilo. Eso se dio en cierta medida, en las contadas veces que conversamos, pero pudo ser más pleno. Es que, ahora que caigo en ello, me vi muy pocas veces con Loren. Alguna vez me dio su teléfono; en otra ocasión me llamó. Tiene su misterio o su encanto. En la época en que fuimos compañeros en la u, yo leía a Mishima, El marinero que perdió la gracia del mar. Hoy, cuando escribo sobre ella, Mishima me acompaña otra vez: Nieve de primavera. En mi cuaderno 32, entre otros escritos, en tinta azul, aparece, sencilla y exacta: "Loren". Era un nombre que me gustaba. Habían cogido "Lorena" y le suprimieron la "a". Quedó "Loren". Y yo lo escribí en mi cuaderno así, limpio y preciso: "Loren". Como si me hubiese propuesto escribir una plana con ese nombre, y me bastara con dejarlo ahí, en su simple grandeza. Un día me senté en una mesa de estudio, y descubrí que alguien había rasgado pacientemente un vaso desechable de color verde, en el que quedaba un residuo de café; luego echó en él una servilleta sucia y estrujada y rota. Me pregunté qué emoción pudo originar semejante acto en esa persona. Rasgar el vaso con ese ostensible placer, con cierta sevicia, y luego depositar allí la servilleta estrujada. Me pregunté si Loren podía hacer eso, si fue ella quien lo hizo, tal vez molesta por la lluvia que se había desgajado. La lluvia concita reacciones diversas. Ese alguien del que seguramente jamás tendría noticia, dejó el objeto de su instante de soledad y rencor para que yo tuviese en mis manos los vestigios de un anhelo abandonado. También yo era un desconocido para ese alguien que desgarró en silencio el verde plástico. Pensé que debía gritar con todas mis fuerzas un nombre sacado de los limbos del azar. Pero la tarde transcurría (el sol se había ido a morar en una remota percha) y supe que los sentimientos sinceros no eran pan del día. Así que era ocioso clamar al aire por unos ojos de mujer o una plazoleta asaeteada por la ausencia. El aroma del café, exquisito y sagrado, se demoraba en el vaso destruido. Me pregunté quién había bebido el café y desgarrado el recipiente. Pensé en una mujer taciturna, tal vez en Loren, enmascarada en el rostro de todas las femmes que pasaban a mi lado.                 

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