La vida ejecuta en nosotros las operaciones de una lavadora: remojo, lavado, enjuague, centrifugado. Realiza todo esto en un modo inteligente, con la cantidad de agua precisa. Somos nosotros los llamados a aplicar el detergente y el suavizante necesarios. De un ser imperfecto y atacado de impurezas, a través del proceso reparador de los días, accedemos a cierto nivel de perfección. Es el ideal de la vida, esa máquina en cuyo programa nuestra existencia discurre por fases y transformaciones. Una prenda lavada y fragante, secándose al sol y a la brisa como en las playas de un nirvana, así es nuestro espíritu enfocado en la trascendencia. Es como un olor conducente a descanso, como una tienda en el encinar de Mambré. Yo creo que era todo esto lo que buscaba Loren, jugada en los tumbos del día a día, cuando se colocó a trabajar en ese colegio de Belén. Tenemos sueños de ermitaños, a veces. Queremos irnos a un pueblito alejado del ruido de las ciudades, trabajar allí en sosiego, consubstanciados con la tierra. A veces queremos lo contrario, estar en el centro del torbellino, en Babel: es cuando dejamos la escuela en la vereda distante y volvemos a Medellín, porque aquí está la vida que satisface nuestra necesidad de contacto con lo que nos gusta: un libro de Isak Dinesen, por ejemplo. En ese centrifugado final, entre impulsos, decisiones y sueños, acaba Loren. Fue por allá en el 2000. Era mediodía. Yo salía para el trabajo, cuando una noticia me sembró ante la tele. Una profesora asesinada en Belén. Loren Aguirre. Un alumno le disparó. Me quedo ahí, frente al aparato, paralizado. Mi esposa advierte mi consternación. Le digo que conozco a esa profesora, que fue mi condiscípula en la u. Eso es todo. Salgo de casa impactado por el suceso, reflexionando un montón de cosas, rumbo a un lugar donde, supuestamente, voy a enseñar, pero que también es el pudridero donde un muchacho cegado por la violencia puede acabar con mi vida. No hay razones válidas. Es, desde todo punto de vista, un absurdo. La maestra asesinada. Es como atentar contra nuestra madre. Remojo, lavado, enjuague, centrifugado, a través de todos estos pasos las vidas buscamos la luz. Que un muchacho de alma infecta haga parte de esta ecuación del ser, es lo que nos parece cuesta arriba. Pero es así. Es como Judas y sus monedas de traición, llamadas a escena, prescritas para gloria del Santo. Y así es todo. Seguramente ese muchacho violento no alcanzara a leer a Isak Dinesen. Otro gallo hubiese cantado. Quizás ni alcanzara a libar leche de los pezones de una madre tierna. Simplemente estaba allí para el último paso de Loren en este mundo. Memorias de África. Hoy, al través de este título, veo la vida de Loren como un delicado tejido, como un hermoso proyecto. Aquella vez de hace tantos años, al encontrarnos en el recibidor de La Piloto, ella iba por el libro de Isak Dinesen. Había cierta apatía en ella, pero acaso fuese una pose. Ese desgano le sentaba a su personalidad. Creo que ella lo manejaba por medio de un dial ajustado a sus deseos. Era el desgano más dulce que jamás existiera. Un deliquio, como diría Porfirio Barba Jacob. Porque ella, como nosotros, era una actriz, una impostora. Su fingido desinterés, su elaborado desmayo, eran eso: actuación. Un tinglado de locura, donde no atinamos a entender qué es sueño, qué es realidad. Vuelvo al encuentro en La Piloto, en los semestres iniciales de la u. Me saluda y me pregunta por mi vida con tal desgana que siento ganas de llorar. Su rostro, lo mismo que su vestido, relatan afugias, estrecheces. Sus mejillas lucen congestionadas, con manchas, cierto carate. Con su característica apatía, me cuenta que suspendió la universidad. Antes de esto, me ha contado que se encuentra muy triste por la muerte de un amigo al que amaba mucho. Es una mujer tan misteriosa que uno elude cualquier intento de seducción y la deja en su indolencia. Cuando estamos devolviendo los libros (Circulación y Préstamo, cómo olvidar esta sección, si así es la vida, circulamos en préstamo), Loren comunica a la empleada la noticia de la muerte de su amigo, exhortándola a que se acuerde de él (lo describe a la ligera). La empleada, tal vez por librarse de Loren y sus noticias funestas, afirma recordar al muchacho (quien, a propósito, se mató en una moto). Ya en el catálogo (los muebles con sus casillas repletas de fichas de cartulina), le pregunto: "¿qué buscas?" Me cita dos autores. El primero no lo capto, el segundo, Isak Dinesen. Nos apartamos lánguida y formalmente. Imagino que ese libro que no entendí, tal vez porque ella lo pronunció en un susurro o muy rápido, ha de ser una novela que yo escriba y le dedique: En la comisura de la noche, por ejemplo.
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