Loren me saludaba con amabilidad, y algunas veces con efusión. Yo quedaba perplejo, porque era una mujer complicada, con cierto fastidio de la vida. Así que no me explicaba su deferencia hacia mí. Le caía simpático, no hay de otra. Tiempo después de que nos graduamos me crucé con ella en un pasillo de la Secretaría de Educación (entonces este despacho quedaba en Los Huesos). Recuerdo que a raíz de este encuentro, luego de despedirnos, me hice el propósito de revelar el sentido del paso de Loren por el mundo. Era lo mismo que preguntarse por el objetivo de cualquier vida humana, la mía, la del más ignoto ser que respira. En este caso mi interrogante se enfocaba en Loren, por qué se cruzaba en mi camino, qué nexos extraños nos unían. Nos conocimos en la u. Al final de la carrera estábamos viendo juntos Latín, y esto debía encerrar algún significado secreto. La clase era a las seis de la tarde, y el aire crepuscular de la atmósfera compaginaba con la edad del profesor, César, un veterano corpulento, alegre y un tanto banal. Senatus Populusque Romanus. Me traía a la mente a Pontius Pilatus, gobernador de Judea del 26 al 36, que escribió el libro Judaism at Rome. ¿Es que Loren tenía algo de Agripina, de Calpurnia o de Mesalina? Me hacía pensar en una de esas mujeres encumbradas y fatales, una de esas historias horribles, como Nerón mandando a matar a su madre. Todos hemos matado alguna vez a los padres. De alguna forma, esto forma parte del desarrollo de nuestro psiquismo. Resolverlo de una manera sana garantiza cierto buen puerto en la vida, aunque siempre hay rezagos. Hoy pienso esa altivez de Loren como si fuera una nieta de Augusto, una esposa de Germánico. Y pienso en Pilato no como quien condenó a Jesús, sino como el letrado que expone con claridad y buen criterio las relaciones políticas entre Roma y su colonia judía. Sí, Loren hubiese hecho un buen papel de romana. No al estilo de la heroína de la novela de Alberto Moravia, Adriana, la muchacha sencilla y pobre, sino una aristócrata. César, nuestro profesor de Latín, era hasta chabacano. Una tarde, al llegar al aula, encontramos escrita en el tablero la siguiente frase: "Hoy mi alma quiere volar libre como el viento. Mario, septiembre 8 de 1992." "Quién sabe qué traba se irán a pegar", comentó el catedrático. Ese desparpajo me caía al hígado. Nunca he estado de acuerdo con la burla porque sí. También es que soy un poquito acartonado y exijo ciertas maneras a la gente. Por ejemplo, cuando mi hijo, que ya es un joven de 22 años, en una reunión familiar, sale con "qué chimba", de inmediato lo llamo al orden. Quizás es que ya estoy viejo. Pero que un profesor ridiculice una frase soñadora, eso me sentaba mal, aún hoy lo reprocho. A partir de ese momento César se me antojó una persona poco seria. Siempre hay que tener esa severidad y elegancia romanas. Me gustaba Loren porque era de una pieza, no se traicionaba en su soberbia y en su hartera del mundo. No solía llevársela bien con la gente, criticaba a diestra y siniestra, pero amaba la poesía. Despotricaba del sistema educativo, el gremio de los docentes le parecía miserable. De su experiencia de maestra rural en San Luis, rescataba el silencio y el recogimiento del campo. La vereda distaba tres horas del pueblo. En invierno el fango del camino llegaba hasta las rodillas. Debía lavarse bien antes de la clase. Era la profesora de español. Tenía a su cargo siete niños. En aquel monte los alumnos iban armados con machetes para defenderse de las culebras. Loren les leía cuentos y poemas. Los exámenes consistían en hablar con los chicos. No se adaptó al carácter de sus colegas, por eso abandonó el trabajo. No quería saber nada de la docencia. La ocasión en que nos cruzamos en la Secretaría de Educación, Loren traía unos sobres blancos en la mano, los agitaba al andar, como significando la importancia de la información que contenían. Me pidió que le tuviera uno de los sobres mientras ella, con los restantes, entraba en una oficina. Cometí la indiscreción de sacar la hoja. Leí. Era una carta comercial, donde una empresa ofrecía a la Secretaría de Educación tizas coreanas. El lenguaje era el característico de esta clase de comunicaciones, formalísimo, concreto. Luego del saludo y de la afirmación de la necesidad de un buen nivel educativo en todos los aspectos, se pasaba a describir las cualidades del producto (las tizas coreanas Ningiu son antitóxicas, antialérgicas y no producen ruidos estridentes). Más abajo aparecían las cotizaciones para tizas blancas y para tizas de colores. Estas últimas tenían un costo mayor. Guardé la carta, preguntándome qué tendría que ver Loren con todo eso. Con aire desenfadado, me dije que las personas no dejan de sorprendernos. A todas estas, Loren apareció en el pasillo, despidiéndose de un funcionario en mangas de camisa. Le devolví el sobre sin confesarle mi falta.Una pareja sentada conmigo en el banco se levantó impetuosa y fue tras el tipo del que Loren acababa de desprenderse. Noté la altivez con que caminaba mi amiga.Traía un vestido claro, ceñido al cuerpo, combinado con unas medias de seda vinotinto, que conferían un toque de osadía a su atuendo. Me dije que Loren vestía con desenvoltura burguesa. Advertí los crespos hilos plateados salpicando su pelo corto, undoso. Su tez clara mostraba un leve encendimiento a causa del calor. Salimos de allí. Caminamos hasta el centro. La acompañé al consultorio de un médico bio-energético, donde concertó una cita para su anciana madre. Entretanto, hablamos y, como siempre, ella era una lanzadera de preguntas. Fue rodeando el terreno, asechando, hasta que se internó en lo afectivo. Qué sandez, me dije, tanta perífrasis para preguntarme si vivo con una mujer. Fui descarnadamente sincero. Me preguntó si tenía hijos. Respondí con una broma: "Mis hijos son el producto de mis viajes a Idumea", parodiando a Mallarmé. A ella le quedó sonando la palabra "Idumea". Me pidió pormenores, aclaraciones. Se las di. Fue más allá, hasta tocar lo íntimo, la relación de pareja. Entonces me inhibí un poco. Como la tortuga, escondí la cabeza en la coraza. Loren me halagó diciéndome que desde la u le parecía interesante, que ella no osaría sondear de ese modo a cualquier otro. Me contó que conocía algunos de mis escritos. Me sorprendió. Yo nunca le había enseñado nada de lo que escribo. Ante mi asombro, me dijo: "Olga Regina me los mostró. Tú le diste unos poemas tuyos." No me acordaba de Olga Regina ni de haberle obsequiado nada. ¿Sería un infundio de Loren? Esta inquietud llenó varios minutos de conversación. Nos separamos en Carabobo. Loren cogería buseta de Santra. Intercambiamos un beso en la mejilla. Retumbaba el mediodía. Me pregunté quién era Loren, a qué designio obedecían sus apariciones en mi vida. Pensé que podría novelar la experiencia de seres como ella, esencialmente áridos, sumidos en el limbo del fastidio y el escepticismo frente al futuro. Loren ya pasaba de los treinta. Tal vez todo su desdén y resentimiento fuesen azuzados por la sensación de la juventud que comienza a ajarse.
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