John Charles se quedó solo en la sala después que toda la familia se durmió. Aunque se sentía agotado, fue fiel a su tarea de leer al menos un capítulo de la Biblia antes de acostarse. Trajo consigo su fólder de máximas para añadir alguna otra a su lista. ¿Qué mayor fuente de sabiduría que la Biblia? La gente debería preocuparse por conocer a fondo esta obra, nutrirse de su savia, compartir sus mensajes. El Génesis, qué inmensidad. Revelación, qué umbral. John Charles abrió el libro de Isaías, lectura de turno por estos días. No más comenzar a leer se sintió reconfortado. Siempre le ocurría así. La voz de las Santas Escrituras le aligeraba el cuerpo y consolaba el espíritu. Mientras leía, meditaba en la visita de Marcos. Se compadeció de los contratiempos de su amigo. ¿Por qué los hombres eran incapaces de armonizar su existencia con el grandioso pulso del cosmos? ¿Por qué daban tumbos entre sus limitaciones y sus miserias? Desde la paz y la penetración de que lo investía el libro sagrado, John Charles no dudó en hallar las respuestas a estas preguntas. El anhelo humano debe proyectarse a la eternidad, fundirse con Dios. John Charles escuchó el latido de la noche, el susurro de la vasta y profunda extensión. Comprendió que la oscuridad de la noche era solo apariencia. No hay horas más claras para el espíritu que estas, se dijo. ¿De qué puede gloriarse el hombre? La noche nos coloca frente al espejo de nuestra pequeñez, de nuestros miedos. Pero el hombre que comprende, asciende un escaño. John Charles se maravillaba de la plenitud con que el Sol se ponía cada tarde. Leía un mensaje de amor en esta plenitud. Con qué gozo bebían las montañas los rayos solares. ¿Quién más fraterno que el Sol? Recordó la leyenda de Ixión. El Sol es la rueda de fuego a la que Ixión está atado. Purgar nuestras faltas, tal vez esta sea la lección. Cuánto error. El Sol es también nuestra estrella, el foco que nos alumbra, la irradiación de la vida desde los abismos de los eones. Nuestra estrella. John Charles se sintió en deuda con el cielo. Se prometió estudiar más sobre las constelaciones. Sabía muy poco de estas. Sabía que Escorpión era visible en el mes de julio, que su astro más brillante era Antares, pero a veces le daba trabajo identificarlos en el firmamento. Sabía que las tres estrellas que solemos llamar los Tres Reyes Magos constituían el cinturón de Orión (El Guerrero), que Alnirac era la más brillante de las tres. Sin embargo, lo más cercano a nosotros es el Sol. Entendió por qué las religiones naturalistas adoran el Sol. Es lo más fraterno. ¿Por qué las personas no emulan esta fraternidad? Muchas veces, tras la máscara de una moral intachable, no hay más que vileza. Recordó el cuento Bola de Sebo, de Guy de Maupassant. La prostituta llora de humillación. Los aristócratas y las monjas advierten sus lágrimas, pero se muestran duros e insensibles. Bola de sebo les sirvió, se sacrificó por ellos, y luego le pagan con escarnio, la rechazan cuando más los necesita. Así es la vida. Todavía debemos trabajar mucho en el espíritu, se dijo John Charles. Santificar la vida. ¿Cómo? Dirigiendo nuestros impulsos a lo eterno, sintiendo cada instante como una oportunidad de corregir nuestras imperfecciones. Teniendo fe. Terminada la lectura seguía pensando en Marcos.
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