Fue un episodio más admirable de lo que pensé. Lo tenía consignado en mi memoria con el rótulo de "Loren y la mariposita en mi camisa". Lo había olvidado en algunos detalles, creo que en el esencial. Recordaba que era algo así como la vez en que mi hermano Cature me quitó una lanita que se había prendido a mi cabello. Lo mismo habría hecho Loren con la mariposita detenida en mi camisa: la habría tomado entre sus dedos y me habría dicho: "mira". No fue así, y mejor. Las mariposas son muy delicadas, seguro que Loren la habría lastimado al sujetarla. Quizás le desprendería un ala. Mejor que no fue así. Con Cature y la lanita no hubo problema. Una lanita se echa al vuelo con un soplo, es la levedad en una fibra. Una mariposa debe volar, y si unos dedos la sujetan, se hace un lío. Estamos en clase. De pronto, descubro una falena prendida de mi camisa. Pequeña, parda, está a la altura de mi corazón. No la espanto. Me dedico a contemplarla con mudo asombro, mientras la pastosa voz del profesor vibra en el aula. La escruto. Sus ojillos son minúsculos, redondos, oscuros. Las antenas, cortas. La pintada seda de las alas en pliegue. Miro a la derecha. Loren está concentrada en lo que el profesor dice. Peregrina, magnífica, enigmática, la mariposa continúa sujeta a mi camisa. Por un instante me tengo por el objeto de una revelación, afortunado receptor de una dádiva maravillosa. La mariposita, en cierta forma, me enaltece. Es que también vi Fonética con Loren, claro. Quizás fue la primera materia que vimos juntos, antes que Literatura Latinoamericana del Siglo XIX, antes que Latín. En esa época me dio su teléfono y, una vez, me llamó. Yo había reingresado a la u tras un año de interrupción (cuando empecé a trabajar de profesor). Otra vez era el estudiante aislado de las masas, el misántropo. Las desiertas aulas me alojaban nuevamente en su artificial día de lámparas fluorescentes, en sus profundos y bochornosos silencios, en el espasmódico crujir de las sillas, en su resuello sordo. Otra vez regía escrupulosamente mi tiempo, aprovechando los intervalos de las clases para leer unas fotocopias o para escribir alguna idea. Otra vez estaba solo en medio de un imperativo de perfección intelectual en el que cualquier otra persona hubiese resultado una intrusa. Una vez me llamó. Distinguí su voz a través del vacío y se me antojó postiza. Como todo el mundo alababa su voz, la adulteraba, le daba un tono altivo y engreído. Quiero pedirte un favor. Me operaron del endometrio. Casi me muero. ¿Puedes prestarme el cuaderno con las notas de las dos clases venideras? Te arreglaré una cita con mi hermanita. ¿El jueves a las cuatro de la tarde a la entrada de la biblioteca? ¿Está bien? Estaba bien. Me describió a su hermana: "blanca, de pelo largo". Sencillamente excitante, pensé. Una muchacha blanca, de copioso cabello, un rostro de gravedad medieval. Imaginé la forma como Loren me describiría ante su hermana: "moreno, alto". Probablemente unos rasgos del todo ajenos al ideal viril de la muchacha. La muchacha. Me pregunté si la hermana de Loren no sería la misma cuyo rostro eclosionó en mi mente en el carro de Iván, al regresar de Concordia. Vino a mi cabeza nítida, casi palpable, en una atmósfera de colores malvas y verdes. ¿En realidad tuve ese encuentro con la hermana de Loren? ¿Cómo es que no puedo recordarla? Sí, Loren tenía una hermana. Eran muy distintas. Loren tenía el cabello crespo y corto. Su cuerpo era elástico y ágil, un poco achaparrado. Tenía la grasa bien distribuida, una fisonomía esmerada, amaba caminar. Su rostro mostraba unas manchas oscuras, como las de Luis. Luis se había librado de esas manchas con la dieta del agua, bebiendo varios vasos en ayunas. Era lo que él afirmaba. La hermana era una mujer más fina, más estirada, también con ese aire aburguesado. Por lo general, uno veía a Loren sola. Era una de esas personalidades hurañas, lejanas. Su vida no debía de ir sobre ruedas. Una operación del endometrio, algún quiste. Interrumpir la carrera. Amaba la agenda cultural. Una noche coincidimos en el Teatro Metropolitano, durante un concierto. Recuerdo que al salir sentí la fascinación de la calle hundiéndose en la noche, entre un baldío y el flanco del teatro. No había pavimento. El terreno estaba apisonado, con diseño de avenida. Los postes del alumbrado se veían desnudos, vacilantes en la penumbra. Aquello exhalaba un aire indómito, el hechizo de los lugares desiertos, la sugestión de los ámbitos marginales, que parecen llamarnos con una voz secreta. Desde el umbral (porque allí no existía otra cosa que un umbral), la calleja se alargaba, respirando misterio. Una valla limitaba el baldío, con una enredadera sujeta a su capricho. La noche palpaba las cosas con su indescriptible caricia. Desde allí, en la distancia, pero no demasiado lejos, la aguja de la iglesia de Barrio Triste erguía su oscuro trazo pulido. La sombra inmensa de un edificio en construcción se interponía. La ciudad destellaba, era pupilas rojas, de un rojo subido, azules, blancas, amarillas, con matices y tonalidades maravillosas. Fluía el tiempo entre esas imágenes: la aguja de la iglesia, la enredadera, la mole a medio hacer. Y Loren apareció, vino desde atrás, rebasándonos con su altivo gesto y su ropa delicada, con su bufanda al cuello y su andar presto. Como nosotros, había gozado de la magia del pianista cubano, el encanto de la Patética. Al alejarse, volvió el rostro y nos hizo adiós con la mano. Se fue, trotandito, para no perder el bus que aguardaba en la esquina. Tuvimos la certeza de que Loren estaría espiándonos siempre que asistiéramos a cualquier acto de esta índole, que nunca nos evidenciaría su presencia hasta el último instante, para comunicarnos tácita, enigmáticamente, que conocía todos nuestros movimientos. Recordé a la mujer de ojos verdes, la irritación en su rostro cuando el público aplaudió intempestivamente al pianista. Ella se mantuvo quieta, en una actitud altiva, indignada. Sus acompañantes, algo atolondrados, se sintieron perplejos por el mudo reproche de la exigente ojiverde. La silenciosa censura en la faz de esa mujer, y la irrupción inesperada de Loren, al marcharnos, se grabarían en mi memoria de esa noche.
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